sábado, 25 de julio de 2026
Santiago el Mayor, Apóstol
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santiago, cuya memoria celebra hoy la santa Iglesia, se llama el Mayor porque fué llamado al apostolado antes que el otro Santiago, obispo de Jerusalén, hijo de Alfeo, que por esta misma razón se llama el Menor, y su fiesta se celebra el día primero de mayo. Nuestro Santiago el Mayor fué hijo del Zebedeo y de María Salomé, hermana mayor de san Juan evangelista. Nació en Betsáida, ciudad de Galilea á dos leguas cortas de Cafarnaum, situada sobre la orilla septentrional del lago de Genezareth, llamado también el mar de Tiberíades. Créese que tenía diez ó doce años más que el Salvador del mundo, y su hermano Juan seis años menos. Vivían con su padre en Betsáida, patria de entrambos, como también de san Pedro, de san Felipe y de san Andrés. Eran de oficio pescadores, aunque Orígenes llama barqueros á Santiago y á san Juan, porque tenían un barco ó una barca propia en que pescaban á las órdenes de su padre; pero san Pedro y san Andrés son llamados simplemente pescadores, porque, no teniendo barca ni barco propio, pescaban á jornal para el patrón de alguna lancha. Su madre Salomé, una de las primeras mujeres que siguieron á Cristo, era muy piadosa, y por lo mismo era también virtuosa toda su familia, la cual no dejaba de distinguirse por su virtud, á pesar de su humilde condición.
San Epifanio es de sentir que Santiago era discípulo de san Juan Bautista, y que fué aquel á quien su maestro envió con la embajada al Salvador. Sea de esto lo que fuere, es cierto que, luego que comenzó á predicar el Hijo de Dios, Santiago y san Juan fueron los que se dieron más priesa por oírle, aunque no le siguieron hasta algunos meses después.
Estaban un día los dos hermanos en el barco con su padre, y todos estaban muy tristes, porque, habiendo trabajado toda la noche, nada habían pescado, cuando llegó el Señor á la orilla del lago acompañado de una inmensa multitud de gente que le seguía. Por librarse de la opresión, se metió en el barco donde estaba Pedro, y mandándole pasar adelante hasta alta mar, le dijo que echase las redes con toda confianza. Cayó tanta pesca, que se rompían las redes, y llamaron en su socorro á los que estaban en el barco más inmediato. Eran estos Santiago y Juan, con los que pescaban á sus órdenes. Acudieron pronto, y se llenaron tanto los dos barcos, que faltó poco para que ambos fuesen á fondo. Atónitos de este prodigio, llevaron los barcos á tierra, y resolvieron dejarlo todo para seguir á Jesucristo, como con efecto lo ejecutaron muy presto.
Caminaba un día el Salvador por la orilla del lago de Genezareth, y llamando á Pedro y á Andrés, les mandó que le siguiesen. Un poco más adelante vio á Santiago y á Juan dentro del barco con su padre el Zebedeo, los cuales todos estaban componiendo las redes; díjoles lo mismo que á Pedro y á Andrés, y los dos hermanos le siguieron con tanta prontitud, que ganaron el corazón del Señor. Sin detenerse un momento, dejaron las redes, el barco, los compañeros que ganaban la vida con ellos, y á su mismo padre: obediencia pronta y generosa, que junta á tan perfecto desasimiento, contribuyó no poco al particular amor que en todas las ocasiones mostró Cristo después á los dos hermanos.
Desde luego conocieron todos que Santiago era uno de los discípulos más favorecidos. Pocos milagros hizo el Salvador de que él no fuese testigo. Hallóse presente cuando sanó á la suegra de san Pedro. En la resurrección de la hija de Jairo, príncipe de la sinagoga, también quiso el Hijo de Dios que le acompañasen san Pedro, Santiago y san Juan, tres discípulos particularmente amados suyos, á quienes por todo el discurso de su vida distinguió con singulares demostraciones de amor y de ternura. Fué muy especial la que les manifestó en el Tabor, llamándolos para testigos de su gloriosa transfiguración. Esta elección, para mostrarles una parte de su gloria, fué la mayor distinción que les había hecho desde que estaban en su divina escuela.
En vista de tan repetidos testimonios de la preferencia que lograban en los cariños del Señor, se alentaron ellos y su madre á una pretensión que no los acreditaba de muy perfectos, manifestando bien que hasta la venida del Espíritu Santo no formaron concepto adecuado y justo de las verdades y de las máximas espirituales de la religión. Acababa de decirles el Salvador que los doce apóstoles se habían de sentar en doce tronos para juzgar las doce tribus de Israel; pero no les había expresado quiénes habían de estar más cerca de su persona. No ignorando la madre de Santiago y de san Juan el particular cariño que mostraba siempre á sus dos hijos, creyó que le podía pedir con toda confianza los dos primeros tronos para ellos. Presentóse, pues, ante el Señor la buena mujer en medio de los dos hijos, y adorándole con toda reverencia, le dijo que tenía que pedirle una gracia. Habida licencia, añadió: Señor, todos tres os hacemos una misma petición; esto es, que, cuando estéis en vuestro reino, dispongáis que uno de mis hijos se siente á vuestra mano derecha, y el otro á la siniestra.
No contestó el Salvador directamente á la madre, sabiendo muy bien que hablaba en nombre de sus hijos, y así dirigiendo á estos la palabra sin reprenderles su ambición, se contentó con instruirlos, dándoles en esta ocasión aquella admirable lección de humildad, que es el fundamento del verdadero mérito, y asegurándoles que, si querían ser los mayores en el reino de los cielos, era menester que bebiesen primero su cáliz, y que se hiciesen pequeños y humildes en este mundo.
Aunque el celo de los dos hermanos no era todavía el más puro ni el más arreglado, no por eso era menos ardiente ni menos tierno el amor que profesaban á Jesucristo. Cerca de seis meses antes de la pasión, caminando por Galilea á Judea, quiso entrar en un pueblo de Samaría, cuyos habitadores le cerraron las puertas por saber que iba á Jerusalén, lo que no podían tolerar los samaritanos después del cisma. Irritados Santiago y san Juan en vista del desaire que se hacía á su Maestro, le dijeron que si les daba licencia harían bajar fuego del cielo para exterminar aquellos insolentes. Reprimió el Salvador su demasiado ardimiento, enseñándoles que el espíritu del Evangelio que les anunciaba no era de rigor como el de la ley de Moisés, sino espíritu de dulzura y de caridad; y aun se cree que, cuando dió á los dos hermanos el nombre de Boanerges, que quiere decir hijos del trueno, aludía al ardor y á la fogosidad de su impetuoso celo.
Grande fué sin duda el favor que hizo el Señor á Santiago en escogerle para testigo de las glorias del Tabor; pero no fué menor el que le dispensó llevándole también para que lo fuese en las agonías del huerto. Fué este bienaventurado apóstol uno de los tres que acompañaron al Salvador en el huerto de las Olivas para servirle, digámoslo así, de consuelo en aquella mortal tristeza; queriendo el Señor hacer con él esta nueva demostración de su ternura hasta el día antes de su muerte; pero de mayor consuelo fueron las que hizo después de su gloriosa resurrección. Hallóse presente Santiago á todas sus frecuentes apariciones, teniendo parte en las instrucciones y en las pruebas de bondad que dió el Salvador á sus discípulos.
Después que los apóstoles recibieron al Espíritu Santo, ninguna cosa fué capaz de contener el celo de Santiago. Corría las ciudades, villas y aldeas de la Judea para anunciar á sus hermanos la fe de Jesucristo. Es constante y muy autorizada tradición de todas las iglesias de España que Santiago fué su primer apóstol, y que antes que los apóstoles se separasen para anunciar el Evangelio en todo el universo, viendo que después de la muerte de san Esteban no se podía predicar á Jesucristo en la Judea, Santiago se embarcó, pasó los mares, y llevó á España las primeras luces de la fe. Venérase aun en Zaragoza el sagrado pilar sobre el cual cree la devota piedad muy fundadamente que se le apareció la santísima Virgen, estando aun en vida mortal esta Señora, y le mandó construir en aquel mismo sitio una capilla dedicada á su santo nombre, asegurándole tomaba desde luego bajo su especial patrocinio una nación que hasta el fin de los siglos había de ser muy devota suya.
Después volvió Santiago á Judea, donde trabajó con extraordinario celo en anunciar la fe de Jesucristo. Por su elocuencia, por su valor, por la fuerza de sus razones, y por la milagrosa moción que acompañaba á sus discursos, confirmado, sostenido y autorizado todo con gran número de milagros, hizo grandes conversiones. Alborotóse toda la nación en vista de tantas maravillas, y se amotinó furiosamente contra Santiago. Hicieron los judíos todo lo que pudieron para perderle. Valiéronse de dos famosos magos, Filetes y Hermógenes, que prometieron convencerle y desacreditarle delante de todo el pueblo con sus artificios; pero sucedió todo lo contrario: luego que el santo habló, se convirtió Filetes, y Hermógenes quedó convencido del ningún poder de sus encantos y de la maravillosa virtud del apóstol.
Pero los judíos principales no por eso depusieron su encono ni su animosidad. Un día que hablaba al pueblo con grande fuerza acerca de la divinidad de Jesucristo, probándola con el cumplimiento de las profecías, echaron mano de él, y después de haberle maltratado le llevaron á Herodes Agripa, rey de Judea, nieto del que hizo morir á los inocentes, y sobrino del otro Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, que quitó la vida á san Juan Bautista. Era Agripa poco grato á los judíos, y hacía tiempo que solicitaba ocasión de darles algún gusto para congraciarse con ellos. Parecióle no podía lograr otra más oportuna que la de sacrificar á su odio al que consideraban como cabeza de la religión cristiana, y por uno de los más celosos discípulos de Jesucristo. Sin otras pruebas le sustanció su causa, y le sentenció á que le cortasen la cabeza.
San Clemente Alejandrino, que floreció al fin del segundo siglo, asegura que el judío que le prendió, viendo la generosidad con que confesaba á Jesucristo, se sintió tan movido, que confesó era también cristiano, y que por esta confesión fué condenado al mismo suplicio. Cuando los conducían al lugar destinado para la ejecución, el nuevo confesor de Jesucristo se arrojó á los pies del santo apóstol, y le pidió perdón. Abrazóle Santiago tiernamente, y le dijo: La paz sea contigo; de donde se dice tuvo principio la ceremonia que usa la Iglesia en el santo sacrificio de la misa, valiéndose de las mismas palabras para dar la paz al pueblo antes de la comunión.
Llegados al lugar del suplicio, Santiago hizo oración, dando gracias al Señor por la honra que le hacía de que derramase su sangre por la gloria de su nombre, y que fuese el primer apóstol que padeciese el martirio por su santo amor. Sucedió el año 44 de Jesucristo, hacia el tiempo de la Pascua, y fué degollado en compañía del otro que entró á la parte en la misma corona. Afirma san Epifanio que Santiago fué perpetuamente virgen como su hermano san Juan, y que por esta razón merecieron los dos el singular amor que el Salvador les profesó.
Después de la muerte del apóstol, que sucedió en Jerusalén, los cristianos enterraron su cuerpo en la misma ciudad, donde se asegura estuvo poco tiempo; y se cree que los discípulos que le fueron siguiendo desde España retiraron el santo cuerpo, y embarcándose con él, aportaron á Iria Flavia, hoy Padrón, pueblo de Galicia, donde estuvo oculto aquel precioso tesoro todo el tiempo que duró la inundación de los bárbaros hasta el principio del noveno siglo. Entonces se descubrieron milagrosamente las santas reliquias en tiempo de don Alfonso el Casto, rey de León, aliado de Carlo Magno. Aquel piadoso monarca las hizo trasladar á Compostela; y para autorizar más un lugar que ya era célebre en el universo por la devoción y concurso de los fieles, el papa León III trasladó la silla episcopal de Iria á Compostela, adonde continúa la concurrencia de peregrinos y extranjeros de todo el mundo cristiano después de ochocientos años, publicando lo mucho que puede con Dios el santo apóstol; de manera que, después de la peregrinación á Jerusalén y á Roma, no hay otra más solemne en toda la cristiandad.
Gloríanse algunas iglesias de Francia de poseer alguna parte de las reliquias de nuestro grande apóstol, y aun alguna pretende ser depositaria de su sagrado cuerpo; pero los mismos franceses desprecian esta pretensión acreditándolo con los innumerables peregrinos que de toda aquella nación, más que de otra alguna, concurren cada año en tropel á Compostela. No caben en el guarismo las singulares gracias que España ha recibido siempre de este gran santo. Sobre todo reconoce deberle las victorias más señaladas que ha conseguido de los enemigos de la religión; y después de Dios recurre continuamente á su protección en todas las calamidades públicas.
En Jerusalén, á trescientos pasos de la puerta de Sión, hay una iglesia dedicada á Santiago, siendo una de las más hermosas y más capaces de aquella santa ciudad. La cúpula que está en medio se eleva y se sostiene sobre cuatro grandes pilares, rasgada en la parte superior con dilatadas claraboyas, á manera de la del santo sepulcro, que la llenan de extraordinaria claridad. Vense enfrente hacia la parte oriental tres magníficos altares, seguidos unos de otros; y á mano izquierda al entrar por la nave hay una capillita en el mismo sitio donde se cree fué degollado el apóstol por mandado de Herodes, porque antiguamente era la plaza del mercado. Pertenece esta iglesia á los armenios, que tienen allí un monasterio con un obispo, y con doce ó quince monjes para celebrar los divinos oficios. Dícese que así la iglesia como el monasterio son fundación de los reyes de España para hospedar á los peregrinos españoles.
Hay en España la orden militar de Santiago, fundada por el rey don Fernando II el año de 1175. Llámase por su excelencia la Noble, y disputa la antigüedad con la de Calatrava: tiene tres grandes prioratos, el de Castilla, el de León y el de Montalbán, con otras ochenta y cinco encomiendas; y el rey es el gran Maestre de…
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.