martes, 21 de julio de 2026
Santa Práxedes, Virgen
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eccli. 51, 13-17)
Léctio libri Sapiéntiæ Dómine, Deus meus, exaltásti super terram habitatiónem meam, et pro morte defluénte deprecáta sum. Invocávi Dóminum, Patrem Dómini mei, ut non derelínquat me in die tribulatiónis meæ, et in témpore superbórum sine adjutório. Laudábo nomen tuum assídue, et collaudábo illud in confessióne, et exaudíta est orátio mea. Et liberásti me de perditióne, et eripuísti me de témpore iníquo. Proptérea confitébor et laudem dicam tibi, Dómine, Deus noster.
Tú ensalzaste mi casa o morada sobre la tierra, y yo te supliqué que me librases de la muerte, que todo lo disuelve. Invoqué al Señor, padre de mi Señor, que no me desamparase en el tiempo de mi tribulación, y mientras dominaren los soberbios. Alabaré sin cesar tu santo Nombre, y lo celebraré con acciones de gracias; pues fue oída mi oración, y me libraste de la perdición, y me sacaste a salvo en el tiempo calamitoso. Por tanto te glorificaré, y te cantaré alabanzas y bendeciré eternamente el Nombre del Señor. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 51 — Cornelio a Lápide
v. 13. ENSALZASTE SOBRE LA TIERRA MI MORADA. Se lee: «ensalzaste desde la tierra mi casa y mi familia», esto es, para que viviese felizmente en la tierra y morase gloriosamente. Y por eso «rogué por la muerte que se derrama», como sigue, confiando en que, según tu costumbre, me librarías de la muerte y aun me ensalzarías. Otros, en cambio, leen: «elevé desde la tierra mi súplica», esto es: desde la tierra levanté mi mente a Dios, suplicando y rogando que me arrancase de la muerte que se derrama y que me amenazaba. Menos rectamente los Complutenses, en lugar de γῆς (tierra), leen ὀργῆς (ira), de donde vierten: «elevé mi súplica por encima de la ira»; pues los Romanos y los demás leen γῆς, no ὀργῆς.
«Y rogué por la muerte que se derrama.» El griego tiene ahora ὑπὲρ θανάτου ῥύσεως ἐδεήθην, que los Complutenses vierten: «pedí liberación por la muerte»; los Romanos: «rogué por la liberación de la muerte»; Vátablo: «oré para ser librado de la muerte». Nuestro intérprete, en lugar de ῥύσεως (liberación), lee ῥεύσεως (flujo), de donde vierte «por el flujo de la muerte», esto es: «rogué por la muerte que se derrama».
Preguntarás: ¿qué es el flujo de la muerte, o cuál es esa «muerte que se derrama»? Respondo. Primero, se llama «muerte que se derrama» la que se derrama y se desliza sobre todos, como si dijera: rogué no ser arrebatado por los remolinos de la muerte, que sucesivamente se derrama sobre todos y ahora sobre mí; pues así como el mar, el río o el torrente hirviente que se desborda, fluyendo ya aquí, ya allá, poco a poco arrebata a todos y todo, así la muerte se derrama ora sobre este, ora sobre aquel, y de este modo a todos gradualmente se los lleva. Nuestra vida no es otra cosa que un continuo fluir hacia la muerte, y por eso la muerte misma empieza a derramarse sobre nosotros desde el comienzo de la vida por tantas enfermedades y miserias que poco a poco consumen al hombre, como el arroyo de agua, por exiguo que sea, si fluye de continuo en una fosa, al cabo la llena a fuerza de fluir.
