viernes, 7 de agosto de 2026
San Cayetano, Confesor
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
La familia de san Gaetano, ó Cayetano, fué una de las mas nobles del Vicentino, en el señorío de Venecia, distinguida por los grandes empleos que obtuvo en la Iglesia y en el estado, fecunda en hombres grandes, no menos por la carrera de las armas, que por la profesión de las letras en el estado eclesiástico. Además del famoso Gaetano de Tiene, canónigo de Padua, á quien algunos apellidaban el príncipe de los teólogos de su siglo, produjo esta ilustre casa muchos insignes prelados, como también grandes capitanes, gobernadores de Milán y vireyes de Nápoles. Nació nuestro santo el año de 1480, ó en Vicencia, ó en el mismo Tiene, población numerosa perteneciente á su familia, que tomó de ella el nombre ó el apellido. Su padre se llamó Gaspar de Tiene, y su madre María Porta, ambos mas recomendables por su eminente virtud, que por su ilustre nobleza. Correspondió su educación á los deseos de sus virtuosos padres. Deseaba su madre que también se viesen santos en una familia donde ya se habían visto sabios y capitanes; con cuyo piadoso fin, luego que fué bautizado, le puso bajo la protección de la santísima Virgen.
Muy presto dieron á conocer las inclinaciones del niño que el Señor le había prevenido casi desde la misma cuna con sus mas dulces bendiciones. No parecía posible natural mas blando, semblante mas modesto, ingenio mas brillante, genio mas dócil, ni corazón mas puro ni mas recto. Ya en aquella tierna edad daba bien á entender que solo Dios era el único objeto de sus deseos. Todas las diversiones de su infancia se reducían á ejercicios de devoción, que parecían superiores á su niñez; siendo la mas frecuente y la que mas le divertía, el representar en su cuarto las sagradas ceremonias que observaba en la iglesia. A vista de su perfecta sumisión y rendimiento á la voluntad de sus padres y de su ayo, le proponían por modelo á la tierna juventud de Vicencia, y considerando aquella su fervorosa devoción y aquella ardiente caridad en una edad que apenas sabe sentir las miserias ajenas, comunmente le nombraban con el epíteto de santo.
Pero aunque los ejercicios de devoción parecían ser toda su ocupación, y eran efectivamente su principal empleo, no por eso estorbaron los asombrosos progresos que hizo en el estudio de las ciencias humanas. En poco tiempo se hizo hábil filósofo, sabio teólogo, docto canonista, no menos jurisconsulto, estudiando uno y otro derecho en la universidad de Padua, donde recibió los grados de doctor en ambos, y fue reputado por uno de los mas sabios legistas, canonistas y moralistas de su tiempo. Pero así como los ejercicios espirituales no servían de estorbo á los progresos que hacia en el estudio, así tampoco su aplicación al estudio impedía ni apagaba el fervor de su devoción. Crecía visiblemente cada dia su abrasado amor de Dios, y no eran menos sensibles los progresos que hacia en su tierna y amorosa devoción á la santísima Virgen. No podía mantenerse mucho tiempo en el mundo una vida tan pura en siglo tan corrompido. Tardó poco en tomar su partido el santo mancebo; y como el cielo le tenia destinado para fundar dentro del mismo clero una familia religiosa, abrazó el estado eclesiástico.
Habiendo quedado dueño de sus bienes, por muerte de sus padres, edificó á su costa una especie de capilla ó ayuda de parroquia en el lugar de Rampazo, dotándola con un capellán para consuelo y alivio de sus moradores, que, por estar distantes de la iglesia parroquial, carecían de asistencia espiritual, y no pocas veces corrían riesgo de quedarse sin misa los domingos y dias festivos.
Estaba tan desterrado el uso de los sacramentos por el desorden de las costumbres, que apenas se hallaba quien comulgase dos veces al año aun entre los que vivian mas arreglados. Renovóse el fervor con el ejemplo de nuestro santo. Su devoción, su modestia, su asistencia á la oración y su frecuencia de sacramentos, todo en un joven de aquel mérito y de aquella distinción, bastó para reformar las costumbres, y para que toda la ciudad mudase de semblante.
