lunes, 10 de agosto de 2026
San Lorenzo, Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Si España se gloría de haber dado cuna al ilustre mártir san Lorenzo; si hace Italia gloriosa vanidad de haber sido el teatro de su triunfo, también la Francia cuenta entre sus especiales honras la de reconocerle por uno de sus patronos, y entre sus más estimables tesoros la de poseer una parte de sus preciosas reliquias.
Nació san Lorenzo hacia la mitad del tercer siglo, en Huesca, ciudad de España, en el reino de Aragón. Su padre se llamó Oroncio y su madre Paciencia; ambos zelosos y fervorosos cristianos, de piedad tan ejemplar y aun de virtud tan eminente, que la iglesia de Huesca celebra solemnemente su fiesta el primer día de mayo, siendo en ella su memoria de singular veneración.
Padres tan virtuosos y tan santos necesariamente habían de dar á su hijo la más cristiana educación. Correspondió á ella Lorenzo admirablemente, tanto por la noble belleza de su índole, como por la docilidad de su genio, y por una inclinación como nativa á todo lo que era virtud. Los rasgos que más le caracterizaron desde la cuna, fueron la inocencia de costumbres, y un sobresaliente amor á la pureza. Admiróse desde luego en él un corazón noble, intrépido y generoso; pero sobre todo, se hacía universalmente distinguir aquel tierno y aquel encendido amor á Jesucristo, que ninguna cosa fué capaz de entibiar ni de disminuir.
Animado del zelo de la religión, resolvió desde sus más tiernos años emprender el viaje á Roma, considerándola como el verdadero centro de ella. Tardaron poco en descubrir el mérito y la elevada virtud de aquel extranjero joven los fieles de la capital del mundo. Pero el que más los sondeó y los admiró fué el pontífice san Sixto, que acababa de ser sublimado á la silla de san Pedro; y encantado tanto como asombrado de la inocencia y de los raros talentos que reconoció en nuestro cristiano héroe, le confirió los órdenes sagrados y con ellos la dignidad de arcediano, como lo afirma san Agustín y san Pedro Crisólogo; empleo que le constituía el primero de los diáconos de la iglesia romana.
Lejos de engreírle la nueva elevada dignidad, solo sirvió para hacerle más fervoroso, más zeloso y más humilde. Era ministerio propio del arcediano el dar la comunión al pueblo cuando el papa celebraba el divino sacrificio, y también estaba á su cargo la custodia del tesoro de la Iglesia; es decir, de los vasos sagrados, de las vestiduras sacerdotales y de los caudales destinados al sustento de los ministros y al socorro de los pobres. Lo primero pedía una santidad sobresaliente en el ministro; y lo segundo una prudencia, una vigilancia superior y un desinterés á toda prueba en el tesoro.
No bien había comenzado nuestro santo á ejercer con aplauso universal las funciones de uno y otro ministerio, cuando se levantó contra la Iglesia el fuego de la persecución más horrible; siendo su empeño nada menos que borrar del mundo hasta la memoria del nombre cristiano, anegándole en la sangre de los fieles.
El emperador Valeriano, que en el concepto de los gentiles estaba reputado por un príncipe humano, apacible y benigno, logró igual reputación en el de los cristianos á los principios de su imperio. Ninguno de sus predecesores los había tratado con tanta benignidad; en público y en particular les mostraba siempre el mayor agrado; por lo que dentro de su misma imperial casa se contaba tanto número de siervos de Dios, que más parecía iglesia que palacio. Pero habiendo sido tan extraordinaria la bondad con que entonces los trató, no fué menos violenta la persecución con que los afligió en lo sucesivo.
Nació esta mudanza de Macriano, que desde el más bajo abatido nacimiento ascendió á los primeros empleos del imperio haciendo escala para ellos de los más enormes delitos: y aspirando su ambición á la misma dignidad imperial, hizo pacto con el demonio, que le prometió el imperio como exterminase del mundo toda la nación de los cristianos. Apoderado enteramente Macriano de la gracia y del concepto del emperador, le persuadió á que mudase de conducta con ellos; y á sugestión suya en el año de 258 publicó el príncipe aquel cruel edicto, en que sin remisión ni dilación condenaba á muerte á todos los obispos, presbíteros y diáconos, no dejándoles la opción que permitía á los demás cristianos de rescatar la vida á costa de su fe.
Dióse principio á la ejecución por las cabezas; y echando mano del papa san Sixto, fué conducido cargado de hierro y de cadenas á la cárcel Mamertina. Apenas llegó á los oídos de Lorenzo la prisión del santo papa, cuando corrió exhalado á la cárcel, resuelto á no separarse de él en los suplicios, como quien suspiraba ansiosamente por la corona del martirio.