Segundo, se llama «que se derrama» por hipálage, porque todos los hombres paso a paso se derraman y se deslizan en ella, según aquello: «Todos morimos, y como aguas nos deslizamos en la tierra, que no vuelven» (II Reg. xiv, 14); y el Poeta: «Todo pasa a modo de agua que fluye.» Tercero, se dice «que se derrama» porque la muerte consiste en la disolución de los cuatro humores, espíritus, nervios, órganos y todos los miembros del hombre; pues así como la vida consiste en su trabazón y armonía, así, al faltar esta, se disuelve aquella y el hombre muere. Cuarto, se dice «que se derrama» por metonimia, esto es, causalmente, porque hace que se derramen y se deslicen todos y todo: la salud, la vida, el vigor, los sentidos, el movimiento, las riquezas, los amigos y todos los bienes del mundo. A esto se aplica aquello de Job xxii, 16: «Los que fueron arrebatados antes de tiempo, y un río subvirtió su fundamento.» Por último, por «muerte que se derrama» entiende la muerte cierta y naturalmente inevitable, que con curso cierto y flujo destinado se derrama sobre el hombre, de suerte que no le es posible apartarla, como no es posible apartar el flujo del río que corre por su cauce contra un árbol o un hombre.
v. 14. INVOQUÉ AL SEÑOR, PADRE DE MI SEÑOR, PARA QUE NO ME DESAMPARASE EN EL DÍA DE MI TRIBULACIÓN, Y EN EL TIEMPO DE LOS SOBERBIOS SIN AUXILIO. En griego, ἐν καιρῷ ὑπερηφάνων ἀβοηθησίας, que Complutenses y Romanos vierten «en el tiempo del desamparo de los soberbios», es decir, cuando, dominando los soberbios, me viese abandonado de todos y careciese de todo auxilio humano. Vátablo: «negándome su ayuda los soberbios»; otros: «en el tiempo en que dominan los soberbios, faltando el auxilio». El Siro: «Levanté de la tierra mi voz, oré e invoqué a mi Padre desde lo alto, diciendo: Señor Gigante (los Siros llaman a Dios Gigante de los siglos, por su fortaleza, grandeza y eternidad) y salvador, no me desampares en el día de la angustia en que me contristo.»
Nota aquí que el Siracida y los antiguos judíos conocieron a Dios Padre y a Dios Hijo, y aun el misterio de la Santísima Trinidad. Pues invoca al «Señor», esto es, a Dios Padre de su Señor, es decir, del Hijo de Dios, que por la encarnación había de ser el Mesías y Cristo, esto es, redentor y salvador de los hombres. Por lo cual él y los demás anhelaban al Mesías como libertador, y por eso hace aquí mención de él, como si dijera: invoqué a Dios Padre del Verbo eterno, o del Mesías que había de venir a nosotros, para que por él y sus méritos me librase de tantas tribulaciones. Dice Palacio: tanto vale adorar a Dios en cuanto es Padre, tanto vale ante el Padre la memoria del Hijo; pues el Padre ama al Hijo. Por eso la Iglesia, instituida por el Hijo, ruega al Padre por el Hijo, y así concluye todas sus oraciones y Colectas: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo», etc.
Alude a aquello del Salmo cix: «Dijo el Señor a mi Señor»; y al Salmo ii: «El Señor me dijo: Hijo mío eres tú, yo te engendré hoy»; y al Salmo lxxi: «Oh Dios, da tu juicio al rey, y tu justicia al hijo del rey.»
v. 15. ALABARÉ TU NOMBRE SIN CESAR, Y LO LOARÉ EN ACCIÓN DE GRACIAS, Y FUE OÍDA MI ORACIÓN. «En acción de gracias»: Vátablo, «con gratulación». Hay hipérbaton, esto es, orden invertido: «Invoqué al Señor, Padre de mi Señor... y fue oída (por él) mi oración; por lo cual alabaré, Señor, tu nombre sin cesar.» Y ciertamente la partícula «y», al modo hebreo, ha de exponerse por «porque», como si dijera: alabaré tu nombre, «y», esto es, porque fue oída por ti mi oración. De donde la Tigurina vierte: «Alabaré tu nombre en todo tiempo, y me acordaré de ti en cánticos; entonces oyó el Señor mi voz, escuchó mi súplica, y me libró de todo mal.» De otro modo Jansenio, como si dijera: invoqué en la tribulación diciendo: si de esta me libras, alabaré tu nombre sin cesar; mas esta explicación sobrentiende y suple mucho que no está en el texto.
