sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 31 de julio de 2026

San Ignacio de Loyola, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Al mismo tiempo que el apóstata Lutero desolaba la Iglesia en Alemania; que Enrique VIII, declarándose cismático, la destruía en Inglaterra; que Calvino, aquel imaginario reformador, le hacía una sangrienta guerra en Francia, la divina Providencia, siempre atenta á sus necesidades, formaba en España un héroe cristiano, escogido, como se explica Urbano VIII, para contener las funestas conquistas de los enemigos de Dios, nacido para la reformación de las costumbres en todos los estados, y destinado para llevar la fe de Jesucristo hasta aquellos países donde jamás habían penetrado los apóstoles.

Este gran santo, gloria de su nación y ornamento de su siglo, nació el año de 1491, en aquella parte de la Cantabria española que hoy tiene el nombre de Guipúzcoa. Su padre don Beltrán, Señor de Oñez y de Loyola, ocupaba uno de los primeros lugares entre la nobleza del país, como primogénito y cabeza de una de las casas más antiguas; y su madre Marina Sáez de Balda no era de menos ilustre nacimiento. Aunque Ignacio era el menor de los ocho hijos y tres hijas, nació adornado de tan bellas prendas, que muy presto fué las delicias de toda la familia. Era bien dispuesto; un aire noble y naturalmente agraciado, un genio elevado, y sobre todo, una ardiente pasión por la gloria prevenían los ánimos en su favor. Aunque un poco altivo, era atento y cortesano, notándose en él desde sus primeros años una discreción, que nada olía á las inocentes inconsideraciones de la niñez.

Juzgando su padre que era nacido para la corte, se dio priesa á enviarle á ella; y le hizo paje del rey católico. Luego ganó Ignacio la gracia de Fernando; pero su inclinación á las armas le disgustó presto de la ociosidad de palacio. Señalábanse ya sus hermanos en el ejército de Nápoles, y él se quiso distinguir en el de Cantabria. Logrólo en la toma de Nájera, y en todas las funciones dió pruebas de grande valor. No dió tantas de virtud y de cristiandad. Estaba su cabeza llena de vanidad, y preocupada de especies de galantería, siguiendo en todas sus acciones el espíritu y las máximas del mundo, cuando el Señor se dignó en fin abrir los ojos á aquel vaso de elección, después de haberle, digámoslo así, echado por tierra.

Sitiaba el ejército francés el castillo de Pamplona, y el virey don Antonio Manrique dejó por comandante á don Ignacio mientras él salió á solicitar el socorro. Sostuvo él solo muchos asaltos; y asombrados los sitiadores de la intrepidez del joven español, convirtieron todas sus fuerzas contra el puesto que defendía, y fueron también repelidos luego que Ignacio se dejó ver en la brecha con espada en mano; pero en el calor del combate una bala de artillería rompió una pierna al valeroso comandante, con cuyo accidente perdieron el ánimo los sitiados, y se rindieron.

Trataron los franceses á Ignacio con toda la estimación que merecía su valor y su nacimiento; y después de haberle cuidado, y aplicados los primeros medicamentos á las heridas, le llevaron á su casa de Loyola, distante algunas leguas de Pamplona. Sobrevínole calentura, y estuvo tan de peligro, que recibió los sacramentos, y le daban pocas horas de vida; pero habiéndose quedado dormido, se le apareció en sueños san Pedro, que le tocó con la mano y le curó. El suceso acreditó la verdad del sueño; pero ni aun con este milagro se convirtió Ignacio.

Viéndose obligado á guardar todavía el cuarto y la cama por algunos días, pidió un libro de novelas, ó alguna historia de caballerías para divertirse. Por dicha suya no se halló otro en toda la casa, que la vida de Cristo y las vidas de los santos. Leyólas Ignacio; sintióse movido, y haciendo las naturales reflexiones que le ofrecía el cotejo de aquellas vidas con la suya, quedó convertido.

Los primeros pasos que dió en el camino de la penitencia asombraron á los más fervorosos. Vieron á aquel hombre cortesano, que solo por conservar el aire y la bizarría de cuerpo había tolerado las más dolorosas incisiones, ceñirse la cintura con una cadena de hierro, no usar otro vestido que un saco y un cilicio, afectar rusticidad y grosería para encubrir el aire noble y grande que mostraba su semblante; viéronle mendigar un bocado de pan de puerta en puerta; servir á los enfermos en los hospitales; sufrir sin quejarse las burlas y los ultrajes de los disolutos, ayunar todos los días á pan y agua; pasar en oración la mayor parte de la noche; castigar rigurosamente su cuerpo tres veces al día, y como agotar en sí toda la severidad de la más austera penitencia.

