lunes, 20 de julio de 2026
San Jerónimo Emiliani, Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Jerónimo Emiliani, ilustre por su nacimiento y celebérrimo por su caridad, padre de los huérfanos y patriarca de la juventud desamparada, oriundo de Venecia, de la nobilísima familia patricia de los Emiliani, que dió á la Iglesia varios prelados y á la República veneciana procuradores de San Marcos, senadores y capitanes. Nació hácia el año de 1481, según refieren el Santoral antiguo y la bula de su canonización, si bien plumas más modernas retrasan su nacimiento algunos años. Escogióle el Cielo desde la cuna para señalada misión; mas quiso la Providencia, para mayor gloria suya, conducirle á ella por el camino menos esperado, sacando de un soldado disoluto uno de los mayores bienhechores de los pobres que ha visto la Iglesia.
Fueron sus padres Ángel Emiliani y doña Eleonora Morosini, dama de grande piedad, que absorbido el marido en los negocios de la República, tomó á su cargo la crianza cristiana del niño, y desde muy tierno le consagró á la santísima Virgen. ¿Quién dijera entonces que aquella semilla, sembrada por mano tan devota, había de tardar tantos años en fructificar? Muerto el padre cuando Jerónimo contaba apenas quince años, y arrastrado del ardor de la sangre y de las máximas del siglo, dejó los estudios y, á pesar de los ruegos y lágrimas de su madre, se alistó en las tropas de Venecia. Dejó así el mancebo el servicio de Dios por el servicio de los hombres, y en los campamentos, entre malas compañías, contrajo toda suerte de vicios; sobre todo le dominó la ira hasta el furor, que fué el enemigo que más le había de costar rendir. En este miserable estado perseveró hasta cerca de los treinta años, cautivo del común enemigo de las almas.
Pero nada pueden los esfuerzos del pecado cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Nombrado gobernador de la fortaleza de Castelnuovo, cerca de Treviso, la defendió con valor cuando el gobernador anterior había huído; y á los emisarios del emperador que le intimaban la rendición respondió con noble entereza: «Decid al emperador que puede poner á prueba el valor de nuestro pecho cuando guste, y lanzar contra nosotros toda suerte de metralla, pero que jamás nos verá huir.» Tomada por asalto la plaza, quedó prisionero, y le encerraron con esposas, grillos y una argolla al cuello en lo más profundo de una torre. Allí, en la soledad del calabozo, le trajo Dios á la memoria las lecciones de piedad de su madre; arrepintióse de sus extravíos, y encomendándose á la Virgen, Refugio de los pecadores, hizo voto de ir á pie y descalzo al santuario de Nuestra Señora de Treviso, mandar celebrar una misa y publicar el favor recibido.
Refiérese, según piadosa tradición recogida por el Santoral y por la misma bula de Clemente XIII, que una luz sobrenatural iluminó la mazmorra, y que la Madre de misericordia, apareciéndosele, le llamó por su nombre, soltó con sus manos las cadenas, le entregó las llaves de la prisión y le guió sano y salvo por entre las huestes enemigas hasta las puertas de Treviso. Lo cierto y averiguado es que el cautivo recobró la libertad, y que, fiel á su promesa, dejó sobre el altar de la Virgen las llaves, esposas, grillos y argolla como exvoto perpetuo, hizo registrar el suceso ante notario y encargó á un pintor los cuadros de su liberación. ¿Quién no reconocerá aquí la mano de aquella Señora á quien su madre le había consagrado en la cuna?
Restituído á Venecia, dejó pronto el cargo de podestá con que le honró el Senado, para encargarse de la tutela de los hijos huérfanos de un hermano difunto y de la administración de la herencia; mas su verdadero cuidado era ya la reforma de su alma. Postrado ante el Crucifijo exclamaba: «¡Oh Jesús, no seas Juez mío, sino Salvador!»; y repetía con san Agustín: «¡Señor, sé para mí verdaderamente Jesús, que sólo Tú puedes ser mi Salvador!» Buscó director espiritual en un canónigo regular de Letrán, hizo confesión general, renunció á los cargos públicos, y con obras humildes combatió de tal suerte la soberbia y domó aquella ira que tanto le había señoreado, que vino á ser, al decir de los que le trataron, el hombre más humilde y pacífico del mundo. Ordenado sacerdote, halló al fin el estado en que había de consumar su santidad.
Declaróse entonces aquella caridad heroica que fué la virtud sobresaliente de nuestro Santo. En el hambre que asoló á Italia por los años de 1528, y en las pestes que la siguieron, vendió sus tapices, muebles, plata y cuanto poseía para socorrer á los pobres, en quienes veía á Jesucristo; visitaba enfermos y moribundos, y de noche cargaba él mismo sobre sus hombros los cadáveres que llevaba al cementerio. Contrajo una fiebre contagiosa que estuvo á punto de quitarle la vida; y pidió al Señor la salud, no para gozarla, sino para satisfacer por sus pecados y ganar almas. Sanó, y recogió en una casa junto á la iglesia de San Roque á los muchos huérfanos que vagaban por las calles, haciendo con ellos oficio de padre y de maestro: enseñábales á leer y escribir y un oficio con que ganarse el pan, llevábalos cada mañana á misa y estableció la confesión mensual; y aun se le tiene por uno de los primeros que enseñaron la doctrina cristiana por el método de pregunta y respuesta.
Entre los rasgos de su devoción á la santísima Virgen, ninguno tan célebre como el de vestir los días de fiesta á sus huérfanos de blanco, en honor de la Madre de Dios, y salir con ellos por las calles y plazas de Venecia cantando las alabanzas de Nuestra Señora, las letanías lauretanas y el Rosario, con que arrastraba al pueblo á unirse á sus cánticos. De su mansedumbre, harto probada, cuéntase que amenazándole un hombre en la plaza de San Marcos con arrancarle los pelos de la barba, le ofreció el Santo el rostro con toda paz, diciéndole: «Amigo, si así lo quiere Dios, aquí me tienes.» ¡Cuán mudado estaba aquel corazón en otro tiempo dominado del furor! Y en sus apremios, cuando faltaba el socorro material, poníase de rodillas con cuatro niños menores de ocho años y con ellos pedía á Dios lo necesario, seguro de ser oído por boca de la inocencia.
Extendióse la obra á Padua, Verona, Brescia, Bérgamo, Como y Milán, fundando por todas partes casas para huérfanos, para jóvenes y para mujeres arrepentidas que sus exhortaciones apartaban del mal vivir. En Bérgamo, viendo que la peste y el hambre dejaban las cosechas sin recoger, reunió las hoces y encabezó él mismo la siega para salvar el grano de los pobres. Dejaron sus riquezas por seguirle sacerdotes acomodados, y le honraron con su consejo y protección san Cayetano de Thiene y Juan Pedro Caraffa, que había de ser Sumo Pontífice. Hácia el año de 1532 fundó la Compañía de los Servidores de los Pobres, cuya casa matriz estableció de intento en lugar retirado, en Somasca, entre Bérgamo y Milán, de donde tomaron el nombre de Somascos sus religiosos; y redactó él mismo lo esencial de la regla, tomando por modelo la de san Agustín. En seis años estableció doce casas y reunió cerca de trescientos religiosos. Aprobó la Compañía Paulo III, y san Pío V la elevó á Orden de Clérigos Regulares.
Llegado el término de sus trabajos, y presintiendo cercano el fin, volvióse á Somasca, labróse con sus propias manos una celda y se entregó á la oración y la penitencia, que en sus últimos años era tal que sólo tomaba pan y agua y visitaba á pie todas sus residencias. Convidándole el cardenal Caraffa á trasladarse á Roma, respondió con palabras dignas de un santo: «El padre Caraffa me convida á ir á Roma; Dios me convida al cielo: prefiero acudir al llamamiento de Dios»; y repetía con el Apóstol que deseaba la muerte para vivir con Cristo. Cumpliósele el deseo: asistiendo á los apestados contrajo el mismo contagio; reunió á sus discípulos, animólos á proseguir la obra comenzada, recibió con gran devoción los Sacramentos, y el 8 de febrero de 1537, á medianoche, entregó su preciosa alma al Señor, plenamente lúcido, juntas las manos y fijos los ojos en el cielo, con los dulcísimos nombres de Jesús y de María en los labios.
Confirmó Dios la santidad de su siervo con muchos milagros, aprobados después en la causa de su glorificación; y así le beatificó Benedicto XIV, y Clemente XIII le inscribió solemnemente en el catálogo de los santos, señalando su fiesta en el día veinte de julio. Andando el tiempo, el Papa Pío XI le proclamó Patrono universal de los huérfanos y de la juventud abandonada, corona bien merecida de quien tanto los amó en la tierra. Aprenda el cristiano de este glorioso Santo á no desesperar jamás de la divina misericordia, pues quien de soldado disoluto le hizo padre de tantos desvalidos, poderoso es para sacar de cualquier corazón, por perdido que parezca, un vaso de elección; y acuda, como él, á aquella Señora que es Refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos, seguro de que nunca perdió nadie lo que puso en manos de la Madre de Dios.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).