v. 16. Y ME LIBRASTE DE LA PERDICIÓN, Y ME ARRANCASTE DEL TIEMPO INICUO. En griego πονηροῦ, esto es, malo, molesto, maligno, difícil, angustioso, peligroso, en el cual dominaban los malos e inicuos y nos oprimían a mí y a los demás justos y piadosos adoradores tuyos. Vátablo: «Pues me guardaste de la ruina, y me arrancaste del tiempo perverso.» Lo mismo repite e inculca con unas y otras palabras, porque tenía el corazón lleno tanto del sentimiento de sus aflicciones como de la acción de gracias, alabanza y júbilo a Dios, que de todas lo arrancó. Repite una y otra vez el Siracida el «me libraste», para confesarse librado de muchas angustias y dar exultante gracias a Dios libertador.
De modo semejante santa Wilgefortis, virgen y mártir (que celebra el Martirologio Romano el 20 de julio), fue llamada con otro nombre «Liberata», porque fue por Dios arrancada de muchas tribulaciones. El Breviario Seguntino refiere que fue hija de Catelio, régulo de Lusitania, y que su madre dio a luz en un mismo parto nueve hijas —Genibera, Victoria, Eumelia, Gema (Margarita), Marciana, Germana, Basilia, Quiteria y Wilgefortis o Liberata—; que la madre, avergonzada de tan numeroso parto, mandó a la comadrona sumergirlas a todas en secreto en el río, pero esta las entregó a piadosas matronas para que las criasen, y todas resultaron santas vírgenes y mártires. Y añade: «Despedidas todas las hermanas hacia los reinos celestiales, al fin la bienaventurada Liberata, atormentada con muchos suplicios, no pudiendo ser apartada de la fe, por el corte de la cabeza pasó al Señor. Y así, librada de la sumersión del río al nacer, librada del error de la infidelidad por el bautismo, librada de la corrupción de la carne pues padeció por su pudicicia, librada de la cárcel del cuerpo por el triunfo del martirio, libre llegó a Cristo.» Más largamente describe los combates y martirio de estas nueve hermanas Francisco Bivar, en su Comentario a el Cronicón de L. Dextro, año de Cristo 138, donde con razones sólidas sostiene que santa Margarita, que la Iglesia venera el 20 de julio, es Gema, una de las nueve hermanas.
v. 17. POR ESO CONFESARÉ, Y DIRÉ TU ALABANZA, Y BENDECIRÉ EL NOMBRE DEL SEÑOR. En griego «el nombre del Señor», esto es, al Señor, como si dijera: bendeciré y glorificaré al Señor por su nombre, nombrando y exaltando su santo nombre. Vátablo: «Por eso te doy gracias y te tributo alabanzas, Señor, y celebro tu nombre.» De otro modo Palacio, que por «el nombre del Señor» entiende al Hijo de Dios, en quien, como en un nombre, voz y palabra, se reconoce al Padre. No solo, dice, alaba a Dios, sino que también dice alabanzas al nombre del Señor, que es el Hijo de Dios, según aquello de Juan xii: «Padre, glorifica tu nombre», esto es, a tu Hijo. Así él.
Comentario al Eclesiástico, cap. 51, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 25, 1-13)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis parábolam hanc: Símile erit regnum coelórum decem virgínibus: quæ, accipiéntes lámpades suas, exiérunt óbviam sponso et sponsæ. Quinque autem ex eis erant fátuæ, et quinque prudéntes: sed quinque fátuæ, accéptis lampádibus, non sumpsérunt óleum secum: prudéntes vero accepérunt óleum in vasis suis cum lampádibus. Moram autem faciénte sponso, dormitavérunt omnes et dormiérunt. Média autem nocte clamor factus est: Ecce, sponsus venit, exíte óbviam ei. Tunc surrexérunt omnes vírgines íllæ, et ornavérunt lámpades suas. Fátuæ autem sapiéntibus dixérunt: Date nobis de óleo vestro: quia lámpades nostræ exstinguúntur. Respondérunt prudéntes, dicéntes: Ne forte non suffíciat nobis et vobis, ite pótius ad vendéntes, et émite vobis. Dum autem irent émere, venit sponsus: et quæ parátæ erant, intravérunt cum eo ad núptias, et clausa est jánua. Novíssime vero véniunt et réliquæ vírgines, dicéntes: Dómine, Dómine, áperi nobis. At ille respóndens, ait: Amen, dico vobis, néscio vos. Vigiláte ítaque, quia nescítis diem neque horam.
Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo y a la esposa; de las cuales cinco eran necias y cinco prudentes. Pero las cinco necias, al coger sus lámparas, no se proveyeron de aceite; al contrario, las prudentes con las lámparas llevaron aceite en sus vasijas. Como el esposo tardase en venir, se adormecieron todas, y al fin se quedaron dormidas. Mas llegada la medianoche, se oyó una voz que gritaba: Mirad que viene el esposo, salidle al encuentro. Al punto se levantaron todas aquellas vírgenes, y aderezaron sus lámparas. Entonces las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan. Respondieron las prudentes, diciendo: No sea que este que tenemos no baste para nosotras y para vosotras, mejor es que vayáis a los que lo venden y compréis el que os falta. Mientras iban éstas a comprarlo, vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. Al cabo vinieron también las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, señor!, ábrenos. Pero él respondió y dijo: En verdad os digo que yo no os conozco. Así que velad vosotros, ya que no sabéis ni el día ni la hora. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 25, 1-13 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1. En la anterior parábola manifestó el Señor la pena que sufría el soberbio y el lujurioso que disipaban los bienes del Señor; en ésta conmina con el castigo aun a aquél que no saca utilidad y no se provee abundantemente de lo que le hace falta. Tienen ciertamente aceite las vírgenes necias, pero no abundante. Por lo que dice: "Entonces será el reino de los Cielos semejante a diez vírgenes".
San Hilario, in Matthaeum, 27. Dice, "entonces" porque todo esto se refiere al gran día del Señor del que arriba hablaba.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12,1. El reino de los cielos, del presente tiempo, se llama la Iglesia; como se lee en San Mateo: "Enviará el Hijo del hombre sus ángeles y quitarán de su reino todos los escándalos" ( Mt 13,41).
San Jerónimo. La semejanza de las diez vírgenes necias y prudentes, es aplicada por algunos sencillamente a las vírgenes, de las cuales unas según el Apóstol lo son de cuerpo y de espíritu; y otras solamente de cuerpo, careciendo de las demás obras; o guardadas bajo la custodia de sus padres; pero que sin embargo intentan casarse. Pero a mí me parece, por lo arriba dicho, que es otro el sentido, y que no pertenece esta comparación a la virginidad corporal, sino a todo género de personas.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12,1. En cada hombre se encuentran duplicados los cinco sentidos, y el número de los cinco duplicados completa el de diez; y porque de la reunión de los fieles de uno y otro sexo resulta la multitud, la Santa Iglesia la compara a diez vírgenes. Y como los buenos están mezclados con los malos, y los réprobos con los elegidos, propiamente se asemeja a la mezcla de las vírgenes prudentes y las necias.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1. Por esto, pues, expone esta parábola en la persona de las vírgenes para demostrar que aunque la virginidad sea una gran virtud, sin embargo será arrojada fuera con los adúlteros si no practica las obras de misericordia.
Orígenes, in Matthaeum, 32. O de otro modo: los sentidos de todos los que recibieron la palabra de Dios, son vírgenes; pues tal es la virtud de la palabra divina, que de su pureza participan todos los que por su doctrina abandonaron la idolatría y se convirtieron por Jesucristo al culto de Dios. Y sigue: "Que tomando sus lámparas salieron", etc. Toman sus lámparas, es decir, los órganos de sus sentidos, y salen del mundo de los errores al encuentro del Salvador, que siempre está preparado a venir para entrar juntamente con los que son dignos en la Iglesia, su bienaventurada esposa.
San Hilario, in Matthaeum, 27. O de otro modo: nuestro esposo y nuestra esposa es nuestro Dios encarnado, pues, para el espíritu la esposa es la carne. Las lámparas que tomaron es la luz de las almas que resplandecieron por el Sacramento del Bautismo.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. También las lámparas que llevan en las manos son las buenas obras; pues escrito está en San Mateo: brillen vuestras obras delante de los hombres ( Mt 5,16).