Pero no careció de consuelo su penitente fervor; apareciósele la santísima Virgen una noche con el niño Jesús en los brazos, cercada de resplandor; la celestial dulzura que acompañó á esta visión purificó su corazón, y le abrasó tanto en el fuego del divino amor, que se le oía exclamar continuamente: Señor, no os pido otra gracia que amaros, ni otra recompensa que amaros más.

Por su tierna devoción á la soberana reina emprendió luego la peregrinación á Montserrate, monasterio famoso por el concurso de peregrinos que de todas las partes del mundo acuden á implorar la protección y á venerar la milagrosa imagen de la Virgen. Había en aquel monasterio un monje de eminente santidad; hizo Ignacio con él una confesión general, y la hizo con tanto dolor de sus pecados, que el confesor temió espirase á sus pies el penitente, y le costó mucho trabajo enjugarle las lágrimas. Pasó toda la noche en la iglesia postrado ante la imagen de la Madre de Dios; colgó la espada de un pilar inmediato al altar; dió sus ricos vestidos á un mendigo; echóse á cuestas un saco, y se puso en camino con el bordón en la mano, la calabaza al lado, la cabeza descubierta, los piés descalzos, cargado solo con los instrumentos de penitencia.

Con este pobre equipaje llegó á Manresa el nuevo peregrino. Fué recibido en el hospital; pero su asqueroso semblante, su barba larga, las uñas que de propósito había dejado crecer para causar horror, le hicieron tedioso y ridículo á cuantos le veían. Sirvióse el demonio de tan extraña mudanza de vida para tentar al santo. Los desprecios á que estaba expuesto, el mal olor del hospital, y el verse confundido entre una caterva de mendigos, le comenzó á dar en rostro, y se le excitaron varios pensamientos de que igualmente se podría salvar en la corte y en el ejército, que en aquella asquerosa vida; pero duró poco la ilusión: conoció Ignacio toda su malignidad; y para vencerla con resolución, se hizo criado de los mismos enfermos, asistiendo con mayor frecuencia á los enfermos que le daban más asco, y dedicándose á los más bajos oficios.

Rompieron en fin los rayos de su virtud por entre las nubes de aquellos abatimientos; comenzáronle á respetar y á descubrir no sé qué especie de grandeza en aquellas exterioridades viles y despreciables. Sobresaltóse Ignacio luego que llegó á entenderlo, y sin dilatarlo un punto se salió del hospital, y se fué á encerrar en una horrorosa cueva á quinientos ó seiscientos pasos de Manresa. Parecióle que en aquella profunda caverna se podría abandonar enteramente á su fervor, y no poner límites á su penitencia. Cuatro ó cinco veces al día despedazaba su cuerpo con una cadena de hierro armada de agudas puntas: pasaba semanas enteras casi sin alimento, debiendo solo á unas antiguas raíces el no morirse de hambre: excesos que muchas veces le pusieron en peligro de la vida.

En una ocasión lo hallaron desmayado á la entrada de la gruta; lleváronle al hospital, donde otra vez le asaltaron los antiguos pensamientos de mudar aquel género de vida. A estas tentaciones se siguieron otras; fatigábanle los escrúpulos; mostrábase el cielo de bronce; y apoderada de su alma una profunda melancolía, se le hacía la vida insoportable. Durante aquella terrible desolación, resolvió Ignacio pasar sin alimento todo el tiempo de la prueba. Con efecto, estuvo siete días sin comer ni beber; y hubiera llevado adelante estos excesos, si su confesor no le hubiera ido á la mano, y Dios premió en el mismo instante su rendimiento. Serenóse el cielo, y sucedió la calma á tan deshecha tormenta. Colmó Dios aquella generosa alma de los más dulces consuelos; de manera que después todo fué visiones, éxtasis y raptos. En aquellas íntimas comunicaciones con Dios recibió soberanas luces acerca del misterio de la Trinidad. Lo que escribió de este misterio, y se perdió, era en estilo de los profetas.

También fué en este tiempo cuando, iluminado con las mismas luces sobrenaturales, y penetrado de las grandes verdades de la religión, compuso el admirable libro de los ejercicios espirituales, aprobado por tantos sumos pontífices, y tan apreciado de todos los buenos, en el cual este hombre inspirado de Dios, redujo como á arte la conversión del pecador, y la práctica de la perfección cristiana.