Por el deseo de imbuirse en el espíritu eclesiástico y de perfeccionarse mas en él, emprendió un viaje á Roma, con determinada resolución de hacer en aquella ciudad una vida retirada y escondida, empleándose únicamente en los mas bajos ejercicios de humildad. Pero no le valió; porque su insigne virtud, acompañada de su grande reputación, le descubrieron luego, dándole á conocer por lo que era. Quiso verle el papa Julio II, y reconociendo en él señales muy visibles de un extraordinario mérito y de una eminente santidad, que algún dia podían ser muy útiles al bien de la santa Iglesia, le mandó que se quedase en la corte. No era este precepto acomodado á la inclinación de Cayetano, que suspiraba siempre por la soledad para vacar en ella á solo Dios; pero le fué preciso obedecer. No queriendo el papa que estuviese tan escondida aquella brillante antorcha, le dió un oficio de protonotario participante. No alteró su fervor ni su espíritu de recogimiento el aire de la corte. Había en Roma una congregación, llamada del Amor divino, y fundada en la iglesia de San Silvestre, cuyo instituto era encender los corazones en el fuego del amor de Dios, y apagar en ellos los incendios del amor profano. Luego que Cayetano fue recibido en esta piadosa congregación, se conoció renovarse en ella el zelo y el fervor, que iban decayendo; restablecióse el uso de los sacramentos, y se palpó la seguridad y la abundancia del fruto cuando se predica con el ejemplo.
Todos estaban impacientes por ver promovido á los sagrados órdenes á tan santo, como zeloso ministro; y aunque él mismo por una parte deseaba con ardor el sacerdocio, por otra se estremecía su humildad solo con pensar en la santidad del ministerio. Sosegó el papa su inquietud, y dispensándole en los intersticios, le hizo recibir en tres dias festivos todos los órdenes sagrados, incluso el sacerdocio. No habia memoria de que en mucho tiempo se hubiesen visto servidos los altares con tanta pureza y con tanto fervor. Comunmente se decia que Cayetano en el altar era un serafín, y en el pulpito un apóstol. Muerto el papa Julio, solo suspiró por el retiro. Renunció el oficio que tenia en la corte, juntamente con la prelatura que estaba aneja á él, determinado á emplearse única y enteramente en el ejercicio de buenas obras. Luego que se restituyó á Vicencia, se alistó en la congregación de san Jerónimo, formada sobre el modelo de la del Amor divino, pero compuesta solo de oficiales y de gente popular. No lo llevó á bien su familia; mas el santo había tiempo que estaba muerto á todos los respetos humanos. Habiendo nacido, por decirlo así, con un amor como congénito á la pobreza evangélica, profesaba cierta pasión particular á los pobres, que iba creciendo al paso que su virtud. Y no pudiendo ceñirse su caridad á los estrechos límites de aquella congregación, se extendía á todos los pobres y enfermos de la ciudad, sin que ninguno se escapase al vigilante cuidado de su caritativo zelo.
Era su director un santo religioso de la orden de santo Domingo, cuya principal ocupación era moderar los excesos de su fervor, y reprimir las demasías á que le inclinaba su insaciable sed de humillaciones y de abatimientos. Su continua asistencia en los hospitales, y aquella su fervorosa ansia de servir siempre á los enfermos mas asquerosos, renovó el espíritu de la caridad, casi apagado en el corazón de los ciudadanos. A ejemplo de san Cayetano, tanto plebeyos como nobles competían á porfía en la asistencia de los pobres enfermos; de manera que dentro de pocos dias aquellos mismos hospitales, de donde algunos dias antes parecía estar desterrada toda gente de alguna distinción, pasaron de repente á ser las casas mas frecuentadas de toda la ciudad.
Pero mayor teatro iba disponiendo el cielo á la espaciosa caridad de nuestro santo. Ordenóle su prudente director que pasase á Venecia; y Cayetano obedeció sin dar oidos á su inclinación ni á su repugnancia. Lloró Vicencia la falta de tan virtuoso operario; pero Venecia, adonde ya se había adelantado la fama de su nombre, celebró su dicha y le recibió con extremada alegría. Mudó de lugar, mas no mudó de inclinación ni de ejercicio. Escogió para su habitación el hospital nuevo; hizo tanto bien en él, así por la asistencia á los enfermos, como por el buen orden que entabló en aquella casa recien fabricada, que sin dificultad se le llamó su verdadero fundador. A esto se siguió la reforma general de las costumbres y la conversión de muchos pecadores; fruto todo de sus frecuentes exhortaciones y de sus santos ejemplos. A vista de tantos prodigios se persuadió el director de Cayetano que no era suficiente campo á su zelo el de una ciudad particular, y que sin duda le destinaba el cielo para servir á la Iglesia universal de un modo mas dilatado y mas glorioso. Con este pensamiento le envió á Roma, donde se unió mas estrechamente que nunca con los principales miembros de la congregación del Amor divino. Éranlo Juan Pedro Carrafa, obispo á la sazón de Teati, vulgarmente llamada Tieti, que después fué papa, con el nombre de Paulo IV; Pablo Consigliere, de la ilustre casa de Ghisleri, y Bonifacio de Cola, gentilhombre milanés. Con estos virtuosos personajes estrechó amistad nuestro santo; y conferenciando con ellos sobre los medios de reformar muchos abusos, y de remediar la relajación que se había introducido en el estado eclesiástico, resolvió fundar una religión de clérigos reglares, tomando por modelo la vida de los apóstoles.
Era el intento grande, y ardua verdaderamente la empresa; pero llenos de confianza en la pureza de su intención, acudieron al papa Clemente VII, suplicándole les admitiese la dimisión de sus beneficios y de sus empleos, y pidiéndole su protección para la ejecución de un pensamiento que consideraban tan útil á la universal Iglesia. Tuvo el papa gran dificultad en todo, pero principalmente en consentir que Carrafa renunciase su obispado; y los cardenales la tuvieron mucho mayor en aprobar un instituto, que no solo se despojaba de todo género de fondos y de rentas, como los religiosos franciscos, sino que obligaba á todos los que le profesasen á no pedir limosna de modo alguno, abandonándose total y enteramente á la divina Providencia. Pero así Carrafa como Cayetano representaron con tanta energía y solidez la conformidad de esta manera de vida con la que habían profesado los apóstoles y los primeros discípulos de Cristo, que obtuvieron, en fin, la aprobación de aquel admirable instituto, que en estos últimos tiempos renueva el espíritu y el mas perfecto desasimiento de los primeros siglos de la Iglesia. El dia, pues, 14 de setiembre del año de 1524, san Cayetano y sus tres ilustres compañeros, después de haber renunciado todos sus bienes, cuya mayor y mejor parte tocó á los pobres, hicieron sus votos en la iglesia del Vaticano en manos de monseñor Juan Bautista Bonciano, obispo de Caserta, datario apostólico y diputado del papa para esta tierna función. Habia ya aprobado su Santidad con grandes elogios el nuevo instituto bajo el nombre de Clérigos reglares, en una bula expedida en 24 de junio del mismo año de 1524. Después que hicieron sus votos, eligieron por superior á Carrafa; y porque el papa quiso absolutamente que mantuviese siempre el título de obispo de Teati, se llamaron teatinos los nuevos religiosos, conservando después este nombre, que tomaron de aquella ciudad.
Como el zelo de aquellos varones apostólicos tenia por primer objeto remediar la indevoción y la ignorancia en los eclesiásticos, el desorden de las costumbres en los legos, la negligencia del culto divino en las iglesias, y la poca afición á la frecuencia de sacramentos en todos, fué el fin de su instituto, lo primero, restaurar la pureza de costumbres, el amor al estudio, la circunspección y el porte arreglado en el cuerpo de la clerecía; lo segundo, extinguir en él la codicia y renovar el desinterés, amoldándole al espíritu y á la perfección de la pobreza apostólica; lo tercero, restituir la decencia y aun la magnificencia á los templos, resucitando al mismo tiempo aquel espíritu de respeto y de religión que debe animar todas las ceremonias exteriores de la Iglesia; lo cuarto, purgar el pulpito ó la cátedra de la verdad de las bajezas, de los abusos y de las profanidades que se habían introducido en ella; lo quinto, perseguir en todas partes las nuevas herejías, asistir á los enfermos hasta la sepultura y acompañar los reos al suplicio.