No tardó mucho tiempo en encontrarle; y apenas le divisó á lo lejos, pero á distancia donde pudiese ser oído, cuando, como dice san Ambrosio, comenzó á clamar de esta manera: ¿Qué es esto, padre santo? ¿Cómo vas á ofrecer el sacrificio, sin que te haga compañía tu diácono, el cual nunca se separa de tu lado cuando te llegas al altar? ¿Acaso desconfías de mi fe? ¿Tienes poca satisfacción de mi valor? Ea, haz experiencia de él y ella te acreditará si soy ó no soy digno del sagrado ministerio con que me honró tu bondad. El diácono jamás debe desviarse del lado del pontífice: pues ¿por qué me dejas huérfano y desamparado? Justo es que el hijo haga compañía á su padre, y no es razón que la oveja se aleje de su pastor.
Enternecido san Sixto al oír los fervorosos afectos de su diácono: Consuélate, hijo mío, le respondió, que presto cumplirá el cielo tus encendidos deseos; para mayor triunfo te reservan sus amorosos destinos. Anda, y sin perder tiempo, distribuye á los pobres los tesoros que se fiaron á tu cuidado, y prevente para recibir la corona del martirio.
Estas últimas palabras llenaron de gozo y de consuelo el corazón de nuestro santo, que ardía en vivas ansias de derramar su sangre por amor de Jesucristo. No se detuvo ni un solo momento; partió al punto; entregó á los fieles los ornamentos y vasos sagrados; recogió todo el dinero que estaba destinado para el socorro de los pobres; encamínase á aquellos parajes de Roma donde estaban ocultos los cristianos; recorre todas las cuevas y lugares subterráneos, para repartir entre ellos las limosnas.
Y sabiendo que muchos presbíteros y muchos fieles se habían refugiado á la casa de una santa viuda, llamada Ciriaca, en el monte Celio, pasó á ella, entrada ya la noche, lavó los pies á los ministros del altar, y distribuyó entre los pobres la cantidad de dinero. Desde allí se trasfirió á la casa de un fervoroso cristiano, por nombre Narciso, donde estaban recogidos muchos pobres; socorriólos, y restituyó la vista á Crescenciano, que muchos años antes la había perdido. Dirigióse después á la cueva de Nepociano, donde estaban escondidos sesenta y tres cristianos; hizo lo mismo con ellos que con los otros; socorrió sus necesidades; y habiéndolos exhortado á la paciencia y á la constancia en la fe, acabó de repartir entre los pobres todo el dinero que tenía.
Pasó toda la noche en estos ejercicios de caridad, y al día siguiente se fué á la puerta de la cárcel, para lograr el consuelo de ver por última vez al santo papa, que estaba sentenciado á ser degollado en aquel mismo día. Fue sacado el santo anciano para el suplicio, y cuando le llevaban á él, se arrojó á sus pies Lorenzo, y deshaciéndose en lágrimas, le dijo que ya quedaban en buenas manos los tesoros de la Iglesia que le había encomendado, y que en esa suposición nada le restaba que hacer sino servirle de ministro en el sacrificio de su vida, que iba á ofrecer al Señor. Procuró san Sixto consolarle, pronosticándole que en menos de tres días tendría parte en la misma corona, y le añadió: Atendiendo Dios á la flaqueza de mi edad, solo me expone á tormentos ligeros; pero á ti, hijo mío, te reserva una señalada victoria, que hará célebre en el mundo tu martirio.
Y fué así que, como los soldados oyesen hablar de tesoros á Lorenzo, dieron cuenta al emperador, figurándole que aquel joven diácono era dueño de inmensas y preciosísimas riquezas. No fué menester más para que Valeriano mandase echar mano de él, estimulado de la codicia de los imaginados tesoros, no menos que de su insaciable sed de sangre de cristianos. Correspondió el gozo de nuestro santo al ardor de sus deseos. Presentóse delante del príncipe, á la verdad con modestia y con respeto; pero al mismo tiempo con cierto despejo y con cierta intrepidez poco acostumbrada.
Luego fué examinado sobre su profesión, y respondió con desembarazo que era cristiano y diácono de la iglesia romana. Volviósele á preguntar dónde tenía los tesoros que se le habían confiado; á que prontamente satisfizo, diciendo que, como se le diese tiempo, los recogería y los pondría todos á la vista. Concediósele un día de término; y convocando todos los pobres que pudo juntar, se puso á la frente de aquella andrajosa muchedumbre, compareció con ella ante el tribunal del emperador, y le dijo con el mayor respeto que, obedeciendo, como debía, sus imperiales órdenes, presentaba á su Majestad imperial las principales riquezas de los cristianos, y los verdaderos depositarios de los tesoros de la Iglesia.
