jueves, 13 de agosto de 2026
Santos Hipólito y Casiano, Mártires
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Celebra la Iglesia romana en este día trece de agosto, á la sombra gloriosa del diácono san Lorenzo, cuya fiesta acaba de resonar el día diez, la memoria de dos ínclitos mártires, Hipólito y Casiano, á quienes el mismo altar une aunque ni la patria ni el suplicio los juntaron. Diversos fueron sus tiempos y diversas sus coronas; mas quiso la piedad de los fieles honrarlos en una misma jornada, como para enseñarnos que por muchas sendas conduce el Señor á los suyos á la palma de la fe.
Fué san Hipólito varón doctísimo entre los escritores eclesiásticos de la Iglesia de Roma, y de los más fecundos que ilustraron los primeros siglos, nacido en la misma ciudad hácia los fines del siglo segundo. Diole Dios ingenio grande y ciencia rara; mas, como el mismo Martirologio le llama «sacerdote muy sabio, pero rigorista», no le libró aquella eminencia del escollo de los espíritus severos: el celo excesivo. Pareciéndole demasiado blanda la clemencia con que el papa san Calixto abría á los pecadores la puerta de la penitencia, se apartó de su obediencia, y, seguido de muchos, vino á consumar aquel triste cisma del año doscientos diez y siete, en que la historia le cuenta por el primer antipapa. Doloroso ejemplo de cómo aun el fervor, si se desordena y no se sujeta á la humildad, puede armar el brazo del común enemigo contra la unidad de la Iglesia.
Pero no había de perderse un alma que Dios quería para sí. Vino el año doscientos treinta y cinco, y con él la persecución de Maximino el Tracio, que echó mano á un tiempo del papa legítimo, san Ponciano, y del mismo Hipólito, y á entrambos condenó á los trabajos forzados de las minas de Cerdeña, deportación de donde pocos volvían con vida. Y aquí obró la Providencia su maravilla: en aquel destierro, donde el mundo creía castigar á dos rebeldes de Roma, se labró la reconciliación y la corona. Reconoció Hipólito su yerro, volvió al seno de la Iglesia é indujo á cuantos le habían seguido á someterse á la obediencia del pontífice legítimo; y, gastado por los padecimientos, entregó su alma á Dios mártir de la penitencia y de la unidad que antes había herido. ¿Quién no admira aquí los caminos del Señor, que de un cismático hizo un confesor de su Iglesia, y de las cadenas de una mina, escala para el cielo? Fué después su cuerpo trasladado honrosamente á Roma y sepultado en el cementerio de la vía Tiburtina, que de su nombre se llama.
Á esta figura del sabio presbítero juntó la piedad de los siglos posteriores otra memoria, que el prudente lector recibirá con cautela. Refiérese que hubo un Hipólito, oficial de la milicia y aún gentil, á cuya guarda fué encomendado san Lorenzo en la cárcel, y que, tocado de la gracia al contemplar la fe invencible del diácono, se hizo cristiano y recibió el bautismo con toda su casa; sepultado el santo mártir y delatado él mismo, habría alcanzado la palma tres días después, y con él, según la tradición, su nodriza Concordia y hasta diez y nueve de su familia y servidumbre. Cántale de este modo el poeta hispano Aurelio Prudencio, que le supone despedazado por caballos indómitos; mas advierten los doctos que tal suplicio parece tomado del antiguo mito del otro Hipólito, hijo de Teseo, deshecho por sus propios caballos, y que la semejanza del nombre pudo contaminar la relación. Por eso, sin negar la gloria de los mártires que allí padecieron, no afirmamos como cierto lo que las mismas fuentes proponen sólo como piadosa tradición.
No menos ilustre, y de suplicio ciertamente más comprobado, fué el segundo héroe de este día: san Casiano, mártir de Imola, ciudad de la Emilia que los antiguos llamaron Foro Cornelio, entre Bolonia y Rávena. No fué éste ni sacerdote ni noble, sino un humilde maestro de escuela, que ganaba su pan enseñando á los niños las primeras letras y el arte de escribir con presteza. Oficio bajo á los ojos del mundo, pero altísimo á los del cielo, pues, más que las letras, sembraba en aquellos tiernos corazones el santo temor de Dios; que también en el aula humilde sabe la Providencia esconder á sus mayores santos.
Estalló contra él la persecución —no consta con certeza si la de Diocleciano, á principios del siglo cuarto, ó la de Juliano el Apóstata, hácia el año trescientos sesenta, que en esto vacilan las historias—, y fué Casiano preso y llevado ante el juez por confesar el nombre de Cristo. Y aquí discurrió el furor de los perseguidores un tormento tan cruel como afrentoso: entrególe el juez á sus propios discípulos, á los niños gentiles á quienes él enseñaba, para que fuesen ellos sus verdugos. Armados de los punzones de hierro con que grababan la cera de sus tablillas, cayeron sobre el maestro indefenso; y como eran manos flacas y las puntas menudas, ni acertaban á herir de muerte ni daban golpe que acabase de una vez. Unos le clavaban los estilos, otros con los cantos le cortaban surcos en las carnes, y los marcos de madera, embebidos en su sangre, le golpeaban la cabeza. Así, despacio, entre las manos de aquellos á quienes había hecho el bien, fué muriendo el santo maestro.
¡Oh paciencia verdaderamente heroica, la de aquel varón que, pudiendo maldecir, ofrecía á Dios cada punzada como un acto de amor! No le arrancó el largo martirio ni una queja contra sus tiernos verdugos, sino que, á imitación del divino Maestro, rogó por los que no sabían lo que hacían. De su tumba es testigo el mismo Prudencio, que, caminando á Roma hácia el año cuatrocientos, se detuvo en Imola, se postró ante el sepulcro del mártir, y, contemplando un cuadro que sobre él representaba su pasión, imploró con muchas lágrimas la misericordia divina y el perdón de sus pecados. De esta relación del poeta nos ha venido la memoria del santo.
Grande fué después el culto de este mártir. Roma y Milán le dedicaron iglesias, y su nombre corrió venerado por toda la Iglesia. Refiere la tradición que san Pedro Crisólogo, insigne obispo de Rávena y oriundo también de Imola, quiso exhalar su alma junto al sepulcro de su paisano, y en Imola murió, cerca de la tumba del maestro mártir, como pidiendo parte de su corona. No es maravilla, pues, que la piedad cristiana haya dado á san Casiano por patrono á los maestros de escuela y á cuantos ejercitan la pluma; aprendan ellos de él á enseñar más con la virtud que con la palabra, y á no temer á los que matan el cuerpo, cuando se ha de salvar el alma.
Uno y otro mártir, el sabio presbítero reconciliado en las minas y el humilde maestro traspasado por sus discípulos, nos dejan una misma lección bajo diverso rostro. Enséñanos Hipólito que ninguna caída es tan honda que la penitencia y la gracia no puedan levantarla hasta el cielo, y que vale más morir en el seno de la Iglesia que vivir apartado de su unidad. Enséñanos Casiano que la santidad no pide grandes teatros, sino grande amor, y que en el oficio más humilde, cumplido por Dios, se labra la corona de los santos. Pidámosles que nos alcancen la humildad del uno y la paciencia del otro; que quien de veras las posea, tendrá, como ellos, su parte en la herencia de los que reinan por los siglos.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).