sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 16 de julio de 2026

Ntra. Sra. del Monte Carmelo

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Eccli. 24, 23-31)

Léctio libri Sapiéntiæ Ego quasi vitis fructificávi suavitátem odóris: et flores mei fructus honóris et honestátis. Ego mater pulchræ dilectiónis, et timóris, et agnitiónis, et sanctæ spei. In me grátia omnis viæ et veritátis: in me omnis spes vitæ et virtútis. Transíte ad me, omnes, qui concupíscitis me, et a generatiónibus meis implémini. Spíritus enim meus super mel dulcis, et heréditas mea super mel et favum. Memória mea in generatiónes sæculórum. Qui edunt me, adhuc esúrient: et qui bibunt me, adhuc sítient. Qui audit me, non confundétur: et qui operántur in me, non peccábunt. Qui elúcidant me, vitam ætérnam habébunt.

Yo como la vid broté retoños de suave olor, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Y soy la madre del bello amor y del temor, y de la ciencia de la salud, y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia para conocer el camino de la verdad; en mí toda esperanza de vida y de virtud. Venid a mí todos los que os halláis presos de mi amor, y saciaos de mis dulces frutos; porque mi espíritu es más dulce que la miel, y más suave que el panal de miel mi herencia. Se hará memoria de mí en toda la serie de los siglos. Los que de mí comen, tienen siempre hambre de mí, y tienen siempre sed los que de mí beben; jamás se empalagan. El que me escucha, jamás tendrá de qué avergonzarse; y aquellos que se guían por mí, no pecarán. Los que me esclarecen obtendrán la vida eterna. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 24 — Cornelio a Lápide

Vers. 23. «Yo, como la vid, fructifiqué (esto es, germiné, según el griego) suavidad de olor; y mis flores son frutos de honor y de honestidad.» En lugar de «honestidad» el griego trae πλούτου, es decir, riquezas: pues por todo este libro llama honestidad a las riquezas, como vulgarmente llamamos honestos a los ricos y opulentos. El griego de Roma lee así: «yo soy semejante a la vid que germina gracia, y mis flores son frutos de gloria y de riquezas»; los Complutenses, en lugar de χάριν (gracia), leen εὐωδίαν, esto es, suave olor, como lee nuestro Latino; la Tigurina: «yo, como la vid, exhalé una gracia olorosa, y mis flores son frutos de gloria y de riquezas»; el siríaco: «yo, como la vid adornada de hermosura, y mis frondas son frondas de esplendor y de gala.»

La Sabiduría se compara a la vid, primero en la εὐωδία, esto es, en la flor y suavidad del olor: pues la vid, mientras florece, exhala suave aroma; así también la Sabiduría se muestra a todos grata, amable, apacible y deleitable, y por esta razón a todos deleita, recrea y atrae hacia sí. Segundo, en el fruto: porque, como las flores de la vid pronto producen el fruto, es decir, la uva, que sobre los demás es el más honroso y noble a la par que el más rico, pues de la uva se exprime vino suave, abundante y generoso, de gran precio. Así también la Sabiduría produce nobilísimos frutos, a saber, honor, gloria y riquezas, tanto espirituales como corporales. Y son unos mismos sus frutos y sus flores, porque en ella una misma cosa es lo sabroso y lo florido, lo útil y lo hermoso.

Oye a Rábano: «¿Qué se expresa por esta vid sino Aquel mismo que en el Evangelio dice a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera y vosotros los sarmientos? El licor de esta vid alegra el corazón de los hombres cuando, bebiendo su sangre, alaban gozosos el venerable Sacramento de su redención: esta vid fructifica suavidad de olor cuando por todo el orbe se difunde la fama de la predicación evangélica; y sus flores son frutos de honor y de honestidad, porque la hermosura y decoro de todas las virtudes florece cada día por su don en la muchedumbre de los creyentes.» Místicamente, la vid es la Madre de Dios, que produjo la preciosísima uva, esto es, a Cristo, del cual, exprimido en el lagar de la cruz, brotó el vino rojo que embriaga a todos los fieles.