No esperaba el príncipe esta arenga; y reputándola por insulto de la Majestad, resolvió escarmentar el temerario arrojo de Lorenzo con los mayores suplicios que pudiese inventar el furor. Dio principio mandando que le despedazasen á azotes como el más vil de todos los esclavos. Mandó después que trajesen á su presencia todos los instrumentos que servían para atormentar á los mártires, y haciendo á nuestro santo que los reconociese, le dijo: Una de dos, ó resuélvete á sacrificar inmediatamente á nuestros dioses, ó disponte para padecer tú solo mucho más de lo que han padecido hasta aquí todos juntos cuantos profesaron tu infame secta.
Vuestros dioses, Señor, respondió Lorenzo, ni siquiera merecen aquellos vanos honores que se tributan á los hombres: ¿y vos queréis que yo les rinda adoración? Hacen poca fuerza esos instrumentos de la crueldad á quien no teme los tormentos; y espero en la gracia de mi Salvador Jesucristo, que la misma intrepidez con que los toleraré será la mejor prueba de lo que puede aquel único y verdadero Dios á quien adoro.
Quedó cortado el emperador al oír esta animosa respuesta, y perdió toda esperanza de sacar partido alguno del santo diácono. Pero no queriendo darse por vencido, ordenó que le restituyesen á la cárcel, encargando su custodia á Hipólito, uno de los principales oficiales de su guardia; en cuyo ánimo habían hecho ya mucha impresión las palabras y la modestia de Lorenzo, y acabaron de convertirle los milagros que obró en la misma prisión; pues no bien se dejó ver en ella cuando todos los confesores de Cristo que la ocupaban se arrojaron á sus pies; y uno de ellos, llamado Lucilo, que muchos años antes había perdido la vista, la recobró milagrosamente, tomando la mano del santo y aplicándola á sus ojos. Fué Hipólito testigo de esta maravilla; pidió el bautismo; y no fué esta la única conquista de Lorenzo durante su valeroso combate.
Luego que amaneció el día siguiente, recibió el prefecto de la ciudad una orden del emperador, en que se le mandaba hiciese comparecer á Lorenzo delante de su tribunal, y que no perdonase medio alguno para obligarle á ofrecer sacrificio á Júpiter; pero que, si no se rindiese, le quitase la vida con tales y tan extraños tormentos, que jamás se hubiesen practicado en los tribunales. Ejecutóse la orden con la mayor puntualidad; compareció el santo; empleáronse halagos, promesas y amenazas para pervertirle, pero sin otro fruto que proporcionarle ocasión para dar mayores pruebas de su fe y de su constancia.
Entonces solo se pensó ya en inventar nuevos tormentos, y en añadir inhumanos primores á la ordinaria crueldad de los suplicios. Tendiéronle en el potro, y después de haberle dislocado los huesos, le despedazaron las carnes con escorpiones; eran unos ramales, que remataban en bolas de plomo, cubiertas de unas mallas de hierro y armadas estas de puntas aceradas y encorvadas en figura de agudos garfios. Pensó el santo espirar en este cruel tormento; pero oyó una voz del cielo, que decía le reservaba Dios para más gloriosa victoria, conseguida á fuerza de nuevos y dificultosos combates. Asegúrase que esta milagrosa voz fué oída de todos los circunstantes, y que el prefecto de Roma, para desvanecer la impresión que podía hacer en ellos, exclamó: Mirad, Romanos, cómo los demonios vienen en socorro de este mago, que no teme á los dioses del cielo ni á los príncipes de la tierra; pero veremos si sus encantos son superiores al rigor de los tormentos.
Quedó Lorenzo maravillosamente confortado y consolado con esta celestial voz; y entonces fue cuando Román, soldado de la guardia del emperador, vió con los ojos corporales á un ángel, en figura de un bizarro y hermosísimo mancebo, que enjugaba con un lienzo el sudor del rostro y la sangre que corría de las heridas del santo mártir; visión que acabó de convertirle, trasformándose en soldado de Jesucristo, como se dijo en su vida.
Sobrevivió nuestro santo á este cruel tormento, para que el triunfo de la fe se comunicase á otros muchos. Oíasele prorrumpir incesantemente en bendiciones y en alabanzas del Señor, siendo el asombro y la admiración de los mismos paganos el gozo que brillaba en su semblante. Mandó el prefecto que segunda vez compareciese en su tribunal, y segunda vez le examinó acerca de su patria, de su religión y de su tenor de vida. Soy español de nacimiento y de origen, respondió el santo, pero he pasado en Roma casi toda mi juventud. Desde la cuna tuve la dicha de ser cristiano, y mi educación fué el estudio de las divinas leyes.
