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sábado, 8 de agosto de 2026

San Juan María Vianney, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

San Juan Bautista María Vianney, aquel humildísimo sacerdote á quien el mundo tuvo por ignorante, y á quien el Cielo hizo maestro de innumerables almas, celebérrimo con el sobrenombre de Cura de Ars, nació el día 8 de mayo de 1786 en Dardilly, aldea vecina de Lyón, en el reino de Francia. No le ilustró la sangre de los grandes, sino la nobleza más segura que da la piedad: fué su padre Mateo Vianney, labrador cristiano y honrado; y el niño, cuarto entre los hermanos según la cuenta común, guardaba el rebaño paterno por las orillas del riachuelo de las Planches. ¿Quién dijera que de aquel pastorcillo había de sacar Dios uno de los mayores confesores de su Iglesia?

Corrían los años terribles de la Revolución y del Terror, cuando la impiedad, desatada como el común enemigo contra los altares, arrojaba de sus templos á los sacerdotes fieles. En aquella escuela de persecución se crió el santo niño: oía la Misa á escondidas, celebrada de noche por los sacerdotes que no habían prestado el juramento cismático, y en semejante secreto, á los trece años, recibió por vez primera á su Dios en la Comunión. Nada pueden los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón; y aquellas primicias, robadas al furor de los perseguidores, encendieron en él la sed de las almas que había de devorarle toda la vida.

Declaró siendo mozo á su padre el deseo de ser sacerdote; mas el labrador, pobre y necesitado de aquellos brazos, se resistió, y hubo el hijo de aguardar hasta pasados los veinte años. Providencia fué del Cielo el ponerle en manos del P. Carlos Balley, que en Ecully le formó, y á cuya perseverancia, después de Dios, debe la Iglesia el que Juan María recibiese el sacerdocio; porque era el pobre estudiante tan torpe para las letras, y singularmente para la lengua latina, que muchas veces cayó en el desaliento. Para alcanzar luz hizo en 1806 á pie una peregrinación de más de cien kilómetros al santuario de San Juan Francisco Regis; y aunque no le crecieron los talentos, volvió vencedor de la tristeza.

Quísole el enemigo estorbar por otros caminos. Llamado por yerro al servicio de las armas, hubo de esconderse catorce meses en la aldea de Les Noés, bajo el nombre supuesto de Jerónimo Vincent, hasta que la amnistía de 1810 y un hermano que se enroló en su lugar le permitieron volver á sus estudios. Reprobado aun en los exámenes por su cortedad, halló misericordia en el vicario general Courbon, que informado de ser «el seminarista menos sabio y más devoto de Lyón», lo resolvió así: «¿Es bueno el señor Vianney? Pues puede ordenarse tranquilamente, que Dios hará lo demás». Ordenóse sacerdote en agosto de 1815, por manos de Monseñor Simón, obispo de Grenoble.

Muerto en 1817 el buen P. Balley, á quien amaba como á padre, fué nombrado á principios de 1818 cura de Ars-en-Dombes, lugarejo remoto de apenas doscientas treinta almas. Cuéntase que, perdido en el camino, le guió un niño pastor llamado Antonio Givre, á quien el santo dijo: «Tú me has enseñado el camino de Ars; yo te enseñaré el camino del cielo». Halló la parroquia tibia, dada á la blasfemia, al trabajo en los días de fiesta y sobre todo al baile, ocasión, á su juicio, de mil pecados; y contra estos desórdenes peleó veinticinco años, negando la absolución á los bailarines impenitentes, hasta cerrar las dos tabernas vecinas de la iglesia. Sobre el arco de la capilla del Bautista mandó escribir esta terrible advertencia: «¡Su cabeza fué el precio de una danza!».

Fundó por caridad una escuela gratuita para las niñas, y de ella nació en 1827 «la Providencia», asilo de huérfanos sostenido sólo de limosnas, donde no se cobraba á nadie. Refiérese que, faltando el pan para tantas bocas, se llenó una vez milagrosamente el granero de trigo, atribuyéndolo todos á las oraciones del siervo de Dios. Predicaba á diario, y sus sermones sencillísimos, que versaban á menudo sobre el infierno —porque era de los que de veras creen en él—, prendían en los doctos como en los endurecidos.

Mas la obra capital de aquel varón fué el confesonario. De todas partes acudían los pecadores á Ars, hasta pasar de trescientos cada día, y más de cien mil en solo el año de 1858, tanto que en la estación de Lyón hubo de abrirse billetes especiales. Sentado en aquel tribunal doce horas del invierno y diez y seis del verano, gastó el santo sus fuerzas leyendo los corazones con don sobrenatural. ¿No dijo á una mujer, sin habérselo dicho nadie: «¿Sois vos la que abandonó á su marido en el hospital y se niega á ir á verle?»? ¿No mandó á cierta joven volverse á su pueblo, «que os están vaciando la tienda», y así hallado fué el ladrón?

Con tal celo juntaba una penitencia heroica. Los primeros seis años de Ars apenas comió sino patatas, en expiación de sus pobres ovejas; y como toda su vida suspiró por la soledad de la Cartuja, huyó tres veces de su parroquia, y otras tantas hubo de ser traído. Huía asimismo de los honores: nombrado caballero de la Legión de Honor, se negó á llevar la cruz: «Si me presento con esos juguetes ante Dios á la hora de la muerte, podrá decirme que ya recibí mi premio en la tierra». Y á cuantos le llamaban impostor y loco respondía el obispo Devie: «Mucho me holgaría de que todos vosotros tuvieseis algo de esa locura».

Permitió el Señor, para acrisolar á su siervo, que el común enemigo le atormentase por más de treinta años con ruidos, voces y golpes, prendiéndole una vez fuego al lecho; á lo cual respondía el santo con humilde donaire, llamando al demonio «el Garfio», y diciendo á quien le preguntaba si se asustaba: «Á todo se acostumbra uno, amigo mío; el diablo y yo somos ya casi compinches». Ardía entretanto en amor del Santísimo Sacramento, y proponía por dechado de oración á un pobre labrador de Ars que, preguntado qué hacía inmóvil ante el sagrario, respondió aquella palabra: «Yo le miro, y Él me mira». Devotísimo era también de Santa Filomena, á quien atribuía las curaciones, y de la santísima Virgen, cuyo Rosario y Ángelus recomendaba sobre toda otra devoción.

Llegado en fin el término de tantos trabajos, comprendió el 18 de julio de 1859 que se acercaba su hora, y el 29 se acostó para no levantarse, diciendo: «Ha llegado el fin de un pobre hombre». Rodeáronle veinte sacerdotes, recibió los últimos Sacramentos, y en la madrugada del 4 de agosto de aquel año, entre truenos y relámpagos que parecían escoltar su tránsito, entregó apaciblemente su alma á Dios, á los setenta y tres de su edad. Guárdase incorrupto su cuerpo en la basílica de Ars. Beatificóle, según se refiere, San Pío X en 1905, y le canonizó Pío XI el 31 de mayo de 1925, declarándole poco después patrono de los curas párrocos; celebra su fiesta la Iglesia, en el uso tradicional, el día 8 de agosto. ¡Quiera el Señor dar de nuevo á su Iglesia pastores según el corazón del Cura de Ars!

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).