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12. Los que rectamente creen y justamente viven, son comparados a las cinco vírgenes prudentes. Pero los que confiesan en verdad la fe de Jesucristo, pero no se preparan con buenas obras para la salvación, son como las cinco vírgenes necias. Por lo que añade: cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes.
San Jerónimo. Son ciertamente cinco los sentidos que aspiran a las cosas celestiales y las desean. Acerca, pues, de la vista, del oído y del tacto, ha dicho especialmente San Juan: "lo que vimos, lo que oímos, lo que con nuestros ojos examinamos y nuestras manos tocaron" ( 1Jn 1,1). Sobre el gusto: "gustad y ved cuán suave es el Señor" ( Sal 33,9). Sobre el olfato: "corremos siguiendo el olor de tus unciones" ( Cant 1,3). También son cinco los sentidos terrenos que exhalan fetidez.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Por las cinco vírgenes necias se entiende la pérdida de la continencia destruida por los cinco deleites de la carne; pues debe contenerse el apetito de la voluptuosidad de los ojos, de los oídos, del olfato, del gusto y del tacto. Pero como esta continencia se hace en parte delante de Dios para agradarle con el gozo interior de la conciencia y en parte delante de los hombres únicamente para captarse la gloria humana, por eso se llaman cinco prudentes y cinco necias, si bien unas y otras se llaman vírgenes. Porque ambas gozan del mismo título aunque por diverso motivo.
Orígenes, in Matthaeum, 32. Así como las virtudes simultáneamente se acompañan entre sí, de modo que el que tuviese una las tenga todas, del mismo modo los sentidos se siguen mutuamente. Por tanto, es necesario que, o todos los cinco sentidos sean prudentes, o todos necios.
San Hilario, in Matthaeum, 27. La división entre cinco prudentes y cinco necias, debe entenderse en absoluto de los fieles y de los infieles.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12. Pero es de notar que todas llevan lámparas, pero no todas tienen aceite: sigue pues: "Pero las cinco necias no tomaron aceite", etc.
San Hilario, in Matthaeum, 27. El aceite es el fruto de las buenas obras; las lámparas son los cuerpos humanos, en cuyas entrañas debe esconderse el tesoro de la buena conciencia.
San Jerónimo. Aceite tienen las vírgenes, que según la fe se adornan con buenas obras. No tienen aceite los que parece que profesan la misma fe, pero descuidan la práctica de las virtudes.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Por aceite pienso puede significarse la alegría, según aquello del salmo: "Te ungió el Señor tu Dios con el aceite del regocijo" ( Sal 44,8). Por consiguiente, el que no se alegra porque interiormente agrada a Dios, éste no tiene aceite, pues no siente placer sino en las alabanzas de los hombres. Pero las prudentes tomaron aceite con las lámparas, esto es, pusieron la alegría de las buenas obras "en sus vasos", esto es, en el corazón y en la conciencia: "pusieron". Como el Apóstol avisa: "Pruébese, dice, a sí mismo el hombre y entonces tendrá la gloria en sí, y no en otro" ( Gál 6,4).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1. Llama aquí aceite a la caridad y a la limosna y a cualquier socorro prestado a los indigentes: llama también carismas de la virginidad a las lámparas; y por eso llama necias a las que vencieron la dificultad mayor y por la menor lo perdieron todo. Pues ciertamente cuesta más vencer los deseos de la carne que los de las riquezas.
Orígenes, in Matthaeum, 32. El aceite es la palabra divina que llena los vasos de las almas; pues nada conforta tanto como la predicación moral, que es como el aceite de la luz. Las prudentes, pues, tomaron este aceite, que les fue bastante aun tardando la salida, y la permanencia del Verbo que venía a perfeccionarlas. Las necias, no obstante que tomaron las lámparas desde el principio encendidas en verdad, no tomaron el aceite suficiente hasta el fin; siendo negligentes en recibir la doctrina que confirma en la fe y alumbra las buenas obras.