Vers. 24. «Yo, madre del hermoso amor, y del temor, y del conocimiento, y de la santa esperanza.» En lugar de «conocimiento» (agnitionis) el códice manuscrito del monte Amiata lee «grandeza» (magnitudinis), y así se lee en el Oficio parvo de la Bienaventurada Virgen; pero la verdadera lección es «conocimiento», pues así leen constantemente los demás códices griegos y latinos, y Rábano, Lira, Hugo, Dionisio, Jansenio y otros intérpretes (el griego es γνῶσις). Aquí la Sabiduría explica los frutos que produce en sus discípulos y los reduce a cuatro. El primero es el amor hermoso, pues le es contrario el amor torpe y seductor, cual es el de los fornicarios y amadores del mundo; de ahí que en griego esté καλῆς, que significa tanto lo bueno como lo hermoso. El segundo es el temor, esto es, el temor de Dios, su reverencia y culto. El tercero es el conocimiento, es decir, la ciencia e inteligencia con que plenamente conozcamos a Dios y las cosas celestiales y divinas. El cuarto es la santa esperanza, con que de Dios esperemos con certeza todo bien, a saber, toda gracia y gloria. Y estos cuatro se subordinan rectamente entre sí: del amor de Dios nace su reverencia; de la reverencia se sigue su más pleno conocimiento; del conocimiento nace mayor esperanza y confianza.

Vers. 25. «En mí está toda la gracia del camino y de la verdad; en mí toda la esperanza de la vida y de la virtud.» En lugar de «virtud» la Tigurina vierte «amparo»; otros, «vigor y fortaleza», pues esto significa el hebreo חיל, chail, que el nuestro suele verter por «virtud». Rábano, Jansenio y otros, en lugar de «camino» (viae) leen «vida» (vitae), y entienden la vida de la gracia; después, donde sigue «vida», entienden la vida de la gloria. Mas las Biblias corregidas en Roma leen en el primer lugar «camino», y es una endíadis: «camino de la verdad», esto es, camino hacia la verdad; como si dijera: en mí está la gracia de mostrar y enseñar todo camino y modo por el cual se va y se llega a la verdad y a la verdadera vida, tanto de la gracia como de la gloria, según aquello de Cristo, que a esto aludió: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida» (Juan XIV). El griego y el siríaco omiten este versículo, y en su lugar los Complutenses y algunos otros traen: «doy, en cambio, con todos mis hijos, sempiternas [alabanzas] a los que por Él son dichas.»

Vers. 26. «Venid a mí todos los que me deseáis, y saciaos de mis generaciones.» Es un epílogo: pues la Sabiduría, después de enumerar sus bienes y frutos, concluye exhortando a que se acerquen a ella y así se hagan partícipes de ellos; llama «generaciones» a los frutos por ella engendrados (en griego γεννήματα, en hebreo תבואה, tebua). Como si dijera: todos vosotros, a quienes por don de Dios ha tocado el amor de mí, venid a mí; saciaos de mis dulcísimos frutos, pues en ninguna otra parte hallaréis hartura, según aquello de Cristo a la Samaritana (Juan IV): «El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» Nótese el «saciaos»: los escasos frutos que da el mundo no sacian ni llenan el apetito, sino que más lo excitan e irritan; mas mis frutos, largos y amplios, por ser divinos (pues sólo Dios llena el alma), llenan y sacian cualquier apetencia. Oye a Rábano: «Con materno afecto amonesta la Sabiduría a sus hijos a que corran a ella, se enriquezcan con su don y se reparen con su auxilio»; tal es también aquel testimonio del Evangelio: «Venid a mí todos los que trabajáis.»

Vers. 27 y 28. «Porque mi espíritu es más dulce que la miel, y mi herencia sobre la miel y el panal: mi memoria pasa a las generaciones de los siglos.» En lugar de «espíritu» el griego trae μνημόσυνον, esto es, memoria, o mejor, memorial; de donde el griego lee: «mi memorial es más dulce que la miel»; el siríaco toma el memorial por «doctrina». Jansenio entiende la ley dictada por la Sabiduría, pues μνημόσυνον significa memorial y prenda que se deja para la conservación de la memoria; y tal memorial es la ley dejada por la Sabiduría de Dios a los fieles en herencia, esto es, en perpetua posesión; es lo mismo que el Salmo CXVIII, 103: «¡Cuán dulces a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca!» Más llano y sublime, Rábano: «La memoria de la Sabiduría de Dios permanecerá por la generación de todos los siglos, porque la alaban los Ángeles, la ensalzan los Arcángeles, la vaticinan los Profetas, la predican los Apóstoles»; y esta memoria eterna la comunica la Sabiduría a sus seguidores, dándoles la eternidad del nombre y de la fama, según aquello: «El justo será en memoria eterna» (Salmo CXI, 7).

