domingo, 19 de julio de 2026
San Vicente de Paúl, Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Vicente de Paúl, á quien la posteridad agradecida apellidó Apóstol de la Caridad y Padre de los pobres, uno de aquellos varones que el Cielo suscita de tarde en tarde para consuelo de los desvalidos y honra de la Iglesia. Nació en la primavera del año de 1581, en la aldea de Pouy, pueblecillo de las Landas de Francia, no lejos de la ciudad de Dax; y quiso la divina Providencia que quien había de ser señor y bienhechor de tantos, saliese de la humildad de un hogar de labradores, para que se viese cuán poco necesita la gracia de la sangre y de los blasones del mundo cuando resuelve apoderarse de un corazón.
Sus padres, gente de campo modestamente acomodada, mas íntegros y temerosos de Dios (de su padre, Juan de Paúl, dícese que fué hombre entero á carta cabal), cuidaron de criarle en el santo temor del Señor; y bien presto dió el niño muestras de aquella caridad que había de ser el distintivo de toda su vida. Guardaba, como el joven David, los rebaños de su padre, y llevaba la harina del molino; mas por el camino iba repartiendo puñados de ella á los pobres que hallaba. Refiérese que, siendo aún de doce años, movido á lástima de un mendigo en extrema necesidad, entró en su casa y volvió con una treintena de monedillas —todo su caudal, los ahorros trabajosos del campo— y las puso en las manos del pobre. ¡Rara precocidad de un alma en quien la naturaleza parecía adelantarse á la edad para servir de mejor á la gracia!
Conociendo el buen labrador el ingenio del hijo, no dudó en vender una yunta de bueyes para costearle los estudios: primero en el colegio de Dax, y después en la célebre Universidad de Tolosa, donde se graduó en la sagrada Teología. Y como en aquel tiempo no regían todavía en Francia los decretos del santo Concilio de Trento sobre la edad de los ordenandos, fué promovido al sacerdocio muy joven, á los diez y nueve años, el mismo año de 1600. Grande cosa es que un mancebo, á quien el mundo brindaba con esperanzas de fortuna, se consagrase de tan buena gana á servir al rey del Cielo en el estado de sus ministros.
Dispuso la Providencia, que saca bienes de los mayores males, probar á su siervo con un lance extraordinario. Navegando el año de 1605 por el mar de Francia, cayó en manos de unos piratas berberiscos, que le llevaron cautivo á Túnez y le vendieron por esclavo. Él mismo dejó escrita la memoria de aquel trance: «Apenas nos divisaron —refiere—, vinieron sobre nosotros con tal acometividad y furia, que mataron á dos ó tres y dejaron heridos á los demás. Yo recibí un flechazo que me servirá de reloj para toda la vida... y, cargándonos de cadenas, nos pusieron en venta.» Sirvió sucesivamente á un pescador, á un médico y á un renegado que le empleó en las faenas del campo. Mas no en balde padecía por Cristo: ponderando ante su amo la hermosura de la religión cristiana, ablandó aquel corazón endurecido; arrepintióse el renegado, huyó con él en un esquife, y desembarcados salvos en tierra de Francia, fué el apóstata á abjurar de su error ante el legado del Papa en Aviñón. Así trocaba el cautivo de los turcos sus cadenas en instrumento de la salvación de las almas.
Vuelto á Francia, y llegado á París hacia el año de 1608, comenzó Dios á servirse de él en obras cada vez mayores. Fué capellán de la reina Margarita y visitador de hospitales; párroco de Clichy, donde en pocos años reformó el pueblo y reedificó la iglesia; y después, en casa de los ilustres señores de Gondi, maestro y director de aquella noble familia. Siendo el conde administrador de las galeras del reino, aprovechó Vicente su valimiento para visitar y consolar á los forzados, en cuyas mazmorras hediondas entraba como quien entra en el sagrario, viendo en cada miserable la imagen del Salvador; y Luis XIII le honró con el título de Capellán general de las galeras de Francia. ¿Quién no admira que el que había gemido esclavo en Berbería fuese ahora el ángel consolador de los cautivos de su patria?