Vínole deseo de visitar los lugares santos de Jerusalén, y se embarcó en Barcelona para la Tierra Santa. Llegó á ella después de muchos trabajos. Era su intención detenerse en Palestina para trabajar en la conversión de los mahometanos: pero después que cumplió con su devoción en Jerusalén, se vió precisado á restituirse á Europa.

Conociendo que para dedicarse á la conversión de las almas era menester adquirir la doctrina que le faltaba, y convencido de que no podía contentar su zelo sin el auxilio de las letras humanas, determinó volverse á España y aplicarse al estudio. Diéronle en Venecia una buena limosna; llegó á Ferrara, y toda la repartió entre los pobres, mendigando después de puerta en puerta. Luego que entró en la Lombardía, le prendieron los españoles, sospechando que era espía, y despojándole del vestido, le llevaron en camisa delante del capitán. Una sola palabra hubiera sido bastante para librarle del peligro; pero calló por el deseo de padecer. Tuviéronle por tonto; cargáronle de injurias y de palos, y le dejaron proseguir su camino bien harto de oprobios. No le trataron tan mal los franceses, pero no se puede explicar lo mucho que tuvo que padecer hasta que llegó á Barcelona.

En aquella ciudad comenzó á estudiar la gramática, siendo de edad de treinta y tres años, y fué su maestro Jerónimo de Ardébal, público preceptor de latinidad en ella. El ejercicio era de mucha humillación; pero venció su repugnancia por el deseo de aprovechar al prójimo. Iba muchas veces á la clase incorporado con los niños; y para que el estudio no entibiase la devoción, dobló las penitencias. Creciendo cada día en su corazón el zelo de la salvación de las almas, advirtió que retraía á todos aquel su exterior austero y nada grato. Dejó el saco y la cadena de hierro, con parecer de su director, contentándose con traer un cilicio debajo de una pobre sotana.

Ya sus ejemplos habían movido á muchos; pero sus conversaciones convirtieron á muchos más. Hizo mucho ruido la reforma del convento de los Ángeles, cuyas monjas no vivían con la mayor edificación. Esto le granjeó el odio de los seglares que contribuían al mal ejemplo; moliéronle á palos á él y al capellán del convento; este murió de los golpes, y el santo estuvo tan á los últimos, que salvó la vida por milagro.

Dejó á Barcelona para ir á estudiar filosofía en Alcalá, donde su zelo no fué menos eficaz, ni menos ejercitado. Merecióle grande reputación la conversión de cierta persona de la primera distinción, que era lazo de la juventud; pero siguiéndose á esta la de muchos jóvenes de aquella universidad, esto mismo le ocasionó una nueva persecución en España. Acusáronle de hechicería y de herejía; fué delatado á la Inquisición; triunfó su inocencia en aquel tribunal, y no solo fué aprobado, sino aplaudido su zelo; pero conociendo así los inquisidores, como el vicario de Alcalá, cuánto importaba á la Iglesia la vida de aquel siervo de Dios, moderaron sus rigores, prohibiéronle que anduviese con los pies descalzos, y le mandaron vestir una sotana negra.

Por la indiscreta devoción de dos señoras de calidad, que contra el parecer del santo emprendieron cierta peregrinación, se vió en precisión de ir á continuar sus estudios en la universidad de Salamanca. Siendo su zelo tan eficaz y tan puro, no podía dejar de ser perseguido en todas partes. Prendiéronle en su convento los religiosos de cierta esclarecida familia, pareciéndoles que no se debía permitir hablar en público á un hombre sin carácter, y que no era graduado; dieron parte al provisor, y este, abusando de su autoridad, le puso en la cárcel pública, le cargó de cadenas, y le trató como á hereje. Tomáronle jurídica confesión, y no dió otra respuesta que presentar á los jueces su libro de ejercicios. Fué examinado el libro escrupulosamente; y hallándole lleno del espíritu de Dios, fué aplaudida la inocencia y la virtud de nuestro santo. Diéronle libertad en virtud de sentencia judicial, la cual á un mismo tiempo era su mejor apología, y le exhortaba á continuar sus obras de caridad y los ejercicios de su zelo.

Quisieron detenerle en Salamanca; pero la Providencia, que tenía sus designios, le destinaba á mayor teatro. Dejó Ignacio aquella universidad para ir á pasar sus estudios en la de París, que á la sazón era la más célebre de Europa. Había ocurrido tiempo antes un suceso harto funesto, que confirmó el concepto general de su eminente virtud. Un caballero de distinción vió un día pasar al santo, y mostrándole con el dedo, dijo: Quemado muera yo, si este no merece ser quemado. Subió el mismo día al terrado de su casa para sacar unas pequeñas piezas de artillería que se habían de disparar con motivo de cierto regocijo; cayó una chispa en un montón de pólvora de cañón, y envuelto en las llamas quedó abrasado vivo.

Llegó Ignacio á París á los principios de febrero del año de 1528; y luego acudió al colegio de Monteagudo para volver á repasar la gramática entre los niños. Entregó en confianza á un compañero suyo de posada el dinero que de limosna había recogido en España para mantenerse; escapósele con él, y se vió precisado á pedirla en París. No teniendo otro recurso, se recogió en el hospital, donde no le daban más que el simple cubierto, y mendigaba de puerta en puerta la comida. Tuvo noticia de que el infiel compañero que le había robado, estaba enfermo en Ruán; voló al punto á socorrerle; abrazóle, consolóle, sirvióle, y le buscó limosnas para que pudiese continuar su camino.

Acabada la gramática en el colegio de Monteagudo, pasó á estudiar filosofía en el de Santa Bárbara. Excitóle otra nueva tempestad la devoción que inspiraba á los jóvenes estudiantes. Habiéndose hecho religiosos algunos compañeros suyos, le acusaron de que pretendía dejar desierto el colegio, irritáronse tanto el rector y los regentes, que pensaron darle una sala (así se llamaba en la Sorbona el castigo de azotes públicos, y en rueda, que se daban con unos mimbres en las espaldas á los profesores que habían cometido graves delitos). Era muy del gusto de Ignacio una humillación de tanto desdoro; pero su confesor le obligó á justificarse. Hízolo así, y quedaron todos tan convencidos de su recta intención, que el rector del colegio dió público testimonio de su virtud en el mismo lugar donde se había de hacer la ejecución. En vista de tan solemne satisfacción abrieron todos los ojos, y con ella les ganó los corazones.

Hízose famoso en la universidad el nombre de Ignacio. El rector que había levantado la tormenta quiso reparar la injuria; y encargándose muy particularmente de los estudios de Ignacio, le señaló por pasante para repartir con él las lecciones á un mozo saboyano, pobre á la verdad, pero muy hábil, que vivía en un cuarto del mismo colegio con Francisco Javier, caballerito del reino de Navarra. Adelantó tanto Ignacio con este medio, que recibió el título de maestro en artes, y acabó después con mucha honra su curso de teología.

Este fué el tiempo en que Dios le dió á entender distintamente que le tenía escogido para fundar una compañía de hombres apostólicos, que, atendiendo únicamente á la mayor gloria de Dios, se empleasen en la salvación del prójimo, y en hacer eterna guerra á los enemigos de Jesucristo y de su Iglesia. El primero en quien el santo puso los ojos para tan elevado intento fué su pasante Fabro. Un poco más le costó la conquista de Javier. Era de grande ingenio y de ilustre nacimiento; enseñaba la filosofía con mucho aplauso, y ambicioso de gloria, á nada menos aspiraba que á las primeras dignidades de la Iglesia. Ganóle Ignacio para Dios, y en poco tiempo fué Javier ornamento de la nueva compañía, y uno de los mayores santos de la Iglesia.

Presto se le agregaron á estos dos compañeros otros cuatro, todos de singular mérito: Diego Laynez, natural de Almazán; Alfonso Salmerón, de cerca de Toledo; Nicolás Alfonso Bobadilla, nombre que tiene también el lugar de su nacimiento; y Simón Rodríguez, caballero portugués. Juntólos un día Ignacio, y les declaró su ánimo de dedicarse á trabajar en la salvación de las almas; respondiéronle prontamente que todos tenían la misma intención, y escogieron el día de la Asunción de la Virgen para obligarse con expreso voto á tan piadosa empresa.

Este día en el año de 1534 los condujo á todos Ignacio á la iglesia de Montmartre, monte de los mártires, donde celebró la misa Pedro Fabro, ordenado poco antes de sacerdote, y á todos les dió por su mano la comunión en la capilla subterránea. Concluida la misa, todos siete juntos, en voz alta, clara y distinta hicieron voto de renunciar todos los bienes, y de emprender al tiempo señalado el viaje de Jerusalén para trabajar en la conversión de los infieles; y en caso de que no tuviese efecto este viaje, de irse todos á echar á los pies del papa, y ofrecerle sus personas, para ir bajo sus órdenes á cualquiera parte donde los enviase.

Sin duda fué alto designio de la divina Providencia, que el nuevo patriarca, entre tantos santuarios como hay en las cercanías de París, hubiese escogido el monte de los mártires para echar los primeros cimientos de la religión. Inspiróle el cielo este pensamiento para darle á entender que una compañía, que con el tiempo había de derramar tanta sangre por amor de Jesucristo, siendo también perseguida de todos los modos con que lo fué su santa Iglesia, debía nacer sobre el sepulcro de los mártires, y bajo los auspicios de la Madre de Dios, á cuyo culto está singularmente dedicada.

No estuvo ocioso el zelo de Ignacio mientras sus compañeros se disponían á partir. Supo que vivía mal un conocido suyo, y no adelantando nada con sus exhortaciones, se informó del sitio por donde había de pasar para ir á la casa de la que causaba su perdición. Esperóle cerca de un estanque casi helado por el rigor del frío, y cuando advirtió que pasaba, se arrojó intrépidamente en él con el agua hasta el cuello, gritándole que allí permanecería sufriendo aquel frío riguroso, hasta que se apagase en su pecho el fuego de la pasión, y aplacase la cólera del cielo. Atónito aquel hombre perdido, en vista de tan portentosa caridad, volvió atrás, y solo pensó en hacer penitencia de sus culpas.

No hubo industria de que no se valiese para convertir los pecadores. Noticioso de la vida que traía cierto escandaloso sacerdote, se echó á sus pies, y se confesó con él de sus culpas pasadas; comunicóse al corazón del confesor la sensible contrición del penitente, y movido de aquel ejemplo, detestó sus pecados y mudó de vida.

Obligado á dar una vuelta á España, entró en Guipúzcoa sin otro equipaje que el de un verdadero discípulo de Cristo, hospedándose en el hospital, y viviendo de limosna. No pudo conseguir de él su hermano don García, que pasase por algunos días á Loyola. Con la vista de aquellos lugares en que había tenido una vida mundana, se le excitó el pensamiento de renovar sus antiguas penitencias. Volvió á tomar un áspero cilicio, ciñóse una gruesa cadena de hierro, y trató su cuerpo con tanto mayor rigor, cuanto eran mayores las fuerzas con que se sentía recobrada ya su salud.

Mientras Ignacio estaba edificando á sus paisanos con su santa vida, y reformaba las costumbres en todos los estados, aumentaba el cielo con nuevos sujetos su recién nacida compañía. Claudio Jayo, saboyano, Juan Codur, del Delfinado, y Pascual Brouet, de Picardía, hicieron en el monte de los mártires el mismo voto que los otros siete. Con esta gustosa noticia aceleró su partida; encaminóse á Venecia, venciendo felizmente mil peligros, y luego que llegó á aquella ciudad, se conoció que había entrado en ella un nuevo apóstol.

Como á todas partes le seguía la reformación de las costumbres, en todas le suscitaba el infierno nuevas tempestades. Acusáronle de que era un hereje disfrazado; pero esta tormenta se disipó presto sin otra diligencia que presentar su libro de ejercicios. Habiendo llegado á Venecia sus nueve compañeros, se tomaron las medidas para el viaje de la Tierra Santa. Ante todas cosas quiso san Ignacio que fuesen á pedir la bendición de su Santidad, y á declararle sus intentos. Paulo III, que ya estaba informado así de su modo de vivir como de su capacidad, los recibió con amor paternal; y sabiendo que los más no eran sacerdotes, les dió licencia para que los pudiese ordenar cualquiera obispo que ellos escogiesen, y también para el viaje de la Tierra Santa, aunque les insinuó la dificultad de poder hacerle.

Vueltos á Venecia, todos hicieron voto de pobreza y de perpetua castidad en manos del nuncio monseñor Veralli. Ordenado san Ignacio de sacerdote con sus compañeros, se dispusieron todos con sus ejercicios de cuarenta días para celebrar la primera misa. Es fácil discurrir cuál sería la devoción de nuestro santo durante el divino sacrificio; arrojaba fuego su semblante, saliéndole al rostro el incendio que abrasaba su corazón; las dulces lágrimas que derramaba las hacían derramar á todos los asistentes; todos creían ver en el altar un serafín viendo al nuevo sacerdote.

Impedido el viaje de la Tierra Santa por la guerra que los venecianos acababan de declarar al Turco, para cumplir la segunda parte del voto, partieron todos á Roma para ofrecerse á la disposición del sumo pontífice; determinaron que se adelantase san Ignacio, acompañado de Fabro y de Laynez; pero antes de separarse quedaron de acuerdo en observar cierto uniforme género de vida. Las reglas que se obligaron á seguir fueron las siguientes. Primera: Que siempre se hospedarían en los hospitales, y solo vivirían de limosna. Segunda: Que enseñarían la doctrina á los niños, y no recibirían dinero por las funciones de su ministerio. Tercera: Y por cuanto muchas veces les preguntaban quiénes eran, díjoles san Ignacio que, habiéndose juntado para declarar la guerra á los herejes y á la disolución de las costumbres bajo la bandera de Jesucristo, no convenía á su compañía otro nombre que el de la Compañía de Jesús.

Desde que nuestro santo se retiró á la cueva de Manresa, tuvo siempre este nombre en su corazón, y se confirmó mucho más en retenerle con la visión que tuvo en el camino de Sena á Roma; porque, retirándose á hacer oración en un edificio antiguo y arruinado, se le apareció Jesucristo con una cruz á cuestas, y le dijo: Yo os seré propicio en Roma.

Llegó á aquella ciudad con Fabro y Laynez hacia el fin del año de 1537. Aceptó con gusto el papa Paulo III su voluntaria oferta; quiso que Laynez y Fabro enseñasen en el colegio de la Sapiencia, el primero teología escolástica y el segundo la sagrada Escritura, mientras Ignacio, bajo su pontificia autoridad, trabajaba en la reformación de las costumbres por medio de los ejercicios.

No dudando ya el santo ser la voluntad de Dios que su compañía se erigiese en religión, llamó á Roma á todos sus compañeros; dispuso el plan del instituto, en el cual á los tres votos comunes á todos los religiosos, añadió el cuarto, de ir á cualquiera parte adonde los enviase el sumo pontífice para trabajar en la salvación de las almas, sin otro viático que la caridad de los fieles. Reconoció Paulo III visiblemente el dedo de Dios en el nuevo instituto; alabóle, aprobóle y confirmóle bajo el nombre de Compañía de Jesús por su bula Regimini militantis Ecclesiae, dada á 27 de setiembre de 1540.

Apenas había nacido esta Compañía cuando pretendió ahogarla cierto hereje en hábito religioso, acusando á Ignacio ante el gobernador de Roma de hereje y de hechicero, y que como tal había sido quemado en estatua en Alcalá, París y Venecia. No asustó á nuestro santo esta calumnia, y más habiendo ya pronosticado que la Compañía tendría la dicha de ser perseguida mientras hubiese en el mundo enemigos de Jesucristo. Fué castigado el calumniador, quedando Ignacio plenamente justificado y más admirada que nunca su virtud.

Más tuvo que padecer su humildad en la violencia que le hicieron, cuando, á pesar de sus razones, de sus ruegos y de sus lágrimas, por unánime consentimiento de todos fué elegido general de la Compañía, cuyo fundador y padre era. Después de tan digna elección, todos los padres juntos visitaron las siete iglesias de Roma: se pararon en la de San Pablo, donde el nuevo general celebró el santo sacrificio de la misa, dió la comunión á todos sus hijos, y recibió su profesión después de haber hecho el santo la suya en manos del papa.

Conocióse luego que era obra del Señor la nueva Compañía de Jesús, no solo por los grandes servicios que aquellos nuevos apóstoles hicieron á toda la Italia en muchas calamidades públicas, y por la reformación general de las costumbres, sino también por los maravillosos efectos de su zelo, que en menos de dos años se hizo admirar en todas las partes del mundo. Apenas fué aprobada y confirmada por la silla apostólica la Compañía de Jesús, cuando Ignacio tuvo el consuelo de que casi todas las ciudades de Italia, de España, de Portugal, de Sicilia, de Alemania y de los Países-Bajos le pidieron obreros formados de su mano, sabiendo al mismo tiempo que el zelo apostólico de sus hijos triunfaba en todas partes de los enemigos de la salvación y de la Iglesia.

Pareciendo estrecho campo la Europa á aquellos héroes cristianos, en breve tiempo la Asia, la África y la América fueron glorioso teatro de sus trabajos y de sus victorias. Javier, apóstol del nuevo mundo, cada día conquistaba nuevos reinos á Jesucristo. Simón Rodríguez había introducido ya la devoción y el fervor en la corte de Portugal, y el rey había fundado el primer colegio de la Compañía en la universidad de Coimbra para seminario de apóstoles del nuevo mundo. Alfonso Salmerón y Pascual Brouet estaban en Irlanda como nuncios del papa para mantener la fe católica entre aquellos pueblos á quienes el rey Enrique VIII procuraba pervertir con todo género de artificios. Claudio Jayo hacía que la Iglesia romana triunfase en Alemania á pesar de todos los esfuerzos y de todas las maniobras de los luteranos.

Laynez y Salmerón (llamados de Irlanda) fueron enviados al concilio de Trento como teólogos del pontífice: Jayo acudió también á él desde Alemania por teólogo del obispo de Ausburg; Fabro fué igualmente enviado al mismo concilio como uno de los hombres más sabios de su siglo. Cismáticos, herejes y gentiles, todos se rendían á aquellos nuevos soldados de Jesucristo, animados del espíritu y del zelo de su padre Ignacio; y como si no hubiese sido bastante que sus hijos trabajasen con tanto fruto en la Europa y en el Asia, á instancias del rey de Portugal envió á los reinos de Fez y de Marruecos á los padres Muñoz y González. En fin, bajo los auspicios del mismo monarca, llevaron los jesuitas la fe hasta la Etiopía Occidental en el reino de Congo y hasta la misma América Meridional.

Pero al mismo tiempo que Ignacio aprontaba tan excelentes obreros al padre de familias, nada negaba él mismo al ardor abrasado de su zelo. Fundó en Roma una casa para los judíos convertidos; y halló medio para fundar otra de refugio donde se recogiesen las mujeres de mala vida. Pero la caridad que ejercitaba con los extraños no le hizo olvidar de la que debía á sus propios hijos y á la Compañía. Compuso las constituciones y las reglas de su religión, en las cuales tantos sumos pontífices reconocieron visiblemente el espíritu de Dios y una consumada prudencia. Prohibió á Claudio Jayo, cuando estaba en Trento, que aceptase el obispado de Trieste, que el papa y Fernando, rey de los romanos, le querían dar, obligando después á sus hijos á que hiciesen voto de renunciar las dignidades eclesiásticas.

Endulzaba el cielo los excesivos trabajos de nuestro santo, dándole el consuelo de ver que todas las naciones y los soberanos solicitaban ansiosos tener hijos suyos en todas partes; y supo que el rey de Portugal había fundado en Goa un colegio un año antes que hubiese colegio alguno en Europa; pero fué mayor su gozo cuando tuvo noticia de los felices sucesos con que la Compañía hacía la guerra á todos los herejes en Alemania, en Francia y en los Países-Bajos, y sobre todo cuando vió al duque de Gandía, don Francisco de Borja, renunciar todos sus estados, y venir á echarse á sus pies para ser recibido en la Compañía.

En medio de tantos motivos de gozo y de consuelo, no se le templó el ansia que tenía de renunciar el generalato para entregarse á una vida oscura y particular; pero todas las tentativas que hizo, y todos los medios de que se valió, solo sirvieron para dar mayor realce á su eminente virtud, y para obligar á que los sumos pontífices Paulo III, Marcelo II y Paulo IV le mandasen que no volviese á hablar en la materia.

Serían menester muchos crecidos volúmenes para referir todas las maravillas de este hombre extraordinario. Hacía mucho tiempo que su salud, consumida con tantos trabajos y con sus continuas penitencias, se iba debilitando más de día en día, cuando reconoció que se acercaba su última hora. No se advirtieron otras señales de su enfermedad, que la extraordinaria alegría y devoción que se le notó.

Ni las ocupaciones exteriores, ni los negocios de mayor disipación fueron nunca capaces de distraerle un momento de su íntima unión con Dios. No hubo hombre más interior, más lleno de Dios, ni más muerto á las criaturas y á sí mismo. Dotado de un sublime don de contemplación, todas sus oraciones eran éxtasis; y se puede decir que toda su vida fué una continua oración. El volver los ojos al cielo, el ponerlos en una flor, en una estrella, era bastante para arrebatarle en éxtasis y en raptos, durante los cuales, inmoble é insensible, le oían exclamar trasportado de amor: ¡Qué asquerosa me parece la tierra cuando miro al cielo!

Levantaba hacia él frecuentemente los ojos; y tanto, que los que no sabían cómo se llamaba, no daban otras señas para distinguirle sino decir: Aquel hombre que siempre está mirando al cielo, y siempre habla de Dios. Cuando rezaba el oficio divino, eran tantas las lágrimas que derramaba, que se veía precisado á hacer pausas en cada versículo, y en el altar todo era respiros y llanto á cada palabra. Su divisa era: ad majorem Dei gloriam; á mayor gloria de Dios: pero no se contentaba con glorificar á Dios como quiera, aspiraba á hacerlo del modo más excelente y más perfecto.

Su ternura y su devoción á la santísima Virgen correspondían á su grande amor del Señor; después de Dios en ella ponía toda su confianza, y quiso que esta tierna devoción caracterizase en parte su Compañía. No era posible mayor mortificación ni más profunda humildad. Arrebatado un día en espíritu, elevado de la tierra y rodeado de un celestial resplandor, se le oyó exclamar: ¡Oh Dios infinitamente bueno, pues sufrís un miserable pecador como yo! Esta profunda y no menos ingeniosa humildad negó á nuestra noticia gran número de prodigios y de acciones heroicas, que, por confesión de los sumos pontífices y de todos los grandes hombres que le conocieron, constituyeron á Ignacio uno de los mayores santos de la Iglesia.

Como su enfermedad no era más que una suma debilidad sin mucha calentura, así los médicos como sus hijos se engañaron; solo el santo no se engañó; pidió que le administrasen los santos sacramentos, los que recibió con extraordinario fervor. Mi hora ya llegó, dijo al padre Polanco, id, y pedid al papa la bendición para mí, y una indulgencia por mis pecados. Pues qué, replicó Polanco, ¿es posible que os hemos de perder tan presto? Vuestra enfermedad ninguno cree que es de peligro; ¿no podré dilatar esa diligencia para mañana? Haced lo que os pareciere, respondió el santo, temiendo que, si insistía en la orden, se atribuyese á revelación.

Pasó toda la noche solo, ocupado en Dios y en un continuo éxtasis. Los que entraron á verle por la mañana le hallaron ya agonizando. Acudieron todos los padres, deshaciéndose en lágrimas, y pidiéndole su bendición. Polanco fué con diligencia al palacio pontificio, y el papa le concedió con gran dolor y con no menor benignidad todo lo que le pedía; entretanto, levantando Ignacio los ojos al cielo, y volviéndolos después hacia sus hijos, los exhortó con voz desmayada y moribunda al constante amor de Dios, y á buscar en todo únicamente su mayor gloria; juntando después las manos, volviendo á levantar los ojos al cielo, y pronunciando el nombre de Jesús y de María, espiró dulcemente una hora después de salido el sol, en el día último de julio del año 1556, á los sesenta y cinco de su edad, treinta y cinco después de su conversión, y diez y seis de fundada la Compañía.

Antes de su muerte tuvo el consuelo de verla extendida por todo el universo, y dividida en doce provincias, en las cuales se contaban por lo menos cien colegios. También la vió coronada del martirio en la persona del padre Antonio Criminal y de los hermanos Pedro Correa y Juan de Sosa, que perdieron todos tres la vida por la fe á manos de los bárbaros.

La preciosa muerte del siervo de Dios hizo en los ánimos aquella impresión que hace siempre en los corazones la muerte de los santos. En toda la ciudad de Roma solo se oían estas palabras: Murió el santo. Enjugó presto las lágrimas de sus hijos la confianza de que tenían en el cielo un poderoso protector. Hallábase en Roma san Felipe Neri cuando murió Ignacio, y habló de él después de muerto como siempre había hablado durante su vida. Decía que era un hombre todo lleno del espíritu de Dios; que muchas veces le había visto con el rostro cubierto de resplandor; que de él había aprendido á tener oración, y que le debía mucho toda la cristiandad.

Mientras se le hacía el oficio de difuntos, una señora, cuya hija había cinco años que adolecía de lamparones, creyó que la enferma sanaría si pudiese tocar el cadáver del santo; pero como no fuese posible romper por el concurso, suplicó á un padre que aplicase á la parte lesa de su hija alguna cosa que hubiese usado el siervo de Dios; hízolo el padre Vischaven, y en el mismo punto desaparecieron los lamparones sin dejar señal alguna. Asegúrase que en vida resucitó un muerto, y que hizo otros muchos milagros.

Los que cada día obraba Dios por su intercesión en todo el mundo y en su sepulcro, movieron al papa Paulo V, precediendo el proceso y demás jurídicas informaciones, á beatificarle el día 3 de diciembre del año de 1609; y el papa Gregorio XV, á instancia del emperador, de los reyes de España, Francia, Polonia, Portugal y de casi todos los príncipes católicos de Europa, le canonizó solemnemente, juntamente con san Francisco Javier, san Felipe Neri, san Isidro labrador y santa Teresa, el día 12 de marzo del año 1622.

Trasladóse su cuerpo, y se colocó en el lado derecho del altar mayor el día 19 de noviembre del año 1597, en la célebre iglesia de Jesús, que había edificado el cardenal Alejandro Farnesio. La capilla que el padre Tirso González, decimotercio general de la Compañía de Jesús, dedicó al santo fundador, está reputada por la más rica y más magnífica que hay en el mundo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.