sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 4 de agosto de 2026

Santo Domingo de Guzmán, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santo Domingo, confesor, fundador de la Orden de Predicadores.

Santo Domingo, destinado por el cielo para ser por sí mismo y por medio de sus hijos luz del mundo cristiano, una de las más fuertes columnas de la Iglesia, apoyo de la fe y de la religión, reformador de las costumbres y azote de los herejes, nació el año de 1170 en Caleruega, corto pueblo de Castilla la Vieja, en el obispado de Osma. Fué su padre Félix de Guzmán, de la ilustre y antigua casa de los Guzmanes, tan distinguida en España por los grandes servicios que ha hecho al estado, como por sus alianzas con las primeras casas de la Europa. Su madre doña Juana de Aza, de cuyos famosos antepasados hace la historia de España tan honorífica mención, aun fué mucho más recomendable por su gran virtud, que por su calificada nobleza.

Fué Domingo el tercero de sus hijos; y hallándose en cinta de él, soñó que paría un perrillo con una hacha encendida en la boca, que llenaba de luz y de claridad á toda la tierra. Muy en breve declaró y justificó el verdadero sentido de esta misteriosa visión la doctrina y el inmenso zelo de nuestro santo, confirmándose después con otra más clara que tuvo la virtuosa señora; porque, haciendo una novena en la iglesia de Santo Domingo de Silos, implorando su favor para el feliz alumbramiento, el santo se le apareció, y le aseguró pariría un hijo que sería antorcha del mundo cristiano y el consuelo de la Iglesia.

Desde luego anunciaron los primeros días de Domingo lo que había de ser andando el tiempo. No se notó puerilidad ninguna de las que son tan ordinarias en los otros niños. Estando aun en poder del ama que le criaba, se levantaba silenciosamente por la noche para emplear en oración el tiempo que hurtaba al necesario descanso. Por su bello natural, por su genio blando y dócil, por su corazón tierno y amoroso, y por su apacibilidad era la admiración de todos sus parientes y las delicias de su nobilísima familia. La natural inclinación que mostraba á la virtud hizo casi ocioso el cuidado de la educación. Encargóse de ella un tío suyo, arcipreste de la iglesia de Gumiel de Izán; y su mayor desvelo era poner freno á su fervor y moderar su excesiva aplicación al estudio.

Concluida la gramática, le enviaron á la universidad de Palencia, que á la sazón era una de las más célebres de España, y fué la misma que con el tiempo se trasladó á Salamanca. Hizo tan grandes progresos en las facultades mayores, que en menos de seis años fue uno de los teólogos más hábiles; pero, al paso que se hacía más sabio, se hacía también más santo. Ayunaba muchos días de la semana, maceraba su carne con rigurosas penitencias, su cama era la dura tierra, dormía poco y pasaba en oración una parte de la noche. Ninguno fué más dueño de sus sentidos. Tenía hecho pacto con los ojos de no mirar á mujer ninguna. Su modestia iba anunciando su pureza; y por su extrema delicadeza en este punto se puede discurrir que mereció ser uno de los más favorecidos de la Reina de las vírgenes, á quien profesó tan tierna devoción, como lo acreditaron después sus portentosos efectos.

Aun no había acabado sus estudios cuando una cruel hambre, que desoló á toda España, le puso en ocasión de mostrar su ardiente caridad. Habiendo gastado con los pobres todo el dinero que tenía, se deshizo de todos sus muebles, vendiendo hasta sus mismos libros para socorrerlos; y no teniendo más que dar, se quiso dar á sí mismo para rescatar del cautiverio al hijo de una pobre mujer que le pidió limosna para rescatarle. Quedó atónita la afligida mujer al oír semejante proposición; y solamente porque nunca quiso convenir en ello, dejó el santo de ser esclavo, para que el otro quedase libre.

No se limitaba su caridad á las necesidades del cuerpo; extendíase con mayor ardor á las espirituales del alma. Poseía en grado eminente el talento de la predicación; y no había quien se resistiese al Espíritu Santo, que hablaba por su boca. Ya cuando lo hacía desde el púlpito, ó ya en las conversaciones familiares, no había corazón tan duro, que no se ablandase y no se convirtiese oyendo las palabras de Domingo. El primer fruto de sus sermones fue la conversión de un caballerito mozo, llamado Conrado, el que, habiendo entrado en la orden del Cister, fue con el tiempo promovido por su mérito á la púrpura cardenalicia. En medio de ser todavía tan joven nuestro santo, era consultado como el director más experimentado en los caminos de la salvación, y á pesar de sus pocos años era tenido por el oráculo de la universidad de Palencia y de toda España.

Por esta grande reputación se movió don Diego de Azevedo, uno de los mayores prelados de su tiempo, á proveer en él el arcedianato de Osma, de cuya iglesia era obispo, y acababa de convertirla en cabildo de canónigos reglares. Necesitaba de algún poderoso apoyo la nueva reforma. Fué Domingo el alma de ella, y con su ejemplar vida cimentó maravillosamente la recién nacida regularidad. Aumentó sus ayunos, prolongó sus vigilias y dobló todas las otras penitencias. Con la frecuente lectura de las colaciones de Casiano tomó la resolución de copiar en sí mismo las mortificaciones de los antiguos padres del yermo. Impúsose una ley de tomar todas las noches tres disciplinas con ramales entretejidos de puntas de hierro; y excedió en sus rigores á aquellos grandes ejemplos de penitencia.

Pero no había formado Dios á este nuevo apóstol para la iglesia de Osma solamente. Escogido y destinado para anunciar la palabra de Dios á las naciones y para predicar la penitencia á los pecadores, corrió muchas provincias de España, haciendo en todas increíble fruto; y al mismo tiempo que destruía los vicios, disipaba los errores con que la habían inficionado los herejes y los mahometanos. Uno de los efectos de su primera misión fué la ruidosa conversión del heresiarca Reiner; siguiéndose á esta insigne conquista la reforma general de las costumbres. Fué llamado á Palencia para leer públicamente en una cátedra de teología; y en ella hizo visible la facilidad con que se puede hermanar una elevada sabiduría con una eminente virtud.

Pero mientras tanto clamaba la mies por operarios; y sepultados los pueblos en los vicios ó en el error, tendían las manos, implorando el socorro de Domingo. Ordenóle de sacerdote el obispo de Osma, y dejando á Palencia, dió principio á una segunda misión, penetrando hasta los últimos pueblos del reino de Galicia. No siendo capaces las iglesias para los inmensos auditorios, se veía precisado á predicar en las plazas y en los campos. Predicaba un día junto á la orilla del mar, y saltando en tierra unos piratas, le prendieron y le llevaron al navío, donde, no contentos con ultrajarle de palabra, le maltrataron á palos y á crueles azotes con vergas. Su invencible paciencia irritaba más el furor de aquellos bárbaros; mas no por eso dejó de intentar su conversión. Ya estaban para arrojarle al mar cuando de repente se levantó una deshecha tormenta, en que temieron tan próximo como inevitable el naufragio. Reconocieron ser castigo del cielo por los malos tratamientos que hacían al siervo de Dios; arrojóse á sus pies toda la tripulación, prometiendo convertirse; y en el mismo punto se sosegó la tempestad. Echaron al santo en el primer puerto; y el fruto de su cautiverio y de su misión en el navío fué la milagrosa conversión de todos aquellos infieles.

Siendo tan poderoso en obras como en palabras, recorrió los reinos de Castilla y de Aragón. Mudaban todos los pueblos de semblante en predicando Domingo, y llegó la reforma hasta la corte. Oyóle don Alfonso, rey de Castilla y padre de la reina doña Blanca, madre de san Luis, y desde que le oyó hizo tal mudanza, que fué uno de los monarcas más virtuosos de España. Todo predicaba en aquel hombre apostólico. Sus palabras eran centellas encendidas del divino fuego que abrasaba su corazón; pero su tierna devoción y su plena confianza en la santísima Virgen eran, como él mismo lo confesaba, el principal secreto de que se valía para la conversión de los pecadores y de los herejes.

Santo Domingo fué quien introdujo la santa costumbre de implorar la protección de la santísima Virgen al acabar la salutación de los sermones; y á santo Domingo debe la Iglesia la piadosísima y utilísima devoción del santo rosario. Habiéndole escogido desde la misma cuna la soberana Reina de todos los santos para especial favorecido suyo, ella misma le enseñó el modo de honrarla y de reverenciarla que le era más agradable; inspiróle el método y el espíritu con que se debía hacer; y á esta excelente devoción, á esta oración tan eficaz se reconocía deudor nuestro santo del prodigioso número de conversiones con que bendijo el Señor su apostólico zelo.

Pero era España campo muy estrecho para las hazañas de aquella grande alma, y la llamaba el cielo á más dilatadas conquistas. Nombró el rey de Castilla al obispo de Osma por su embajador á la corte de Francia, y quiso que fuese Domingo en compañía del obispo con el título de su teólogo de cámara. Pasaron por el Languedoc, donde no pudieron ver sin lágrimas los progresos que hacía en aquella provincia la herejía de los albigenses. Terminados felizmente los negocios de la embajada, pero altamente condolidos á vista de la inopinada muerte de la infanta de Francia, que habían ido á pedir, y habían conseguido para don Fernando, infante de Castilla, resolvieron pasar á Roma, y solicitar licencia del papa Inocencio III para volver á Francia á trabajar en la conversión de los albigenses, ó para pasar al norte á predicar el Evangelio á los gentiles. Determinólos su Santidad al primer partido, y recibida su misión, se restituyeron á Francia.

Vínoles devoción de visitar al Cister, cuyo abad Arnoldo se juntó con ellos, y llegando al Languedoc, se les agregó también Ubaldo, abad de Fonfría, y el beato Pedro de Castelnau, monje del mismo monasterio. Quizá no se había visto la iglesia de Francia en tan lastimoso estado. Un monstruoso conjunto de herejías, bajo el único nombre de albigenses, arrasaba inhumanamente la viña del Señor y hacía sangrienta guerra á su santa Iglesia. Encarnizados los herejes en el empeño de abolir los sacramentos, desterrar el culto de la Virgen, destruir todo ejercicio de devoción y aniquilar la gerarquía eclesiástica, lo llevaban todo á fuego y sangre, sin verse otra cosa en las provincias que las tristes y sacrílegas ruinas de los templos. Reinaba en todas partes la disolución y la ignorancia, desterrado de todas ellas el sagrado ministerio de la predicación, medio eficaz y permanente para sostener la religión, y para servir como de insuperable dique al torrente de la impiedad.

A todos estos males solo opuso la providencia de Dios á nuestro santo. Apenas se dejó ver en el Languedoc cuando se disipó toda aquella negra nube de herejes: henricianos, petrobrusianos, arnoldistas, cátaros, pifles, patarines, tejedores, publicanos, pasagianos, valdenses y arrianos, todos quedaron confundidos, y la mayor parte de ellos convertidos por el zelo, por los ejemplos y por los sermones de santo Domingo.

Antes de dar principio á toda controversia, á toda instrucción y á todo sermón, se postraba delante de una imagen de la santísima Virgen, é imploraba su protección con esta breve, pero bella oración, que adoptó después la santa Iglesia: Dignare me laudare te, Virgo sacrata; da mihi virtutem contra hostes tuos. Dígnate, Virgen santísima, de alcanzarme gracia para que te alabe dignamente; consígueme virtud y fortaleza para combatir y para vencer á tus enemigos.

Era muy penosa la misión, y en medio de eso, resolvió el santo hacer á pie todos sus viajes, sin dinero y sin otra provisión que su confianza en la caridad de los fieles, oponiendo este desinterés apostólico á la hipocresía de algunos herejes, que se llamaban perfectos, porque afectaban una pobreza extraordinaria. Los que se preciaban de hombres sabios y devotos publicaron contra nuestro santo muchos libelos llenos de invectivas y de blasfemias contra Dios, contra la Virgen y contra los santos. Respondió á ellos Domingo, así de viva voz, como por escrito; y como los herejes no tuviesen que replicarle, acordaron pedirle que les diese por escrito su doctrina. Hízolo el santo; leyóse su escrito en pública asamblea; quedaron cortados y mudos los herejes, embargándoles la voz la fuerza de la verdad. Resolvieron entregar á las llamas el escrito; pero respetó el fuego la doctrina católica. Dispusieron otro brasero más encendido, y sucedió lo mismo que con el primero; hicieron tercer esfuerzo para quemarle, y tercera vez quedaron confundidos con otro tercer milagro.

Si los milagros convirtieran á los herejes, todos quedarían entonces convertidos. Uno solo de toda la asamblea logró esta dicha, para que se publicase un prodigio que todos habían conspirado en tener secreto; pero presto se siguió á él otra semejante maravilla. Disputaba un día en Fanjaux con aquellos obstinados; uno de ellos había mojado en agua de alumbre el escrito de los herejes, para hacerle incombustible por este medio, y confiado en él, clamó con fiereza y con descoco, que se hiciese la prueba del fuego para averiguar la verdad. Acudió todo el pueblo, rodeando una grande hoguera, donde se arrojó el escrito del hereje, que en el mismo instante quedó enteramente consumido. Consintió Domingo que el suyo se echase en ella, y se conservó ileso hasta que toda la leña se redujo á ceniza, y el fuego se acabó.

Lejos de rendirse los enemigos de la fe á estas dos victorias, ellas mismas los hicieron más furiosos. Muchas veces maquinaron contra la vida del santo; pero sus intentos solo sirvieron para avivarle más las ansias con que suspiraba por la corona del martirio. Movido del peligro en que se hallaban muchas doncellas nobles á quienes los herejes habían despojado de sus bienes, fundó para ellas un monasterio en el pueblo de Prouille, cerca de Fanjaux, por la liberalidad de Bernardo, arzobispo de Narbona, y de Foulques, obispo de Tolosa, y fué el primer convento de monjas de su orden.

A la fama de los grandes y gloriosos sucesos que lograba en todas partes el zelo de nuestro santo, concurrieron otros compañeros, deseosos de participar con él de las fatigas de sus apostólicos trabajos. Corrió con ellos las ciudades de Albi, Pamiers, Narbona, Carcasona, Mompeller, como también la mayor parte de las villas y aldeas del Languedoc, obrando en todas nuevos y estupendos milagros. Confirmaba á los fieles en la fe, pero convertía á pocos herejes. Quejóse un día de esto á la santísima Virgen, en quien, después de Dios, tenía puesta toda su confianza; apareciósele la soberana Reina y le dijo que, para convertir á aquellos obstinados, predicase la devoción de su rosario. Obedeció el santo; en vez de controversias comenzó á predicar el uso de esta santa devoción; enseñó al pueblo el espíritu y el modo con que la había de rezar; explicó los misterios, y muy luego se conoció la eficacia de tan poderoso socorro.

En poco tiempo tuvo santo Domingo el consuelo de ver convertidos más de cien mil pecadores ó herejes. El ejército de los cruzados solo sirvió para endurecerlos más; y su conversión fué efecto de la poderosa intercesión de la Madre de Dios por medio del santo rosario. Desde aquí se ha de contar propiamente la verdadera época de esta célebre devoción, apoyada con tantos testimonios nada sospechosos, autorizada con tantos milagros, honrada con tantos privilegios, y continuamente aprobada con las abundantes bendiciones que derrama Dios sobre los que saben aprovecharse bien de ellas.

A vista de las maravillas que obraba el Señor por medio de nuestro santo, como de los asombrosos frutos que producía su zelo, se movieron muchas ciudades á pedirle por su obispo; pero su profunda humildad le desvió inmensa y constantemente de toda especie de prelacía. Renunció un obispado en Galicia, otro en Bretaña, como también el de Comminges, Conserans y Beziers. Para aceptar el oficio de inquisidor de la fe, fué menester un precepto del papa. A la verdad, le destinaba á mayores cosas la divina Providencia. Desde el año de 1207 le había inspirado Dios el plan de un instituto religioso, que tuviese por fin la predicación del Evangelio, la conversión de los herejes, la defensa de la fe y la propagación del cristianismo. Se había suspendido su ejecución por la muerte del santo obispo de Osma, con quien Domingo la había comunicado; pero Foulques, obispo de Tolosa, que pasaba al concilio Lateranense, se encargó de solicitar la aprobación del vicario de Cristo, y quiso que le acompañase á Roma nuestro santo.

Aunque el papa Inocencio III estaba muy resuelto á no multiplicar las religiones, habiendo visto en sueños á santo Domingo en ademán de que él solo estaba sosteniendo la iglesia de San Juan de Letrán, reconoció el dedo de Dios en el nuevo instituto, y le mandó que dispusiese las reglas y las constituciones. Murió á la sazón este gran pontífice, y con su muerte pareció haberse de impedir, ó á lo menos suspender el grande intento; pero su sucesor Honorio III creyó no podía hacer mayor servicio á la Iglesia que aprobar el nuevo instituto, con el nombre de frailes predicadores; y el día 22 de diciembre del año 1216 expidió la bula de confirmación.

Este fue el nacimiento de aquella célebre religión, que ha hecho y está haciendo cada día tan señalados servicios á la Iglesia católica, habiendo dado al mundo cristiano siete papas, cuarenta y nueve cardenales, veinte y tres patriarcas, mil y quinientos obispos, seiscientos arzobispos, cuarenta y tres nuncios, sesenta y nueve maestros del sacro palacio, un prodigioso número de célebres doctores, de escritores sabios, y una extraordinaria multitud de santos, siendo uno de los mayores ornamentos de la Iglesia.

Experimentó muy luego toda la cristiandad los maravillosos efectos de este importante socorro. Apenas se confirmó la nueva religión cuando el santo fundador vió á sus hijos extendidos por toda la tierra, triunfando en todas partes de la herejía, y en todas introduciendo la reformación de las costumbres. Cuando llegó á Tolosa, tuvo el consuelo de hallar casi acabado el primer convento de su orden, á expensas de la liberalidad del obispo y del conde de Monfort. Persuadida la reina doña Blanca á que debía á la devoción del rosario, que le había aconsejado santo Domingo, el nacimiento de su hijo el rey san Luis, fundó en París otro convento. Pasó de París á Metz, donde el santo fundó uno, del que hizo prior al beato Esteban, su compañero, y desde allí tomó la vuelta de Italia.

En este viaje fué cogido de unos bandoleros, que le trataron con la mayor indignidad; pero con su paciencia y con su dulzura los convirtió, moviéndolos á penitencia con sus exhortaciones. Llegando á Venecia con ánimo de ir personalmente á llevar la luz del Evangelio á los bárbaros al otro lado del Ponto Euxino, conoció la imposibilidad de la empresa, y contentándose con enviar algunos de sus hijos á Palmaria, dejando á otros en Venecia para fundar un convento en aquella ciudad, tomó el camino de Roma.

Fué recibido del papa Honorio con la ternura y con la veneración que eran debidas á su eminente santidad; y luego le dió la iglesia de San Sixto con todas sus dependencias, para que fundase un convento: el santo se la cedió á las monjas de su orden, y el convento de los frailes le fundó en la iglesia de Santa Sabina, que también le había concedido el papa. Aunque era tan grande su aplicación á predicar al pueblo la palabra de Dios, no se limitaba precisamente á eso su zelo, extendiéndose también á reformar los palacios de los grandes. Encargóle el pontífice el cuidado del suyo, con el título de maestro del sacro palacio, dignidad que desde entonces hasta ahora se ha dado siempre á sugeto de la misma sagrada religión.

Pero la paternal solicitud que dedicaba al gobierno de su santa familia, que en menos de cinco meses contaba muchas provincias, y en ellas muchos millares de religiosos, le obligó á emprender la visita general de toda ella. Dio principio por España; volvió á Francia; detúvose algunos meses en París, y desde allí envió algunos de sus frailes á Escocia; recorrió toda la Italia, predicando en todas partes con admiración, viendo en todas florecer su orden con esplendor y encontrando en todos los conventos religiosos de eminente santidad.

Vuelto á Bolonia hacia la cuaresma del año de 1220, convocó en aquella ciudad el primer capítulo general; formó en él reglas y leyes llenas de perfección, de sabiduría y de prudencia; hizo cuanto pudo para que se le exonerase del generalato, pero inútilmente; porque se vió precisado á ceder á las lágrimas y á los ruegos de sus hijos, y á continuar en las funciones de su empleo. Después de haber visitado los conventos de la orden en el estado eclesiástico, en la Toscana y en el Milanés, se restituyó á Bolonia á celebrar el segundo capítulo general. En este capítulo se dividió toda la religión en ocho provincias, que comprendían cincuenta y seis conventos: se eligieron para ellas ocho provinciales, hombres todos de extraordinaria virtud y de sobresaliente capacidad; y el santo envió algunos de sus hijos á las provincias del Norte y del Oriente; entre otros destinó para Polonia al célebre san Jacinto.

Llamaban á Domingo el Taumaturgo de su siglo á vista de los muchos milagros que obraba Dios por sus méritos y por su intercesión. Dotado del don de lenguas y del de profecía, renovó en estos últimos tiempos las mismas maravillas que se admiraron en los primeros siglos de la Iglesia. Estaba enfermo un hijo de una señora romana, llamada Goutadona; dejóle solo la madre por ir á oír al santo; y cuando volvió del sermón, le encontró muerto. No se turbó ni se afligió la piadosa señora por aquel suceso; antes, llena de confianza en santo Domingo, tomó el niño en sus brazos, y ella misma le llevó y le puso á los pies del santo, que, compadecido de aquel accidente, después de una breve oración, tomó al cadáver por la mano y se le entregó vivo á su madre.

Estaba un día visitando al cardenal Esteban, á cuyo cuarto habían concurrido también otros dos cardenales, cuando de repente entraron á decir al cardenal que su sobrino Napoleón acababa de morir desgraciadamente, precipitado de un caballo. Al oír el tío tan funesta noticia, cayó desmayado en los brazos de nuestro santo. Trajeron el cadáver al palacio del cardenal; púsose Domingo en oración; fue oído; resucitó el joven; y él mismo, lleno ya de salud, fué á dar esta alegre noticia á su afligido tío. Trabajando en el convento de San Sixto, quedó estrellado y sepultado un oficial debajo de una pared que se desplomó sobre él, y santo Domingo le restituyó luego á la vida á vista de toda Roma.

Siendo tan poderoso en obras y en palabras, no es de maravillar que, cuando salía en público, le cortasen á porfía alguna parte del hábito ó de la ropa. Estaba tan acostumbrado á las frecuentes visitas de Jesucristo y de la santísima Virgen, que su oración era un éxtasis continuo. Apareciósele en una oración el Salvador, irritado por la disolución general de las costumbres, y á punto de sacrificar á su justicia todos los pecadores; pero la Madre de misericordia puso delante de su Hijo á Domingo y á otro fiel siervo suyo, pidiéndole se apiadase de los que le ofendían en consideración de aquellos dos justos. El mismo día encontró nuestro santo á san Francisco, y conoció ser el mismo que la Virgen había presentado con él á su enojado Hijo, estrechándose desde aquel día una santa y tierna unión entre los corazones de los dos grandes patriarcas.

Había tiempo que le iban faltando las fuerzas á Domingo, consumidas á violencia de los ardores del divino amor, y debilitadas al rigor de sus penitencias y al incesante trabajo de sus apostólicas fatigas, cuando el cielo le consoló con el alegre aviso del dichoso momento en que había de dar principio á su eterna felicidad. Su postrera enfermedad no fue prolija, pero fué ejemplar. Su paciencia, su dulzura, su alegría y su devoción admiraban y enternecían á sus hijos, que estaban inconsolables, viéndose en vísperas de perder á su amantísimo padre. En fin, habiéndolos consolado y exhortado á la exacta observancia de sus reglas, quiso morir tendido en la ceniza; y un viernes entregó su alma á su Criador, siendo solo de 51 años de edad, pero colmado de merecimientos.

Hallóse el santo cuerpo ceñido con una cadena de hierro. Fueron sus funerales como preludio de su canonización. El cardenal Hugolino, legado de la santa sede, y después papa con el nombre de Gregorio IX, hizo la ceremonia de sepultura, acompañado del patriarca de Aquileya y de otros muchos obispos; pero la multitud de milagros que el Señor obraba cada día en su glorioso sepulcro, no dió lugar á que estuviese por mucho tiempo enterrado aquel precioso tesoro. Doce años después de su muerte fué elevado de la tierra el santo cuerpo, y otros dos después el papa Gregorio IX, que había sido testigo ocular de las principales acciones de los últimos años de su vida y se había hallado presente cuando resucitó á Napoleón, le canonizó solemnemente el día 13 de julio del año 1234 con las ceremonias acostumbradas. Por caer en el día de su muerte la fiesta de la Transfiguración del Señor, se fijó al día 5 de agosto la de santo Domingo, de orden expresa del papa Paulo IV.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.