De su celo infatigable nacieron las grandes fundaciones que habían de perpetuar su caridad. En la misión de Folleville, año de 1617, confesando á un labriego moribundo que por vergüenza callaba sus culpas, le movió á una confesión general; y sanada el alma, proclamó el penitente delante de la condesa de Gondi: «¡Ah, señora, si no hubiera hecho confesión general, estaba condenado!» De aquel suceso, que tuvo por origen de todo, brotó andando el tiempo la Congregación de la Misión —llamados Padres Paúles ó Lazaristas, por su casa madre del priorato de San Lázaro—, erigida formalmente en 1625 para las misiones del campo y la reforma del clero. Poco antes, predicando en Châtillon á favor de una familia enferma y desamparada, acudieron tantos socorros que sobraban las provisiones; y exclamó el santo: «Es éste un caso de mucha caridad, pero mal organizada.» De aquella intuición providencial nacieron las Cofradías de la Caridad, y luego, con la ayuda de la insigne Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad, á quienes daba esta admirable regla: «Tendrán por monasterios las casas de los pobres, y vivirán en la calle y en los hospitales; su clausura será la obediencia, y su velo la santa modestia.»
No hubo miseria que su caridad no acudiese á remediar. Recogía de noche, por su propia mano, á los niños expósitos que se abandonaban en las calles de París, arrancándolos de la muerte; fundó hospitales; y cuando la guerra, la peste y el hambre asolaron la Lorena, la Champaña y la Picardía —hasta el horror de comerse los hombres unos á otros—, postuló en la Corte, envió sacerdotes con pan y semillas, hizo enterrar á los muertos y socorrió por igual á nobles arruinados, á labradores y á religiosas expulsadas de sus conventos. Ni se ciñó su celo á Francia: envió misioneros á las Hébridas, á Polonia, á Madagascar y á Berbería, para consolar á los esclavos cristianos; y cuéntase que en aquellas mazmorras se llegó á celebrar la santa Misa y á sacar el día del Corpus al Santísimo Sacramento en procesión, escoltado por los cautivos con sus cadenas. Á todos enseñaba á mirar á los pobres «como á señores y amos», y á ver en ellos á Jesucristo mismo.
Fundábase toda esta prodigiosa actividad en una humildad y una penitencia no menores que su celo. Trataba con igual llaneza á los reyes y á los mendigos, teniéndose á sí propio por el más inútil de los hombres. «Amemos á Dios, hermanos míos —decía—, y amémosle con el sudor de nuestras frentes»; y al entrar en el refectorio se le oía murmurar: «Desdichado, ¿has ganado el pan que vas á comer?» Con setenta y cinco años cumplidos seguía predicando misiones, porque, según su máxima, «un sacerdote debe tener siempre más trabajo que el que puede realizar.» Grande era asímismo su devoción al Santísimo Sacramento, que celebraba con extraordinaria ternura; y refiérese que un día, diciendo Misa, vió el alma de santa Juana Francisca de Chantal subir al Cielo y salirle al encuentro san Francisco de Sales, abismándose entrambas en Dios.
Enterneció á todos la manera en que asistió á una Hija de la Caridad moribunda. Preguntóle el santo: «—¿No tienes nada que te inquiete?» Y respondió la humilde religiosa: «—Sólo una cosa, padre mío: he experimentado demasiado placer en el cuidado de los pobres; ¡me sentía tan feliz á su servicio!» Á lo cual, enternecido, replicó él: «—Muere en paz, hija mía.» ¡Dichosa muerte, la de quien no tenía otro escrúpulo que el de haber hallado dulzura en la caridad!
Llegó al fin, para el mismo apóstol, la hora dichosa del descanso. Cargado de años y de merecimientos, quebrantadas las piernas por las llagas y la hinchazón, guardó cama sus últimos meses; y recibidos con exquisita piedad los santos Sacramentos, entregó su alma al Señor en la madrugada del 27 de septiembre del año de 1660, en su casa de San Lázaro de París, á los setenta y nueve de su edad, bendiciendo á los Sacerdotes de la Misión, á las Hijas de la Caridad, á los niños abandonados y á todos los pobres, que eran sus verdaderos hijos. Confirmó Dios la santidad de su siervo con muchos prodigios; y hallándose su cuerpo entero y sin corrupción cuando fué exhumado años después, le beatificó Benedicto XIII y le puso en el catálogo de los santos Clemente XII, el año de 1737. León XIII, andando el tiempo, había de proclamarle patrono de todas las obras é instituciones de caridad.
Tal fué la vida de este grande amigo de los pobres, en quien resplandeció como en pocos aquella caridad que es el vínculo de la perfección y la señal de los verdaderos discípulos de Cristo. Aprendan de él los ricos á emplear sus bienes, y los pobres á reverenciar su propia miseria como retrato del Salvador; que si el mundo cuenta por perdido cuanto se da á los necesitados, ¿quién perdió jamás lo que puso en las manos de Jesucristo? Sírvale al alma devota este espejo de la caridad para amar á Dios, según la máxima del santo, no con palabras estériles, sino con el sudor de la frente y las obras de misericordia.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).