jueves, 6 de agosto de 2026
La Transfiguración del Señor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Petri. 1, 16-19)
Léctio Epístolæ beáti Petri Apóstoli Caríssimi: Non doctas fábulas secúti notam fecimus vobis Dómini nostri Jesu Christi virtútem et præséntiam: sed speculatores facti illíus magnitudinis. Accipiens enim a Deo Patre honórem et glóriam, voce delapsa ad eum hujuscemodi a magnifica glória: Hic est Fílius meus diléctus, in quo mihi complacui, ipsum audíte. Et hanc vocem nos audivimus de cœlo allatam, cum essemus cum ipso in monte sancto. Et habémus firmiórem propheticum sermónem: cui bene facitis attendentes, quasi lucérnæ lucénti in caliginóso loco, donec dies elucescat et lucifer oriátur in córdibus vestris.
Por lo demás, no os hemos hecho conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, siguiendo fábulas o ficciones ingeniosas; sino como testigos oculares de su grandeza, porque al recibir de Dios Padre aquel glorioso testimonio, cuando desde la nube en que apareció con tanta brillantez la gloria de Dios, descendió una voz que le decía: Este es mi Hijo amado, en quien estoy complaciéndome, escuchadle, nosotros oímos también esta voz venida del cielo, y vimos su gloria estando con él en el monte santo del Tabor. Pero tenemos todavía el testimonio más firme que el nuestro que es el de los profetas, al cual hacéis bien en mirar atentamente, como a una antorcha que luce en un lugar oscuro, hasta tanto que amanezca el día, y la estrella de la mañana nazca en vuestros corazones, [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Segunda de San Pedro, cap. 1 — Cornelio a Lápide
Vers. 16. «Porque no os hemos dado a conocer la virtud y la presencia de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas ingeniosas, sino hechos testigos oculares de su grandeza.» La partícula «porque» da la razón, como si dijera: si os hubiera transmitido fábulas, la muerte que me amenaza me advertiría y me forzaría a arrepentirme y a retractarme de ellas; pero es verdadero, y no fabuloso, cuanto os he transmitido; por lo cual no cesaré, ni aun después de mi muerte, de inculcároslo.
«Siguiendo fábulas ingeniosas.» Beda, Lirano, Cayetano, Adam y otros leen «indoctas» (necias) en vez de «doctas» (ingeniosas); pero las Biblias romanas leen «doctas»: en griego σεσοφισμένους, esto es, sabiamente compuestas, ingeniosamente fingidas, ordenadas a persuadir, capciosas, sofísticas. De donde Pagnino traduce «engañosas»; la Tigurina, «compuestas con arte»; Vátablo, «sutiles y forjadas para engañar». Reprende las fábulas de los gentiles, de los judíos y de los herejes: de los gentiles, porque filósofos y poetas fingieron mucho acerca de Júpiter, Marte y Diana, y de sus metamorfosis en toro, aves y bestias, con que velaban su obscenidad, como describe latamente Ovidio en las Metamorfosis; de los judíos, porque están llenos de fábulas, como consta del Talmud; de los herejes, como Simón Mago, que se transformaba en varias figuras, y los valentinianos con sus treinta Eones, y los que se llamaban gnósticos, esto es, sabios y doctos, semejantes a los herejes modernos, políticos y ateos, que se jactan de sabios como nuevos gnósticos, y a quienes con razón llamarías «hugnósticos».
«Os hemos dado a conocer la virtud de nuestro Señor Jesucristo»: δύναμιν, esto es, la fuerza, potencia y eficacia, ya para expiar los pecados, ya para corregir las costumbres, ya para obrar milagros, ya para salvar y hacer bienaventurados, ya para convertir el mundo; fuerza que aparece tanto mayor cuanto que sometió al orbe no con el hierro, sino con el madero; no combatiendo, sino padeciendo. Reprende a Simón Mago, que se hacía pasar por Cristo y se llamaba «virtud de Dios». «Y la presencia» (así la romana): esto significa el griego παρουσίαν; Pagnino y la Tigurina traducen «advenimiento». Mal, pues, leen algunos «presciencia». El sentido es: Cristo, Hijo de Dios, descendió a nosotros no sólo por su virtud y operación, sino por su presencia y sustancia, cuando «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».
«Sino hechos testigos oculares»: ἐπόπται, esto es, inspectores, indagadores exactos, testigos de vista. Tal fue San Pedro, inspector de la gloria de Cristo en su transfiguración. De donde Pagnino y la Tigurina traducen aquí: «Sino que con nuestros propios ojos contemplamos su majestad», conforme a aquello de I Juan 1: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida.» El sentido es: creedme, porque no soy fabulador, sino ἐπόπτης, testigo ocular; narro lo que vi, no lo que oí: pues vale más un solo testigo de vista que diez de oídas. «De su grandeza» (de Cristo): μεγαλειότητος, esto es, de la grandeza, majestad, magnificencia, gloria y claridad, porque «resplandeció su rostro como el sol». Y aunque algunos parecen decir que Pedro, Juan y Santiago vieron en la transfiguración la esencia divina, comúnmente enseñan los Padres lo contrario: la vieron no en sí misma, sino en su efecto, es decir, en la gloria y claridad del cuerpo de Cristo, la cual manaba de la gloria de su alma y era efecto de su divinidad.
Vers. 17. «Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando descendió a Él desde la magnífica gloria una voz de esta manera.» «Recibiendo» equivale a «recibe»: es enálage hebrea, pues los hebreos usan los participios por los verbos. Recibió honor y gloria: primero, porque su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve; segundo, porque aparecieron Moisés y Elías hablando con Él; tercero, porque el Padre tronó desde la nube: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle.» Así, la gloria de Cristo consistió propiamente en el esplendor del rostro y de las vestiduras; el honor, en la voz del Padre dirigida a Él. «Cuando descendió una voz desde la magnífica gloria», esto es, desde la nube luminosa y refulgente, que era índice de la gloria divina. De donde San Agustín: «Toda la Trinidad formó la voz desde la magnífica potestad, pero aquella voz indicaba sólo al Padre.»
«Éste es mi Hijo», el que prometí en el Salmo 2: «Hijo mío eres tú»; y como en otro tiempo lo prometí, así ahora lo presento, dice Tertuliano, como quien sucede, cual nuevo legislador, a Moisés y a Elías que se retiran, esto es, a la Ley y a los Profetas. «Amado»: ἀγαπητός, esto es, digno de amor, amadísimo. San Cipriano traduce «dilectísimo»: y esto, primero, porque es Hijo mío natural; segundo, porque me es ὁμοούσιος y consustancial, no adoptivo por gracia como los demás santos; tercero, porque es único y unigénito. De donde Hilario: «Es Hijo por origen, verdad y nacimiento, no por adopción, denominación ni creación.» Y San León: «Éste es mi Hijo, no de adopción, sino propio; no creado de otra parte, sino engendrado de Mí; ni hecho comparable conmigo de otra naturaleza, sino nacido igual a Mí de mi propia esencia.»
«En quien me he complacido»: εἰς ὃν εὐδόκησα, esto es, en quien derramé todo mi beneplácito, propósito y voluntad propensa. Vátablo: «en quien estoy aplacado y reconciliado con el mundo.» Se complació, pues, Dios en Cristo: primero, porque, unido hipostáticamente al Verbo, lo ama con amor infinito como a su Hijo, y descansa todo entero complaciéndose en Él; segundo, porque sólo por medio de Él le plugo redimir a los hombres e instituir la nueva ley y la Iglesia; tercero, porque en su suma obediencia, humildad y santidad se complació admirablemente, y por Él quedó aplacado con todo el género humano; cuarto, porque por Él ama, santifica y destina por hijos y herederos suyos a todos los que en Él creen. Alude a aquello de Isaías 42: «He aquí a mi siervo, a quien sostendré; mi elegido, en quien se complació mi alma»; y al himno de los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»
«Escuchadle»: creed en Él y obedecedle. Escuchadle a Él, digo, no a Moisés, que enseña las sombras de la ley; no a Elías, que cierra el cielo y de él hace descender el fuego con que pierde a los pecadores; sino a Él, verdadero maestro del Evangelio, legislador de la nueva ley, guía del cielo, dechado de santidad, mensajero de mi voluntad, y por tanto figura y carácter de mi sustancia. Quien, pues, le escucha a Él, me escucha a Mí; quien le desprecia a Él, me desprecia a Mí. Alude al oráculo de Moisés acerca de Cristo: «El Señor tu Dios te suscitará de tu gente y de tus hermanos un profeta semejante a mí; a Él escucharás... Pondré mis palabras en su boca... y quien no quisiere oír sus palabras, yo seré su vengador» (Deut. 18).
Nótese que esta voz del Padre dirigida a Cristo no se produjo antes, como quieren algunos, sino después de la partida de Elías y Moisés, cuando entraron en la nube, según dice Lucas 9; de donde añade el mismo: «Y mientras se producía la voz, se halló a Jesús solo», para que quedara clarísimo que esta voz se refería sólo a Cristo, y no a Moisés o Elías. Además, aquí quedó representada la Santísima Trinidad, como también en el bautismo de Cristo: el Padre en la voz, el Hijo en la gloria divina, el Espíritu Santo en la nube.
Vers. 18. «Y esta voz nosotros (yo, Santiago y Juan) la oímos traída del cielo (de la nube y del aire más alto), estando con Él en el monte santo.» ἐνεχθεῖσαν, esto es, traída, descendida. Fabro Estapulense opina que este monte fue el Líbano; pero es falso, pues Cristo poco después de la transfiguración descendió a Cafarnaúm, ciudad vecina al monte Tabor. La sentencia común, pues, es que este monte fue el Tabor, al que los Setenta y Josefo llaman Itabirio. «Tabor» en hebreo significa «vino la luz», o «pureza», o «elección», lo cual conviene aptamente a la transfiguración de Cristo, pues en él resplandeció Cristo con luz solar y sancionó la primera ley del Evangelio, que conduce a los elegidos al cielo. Con razón, pues, se llama santo este monte.
Vers. 19. «Y tenemos la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en atender como a una lámpara que luce en lugar tenebroso.» San Pedro había probado que la fe del Evangelio y de Cristo por él predicada es verdadera y divina, por la visión ocular de la gloria de Cristo en la transfiguración y por la audición de la voz del Padre: «Éste es mi Hijo amado.» Ahora, para que no parezca apoyarse sólo en aquello, ni alguien la tenga por sospechosa de ilusión o adulación como cosa privada, la confirma con el testimonio público y certísimo de los Profetas; pues llama «palabra profética» a los oráculos de los Profetas acerca de Cristo, de su divinidad, encarnación, muerte y redención, cual es aquello del Salmo 2: «Hijo mío eres tú, yo te engendré hoy.» Esta palabra profética, dice San Agustín, no es más verdadera ni mejor, pero sí más firme que la visión y audición del mismo Pedro; porque, aunque aquella claridad y voz eran realmente divinas, los judíos podían atribuir tanto la voz como la claridad a prestigios mágicos o a fábulas, lo cual no podían decir de los Profetas, que precedieron a Cristo por muchos siglos. Añádase que la fe es más firme y cierta que toda ciencia, demostración y visión sensitiva; por lo cual, con razón, Gañeyo y otros interpretan «más firme» como «firmísima».
«Como a una lámpara que luce en lugar tenebroso.» La profecía y toda la Escritura es como una lámpara que luce en la noche y en las tinieblas de este siglo y de esta vida, iluminándolas, pero moderada y oscuramente, a manera de lámpara, para mostrarnos a Cristo como sol de justicia y conducirnos a Él: «pues toda profecía es una gran lámpara que apunta a Cristo», dice San Agustín. «En lugar tenebroso»: ἐν αὐχμηρῷ τόπῳ, esto es, en lugar escuálido, oscuro, sórdido y horrendo; tal es este mundo y esta vida. «Hasta que amanezca el día y el lucero se levante en vuestros corazones.» Lo mismo es amanecer el día que levantarse el lucero, pues salido éste se hace la aurora y luce el día. Preguntarás qué día y qué lucero sean éstos: Ecumenio responde que son el pleno conocimiento de la fe y del Evangelio, de suerte que la profecía sea la noche, el Evangelio la aurora y el lucero, y la visión beatífica el claro día y el mediodía. De donde el mismo Cristo dice de sí: «Yo soy la estrella espléndida y matutina», es decir, el lucero (Apoc. 22). El sentido, pues, es: atended a la lectura y estudio de los Profetas, para que por ellos os confirméis en la fe de Cristo, hasta que os amanezca el conocimiento más cierto y claro del Evangelio, sucediendo al más oscuro de los judíos y de los Profetas, y así, confirmados en él, seáis conducidos al claro mediodía de la eternidad y de la visión de Dios.
Comentario a la Segunda de San Pedro, cap. 1, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 17, 1-9)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Assúmpsit Jesus Petrum, et Jacóbum, et Joánnem fratrem ejus, et duxit illos in montem excélsum seórsum: et transfigurátus est ante eos. Et resplénduit fácies ejus sicut sol: vestiménta autem ejus facta sunt alba sicut nix. Et ecce, apparuérunt illis Moyses et Elías cum eo loquéntes. Respóndens autem Petrus, dixit ad Jesum: Dómine, bonum est nos hic esse: si vis, faciámus hic tria tabernácula, tibi unum, Móysi unum et Elíæ unum. Adhuc eo loquénte, ecce, nubes lúcida obumbrávit eos. Et ecce vox de nube, dicens: Hic est Fílius meus diléctus, in quo mihi bene complácui: ipsum audíte. Et audiéntes discípuli, cecidérunt in fáciem suam, et timuérunt valde. Et accéssit Jesus, et tétigit eos, dixítque eis: Surgite, et nolíte timére. Levántes autem óculos suos, néminem vidérunt nisi solum Jesum. Et descendéntibus illis de monte, præcépit eis Jesus, dicens: Némini dixéritis visiónem, donec Fílius hóminis a mórtuis resúrgat.
Seis días después tomó Jesús consigo a Pedro, y a Santiago, y a Juan su hermano; y subiendo con ellos solos a un alto monte, se transfiguró en su presencia; de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la nieve. Y al mismo tiempo les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús : Señor, bueno es estarnos aquí; si te parece, formemos aquí tres pabellones, uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Todavía estaba Pedro hablando, cuando una nube resplandeciente vino a cubrirlos; y al mismo instante resonó desde la nube una voz que decía: Este es mi querido Hijo, en quien tengo todas mis complacencias. A él habéis de escuchar. A esta voz los discípulos cayeron sobre su rostro en tierra, y quedaron poseídos de un gran espanto. Mas Jesús se acercó a ellos, los tocó, y les dijo: Levantaos, y no tengáis miedo. Y alzando los ojos, no vieron a nadie más, sino a Jesús . Y al bajar del monte, les puso Jesús precepto, diciendo: No digáis a nadie lo que habéis visto, hasta tanto que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 17, 1-9 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Remigio. Seis días después el Señor realizó, en la transfiguración sobre la montaña, la promesa que había hecho a los discípulos de su aparición gloriosa. Por eso se dice: "Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan", etc.
San Jerónimo. Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1. El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.
Rábano. Mas con razón les manifestó su gloria después de seis días, porque después de las seis edades o épocas del mundo tendría lugar su resurrección.
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. O también, porque este mundo fue hecho visible en seis días completos y el que penetra todas las cosas del mundo, es el que puede subir a las altas montañas y contemplar la gloria del Verbo de Dios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1. Tomó El a esos tres discípulos porque eran los que ocupaban los tres puestos más elevados. Ved como San Mateo no oculta esa preferencia de los tres discípulos, ni tampoco San Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro: no conocían los apóstoles ni la emulación ni la vanagloria.
San Hilario, in Matthaeum, 17. También se significa en los tres que tomó consigo la futura elección de los pueblos, atendido el triple origen de Cam, Sem y Jafet.
Rábano. O también lleva consigo solamente tres, porque son muchos los llamados y pocos los elegidos. O también porque los que conservan ahora en su alma pura la fe de la Santa Trinidad, gozarán después de su visión eterna.
Remigio. El Señor, para manifestar a sus discípulos la gloria de su felicidad, los lleva al monte. Por eso sigue: "Y los lleva a un monte", etc. En esto el Señor nos enseña que es preciso, para todo el que desea contemplar a Dios, no estar enfangado en los bajos placeres, sino levantar su alma a las cosas celestiales mediante el amor de las cosas superiores. También a sus discípulos, les enseña que no deben buscar la gloria de su beatitud divina en las regiones bajas del mundo, sino en el reino de la beatitud celestial. Y son llevados separadamente, porque todos los santos están separados con toda su alma y por la dirección de la fe de toda mancha y serán separados radicalmente en el tiempo venidero, o también porque muchos son los llamados y pocos los elegidos.
Remigio. Sigue: "Y se transfiguró", etc.
San Jerónimo. El Señor apareció a los apóstoles como estará en el día del juicio. No se crea que el Señor dejó su aspecto y forma verdadera, o la realidad de su cuerpo y que tomó un cuerpo espiritual. El mismo evangelista nos dice cómo se verificó esta transfiguración en estas palabras: "Resplandeció su rostro como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve"; estas palabras nos manifiestan que su rostro resplandecía y que sus vestiduras eran blancas. No hay cambio, pues, en la substancia, el brillo es lo que había cambiado. El Señor efectivamente se transformó en aquella gloria, con que vendrá después a su Reino. La transformación le dio esplendor, mas no le quitó la figura. Supongamos que su cuerpo hubiese sido espiritual, ¿cómo se cambiaron sus vestiduras? Porque se pusieron tan blancas, que, según otro evangelista ( Mc 9), ningún lavandero de la tierra las podría poner tan blancas. Todo esto es corporal y apreciado por el tacto y no espiritual que ilusiona la vista y es sólo un fantasma.
Remigio. Y si el rostro del Señor resplandeció como el sol y el de los santos resplandecerá también como el sol, ¿será, por ventura, igual el resplandor del Señor y el de sus siervos? De ninguna manera; sino que como no hay cosa que brille tanto como el sol, se vale de él como comparación de la resurrección futura y por eso dice que el rostro del Señor y el de los santos brillarán como el sol.
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. En sentido místico aquel que, según lo que hemos dicho, ha pasado seis días, ve a Jesús transfigurado delante de los ojos de su corazón. Porque el Verbo de Dios tiene diversas formas y se manifiesta a cada uno bajo la forma que conviene al que se manifiesta y a ninguno se manifiesta de una manera distinta de la que cada uno puede recibir. Por esta razón no dijo: se transfiguró simplemente, sino delante de ellos. Porque comprenden simplemente en los Evangelios a Jesús aquellos, que no suben por el ejercicio de las virtudes espirituales al monte elevado de la sabiduría; pero los que suben, le conocen no ya según la carne, sino como Verbo de Dios. Delante de éstos se transfigura Jesús, mas no delante de aquellos que viven entregados a la vida de la tierra. Y éstos, delante de los que se transfigura Jesús, son hechos hijos de Dios, y se muestra Jesús a ellos como el sol de justicia y con vestiduras brillantes como la luz. Estas vestiduras, de que se cubre Jesús, son los discursos y los escritos evangélicos, por los que los apóstoles han expresado sus misterios.
Glosa. O también significan las vestiduras los santos, de quienes dice Isaías ( Is 49,18): "Te vestirás como con un vestido de todos ellos". Son comparados con la nieve porque brillarán con la blancura de la virtud y estarán lejos del fuego de las pasiones.
Glosa. Sigue: "Y he aquí les aparecieron Moisés", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.56,1. Hubo muchos motivos para esto. Primeramente porque el pueblo decía que Jesús era Elías o Jeremías, o uno de los profetas y para que vieran la diferencia entre el Señor y sus siervos, se manifestó rodeado de los principales profetas. En segundo lugar, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de transgresor de la Ley, de blasfemo y de usurpador de la gloria del Padre y a fin de hacer ver Jesús su inocencia de todas estas acusaciones, se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable para ellos. Porque Moisés promulgó la Ley y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios. Otro motivo fue, para que supiesen que El tenía poder sobre la muerte y sobre la vida. Por esta razón presenta a Moisés que había muerto y a Elías que aun vivía. El evangelista añade otro motivo y es el manifestar la gloria de la cruz y calmar a Pedro y a otros discípulos, que tanto miedo tenían a la pasión. Porque hablaban, dice otro evangelista ( Lc 9), de la muerte que debía tener lugar en Jerusalén. Por eso se presenta con aquellos que se expusieron a morir por agradar a Dios y por la salud de los que creían. Ambos, en efecto, se presentaron libremente a los tiranos, Moisés al Faraón ( Ex 5) y Elías a Achab ( 1Re 10). También se aparece con ellos, para animar a los discípulos a que imitasen a Moisés en la mansedumbre y a Elías en el celo.
San Hilario, in Matthaeum, 17. Moisés y Elías fueron elegidos entre todos los santos para asistir a Cristo, para manifestarnos que el reino de Cristo está colocado entre la Ley y los Profetas, con los que juzgará el Señor, según tiene anunciado al pueblo de Israel.
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. Si alguno comprende la relación del espíritu de la Ley y las palabras de Jesús y la sabiduría de Cristo oculta en las profecías, éste ve a Moisés y a Elías en la misma gloria con Jesús.
San Jerónimo. Es de considerar que el Señor se negó a dar a los escribas y a los fariseos las señales que le pedían. Y a los apóstoles, para aumentar su fe, les da la señal: nada menos que la de hacer bajar a Elías del lugar donde estaba y la de sacar a Moisés de entre los muertos, que es lo que se había mandado a Achab por Isaías ( Is 7): "Que pidiese una señal en el cielo o en el infierno".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,2. Las palabras que dijo el ardoroso Pedro son éstas: "Y tomando Pedro la palabra, dijo: Señor, bueno es que nos estemos aquí", etc. Porque comprendió que era conveniente que Jesús fuera a Jerusalén, aun teme por Cristo, pero después de la reprensión no se atreve a decir otra vez: "Ten compasión de Ti" ( Mt 16,22), mas indirectamente y con otras palabras le insinúa lo mismo. Porque veía la mucha tranquilidad y la soledad, pensó que les era conveniente quedarse allí; él lo conjetura por la disposición del lugar y esto es lo que significan las palabras: "Bueno es que nos estemos aquí", etc. Quiere permanecer allí para siempre y por eso habla de tiendas: "Si quieres, hagamos aquí tres tiendas" etc.; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña ( 2Re 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios ( Ex 24; 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban.
Remigio. O de otra manera, Pedro, después de haber visto la majestad del Señor y de sus dos siervos, se complació de tal manera, que se olvidó de todo lo temporal y quisiera estar allí eternamente. Y si entonces Pedro se entusiasmó de esa manera, ¿cuán grande no será la suavidad y la dulzura al ver al Rey en todo su esplendor y al encontrarse en medio de los coros de los ángeles y de todos los santos? En las palabras de Pedro: "Señor, si quieres", se ven claramente la humildad del súbdito y la obediencia del servidor.
San Jerónimo. Vas equivocado, Pedro; o como dice otro evangelista ( Lc 9), no sabes lo que te dices: no busques tres tiendas porque no hay más tienda que la del Evangelio, donde están contenidos la Ley y los Profetas. Mas si buscas tres tiendas, no iguales a los siervos con el Señor; haz tres tiendas (o mejor una sola) para el Padre, para el Hijo y para el Espíritu Santo. Porque las tres Personas que forman un solo Dios, no deben tener en tu corazón más que una sola tienda.
Remigio. Se equivocó además porque quiso establecer aquí en la tierra el reino de los elegidos, que prometió Dios dar en el cielo. Se equivocó también porque se olvidó de que tanto él como sus compañeros eran mortales y quiso subir, sin gustar la muerte, a la felicidad eterna.
Rábano. Y además, porque quiso hacer tiendas para la vida del cielo donde no hay necesidad de casas, según aquellas palabras ( Ap 21,22): "Yo no vi templo en ella".
San Jerónimo. Todos los que querían una tienda terrenal hecha de ramas o de tiendas de campaña, están envueltos por la sombra de una nube brillante. Por eso se dice: "El estaba aún hablando, cuando vino una nube luminosa", etc.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3. El Señor presenta una nube tenebrosa, como aconteció en Sinaí ( Ex 19), cuando amenaza, pero como no trataba aquí de aterrar sino de enseñar, hizo aparecer una nube luminosa.
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. La nube luminosa que rodea a los santos es la virtud del Padre, o quizás el Espíritu Santo, y diré también que nuestro Salvador es la nube luminosa que cubre al Evangelio, a la Ley y a los Profetas. Así lo comprenden los que pueden mirar a la luz en su origen.
San Jerónimo. Pedro hizo una pregunta inconveniente y por eso no mereció la contestación del Señor, pero contesta el Padre por el Hijo, para que tuviera cumplimiento la palabra del Señor ( Jn 8,18): "El que me ha enviado da testimonio de Mí".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3. Mas no hablan Moisés ni Elías, sino que el Padre, que está sobre ellos, hace salir su voz de entre la nube, a fin de que crean los discípulos que esa voz viene de Dios. Siempre suele Dios aparecer en una nube, según aquello ( Sal 96,2): "La nube y la obscuridad están a su alrededor" y esto es lo que se dicen en las palabras: "Y he aquí una voz de la nube, diciendo".
San Jerónimo. El Padre hace que se oiga su voz desde el cielo, que da testimonio de su Hijo y enseña a Pedro, libre de error, la verdad. Y por medio de Pedro la enseña a los demás apóstoles. Por eso añade: "Este es mi Hijo el amado"; para éste debe hacerse una tienda, a éste debe obedecerse, éste es el Hijo, aquellos son los siervos. Ellos, lo mismo que vosotros, deben preparar al Señor una tienda en lo más profundos de su corazón.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3. No temas, pues, Pedro. Porque si Dios es poderoso, claro está que del mismo modo es poderoso el Hijo y si El te ama, no temas. Porque El no pierde al que ama, ni tú lo puedes amar tanto como El ama a su Padre, puesto que lo ama, no sólo porque lo ha engendrado, sino porque los dos no tienen más que una sola voluntad. Sigue: "En quien Yo mucho me he complacido", que vale tanto como decir, "en quien descanso", "a quien acepto", porque cumple con celo cuanto viene del Padre y no hay más que una sola voluntad entre El y el Padre y si éste quiere que sea crucificado, tú no te opongas.
San Hilario, in Matthaeum, 17. La voz del cielo atestigua que éste es el Hijo, el amado, aquel en quien se complace el Padre y a quien debemos obedecer, a quien debemos escuchar: "Escuchadle". El mismo, garante de tales maestros, había confirmado con su ejemplo que el que se niegue a sí mismo, cargue su cruz, muriendo el cuerpo, se haría merecedor a la gloria del Reino Celestial.
Remigio. Dice, pues: "Escuchadle", como si dijera en otros términos: desaparezcan las sombras legales, los símbolos de los profetas y seguid la luz brillante del Evangelio. O también, "Escuchadle", a fin de manifestar que El es a quien anunció Moisés ( Dt 18,13), diciendo: "Dios os suscitará un Profeta de entre vuestros hermanos; escuchadle como a mí". El Señor tuvo, pues, muchos testigos por todas partes. En el cielo la voz del Padre, en el paraíso a Elías, en los infiernos a Moisés y entre los hombres a los apóstoles, a fin de que delante de su nombre se doblase toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ( Flp 2).
Orígenes, homilia 3 in Matthaeum. La voz de la nube se dirige a Moisés y a Elías, que deseaban ver y oír al Hijo de Dios, o a los discípulos para instruirlos.
Glosa. Es de notar que el misterio de la segunda regeneración, que se verificará cuando resucitare la carne, se armoniza perfectamente con el misterio de la primera regeneración, que tiene lugar en el bautismo, donde resucita el alma. En el bautismo de Cristo se manifestó toda la Trinidad. Porque allí estuvo el Hijo encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma y el Padre se declaró en la voz. De la misma manera en la transfiguración, que es una figura misteriosa de la regeneración, se apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu Santo en la nube. Se pregunta ahora: ¿por qué el Espíritu Santo se apareció en el bautismo en forma de paloma y en la transfiguración en una nube? Porque suele manifestar ordinariamente sus dones invisibles por las formas que revisten exteriormente. Da en el bautismo la inocencia, significada por la sencillez de la paloma y en la resurrección dará resplandor y descanso. Este está figurado por la nube, y el resplandor de los cuerpos resucitados por el brillo de la nube luminosa.
Glosa. Sigue: "Y cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo".
San Jerónimo. Por tres causas cayeron aterrados de miedo. Porque comprendieron su error, porque quedaron envueltos en la nube luminosa y porque oyeron la voz de Dios cuando les hablaba. Y no pudiendo soportar la fragilidad humana tan grande gloria, se estremece con todo su cuerpo y toda su alma y cae en tierra. Porque el hombre que no conoce su medida, cuanto más quisiere elevarse hacia las cosas sublimes, más se desliza hacia las bajas.
Remigio. El acto de caer los discípulos sobre sus rostros es indicio de santidad. Porque de los santos se dice que caen sobre sus rostros y los impíos de espaldas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,4. ¿Pero cómo es que cayeron sobre sus rostros los discípulos en el monte, cuando antes en el bautismo de Cristo se oyó la misma voz, y, sin embargo, ninguno de los asistentes experimentó semejante cosa? Porque era grande la soledad, la altura y el silencio, la transfiguración imponente, la luz brillante y la nube extendida, todo lo cual no podía menos de causar espanto en el corazón de los discípulos.
San Jerónimo. El Señor misericordioso, viendo a sus discípulos arrojados por el suelo e incapaces de levantarse, se acerca a ellos y los toca. Con su contacto se desvanece el miedo y los debilitados miembros adquieren robustez. Esto es lo que significa: "Y se acercó el Señor y los tocó". Y sanó con su voz a los que había sanado con su mano. Por eso sigue: "Y les dijo: levantaos y no temáis". Primeramente les quita el miedo, para enseñarles después la doctrina. Sigue: "Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino sólo a Jesús". No sin motivo obró de este modo. Porque si hubieran continuado allí Moisés y Elías con el Señor, no hubieran tenido seguridad los discípulos de a quien daba testimonio la voz del Padre. Ven que el Señor estaba allí y que se desvanecieron Moisés y Elías. Porque después que desapareció la sombra de la ley y de los profetas, se vuelven a encontrar las dos cosas en el Evangelio. Sigue: "No digáis a nadie la visión", etc. No quiere que se publique lo que habían visto entre los pueblos, para que al oír la magnitud del prodigio no lo creyesen imposible y para que no sirviese a los hombres rudos de escándalo, el que a tan grande gloria siguiese después la cruz.
Remigio. O también, porque si se divulgaba en el pueblo la majestad del Señor, este mismo pueblo se opondría a los príncipes de los sacerdotes, e impediría la pasión y de este modo sufriría retraso la redención del género humano.
San Hilario, in Matthaeum, 17. Les manda que guarden silencio sobre las cosas que habían visto, a fin de que, cuando estuvieren llenos del Espíritu Santo, fuesen testigos de los hechos espirituales que acontecieran entonces.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena