domingo, 2 de agosto de 2026
San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
San Alfonso María de Ligorio, ilustrísimo por su linaje napolitano y celebérrimo por su piedad, doctor celantísimo de la Iglesia, azote del jansenismo y del laxismo, fundador de una nueva familia religiosa y padre de los pobres, nació el día veintisiete de setiembre del año mil seiscientos noventa y seis en Marianella, cerca de Nápoles, y dos días después fué llevado á la pila bautismal en la iglesia de Nuestra Señora de las Vírgenes, donde recibió, con las aguas de la regeneración, aquel nombre de María que había de llenar toda su vida. Fué el mayor de siete hermanos, y desde la cuna le señaló el Cielo para grandes cosas.
Eran sus padres don José de Ligorio, noble napolitano y capitán de las galeras reales, y doña Ana Catalina Cavalieri, ambos de sangre esclarecida aunque de fortuna menguada, y entrambos temerosos de Dios. Cuidaron de criar al niño en el santo temor del Señor, y encomendaron su formación espiritual á los Padres del Oratorio de Nápoles, mientras diligentes preceptores le instruían en las letras. Bien presto dió el niño muestras de aquella pureza que sería el ornato de toda su vida; y es fama que su confesor afirmó haber conservado Alfonso la inocencia bautismal hasta la muerte, y que preguntado un compañero de su juventud, el juez Baltasar Cito, si el mancebo había mostrado alguna vez la menor ligereza, respondió: «¡Nunca! Sería un sacrilegio decir lo contrario».
Adelantó tanto en los estudios como en la virtud, y siendo aún de tierna edad se matriculó en Derecho en la Universidad de Nápoles; á los diez y seis años, el veintiuno de enero de mil setecientos trece, recibió, con dispensa por su corta edad y por aclamación de los maestros, el doctorado en ambos derechos, civil y canónico. Ejerció luego ocho años la abogacía con tan singular acierto que, según se dice, jamás perdió un pleito, y llegó á contarse, muy joven todavía, entre los primeros letrados de la ciudad. Mas ¿qué valen los aplausos del mundo para un alma que Dios se ha reservado para Sí?
Dispuso la Providencia sacarle del foro por el camino de la humillación. En un pleito de importancia pasó Alfonso por alto un documento decisivo, y descubierto su error ante el tribunal, no lo negó con altiva excusa, sino que dijo con noble llaneza: «Tenéis razón; me he equivocado: este documento os da el pleito». Y saliendo de la sala exclamó, como quien despierta de un largo sueño: «¡Mundo falso, ya te conozco; he acabado contigo! Tribunales, no me veréis más». Pasó tres días sin tomar alimento; y visitando el veintiocho de agosto de mil setecientos veintitrés el Hospital de los Incurables, refiérese que le envolvió una luz misteriosa, que pareció temblar la casa y que oyó en lo íntimo una voz que le decía: «Deja el mundo y date á Mí». Depuso entonces su espada ante una imagen de la santísima Virgen, y resolvió abrazar el estado eclesiástico. Opúsose largamente su padre, mas al fin hubo de rendirse; que nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón.
Tomó el hábito clerical, y tras recibir por sus grados las órdenes menores y mayores, fué ordenado sacerdote el veintiuno de diciembre de mil setecientos veintiséis, á los treinta años de su edad. Consagróse desde luego á las misiones populares por los contornos de Nápoles y á la predicación á los más pobres y desamparados, á quienes juntaba en las llamadas Capillas de la tarde con el auxilio de dos seglares convertidos por su celo. Y creciendo en él el deseo de socorrer á las almas abandonadas de los campos, fundó el día nueve de noviembre de mil setecientos treinta y dos, en un hospicio de Scala sobre la costa amalfitana, la Congregación del Santísimo Redentor. Grande fué la prueba con que Dios estrenó la obra, pues casi todos sus compañeros le abandonaron al año siguiente, quedando solo á su lado un humilde hermano lego; pero la firmeza inquebrantable del santo, aquella misma de que decía su padre «cuando decide algo es inflexible», sostuvo el edificio hasta que el papa Benedicto XIV aprobó la Regla y el Instituto en el año de mil setecientos cuarenta y nueve.
Fué asímismo escritor tan fecundo como sólido, y con la pluma sirvió á la Iglesia no menos que con la palabra. Su «Teología Moral», que conoció nueve ediciones en vida del autor, señaló la vía media entre el rigorismo de los jansenistas y la relajación de los laxos, sosteniendo aquel prudente equiprobabilismo que había de merecerle el título de doctor. De su tiernísima devoción brotaron «Las Glorias de María», dechado de amor á la Madre de Dios, y las «Visitas al Santísimo Sacramento», hijas de aquel afecto eucarístico que le hacía llamar á la santa Misa la cosa más hermosa de la Iglesia; y aun compuso himnos y cánticos devotos con que encender la piedad de los sencillos. En premio de tan preclaros méritos, y bien contra su voluntad, hubo de aceptar en mil setecientos sesenta y dos el obispado de Santa Águeda de los Godos, que recibió llorando; y trece años gobernó aquella grey reformando el seminario y los conventos, arrojando al clero escandaloso, combatiendo el duelo y la inmoralidad, y socorriendo á los pobres como verdadero padre suyo.
De esta caridad ardentísima dan fe dos sucesos que refieren sus biógrafos. Durante la gran carestía que afligió al reino, vendió cuanto poseía para socorrer á los hambrientos, y agolpándose los menesterosos á su puerta, salió llorando á su encuentro y les dijo: «Queriditos míos, nada tengo, pues todo me lo he vendido para socorreros, inclusos mi carruaje y mis caballos; y aunque he pedido dinero para el mismo fin, no han querido prestármelo». Otra vez, hallándose la comunidad sin dinero y con solos dos panes, llegaron dos pobres pidiendo limosna, y mandó el santo que se les diesen. Protestó el ecónomo, mas él le respondió: «Hermano, ¿os ha faltado nunca lo necesario? ¿No puede Nuestro Señor convertir en pan las mismas piedras? El que sustenta cada día á los pajaritos del cielo, ¿nos abandonará acaso? Tranquilízate, hombre de poca fe». Y entrando en la sacristía, se revistió de roquete, se postró ante el altar, y llamando suavemente á la puerta del tabernáculo dijo: «¡Dios mío, que estáis aquí, oídme: no tenemos pan!». Poco después una señora desconocida envió una crecida suma con que la comunidad vivió largo tiempo. ¿Quién perdió jamás lo que dió al mismo Jesucristo?
No le faltaron al santo, para colmo de su semejanza con el Salvador, las pruebas interiores más recias. Tres años antes de su muerte permitió el Señor que el común enemigo le atormentase con una terrible noche del alma, con tentaciones contra toda virtud, apariciones espantosas y aun impulsos á la desesperación; mas de todo salió vencedor y recobró la paz, que Dios asiste á los suyos en los mayores peligros. Refiérese también de él, según piadosa tradición atestiguada por sus biógrafos, que en más de una ocasión, predicando, un rayo de luz salido de una imagen de la Virgen le arrebató en éxtasis ante el pueblo, que sanó enfermos, leyó los corazones y anunció lo por venir, y créese asímismo que, hallándose en Arienzo el año de mil setecientos setenta y cuatro, asistió en espíritu, sin moverse de allí, al lecho de muerte del papa en Roma.
Cargado de años y de merecimientos, quebrantado por los rheumatismos que le tenían la cabeza doblada sobre el pecho, renunció al fin á su obispado con licencia del papa y se retiró al convento de su Orden en Nocera. Allí, en su última hora, fueron los religiosos á pedirle la bendición y el postrer consejo, y les dejó, como sumario de toda su doctrina, estas breves palabras: «Hijos míos, salvad vuestra alma». Y entrando en plácida agonía, entregó su espíritu al Señor en paz el día primero de agosto de mil setecientos ochenta y siete, á punto de cumplir noventa y un años, al sonar la campana del Ángelus del mediodía, como quien se dormía saludando por última vez á la Virgen que tanto había amado.
Confirmó Dios la santidad de su siervo, y la Iglesia la selló solemnemente: beatificado por Pío VII y canonizado por Gregorio XVI el veintiséis de mayo de mil ochocientos treinta y nueve, fué declarado Doctor de la Iglesia por Pío IX el veintitrés de marzo de mil ochocientos setenta y uno, con el glorioso título de «Doctor Celantísimo». Su fiesta se celebra el día dos de agosto. Aprendan, pues, de tan gran maestro los que sirven al foro y al siglo á despreciar á tiempo el mundo falso; imiten los pastores su celo, los sabios su humildad, y todos aquella tierna devoción á Jesús Sacramentado y á la santísima Virgen que fué el alma de su larguísima y preciosa vida.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).