Orígenes, in Matthaeum, 32. Sigue: "Tardando, pues, el esposo, dormitaron", etc.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. En el intervalo de tiempo desde la venida del Señor hasta la resurrección de los muertos, mueren hombres de ambos géneros.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12. Dormir es morir, y dormitar antes del sueño es desfallecer en la virtud antes de la muerte, porque del peso de la enfermedad viene el sueño de la muerte.
San Jerónimo. Dormitaron, esto es, murieron. Por consiguiente, dice: "durmieron" porque después han de ser despertadas. Por esto, pues, dice: "haciéndose esperar el esposo", manifestó que no es corto el tiempo que ha de pasar entre la primera y segunda venida del Señor.
Orígenes, in Matthaeum, 32. Tardando el esposo, y no viniendo pronto el Verbo a la consumación de la vida, padecen algo los sentidos dormitando y como en la noche del mundo vegetando: "Y durmieron" como obrando perezosamente en sentido espiritual, pero no abandonaron las lámparas ni desconfiaron de la conservación del aceite las prudentes. De lo que sigue: "a la media noche, pues, se dio la voz", etc.
San Jerónimo. La tradición judía es que Cristo vendrá a media noche como en tiempo de los egipcios, cuando se celebró la Pascua y vino el Angel exterminador, y el Señor pasó por encima de los tabernáculos, y los postes de los frontispicios de nuestras casas fueron consagrados con la sangre del cordero. De lo que infiero que permanece la tradición apostólica, de que en el día de la vigilia de Pascua, no es lícito despedir al pueblo antes de media noche, esperando la venida de Cristo, para que después de pasado este tiempo se tenga la seguridad de que todos celebran el día festivo. Por lo que dice el salmo: "Me levantaba a media noche a confesar tu nombre" ( Sal 118,62).
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. A media noche, esto es, cuando nadie lo sabe ni lo espera.
San Jerónimo. De repente, y como en intempestiva hora de la noche, tranquilos todos, y cuando sea más pesado el sueño, los ángeles que precedan al Señor anunciarán al clamor de sonoras trompetas la venida de Jesucristo, significada por estas palabras: "He aquí que viene el esposo; salid a su encuentro".
San Hilario, in Matthaeum, 27. Al sonido de la trompeta sale a su encuentro la esposa: serán, pues, ya dos en uno, esto es, la naturaleza humana y Dios, porque la bajeza de la carne será transformada en gloria espiritual.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Lo que dice arriba, de que tan sólo las vírgenes irán al encuentro del esposo, debe entenderse, que la llamada esposa está formada de la reunión de las vírgenes; a la manera que todos los cristianos que concurren a la Iglesia son llamados hijos porque acuden a su madre. De la reunión de estos mismos hijos, se compone la que se llama madre. Ahora bien, la Iglesia queda desposada y virgen, convoca a las nupcias, pero éstas se celebran en el tiempo en que estando para perecer toda la humanidad, entra por esta unión en el goce de la inmortalidad.
Orígenes, in Matthaeum, 32. A la media noche, esto es, en la profundidad del sueño, dieron, según pienso, los ángeles el grito de alerta, queriendo despertar a todos. Son los ángeles los custodios de las almas, que clamando despiertan interiormente a todos los que duermen: "He aquí que viene el esposo, salid a su encuentro", y a esta excitación que todos oyeron, se levantaron. Pero no todos prepararon bien sus lámparas, por lo que sigue: "Entonces todos se levantaron, y prepararon sus lámparas", etc. Se preparan las lámparas con el recto uso de los sentidos, según los preceptos evangélicos, porque los que hacen mal uso de ellos, no llevan provisión en sus lámparas.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12. Entonces todas las vírgenes se levantan porque tanto los elegidos como los réprobos despiertan del sueño de la muerte; preparan sus lámparas, porque cuentan en su conciencia sus obras, por las que esperan recibir la bienaventuranza.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Prepararon sus lámparas, esto es, la cuenta de sus obras.
San Hilario, in Matthaeum, 27. Tomar las lámparas, es volver las almas a sus cuerpos; y su luz es la conciencia de las buenas obras, que brilla en los vasos de los cuerpos.
Orígenes. Pero las lámparas de las vírgenes necias se apagan, porque las obras, que por defuera parecían buenas a los hombres, a la venida del Juez quedan por dentro oscuras. Por lo que sigue: Las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite", etc. ¿Por qué piden entonces aceite a las prudentes, sino porque a la venida del Juez se encuentran interiormente vacías, y buscan apoyo fuera de sí? Como si desconfiadas de sí mismas digan a sus prójimos: porque veis que nosotras seremos rechazadas por falta de buenas obras, sed vosotras testigos de que las hicimos.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Se acostumbra siempre buscar aquello que nos complace. Así es que se quiere el testimonio de los hombres, que no penetran el corazón, para presentarlo ante Dios, que registra en el corazón; pero las obras que se apoyan en alabanza ajena, quitada ésta, desaparecen, por lo que sus lámparas se apagan.
San Jerónimo. Pero las vírgenes que sienten apagarse sus lámparas, hacen ver que en parte alumbran; pero no con luz inextinguible, ni con obras duraderas. Si, pues, alguno tiene alma pura y ama la honestidad, no debe contentarse con aquellas obras mediocres y que pronto se agostan; sino con perfectas virtudes para que brillen eternamente.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,1. Estas vírgenes no sólo eran necias porque descuidaron las obras de misericordia, sino que también, porque creyeron que encontrarían aceite en donde inútilmente lo buscaban. Aunque nada hay más misericordioso que aquellas vírgenes prudentes, que por su caridad fueron aprobadas; sin embargo, no accedieron a la súplica de las vírgenes necias. Respondieron, pues, diciendo: "No sea que falte para nosotras y para vosotras", etc. De aquí, pues, aprendemos que a nadie de nosotros podrán servirles otras obras sino las propias suyas.
San Jerónimo. Las vírgenes prudentes responden así no por avaricia, sino por temor, pues cada uno recibirá el premio por sus obras. Ni en el día del juicio podrán compensarse los vicios de los unos con las virtudes de los otros. Aconsejan las vírgenes prudentes, que no vayan a recibir al esposo sin aceite en las lámparas. Y sigue: "Más vale que vayáis a la tienda y lo compréis".
San Hilario, in Matthaeum, 27. Son vendedores aquéllos que necesitando la misericordia de los fieles, nos venden por lo que nos piden, la satisfacción de nuestras buenas obras. Este es el aceite copioso de la luz indeficiente que debe comprarse y guardarse con los frutos de la misericordia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78, 2. Ya ves qué buena es nuestra negociación con los pobres. Estos no se encuentran allá, sino aquí; por tanto aquí es donde conviene acopiar el aceite para que nos sirva allá, cuando Jesucristo nos llame.
San Jerónimo. Este aceite se compra y se vende a mucho precio, y se logra con mucho trabajo: no sólo con las limosnas, sino también con las virtudes y consejos de los maestros.
Orígenes, in Matthaeum, 32. Aunque eran necias, comprendían sin embargo, que debían recibir al esposo con luz en todas las lámparas de sus sentidos. Pues veían también que teniendo poco aceite de virtud y acercándose la noche, se apagarían sus lámparas. Pero las prudentes envían a las necias a buscar el aceite de los vendedores porque veían que no habían reunido tanto aceite, esto es, palabra divina que bastase para salvarlas a ellas e instruir a las otras. Por lo que dicen: "Id mejor a los vendedores", esto es, a los Doctores, y "compráoslo" esto es, recibidlo de ellos. Y el precio es la perseverancia y el deseo, la diligencia y el trabajo de los que quieren aprender.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. No se crea que dieron un consejo, sino que les recordaron indirectamente su descuido. Los aduladores que alabando lo que es falso o lo que ellos ignoran, meten a las almas en el camino del error, halagándolas como fatuas con falsas satisfacciones, venden también aceite, recibiendo en pago de él alguna gracia temporal. Dícese, por tanto: "Id a los vendedores y compráoslo" esto es, veamos ahora quién os ayuda de los que acostumbraron a venderos alabanzas. Dicen, pues: "No suceda que falte para nosotras y para vosotras" porque de nada sirve el testimonio ajeno en la presencia de Dios, que ve los secretos del corazón. Y apenas a cada uno le basta el testimonio de su conciencia.
San Jerónimo. Como había ya pasado el tiempo de vender y llegado el día del juicio, no había lugar a penitencia ni a hacer nuevas obras buenas, y se ven obligados a dar cuenta de las pasadas. Por eso sigue: "Mientras fueron a comprarlo vino el esposo; y las que estaban preparadas, entraron con él a las bodas".
San Hilario, in Matthaeum, 27. Las bodas son la adquisición de la inmortalidad y la unión de la corrupción con la incorrupción por un nuevo consorcio.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 78,2. Por lo que dice: "Mientras fueron a comprarlo", manifiesta, que aunque queramos ser misericordiosos para después de la muerte, de nada nos servirá para evitar la pena; como tampoco le aprovechó a aquel rico, que fue misericordioso y solícito para con sus allegados.
Orígenes, in Matthaeum, 32. "Mientras fueron a comprarlo"; se encuentran algunos que cuando debieron aprender algo útil lo despreciaron y al fin de la vida cuando quieren aprender, los coge la muerte.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. "Mientras fueron a comprar", esto es, cuando se inclinaban a las cosas del mundo buscando gozar como acostumbraban de ellas, porque no conocían los placeres del espíritu, vino el Juez, y las que estaban preparadas, eso es, aquéllas que delante de Dios tenían el testimonio de su conciencia, entraron con él a las bodas. Eso es, adonde el alma pura, unida con puro afecto al Verbo divino, alcanza la perfección.
San Jerónimo. Después del día del juicio no hay lugar para las buenas obras y la justificación, la puerta está cerrada.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. Recibidos en el reino de los cielos aquéllos que han cambiado su vida por la de los Angeles se cierra la entrada; porque después del juicio no tienen lugar los méritos ni las súplicas.
San Hilario, in Matthaeum, 27. Y sin embargo, cuando ya no hay lugar a penitencia vienen las vírgenes necias pidiendo que se les abra. Por lo que sigue: "Vienen últimamente las demás vírgenes diciendo: Señor", etc.
San Jerónimo. En verdad es magnífica confesión esta apelación a Dios y es digno de premio este indicio de fe: pero ¿de qué sirve invocar con la voz a quien niegas con las obras?
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 12. Afligidas bajo el peso del sentimiento de la repulsa, redoblan la súplica implorando la autoridad del Señor y sin atreverse a llamar Padre a aquél cuya misericordia despreciaron en vida.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. No se dice que compraron aceite; y así debe entenderse que no quedando ya satisfacción ninguna de alabanza ajena, volvieron llenas de angustia y aflicción a implorar la misericordia de Dios. Pero después del juicio es muy grande la severidad de aquél que antes del juicio ensanchó tanto su inefable misericordia. Y por esto sigue: Y el Señor respondiendo dice: "En verdad os digo, que no os conozco". De aquí, pues, aquella regla: no sabe los secretos de Dios, esto es, su sabiduría para entrar en su reino, el que, si bien se afana en obrar según sus preceptos, no es por agradar a Dios sino a los hombres.
San Jerónimo. Conoce, pues, el Señor a los suyos, y el que no le conoce será desconocido ( 2Tim 2,19). Y aunque sean vírgenes, ya por la pureza del cuerpo, o ya por la confesión de la verdadera fe, sin embargo, son desconocidas por el esposo porque no tienen aceite. De aquí se infiere aquello de "Vigilad, pues, porque ignoráis el día y la hora": esta sentencia comprende todo lo que queda dicho antes; a fin de que siéndonos desconocido el día del juicio, nos preparemos solícitamente con la luz de las buenas obras.
San Agustín, de diversis quaestionibus octoginta tribus liber, 59. No sólo ignoramos en qué tiempo ha de venir el esposo, sino que también la hora de la muerte, para la que cada uno debe estar preparado y aun preparado, se encontrará sorprendido cuando suene aquella voz, que despertará a todos.
San Agustín, epistola 80. No faltaron quienes quisieron enseñar que esta parábola de las diez vírgenes se refiere a la venida que todos los días celebra la Iglesia; pero esta interpretación no puede admitirse, pues podría ser impugnada por alguno con razón.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena