sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 22 de agosto de 2026

El Inmaculado Corazón de María

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Eccli. 24, 23-31)

Léctio libri Sapiéntiæ Ego quasi vitis fructificávi suavitátem odóris: et flores mei fructus honóris et honestátis. Ego mater pulchræ dilectiónis, et timóris, et agnitiónis, et sanctæ spei. In me grátia omnis viæ et veritátis: in me omnis spes vitæ et virtútis. Transíte ad me, omnes, qui concupíscitis me, et a generatiónibus meis implémini. Spíritus enim meus super mel dulcis, et heréditas mea super mel et favum. Memória mea in generatiónes sæculórum. Qui edunt me, adhuc esúrient: et qui bibunt me, adhuc sítient. Qui audit me, non confundétur: et qui operántur in me, non peccábunt. Qui elúcidant me, vitam ætérnam habébunt.

Yo como la vid broté retoños de suave olor, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Y soy la madre del bello amor y del temor, y de la ciencia de la salud, y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia para conocer el camino de la verdad; en mí toda esperanza de vida y de virtud. Venid a mí todos los que os halláis presos de mi amor, y saciaos de mis dulces frutos; porque mi espíritu es más dulce que la miel, y más suave que el panal de miel mi herencia. Se hará memoria de mí en toda la serie de los siglos. Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben; jamás se empalagan. El que me escucha, jamás tendrá de qué avergonzarse; y aquellos que se guían por mí, no pecarán. Los que me esclarecen obtendrán la vida eterna. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 24 — Cornelio a Lápide

Vers. 23. «Yo, como la vid, fructifiqué (esto es, germiné, según el griego) suavidad de olor; y mis flores son frutos de honor y de honestidad.» En lugar de «honestidad» el griego trae πλούτου, es decir, riquezas: pues por todo este libro llama honestidad a las riquezas, como vulgarmente llamamos honestos a los ricos y opulentos. El griego de Roma lee así: «yo soy semejante a la vid que germina gracia, y mis flores son frutos de gloria y de riquezas»; los Complutenses, en lugar de χάριν (gracia), leen εὐωδίαν, esto es, suave olor, como lee nuestro Latino; la Tigurina: «yo, como la vid, exhalé una gracia olorosa, y mis flores son frutos de gloria y de riquezas»; el siríaco: «yo, como la vid adornada de hermosura, y mis frondas son frondas de esplendor y de gala.»

La Sabiduría se compara a la vid, primero en la εὐωδία, esto es, en la flor y suavidad del olor: pues la vid, mientras florece, exhala suave aroma; así también la Sabiduría se muestra a todos grata, amable, apacible y deleitable, y por esta razón a todos deleita, recrea y atrae hacia sí. Segundo, en el fruto: porque, como las flores de la vid pronto producen el fruto, es decir, la uva, que sobre los demás es el más honroso y noble a la par que el más rico, pues de la uva se exprime vino suave, abundante y generoso, de gran precio. Así también la Sabiduría produce nobilísimos frutos, a saber, honor, gloria y riquezas, tanto espirituales como corporales. Y son unos mismos sus frutos y sus flores, porque en ella una misma cosa es lo sabroso y lo florido, lo útil y lo hermoso.

Oye a Rábano: «¿Qué se expresa por esta vid sino Aquel mismo que en el Evangelio dice a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera y vosotros los sarmientos? El licor de esta vid alegra el corazón de los hombres cuando, bebiendo su sangre, alaban gozosos el venerable Sacramento de su redención: esta vid fructifica suavidad de olor cuando por todo el orbe se difunde la fama de la predicación evangélica; y sus flores son frutos de honor y de honestidad, porque la hermosura y decoro de todas las virtudes florece cada día por su don en la muchedumbre de los creyentes.» Místicamente, la vid es la Madre de Dios, que produjo la preciosísima uva, esto es, a Cristo, del cual, exprimido en el lagar de la cruz, brotó el vino rojo que embriaga a todos los fieles.

Vers. 24. «Yo, madre del hermoso amor, y del temor, y del conocimiento, y de la santa esperanza.» En lugar de «conocimiento» (agnitionis) el códice manuscrito del monte Amiata lee «grandeza» (magnitudinis), y así se lee en el Oficio parvo de la Bienaventurada Virgen; pero la verdadera lección es «conocimiento», pues así leen constantemente los demás códices griegos y latinos, y Rábano, Lira, Hugo, Dionisio, Jansenio y otros intérpretes (el griego es γνῶσις). Aquí la Sabiduría explica los frutos que produce en sus discípulos y los reduce a cuatro. El primero es el amor hermoso, pues le es contrario el amor torpe y seductor, cual es el de los fornicarios y amadores del mundo; de ahí que en griego esté καλῆς, que significa tanto lo bueno como lo hermoso. El segundo es el temor, esto es, el temor de Dios, su reverencia y culto. El tercero es el conocimiento, es decir, la ciencia e inteligencia con que plenamente conozcamos a Dios y las cosas celestiales y divinas. El cuarto es la santa esperanza, con que de Dios esperemos con certeza todo bien, a saber, toda gracia y gloria. Y estos cuatro se subordinan rectamente entre sí: del amor de Dios nace su reverencia; de la reverencia se sigue su más pleno conocimiento; del conocimiento nace mayor esperanza y confianza.

Vers. 25. «En mí está toda la gracia del camino y de la verdad; en mí toda la esperanza de la vida y de la virtud.» En lugar de «virtud» la Tigurina vierte «amparo»; otros, «vigor y fortaleza», pues esto significa el hebreo חיל, chail, que el nuestro suele verter por «virtud». Rábano, Jansenio y otros, en lugar de «camino» (viae) leen «vida» (vitae), y entienden la vida de la gracia; después, donde sigue «vida», entienden la vida de la gloria. Mas las Biblias corregidas en Roma leen en el primer lugar «camino», y es una endíadis: «camino de la verdad», esto es, camino hacia la verdad; como si dijera: en mí está la gracia de mostrar y enseñar todo camino y modo por el cual se va y se llega a la verdad y a la verdadera vida, tanto de la gracia como de la gloria, según aquello de Cristo, que a esto aludió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan XIV). El griego y el siríaco omiten este versículo, y en su lugar los Complutenses y algunos otros traen: «doy, en cambio, con todos mis hijos, sempiternas [alabanzas] a los que por Él son dichas.»

Vers. 26. «Venid a mí todos los que me deseáis, y saciaos de mis generaciones.» Es un epílogo: pues la Sabiduría, después de enumerar sus bienes y frutos, concluye exhortando a que se acerquen a ella y así se hagan partícipes de ellos; llama «generaciones» a los frutos por ella engendrados (en griego γεννήματα, en hebreo תבואה, tebua). Como si dijera: todos vosotros, a quienes por don de Dios ha tocado el amor de mí, venid a mí; saciaos de mis dulcísimos frutos, pues en ninguna otra parte hallaréis hartura, según aquello de Cristo a la Samaritana (Juan IV): «El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» Nótese el «saciaos»: los escasos frutos que da el mundo no sacian ni llenan el apetito, sino que más lo excitan e irritan; mas mis frutos, largos y amplios, por ser divinos (pues sólo Dios llena el alma), llenan y sacian cualquier apetencia. Oye a Rábano: «Con materno afecto amonesta la Sabiduría a sus hijos a que corran a ella, se enriquezcan con su don y se reparen con su auxilio»; tal es también aquel testimonio del Evangelio: «Venid a mí todos los que trabajáis.»

Vers. 27 y 28. «Porque mi espíritu es más dulce que la miel, y mi herencia sobre la miel y el panal: mi memoria pasa a las generaciones de los siglos.» En lugar de «espíritu» el griego trae μνημόσυνον, esto es, memoria, o mejor, memorial; de donde el griego lee: «mi memorial es más dulce que la miel»; el siríaco toma el memorial por «doctrina». Jansenio entiende la ley dictada por la Sabiduría, pues μνημόσυνον significa memorial y prenda que se deja para la conservación de la memoria; y tal memorial es la ley dejada por la Sabiduría de Dios a los fieles en herencia, esto es, en perpetua posesión; es lo mismo que el Salmo CXVIII, 103: «¡Cuán dulces a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca!» Más llano y sublime, Rábano: «La memoria de la Sabiduría de Dios permanecerá por la generación de todos los siglos, porque la alaban los Ángeles, la ensalzan los Arcángeles, la vaticinan los Profetas, la predican los Apóstoles»; y esta memoria eterna la comunica la Sabiduría a sus seguidores, dándoles la eternidad del nombre y de la fama, según aquello: «El justo será en memoria eterna» (Salmo CXI, 7).

En cuanto al «espíritu»: primero, Rábano lo entiende del Espíritu Santo, que procede de la Sabiduría engendrada, esto es, del Hijo, igual que del Padre; es más dulce que la miel, porque la caridad de Dios que por Él se infunde en los corazones de los elegidos es de incomparable dulzura. Genuinamente Jansenio: «La Sabiduría se atribuye un espíritu, como antes se le atribuyó un alma; y con el nombre de espíritu significa su propia naturaleza, que de sí, por la doctrina de la ley y las obras admirables, exhala un suave olor entre los hombres», según se dice también en Sabiduría XII: «¡Oh cuán bueno y suave es, Señor, tu espíritu!» A esto aludiendo, Cristo, que es la Sabiduría encarnada, dice (Mateo XI, 29): «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón... porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» Cristo, pues, por naturaleza es miel; mas nosotros, amargándolo con nuestros pecados, le forzamos a sernos veneno y hiel (Oseas XIV, 1). Finalmente, la «herencia», esto es, la posesión que la Sabiduría comunica a sus seguidores, es la gracia y la gloria, o la santidad y la felicidad; y ésta es más dulce que el panal, porque la santidad aquieta totalmente el apetito, y la felicidad eterna es dulcísima.

Vers. 29. «Los que me comen, aún tendrán hambre; y los que me beben, aún tendrán sed.» Muestra la Sabiduría que es más dulce que la miel y el panal, porque la dulzura de la miel, si mucho se come, engendra hastío y náusea; mas la dulzura de la Sabiduría, cuanto más se gusta, tanto más se apetece y se anhela; y, cosa admirable, sacia y llena la mente, y sin embargo la mente saciada desea aún más ser saciada y llena. Nótese, con Palacio, que la Sabiduría se llama a sí misma manjar y bebida; y con razón, porque ella es eminentemente todas las cosas; y el varón piadoso crea que en este lugar la Sabiduría se acuerda de sí como había de estar en la Eucaristía, en la cual ella es verdaderamente manjar, verdaderamente bebida. Adviértase cosa admirable: la Sabiduría misma es el manjar y es la hambre; pues quien la come, la desea. Como Dios es a la vez uno y trino, misericordioso y justo, así la Sabiduría a la vez sacia el alma, de modo que nada busque más allá de ella, y a la vez la sacia de tal manera que enciende el deseo y el hambre de sí misma. No habrá, pues, jamás en el cielo hastío.

Oye a san Gregorio (hom. 36 sobre los Evangelios): «Suele haber esta diferencia entre las delicias del cuerpo y las del corazón: que las delicias corporales, cuando no se tienen, encienden en sí grave deseo, mas cuando ávidamente se comen, al punto tornan al que come en hastío por la saciedad; por el contrario, las delicias espirituales, cuando no se tienen, están en hastío, mas cuando se tienen, en deseo; y tanto más las anhela el que come, cuanto más las come el que anhela.» De ahí el Salmo XXXIII: «Gustad y ved cuán suave es el Señor.» Y san Agustín: «Comen y beben, porque hallan; y porque tienen hambre y sed, aún buscan: la fe busca, el entendimiento halla.» Tropológicamente, aprende aquí que es señal cierta y efecto de la sabiduría, de la virtud y del aprovechamiento, el tener siempre de ella mayor hambre y sed; porque la sabiduría y la virtud aguzan el deseo de sí, y tanto más cuanto ellas mismas crecen.

Vers. 30. «El que me oye, no será confundido; y los que obran en mí, no pecarán.» La Tigurina: «el que me oye, en ninguna ignominia caerá; y los que ponen empeño, no pecarán»; el siríaco: «el que me oye, no caerá, y todas sus obras no padecerán corrupción.» Promete aquí la Sabiduría un doble fruto a sus estudiosos, a saber, que escaparán de dos males, la confusión y el pecado. «El que me oye», esto es, quien me escucha y me obedece, nunca será cubierto de vergüenza, porque nada hará de que pueda avergonzarse, sino que todo lo cumplirá sabiamente, de modo que pueda alegrarse y gloriarse de ello; por lo cual evitará la eterna confusión de los réprobos, y no quedará frustrado en su esperanza de poseer la gloria celestial, sino que ciertamente la alcanzará. «Y los que obran en mí» (esto es, dice Jansenio, quienes por mí realizan sus negocios) «no pecarán» en ellos, sino que todo lo llevarán a cabo tan prudente como felizmente. En el primer miembro promete, pues, la εὐτυχία, esto es, la felicidad; en el segundo, la εὐπραξία, esto es, el buen obrar.

Vers. 31. «Los que me esclarecen, tendrán vida eterna.» La Tigurina: «mis intérpretes alcanzarán la vida eterna, con tal que no oscurezcan con obras malas la sabiduría que esclarecen con palabras.» En verdad —dice Palacio— parece difícil y raro que sea de ánimo tan rebelde el intérprete de la Sagrada Escritura, que resista a la verdad que de continuo interpreta, mayormente siendo la Sabiduría tan benigna que casi sin cesar llama hacia sí a sus esclarecedores. Esta sentencia ya falta en el griego y en el siríaco. Habiendo la Sabiduría señalado el premio al discípulo que la oye (en el versículo precedente), asigna ahora el premio al doctor y al intérprete que no busca a sí mismo ni su propia gloria, sino la alabanza de la Sabiduría y de Dios. El premio es la vida y la gloria eterna, según aquello de Daniel XII: «Los que fueren doctos, resplandecerán como el esplendor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como estrellas por perpetuas eternidades.» Como dice san Bernardo (serm. 39 sobre el Cantar): «Benigno es el espíritu de la Sabiduría, y le agrada el doctor benigno y diligente, que de tal modo desee satisfacer a los estudiosos que no rehúse condescender con los más tardos. En fin, los que me esclarecen tendrán vida eterna, dice la misma Sabiduría; premio del cual yo no querría verme defraudado.»

Comentario al Eclesiástico, cap. 24, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Joann. 19, 25-27)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem In illo témpore: Stabant juxta crucem Jesu mater ejus, et soror matris ejus María Cléophæ, et María Magdaléne. Cum vidísset ergo Jesus matrem, et discípulum stantem, quem diligébat, dicit matri suæ: Múlier, ecce fílius tuus. Deinde dicit discípulo: Ecce mater tua. Et ex illa hora accépit eam discípulus in sua.

Estaban al mismo tiempo junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana, o parienta de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre y al discípulo que él amaba, el cual estaba allí, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel punto se encargó de ella el discípulo, y la tuvo consigo en su casa. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Juan 19, 25-27 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilacto. Mientras los soldados se ocupaban de satisfacer su sórdida avaricia, Jesús cuidaba solícito de su Madre. Por eso dice: "En efecto, los soldados hicieron esto; estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre", etc.

San Ambrosio, in epistolis. María, Madre del Señor, estaba ante la cruz de su Hijo. Nadie me enseñó esto, sino San Juan Evangelista. Otros describieron el trastorno del mundo en la pasión del Señor; el cielo cubierto de tinieblas, ocultándose el sol y el buen ladrón recibido en el Paraíso, después de su confesión piadosa. San Juan escribió lo que los otros se callaron, de cómo puesto en la cruz llamó Jesús a su Madre, y cómo considerado vencedor de la muerte, tributaba a su Madre los oficios de amor filial y daba el reino de los cielos. Pues si es piadoso perdonar al ladrón, mucho más lo es el homenaje de piedad con que con tanto afecto es honrada la Madre por el Hijo: "He aquí tu hijo". "He aquí a tu Madre". Cristo testaba desde la cruz y repartía entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño. Otorgaba el Señor, no sólo testamento público, sino también doméstico; y este testamento era refrendado por Juan. ¡Digno testimonio de tal testador! Rico testamento, no de dinero, sino de vida eterna; no escrito con tinta, sino con el espíritu de Dios vivo ( 2Cor 3) y pluma de lengua, que escribe velozmente ( Sal 44,2). Pero María se mostró a la altura de la dignidad que correspondía a la Madre de Cristo. Cuando huyeron los Apóstoles, estaba en pie ante la cruz, mirando las llagas de su Hijo, no como quien espera la muerte de su tesoro, sino la salvación del mundo. Y aun quizás porque conociendo la redención del mundo por la muerte de su Hijo, ella deseaba contribuir con algo a la redención universal, conformando su corazón con el del Salvador. Pero Jesús no necesitaba de auxiliadora para la redención de todos los que sin ayuda había conservado 1. Por eso dice: "He sido hecho hombre sin auxiliador, libre entre los muertos" ( Sal 87,5). Aceptó, en verdad, el afecto maternal, pero no buscó el auxilio ajeno. Imitad, madres piadosas, a ésta, que tan heroico ejemplo dio de amor maternal a su amantísimo Hijo único. Porque ni vosotras tendréis más cariñosos hijos, ni esperaba la Virgen el consuelo de poder tener otro.

San Jerónimo, contra Helvidium. La María que San Marcos y San Mateo llaman madre de Santiago y José, fue mujer de Alfeo y hermana de María, Madre del Señor, y es la que Juan designa en esta ocasión con el nombre de María Cleofé, bien sea por su padre o por razón de parentela o por cualquier otra causa. Pero si os parece que es otra, y así lo parezca, porque en otra parte se llame María, madre de Santiago el Menor, y aquí, María Cleofé, fijáos en la costumbre de las escrituras de llamar con diverso nombre a una misma persona.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82. Y admira cómo el sexo débil de las mujeres, aparece aquí más varonil, firme junto a la cruz, cuando los discípulos huían.

San Agustín, De cons. evang. 3, 21. Si no fuera porque San Mateo y San Lucas nombraron a María Magdalena podríamos decir que unas estuvieron junto a la cruz y otras lejos, pues ninguno hace mención de la Madre del Señor, más que San Juan. Veamos, pues, cómo se ha de entender que la misma María Magdalena estuviese lejos con las demás mujeres, según dicen Mateo y Lucas, y estuviese al mismo tiempo junto a la cruz, como dice San Juan. Esto no puede conciliarse a menos que hubieran estado a tal distancia que pudiera decirse: junto a la cruz; o porque, en su presencia, prontamente podrían haberse acercado; o porque estaban lejos en comparación con la turba de soldados y jefes que estaban más cerca. Podemos también suponer que las que estaban cerca, con la Madre del Señor, comenzaron a marcharse después que Jesús la encomendó a su discípulo, para alejarse de la confusión de las turbas y ver de lejos lo demás que sucedió. Por ello los otros evangelistas, que las mencionan después de la muerte del Señor, recuerdan que estaban ya lejos. En fin, ¿en qué altera la veracidad del hecho el que unas mujeres fueran citadas a un tiempo por unos evangelistas, y a otro tiempo por otro evangelista?

Crisóstomo, ut supra. Habiendo estado presentes otras mujeres, no recuerda el Evangelista a otra sino a la Madre del Señor, dándonos a entender el respeto que debemos a las madres. Pues, así como no conviene que los parientes se enteren de las cosas espirituales, así también conviene darles conocimiento de ellas, prefiriéndola a los demás cuando no se hayan de oponer. Por eso dice: "Como viese Jesús a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo".

Beda. El Evangelista se designa con la señal del amor no porque fuese él sólo, con exclusión de los otros discípulos amados del Salvador, sino por el privilegio de la castidad con que sobresalía de los demás, por cuanto fue amado con un afecto más familiar, siendo virgen desde su vocación y permaneciendo siempre.

Crisóstomo, ut supra. ¡Con cuán alto honor honró al discípulo! Pero él se oculta con la moderación de su sabiduría; porque si hubiera querido vanagloriarse, hubiese expresado la causa por qué era amado, y es preciso convenir que el motivo era grande y admirable. Así es que Jesús nada más dijo a Juan, ni le consuela en su tristeza, porque no era el momento oportuno de hablar de consuelo. Pero no era poco distinguirle con tal honor, y como era conveniente procurar para su Madre, oprimida de dolor, alguno que le reemplazara (porque Jesús se iba), dejó este encargo al discípulo que amaba. Sigue: "Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre".

San Agustín, in Ioannem, tract., 119. Esta es, sin duda, aquella hora en la que, habiendo de convertir el agua en vino, había respondido Jesús a su Madre: "Mujer, ¿qué hay común entre ti y mí? aun no ha llegado mi hora" ( Jn 2,4). En aquella ocasión en que debía empezar a obrar milagros, no la reconoció como Madre de su divinidad, no siéndolo mas que de su débil humanidad 2, pero ahora que ya padece en su humanidad, honra con sentimiento humano a aquella, de la que había sido hecho hombre. Esta es una instrucción y ejemplo que nos da el buen Maestro, para enseñarnos los oficios de piedad que los hijos deben a sus padres, y así convirtió en cátedra de maestro la cruz en que estaba clavado.

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84. De este modo queda refutado el error de Marción. Si Jesucristo no fue engendrado según la carne, ni tuvo Madre, ¿por qué tanto esmero por su cuidado? Observa cuán tranquilamente dispone todas las cosas, en el momento de estar en la cruz, hablando a sus discípulos de su Madre, cumpliendo las profecías y prometiendo el cielo al buen ladrón. Antes de ser crucificado, se le ve temblar, pues entonces demostraba la debilidad de la naturaleza; pero ahora ostenta la grandeza de su poder. Así nos enseña, que si nos conturba la adversidad, no por eso desistamos. Y cuando hubiéramos entrado en la lucha, soportarlo todo como cosa fácil y ligera.

San Agustín, ut supra. Como proveía a su Madre, en cierto modo, de otro hijo por el que la dejaba, manifestó el motivo en las siguientes palabras: "Y desde aquella hora el discípulo la recibió como suya". ¿Pero en qué recibió Juan como suya a la Madre del Señor? ¿Acaso no era de los que habían dicho a Jesús: "He aquí que nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido" ( Mt 19,27)? La recibió, no por sus propiedades (pues nada tenía propio), sino en los cuidados que solícito la había de dispensar.

Beda. Hay otra versión que dice que el discípulo la recibió, no como algunos dicen como Madre suya, sino más propiamente para cuidar de ella.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena