lunes, 31 de agosto de 2026
San Raimundo Nonato, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Nació san Ramón en Cataluña el año de 1204, siendo su patria la villa de Portel, obispado de Urgel, y su familia de las más distinguidas, tanto por su nobleza como por sus alianzas con las ilustres casas de Fox y de Cardona. Salió a la luz del mundo después de muerta su madre, a la que abrieron, y le sacaron vivo y sano contra toda esperanza de los más hábiles médicos; por lo que se le dió el nombre de Nonato o de No nacido. A este que podemos llamar milagroso nacimiento, se añadió el singular favor con que el Señor le previno, dotándole de una bellísima índole y de una inclinación a la virtud, que se anticipó a la edad y a la educación.
Luego que llegó a tener uso de razón, viéndose sin madre en la tierra, resolvió escogerse otra mejor en el cielo. Dedicó a la santísima Virgen todas las ternuras de hijo, y tomóla desde entonces por su dulcísima madre, no nombrándola jamás sino con este tiernísimo nombre. En medio de su niñez, nada le entretenía ni en nada encontraba gusto sino en la oración. Toda su diversión eran sus devociones, sobre todo aquellas que se dirigían a la soberana Reina de los cielos. Cuando se encontraba con alguna imagen suya, le rendía especial culto; tanto, que, observada de todos su extraordinaria ternura con la Madre de Dios, le llamaban generalmente el hijo de María.
Púsose bastante cuidado en criarle bien; pero su bello natural ahorraba a los preceptores mucha parte del trabajo en la educación. Dotado de excelente ingenio y de no menor aplicación, hacía rápidos progresos en los estudios; pero su padre no quiso que prosiguiese en ellos, recelando, en vista de su devoción, que se inclinase a abrazar el estado eclesiástico o religioso; y por desviarle de este pensamiento, le envió a una quinta suya, encargándole el gobierno y la administración de aquella hacienda, no obstante su tierna edad; todo con el fin de que, divertido en aquella ocupación, no pensase en otra cosa.
Obedeció Ramón, y sin penetrar los intentos de su padre, de tal manera se acomodó con aquella vida, que ella misma le sirvió para poner en ejecución el plan que ya se había ideado de dedicarse a Dios en vida retirada y penitente. Enamorado de aquella soledad, él mismo quiso ser el pastor de sus rebaños; y mientras las ovejas pastaban en el monte, apacentaba él su alma con la contemplación de las cosas celestiales, ocupando todo el día en devotos ejercicios. Su mayor pena era no poder tributar a la santísima Virgen las devociones acostumbradas en alguna iglesia dedicada a esta Señora, como lo hacía cuando estaba en casa de su padre.
Pero el Señor proveyó a esta necesidad. Acostumbraba el piadoso pastorcillo conducir su ganado al pie de una montaña, donde encontró una ermita abandonada, y junto a ella una capilla donde todavía se conservaba una bellísima imagen de la santísima Virgen. No se puede explicar el gozo de Ramón cuando se halló con aquel dulce objeto de sus amorosas ansias. Desde entonces no se acordó más de las iglesias de Portel. La ermita fué todo su embeleso, y la capilla su acostumbrada mansión. En aquel ejercicio le comunicó Dios un extraordinario amor y gusto a la soledad; y añadiendo a la oración muchas penitencias, cada día se iba haciendo más grato a los ojos del Señor.
Pusieron en gran cuidado al demonio aquellos principios, y no era posible que dejase en paz a nuestro santo. Apareciósele, pues, en figura de otro pastor, y trabando conversación con él, procuró disgustarle de la soledad. Admiróme, le dijo, que un niño de tu nacimiento, de tu distinción y de tu ingenio se ocupe en oficio tan humilde, dedicado a guardar ovejas, y entregado a una vida rústica, grosera e indecente. Representóle después los gustos y las conveniencias que podía gozar en el mundo; y deslizándose poco a poco el espíritu inmundo en otras materias, le comenzó a tocar especies que sobresaltaron extrañamente su pureza y su inocencia. Todo asustado el santo mancebo, levantó los ojos al cielo, implorando la protección de la santísima Virgen, y a solo el nombre de María desapareció el demonio, dando un espantoso grito, acompañado de una espesísima humareda, que inficionó el ambiente, llenándole de un hedor intolerable. Reconociendo el santo la malignidad del tentador, corrió a la capilla, postróse a los pies de la santísima Virgen, y la suplicó le protegiese contra los artificios de tan temible enemigo. Fué oída su oración; y colmado abundantemente de consuelos celestiales, se consagró de nuevo por toda la vida al servicio de tan amorosa Madre.
Viendo el demonio que le había salido tan mal su maligno intento, y que estaban descubiertos sus enredos, se valió de la envidia de los otros pastores para molestar al santo, y para interrumpirle sus devotos ejercicios. Fueron a contar a su padre que Ramón, ocupado únicamente en sus devociones, no cuidaba del ganado, dejándole morir de hambre, y que él mismo se podría informar por sus propios ojos de esta culpable negligencia. Dando el padre crédito a lo que le decían, pasó un día secretamente a la hacienda, y vió que estaba guardando su ganado un pastorcillo de tan extraordinaria hermosura, que le causó respeto y admiración. Como no halló en su compañía a su hijo, se encaminó a la capilla donde le encontró en oración; y preguntándole quién era aquel zagal a quien había encargado que guardase las ovejas; ignorando el santo niño el milagro que hacía por él la divina Providencia, se arrojó a los pies de su padre, y deshaciéndose en lágrimas, le pidió perdón de aquel descuido. Conoció entonces el padre que todo era obra de Dios; enternecióse; y no queriendo impedirle sus piadosos ejercicios, le abrazó amorosamente y se retiró.
A este favor del cielo se siguió otra gracia mayor. Apareciósele la santísima Virgen, y le declaró que el zagal que había visto su padre era un ángel a quien la misma soberana Reina había encargado de cuidar del ganado mientras él cumplía con sus devociones; pero que todavía le quería hacer otra gracia más singular, y era, que dejase la soledad y entrase en una religión, fundada con el nombre de Nuestra Señora de la Merced, donde era su voluntad viviese toda la vida. Indeciblemente consolado Ramón al recibir una orden tan positiva de la misma Madre de Dios, y tan conforme a su inclinación, se valió del conde de Cardona, su pariente, para alcanzar el consentimiento de su padre; y obtenido este, el mismo conde le envió a Barcelona para que tomase el hábito de Nuestra Señora de la Merced.
Conocióse por su aire, por su nombre y por su virtud, que era un regalo que el cielo presentaba a la nueva familia, y entró en el noviciado, recibiendo el santo hábito de mano de san Pedro Nolasco. Presto hizo muchas ventajas la virtud del reciente novicio a la de los profesos más antiguos. Su fervor, su desasimiento de todas las cosas, su devoción, su obediencia, su excesiva mortificación y su profunda humildad eran superiores a toda admiración. En fin, hizo tan extraordinarios progresos en la perfección de su estado, que, dos o tres años después de su profesión, se le juzgó digno de confiarle uno de los más importantes empleos y ministerios de su sagrado instituto. Este fué enviarle a las costas de Berbería para tratar con los infieles sobre el rescate de los cautivos cristianos, con el título y facultades de redentor.
Ninguno desempeñó tan caritativo ministerio, ni con mayor valor, ni con mayor prudencia, ni con mayor santidad. Llegado a Argel, encontró tanto número de cristianos cautivos, que, consumido todo el caudal que llevaba de la redención en redimir a los que pudo, viendo que este no alcanzaba para todos, consiguió la libertad de muchos quedándose él mismo por esclavo en su lugar, movido a tan magnánimo sacrificio de su propia libertad por desviar a muchos infelices del peligro en que se hallaban de apostatar de la fe.
Este milagro de caridad, que hasta entonces apenas tenía ejemplar, le puso muy presto en ocasión de padecer una especie de martirio. Los Moros, a quienes se encomendó su custodia, le trataron con tanta barbaridad, que se temió mucho de su vida. Informado de esto el cadí o corregidor de Argel, temiendo que, si perdía la vida, se perdería también la crecida suma que estaba prometida por su rescate, expidió una orden mandando no se le hiciese otro mal trato, que el correspondiente a las cargas ordinarias de la cautividad, so pena de que, si muriese en ella a violencia del excesivo rigor, los transgresores pagarían la suma que estaba estipulada por su libertad. Afligió mucho al santo este tal cual alivio, como quien ansiosamente anhelaba por el martirio, a lo menos de la caridad.
Pero ya que sus pecados (como él decía) le habían privado de la dicha de perder la vida por la libertad de aquellos pobres esclavos rescatados con la preciosísima sangre de nuestro Señor Jesucristo, quiso aprovecharse bien de la que le daban para andar libremente por la ciudad. Día y noche visitaba los fosos y los calabozos adonde eran conducidos los nuevos cautivos que llegaban a Argel: consolábalos en su desgracia, fortalecíalos en la fe, y suavizaba sus trabajos con la esperanza de la redención. No contento con animar y esforzar a los cristianos, se extendía su caridad hasta los mismos infieles. Concedióle Dios la gracia de convertir a algunos, que fueron bautizados por su mano; pero tardó poco en recibir la recompensa de su celo. Informado el gobernador, y furiosamente irritado por aquellas conversiones, le condenó a ser empalado; y se hubiera ejecutado esta cruel sentencia a no haber mediado las poderosas intercesiones de los interesados en su rescate, que, por no perderle, pudieron conseguir se conmutase en una horrible tunda de palos.
Pero ni este insufrible tormento fué bastante a que dejase de continuar sus instrucciones a todos los que las querían oír. Denunciáronle de nuevo al gobernador, que le mandó azotar por todas las calles públicas de la ciudad; y conducido después a la plaza mayor, el verdugo le barrenó los dos labios con un hierro caliente; pasóle una cadena por ellos, y con un candado le cerró la boca, entregando la llave al gobernador, que la tenía siempre en su poder, y no la daba sino en aquellas horas en que era preciso que tomase algún alimento. Además de eso, le mandó encerrar en un oscuro calabozo, donde estuvo ocho meses hasta que llegó su rescate. Como sentía su alma tanto consuelo en padecer por el nombre y por la fe de Jesucristo, pidió con grandes instancias a los superiores le permitiesen pasar el resto de sus días en aquel país, que consideraba el único para proporcionarle la suspirada corona del martirio; pero le fué preciso obedecer.
Queriendo el papa Gregorio IX honrarle con la sagrada púrpura, creó cardenal del título de san Eustaquio al glorioso confesor de Cristo. Hízole tan poca impresión aquella eminente dignidad, que no mudó de traje, ni dejó de continuar el método de su penitente vida. Retiróse a su convento de Barcelona, sin que el conde de Cardona, su pariente, le pudiese jamás reducir a que admitiese el tren de cardenal, ni aun permitiese se alhajara su celda con alguna mayor decencia.
Era siempre igualmente encendida su caridad con todos los necesitados. Habiendo encontrado a un pobre arrecido de frío, y desnuda la cabeza, movido de compasión, le abrazó tiernamente, y no teniendo que darle, le dió su sombrero, retirándose al convento muy mortificado por no haber tenido otra cosa con que socorrerle. La noche siguiente, estando en oración, se le apareció la santísima Virgen, y le puso en la cabeza una corona de flores; pero aunque fue tan singular este favor, el santo no pudo menos de manifestar que preferiría a la de flores una corona de espinas. Agradó tanto al Señor esta preferencia, que le pareció a Ramón que el mismo Jesucristo le ponía en la cabeza una corona en todo semejante a la suya, y que, apretándosela fuertemente, le ocasionaba un vivísimo dolor.
Deseando el papa Gregorio tener cerca de sí a un varón tan santo, le llamó a Roma. Obedeció Ramón, púsose en camino; pero llegando a Cardona, distante dos leguas de Barcelona, le asaltó una maligna calentura, que muy luego hizo perder a todos las esperanzas de su vida. No pareciendo el cura que le había de administrar el santo Viático, y deseando Ramón con vivísimas ansias recibirle, tuvo el consuelo de que se le administrasen los santos ángeles, o, como aseguran algunos autores, el mismo Jesucristo, habiendo muchos testigos de esta maravilla. En fin, rico de virtudes, consumido de trabajos y de penitencia, y colmado de merecimientos, murió con la muerte de los justos el día 31 de agosto del año de 1240, a los treinta y seis de su florida edad.
Luego que espiró, se suscitó una gran disputa sobre el lugar donde se le había de dar sepultura. Los de Cardona protestaron con toda resolución que nunca consentirían desprenderse de aquel presente con que el cielo los había regalado; el clero de Barcelona pretendía que el entierro de un cardenal por derecho le tocaba a él; y su religión alegaba los muchos títulos que la asistían para la posesión de aquel tesoro hallado en terreno propio. En fin, después de muchos debates, convinieron todos en que se había de cometer la decisión de aquel pleito a la divina Providencia. Que el santo cuerpo se encerrase en una caja; que esta se pusiese sobre una mula ciega, dejándola caminar sin guía ni conductor adonde ella quisiese, y que se le diese sepultura en el lugar donde la mula se parase. Así se hizo: caminó la mula mucho tiempo, seguida de innumerable gentío, y atravesando montes y campos, se quedó inmóvil en la ermita o capilla de San Nicolás donde el santo había recibido tantos favores del cielo por intercesión de la santísima Virgen. Movido de este prodigio san Pedro Nolasco, general de la orden de la Merced, pidió la capilla y una porción de terreno en aquel desierto para fundar en él un magnífico convento de su religión, en cuya iglesia reposan las reliquias del santo, honradas por Dios cada día con nuevos milagros.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.