Calla, insolente, replicó el prefecto, ¿llamas estudio de divinas leyes el que te enseña á menospreciar los dioses inmortales? Y aun porque yo conozco bien esta ley divina, prosiguió Lorenzo, miro con tanto menosprecio la vanidad de los ídolos; porque la razón natural reprueba esa impía y extravagante multitud de dioses. No se le dió permiso para proseguir; y arrebatado el juez de cólera y de saña, añadió: Tú pasarás esta noche en un género de tormento, que seguramente te hará mudar de opinión y de lenguaje. No lo creas, respondió Lorenzo, tus tormentos son todas mis delicias; y la terrible noche con que me amenazas, espero ha de ser para mí la más clara y más alegre de toda mi vida.
No pudo tolerar el tirano aquella generosa intrepidez, y mandó que con grandes piedras le moliesen las quijadas. Llenó el Señor á su siervo de dulcísimos consuelos; y noticioso el emperador de todo lo que pasaba, mandó que le tostasen á fuego lento. Extendieron luego á Lorenzo en una especie de lecho ó de parrillas de hierro encendido y rojo, como sale de la fragua; debajo de ellas tendieron una cama de rescoldo, que de cuando en cuando iban fomentando con carbones, gobernándolo con tal economía, que el cuerpo se fuese tostando poco á poco, para que fuese más vivo y más prolongado el dolor.
Estaba Lorenzo en aquella cama de fuego con tanta serenidad, con tanto desembarazo, con tanta alegría y con tan heroica constancia, que, asombrados muchos de los circunstantes, se convirtieron á la fe, y entre ellos no pocas personas de distinción, reconociendo en aquel valor una fuerza muy superior á la humana. Y el poeta Prudencio, que escribió en verso el triunfo de nuestro santo, testifica que los neófitos, esto es, los cristianos recién bautizados, vieron rodeado su semblante de un extraordinario resplandor, y percibieron un suavísimo olor que exhalaba su cuerpo tostado.
En medio de tan cruel y bárbaro suplicio, era tan grande á vista del cielo la tranquilidad del santo mártir, tanto el gozo que sentía su espíritu de padecer por amor de Jesucristo, que, cuando le pareció estar ya bien tostado de un lado, vuelto al prefecto, le dijo sonriéndose, con cierto aire de alegría: De este lado ya estoy en sazón; puedes mandar, si te parece, que me tuesten del otro; y levantando después los ojos al cielo, inundada su alma en consuelos celestiales, entregó dulcemente su espíritu en manos del Criador, quedando tan atónitos los asistentes, que no pudieron disimular su admiración y su pasmo.
Consumó su ilustre martirio este gran santo el día 10 de agosto del año 258. Cogieron secretamente su cuerpo Hipólito y el presbítero Justino, y le enterraron en una gruta del campo Verano, camino de Tívoli, en el mismo paraje donde con el tiempo se erigió en su nombre una célebre iglesia, cuya fundación se atribuye á Constantino el Grande, y su amplificación al papa Pelagio II, siendo una de las siete patriarcales, y una de las siete principales estaciones de Roma. Edificóse después otra en honra del mismo, que consagró el papa san Dámaso.
Hízose tan célebre su sepulcro, por el gran número de milagros que obró Dios en él para glorificar á san Lorenzo, que exclama san Agustín: ¿Quién jamás pidió cosa alguna delante de su sepulcro que no la haya conseguido? Y san León el Magno es de parecer que el martirio de san Lorenzo no fue menos glorioso á la iglesia de Roma, que el de san Esteban á la de Jerusalén; añadiendo que desde el oriente del sol hasta su ocaso resuena la gloria de estos dos ilustres levitas.
A la verdad, tanta multitud de templos y de otros magníficos monumentos en honor de san Lorenzo, como se encuentran esparcidos por todo el universo, son auténticos testimonios de su elevada gloria; y los innumerables favores que dispensa el cielo en todas partes por su poderosa intercesión, fomentan la general veneración que todos los fieles profesan á este gran santo.
Consérvanse en Roma, además de la mayor parte de su santo cuerpo, todos los instrumentos con que fué martirizado. Muéstrase una parte de las parrillas en que fué tostado, y una gran piedra de mármol, teñida aun de su preciosa sangre, sobre la cual tendieron el santo cuerpo después que consumó su martirio. En otras iglesias de Roma se muestra la ceniza y algunos de los carbones que sirvieron para tostarle. También la Francia se gloría enriquecida con parte de sus huesos y con algunos de los instrumentos que concurrieron á su triunfo, como se ve en el tesoro de San Dionisio y en la iglesia de San Vicente de Mons, en que se manifiestan varios fragmentos de las parrillas. En la iglesia de San Martín de León se expone á la pública veneración parte de su brazo, cubierto aun de la piel tostada; en Puy uno de sus huesos; y en todas partes se experimentan los efectos de lo que san Lorenzo puede con Dios en favor de los que fervorosamente le invocan.
Apenas hay santo padre que no haya hecho magníficos elogios de san Lorenzo; y á su martirio, principalmente, atribuye el poeta Prudencio la entera conversión de la ciudad de Roma.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.