Así Roma como toda Italia experimentaron luego los efectos de aquel admirable instituto, cuya alma era nuestro Cayetano. Atraídos del olor de su virtud y de la de sus compañeros, acudieron muchos á alistarse en la nueva religión, comenzándose á llamar teatinos, no solamente los que la profesaban, sino todos aquellos eclesiásticos devotos que hacían vida algo mas ejemplar. Concurrió tanto número de pretendientes, que fué preciso buscar otra casa mas espaciosa; y así se establecieron en el monte Pincio, de donde el año siguiente los obligó también á salir la violencia de las tropas del emperador, después que tomaron á Roma por asalto. Saquearon la casa y maltrataron á los padres, pero sobre todo, á san Cayetano, á quien dieron tormento por instigación de un soldado, que, habiéndole conocido en Vicencia, le suponía ahora tan poderoso como entonces. Después de tan crueles pruebas, salió de Roma descoyuntado todo el cuerpo, con sus compañeros, todos con el breviario debajo del brazo, vestidos de unas pobres sotanas; y habiéndose embarcado en el puerto de Ostia, dieron fondo en Venecia. Recibiólos el señorío con veneración, y los alojó en San Nicolás de Tolentino; pudiéndose decir que aquí nació segunda vez aquella sagrada familia.
Concluidos los tres años del gobierno de Carrafa, sin atender á los ruegos ni á las lágrimas de Cayetano, fue electo por superior de una congregación que le reconocía por su fundador y por su padre. Los cuidados del nuevo empleo en nada disminuyeron sus desvelos por el alivio de los pobres extraños. Era la misma su asistencia á los hospitales; pero nunca resplandeció mas su ardiente caridad, nunca se hizo admirar mas de todo el país que en la peste que trajeron los navíos de Levante.
En todas partes eran asombrosos los frutos de su zelo, sostenido con la opinión general de su virtud. Luego que se dejó ver en Verona, donde desgraciadamente se había introducido la discordia en el cuerpo de la clerecía, introdujo en él la tranquilidad juntamente con la reforma. Enviado á Nápoles de orden del pontífice para fundar en aquella ciudad una casa de su religión, aceptó el sitio y alojamiento que le dió el conde de Opido; pero nunca le pudo reducir á que admitiese los fondos y las rentas que le señalaba, alegando ser contrario á la perfección de pobreza que había profesado. Los frutos de la nueva fundación fueron los mismos en Nápoles que habían sido en Roma, en Venecia y en Verona. En todas partes donde estaba Cayetano entraba con él la reforma de las costumbres y mudaba de semblante el pueblo, el clero, la nobleza y los magistrados.
El papa Paulo III, que sucedió á Clemente VII, elevó á la púrpura á Juan Pedro Carrafa; lo que añadió mucho lustre á la nueva congregación. Mientras tanto, nuestro Cayetano, no menos atento á conservar la pureza de la fe, que á restituir la santidad de sus costumbres en fuerza de su vigilancia, descubrió en Nápoles tres herejes disfrazados, que, con el especioso sobrescrito de virtud y de reforma, sembraban en aquella ciudad las perniciosas novedades del luteranismo. Viéronse obligados á retirarse de ella Valdés, Mártir y Ochin, porque no quisieron convertirse; y aquella gran ciudad debió al zelo de nuestro santo la dicha de preservarse del contagio de la herejía. A impulsos de su mismo zelo, se vió precisado á repetir muchos viajes á Roma, á Venecia y al Vicentino, con suceso igualmente feliz en todas partes, sin que, en medio de tantas agitaciones, se alterase un punto su recogimiento interior, su devoción particular ni su penitencia. Antes bien, parece que crecía con sus ocupaciones el tierno amor que profesaba á Jesucristo y á la santísima Virgen. Abrasado en él su corazón, nunca pronunciaba el dulce nombre de Jesús sin añadir el de María.
Entrando en la iglesia de Santa María la Mayor la vigilia de Navidad para pasar en ella la noche, luego que se puso en oración, se le dejó ver el niño Dios en el mismo estado que tenia al tiempo de su nacimiento. Estrechóle en sus brazos la santísima Virgen, y al punto le pasó á los de Cayetano, cuya alma quedó como inundada en consuelos celestiales; pero de una manera inefable, según él mismo lo declaró. Después de este insigne favor, parecía no vivir ya ni alimentarse sino del fuego del amor divino, cuyos incendios le salían continuamente al semblante. Perpetuamente maceraba su carne con un santo rigor, y nunca se quitaba el cilicio sino para despedazarse á azotes con disciplinas de hierro, pasando muchas veces noches enteras en estos sangrientos ejercicios. Su ayuno era continuo; ninguna ocupación exterior interrumpia su íntima unión con Dios; y alguna vez se le vio seis y siete horas seguidas en oración extático é inmoble.
Pero aunque estos favores parecían elevarle á una condición superior á la común de los mortales, no por eso le hacían insensible á las calamidades públicas. Afligíanle sobre todo las persecuciones de la Iglesia, despedazada con las nuevas herejías. Hacia incesantes oraciones, imponía ayunos á sus hijos; y es verosímil que el vivo dolor que le causaban los males públicos, le abrevió los dias de la vida. Con los milagros que obraba crecía cada dia mas la opinión de su santidad. Rompiósele un hueso cerca del talón á uno de sus religiosos, y se le formó una apostema tan perjudicial, que los cirujanos determinaron cortarle la pierna. Rogóles san Cayetano que dilatasen la operación hasta el dia siguiente, y pasó una parte de la noche haciendo oración en el cuarto del enfermo. Acabada esta, quitó la venda del pié, besó la llaga, hizo sobre ella la señal de la cruz, y cuando acudieron los cirujanos por la mañana para hacer su peligrosa operación, hallaron el pié tan sano, como si jamás hubiera padecido cosa alguna.
Habia mucho tiempo que la salud de nuestro santo se iba debilitando visiblemente, sin que por eso desmayase su fervor, hasta que, arruinada en fin al peso de sus apostólicos trabajos y de sus grandes penitencias, cayó mortalmente enfermo. Quiso el médico que se acostase en un colchón; pero el santo exclamó luego: Mi Salvador espiró en una cruz; bueno será que á lo menos muera yo sobre la ceniza. Con efecto, en este estado de penitencia, recibidos los últimos sacramentos, y habiendo exhortado á sus hijos á que nunca sufriesen la menor relajación en la perfección de su instituto, entregó dulcemente su espíritu al Criador en Nápoles el dia 7 de agosto, del año de 1547, á los sesenta y siete de su edad, y á los veinte y tres de la fundación de su orden. Enterróse el santo cuerpo con grande solemnidad en su iglesia de San Pablo de Nápoles donde se conserva hasta el dia de hoy con la mayor veneración. Por los grandes milagros que obró en vida, y por los que se aumentaron después de su santa muerte, el papa Urbano VIII le beatificó en el año de 1629; y en el de 1673 el papa Clemente X, precediendo las formalidades acostumbradas, le canonizó y puso en el catálogo de los santos. Cada dia se está experimentando lo mucho que puede con Dios san Cayetano; siendo el mejor testimonio las maravillas que obra el Señor por su intercesión. A ella debieron en el año de 1660 los serenísimos Elector y Electriz de Baviera su hija primogénita María Ana Victoria, que casó después con el señor Delfín; y en reconocimiento de este beneficio la señora Electriz envió á cuarenta casas de padres teatinos un niño de plata, como se ve en su iglesia de París y en las de Italia.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.