En cuanto al «espíritu»: primero, Rábano lo entiende del Espíritu Santo, que procede de la Sabiduría engendrada, esto es, del Hijo, igual que del Padre; es más dulce que la miel, porque la caridad de Dios que por Él se infunde en los corazones de los elegidos es de incomparable dulzura. Genuinamente Jansenio: «La Sabiduría se atribuye un espíritu, como antes se le atribuyó un alma; y con el nombre de espíritu significa su propia naturaleza, que de sí, por la doctrina de la ley y las obras admirables, exhala un suave olor entre los hombres», según se dice también en Sabiduría XII: «¡Oh cuán bueno y suave es, Señor, tu espíritu!» A esto aludiendo, Cristo, que es la Sabiduría encarnada, dice (Mateo XI, 29): «Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón... porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» Cristo, pues, por naturaleza es miel; mas nosotros, amargándolo con nuestros pecados, le forzamos a sernos veneno y hiel (Oseas XIV, 1). Finalmente, la «herencia», esto es, la posesión que la Sabiduría comunica a sus seguidores, es la gracia y la gloria, o la santidad y la felicidad; y ésta es más dulce que el panal, porque la santidad aquieta totalmente el apetito, y la felicidad eterna es dulcísima.

Vers. 29. «Los que me comen, aún tendrán hambre; y los que me beben, aún tendrán sed.» Muestra la Sabiduría que es más dulce que la miel y el panal, porque la dulzura de la miel, si mucho se come, engendra hastío y náusea; mas la dulzura de la Sabiduría, cuanto más se gusta, tanto más se apetece y se anhela; y, cosa admirable, sacia y llena la mente, y sin embargo la mente saciada desea aún más ser saciada y llena. Nótese, con Palacio, que la Sabiduría se llama a sí misma manjar y bebida; y con razón, porque ella es eminentemente todas las cosas; y el varón piadoso crea que en este lugar la Sabiduría se acuerda de sí como había de estar en la Eucaristía, en la cual ella es verdaderamente manjar, verdaderamente bebida. Adviértase cosa admirable: la Sabiduría misma es el manjar y es la hambre; pues quien la come, la desea. Como Dios es a la vez uno y trino, misericordioso y justo, así la Sabiduría a la vez sacia el alma, de modo que nada busque más allá de ella, y a la vez la sacia de tal manera que enciende el deseo y el hambre de sí misma. No habrá, pues, jamás en el cielo hastío.

Oye a san Gregorio (hom. 36 sobre los Evangelios): «Suele haber esta diferencia entre las delicias del cuerpo y las del corazón: que las delicias corporales, cuando no se tienen, encienden en sí grave deseo, mas cuando ávidamente se comen, al punto tornan al que come en hastío por la saciedad; por el contrario, las delicias espirituales, cuando no se tienen, están en hastío, mas cuando se tienen, en deseo; y tanto más las anhela el que come, cuanto más las come el que anhela.» De ahí el Salmo XXXIII: «Gustad y ved cuán suave es el Señor.» Y san Agustín: «Comen y beben, porque hallan; y porque tienen hambre y sed, aún buscan: la fe busca, el entendimiento halla.» Tropológicamente, aprende aquí que es señal cierta y efecto de la sabiduría, de la virtud y del aprovechamiento, el tener siempre de ella mayor hambre y sed; porque la sabiduría y la virtud aguzan el deseo de sí, y tanto más cuanto ellas mismas crecen.

Vers. 30. «El que me oye, no será confundido; y los que obran en mí, no pecarán.» La Tigurina: «el que me oye, en ninguna ignominia caerá; y los que ponen empeño, no pecarán»; el siríaco: «el que me oye, no caerá, y todas sus obras no padecerán corrupción.» Promete aquí la Sabiduría un doble fruto a sus estudiosos, a saber, que escaparán de dos males, la confusión y el pecado. «El que me oye», esto es, quien me escucha y me obedece, nunca será cubierto de vergüenza, porque nada hará de que pueda avergonzarse, sino que todo lo cumplirá sabiamente, de modo que pueda alegrarse y gloriarse de ello; por lo cual evitará la eterna confusión de los réprobos, y no quedará frustrado en su esperanza de poseer la gloria celestial, sino que ciertamente la alcanzará. «Y los que obran en mí» (esto es, dice Jansenio, quienes por mí realizan sus negocios) «no pecarán» en ellos, sino que todo lo llevarán a cabo tan prudente como felizmente. En el primer miembro promete, pues, la εὐτυχία, esto es, la felicidad; en el segundo, la εὐπραξία, esto es, el buen obrar.

Vers. 31. «Los que me esclarecen, tendrán vida eterna.» La Tigurina: «mis intérpretes alcanzarán la vida eterna, con tal que no oscurezcan con obras malas la sabiduría que esclarecen con palabras.» En verdad —dice Palacio— parece difícil y raro que sea de ánimo tan rebelde el intérprete de la Sagrada Escritura, que resista a la verdad que de continuo interpreta, mayormente siendo la Sabiduría tan benigna que casi sin cesar llama hacia sí a sus esclarecedores. Esta sentencia ya falta en el griego y en el siríaco. Habiendo la Sabiduría señalado el premio al discípulo que la oye (en el versículo precedente), asigna ahora el premio al doctor y al intérprete que no busca a sí mismo ni su propia gloria, sino la alabanza de la Sabiduría y de Dios. El premio es la vida y la gloria eterna, según aquello de Daniel XII: «Los que fueren doctos, resplandecerán como el esplendor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como estrellas por perpetuas eternidades.» Como dice san Bernardo (serm. 39 sobre el Cantar): «Benigno es el espíritu de la Sabiduría, y le agrada el doctor benigno y diligente, que de tal modo desee satisfacer a los estudiosos que no rehúse condescender con los más tardos. En fin, los que me esclarecen tendrán vida eterna, dice la misma Sabiduría; premio del cual yo no querría verme defraudado.»

Comentario al Eclesiástico, cap. 24, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 11, 27-28)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Loquénte Jesu ad turbas, extóllens vocem quædam múlier de turba, dixit illi: Beátus venter, qui te portávit, et úbera, quæ suxísti. At ille dixit: Quinímmo beáti, qui áudiunt verbum Dei, et custódiunt illud.

Estando diciendo estas cosas, he aquí que una mujer, levantando la voz de en medio del pueblo, exclamó: Bienaventurado el vientre que te llevó, y los pechos que te alimentaron. Pero Jesús respondió: Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios, y la ponen en práctica. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 11, 27-28 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Beda. Una mujer confiesa con gran fe la encarnación del Señor, en tanto que los escribas y los fariseos lo tientan y blasfeman. Y así dice: "Estando diciendo estas cosas, he aquí que una mujer, levantando la voz de en medio del pueblo, exclamó: Bienaventurado el vientre que te llevó", etc. Con cuyas palabras confundió la calumnia de los personajes que estaban presentes y la perfidia de los futuros herejes. Porque así como entonces los judíos negaban al verdadero Hijo de Dios, blasfemando de las obras del Espíritu Santo; así después los herejes no quisieron confesar al verdadero Hijo del hombre, consustancial al Padre, negando que María siempre Virgen, por la cooperación de la virtud del Espíritu Santo, hubiese provisto la materia de la carne al Unigénito de Dios que había de nacer. Pero si se dice que la carne del Verbo de Dios, nacido según la carne, es extraña a la de la Virgen Madre, habría que decir que no hay razón para beatificar el vientre que lo había llevado y los pechos que le habían alimentado. ¿Cómo podía decirse que había sido alimentado con la leche de la Virgen si se niega que lo haya concebido en su seno, siendo así que, según los físicos, uno y otro proceden de un mismo origen? Y no sólo Ella que mereció engendrar corporalmente al Verbo de Dios, sino que asegura que son bienaventurados también todos lo que procuran concebir, dar a luz y como dar de lactar espiritualmente al mismo Verbo por la fe y la práctica de las buenas obras, tanto en su corazón como en el de sus prójimos. Sigue pues: "Pero Jesús respondió: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios", etc.

San Juan Crisóstomo in Matthaeun hom. 45. Esta contestación no la dio el Salvador menospreciando a su Madre, sino manifestando que de nada le hubiese aprovechado el haberle dado a luz si después no hubiera sido buena y fiel. Además, si Jesús, que nació de María, no la hubiese beneficiado con las virtudes de su alma, con mucha más razón puede decirse que no nos valdrá el tener un padre o un hermano o un hijo virtuoso, si nosotros carecemos de su virtud.

Beda. La misma Madre de Dios es bienaventurada ciertamente porque fue el instrumento temporal de la encarnación del Verbo; pero también lo fue por haber sido su amorosa y constante guarda. Con esta sentencia, pues, hiere a los sabios judíos, que no solamente se negaban a oír y a guardar la Palabra de Dios, sino que también buscaban ocasión para negarlo y blasfemarlo.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena