sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 7 de julio de 2026

Santos Cirilo y Metodio, Obispos

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fueron san Cirilo y san Metodio dos hermanos de sangre, ilustrísimos por su celo y celebérrimos por su doctrina, naturales de la insigne ciudad de Tesalónica en la Macedonia, á quienes la Iglesia venera juntos con el glorioso título de Apóstoles de los eslavos y primeros maestros de aquellas naciones. Nacieron entrambos en el primer tercio del siglo nono, el mayor, Metodio, que en el bautismo se llamó Miguel, hácia el año de ochocientos y quince; el menor, Constantino, que sólo poco antes de morir tomó en la profesión monástica el nombre de Cirilo con que la posteridad le nombra, cerca del año ochocientos veinte y seis, siendo el postrero de siete hermanos.

Fueron sus padres nobles y acomodados, que profesaban á un tiempo la piedad y las letras. Su padre León, hombre culto y versado en la teología y en la filosofía, ejercía en Tesalónica el alto cargo militar de drungario; y como aquella ciudad estaba poblada de griegos y de eslavos, quiso la divina Providencia que los dos niños se criasen desde la cuna en el conocimiento de entrambas lenguas, disponiendo así, con secretos designios, los instrumentos de que había de valerse para la conversión de innumerables pueblos. Porque nada sucede acaso en la vida de los santos, y lo que los hombres tienen por natural inclinación es muchas veces la mano de Dios que labra de lejos sus más altas empresas.

Enviado Constantino muy joven á Constantinopla, hizo en las ciencias tan aventajados progresos bajo la enseñanza de León el Gramático y del célebre Focio, que ganó por su saber el renombre de el Filósofo, con que fué conocido en todo el Oriente. Ordenado luego de sacerdote, sirvió de bibliotecario de la iglesia patriarcal y aun sucedió á su maestro en la cátedra de filosofía; mas no le engrió esta fama, antes creció más en la virtud que en las ciencias, sabiendo despreciar los aplausos del mundo por el amor de solo aquel á quien había consagrado su ingenio. Metodio, por su parte, después de haber gobernado como arconte una provincia eslava del interior de Macedonia, dejó el servicio y las honras del siglo para tomar partido en la milicia del cielo, retirándose á un monasterio del monte Olimpo en la Bitinia.

Sacóles Dios de aquel retiro para grandes cosas. El emperador Miguel envió á Cirilo, acompañado de su hermano, en embajada á los jázaros, pueblo bárbaro de las regiones del Ponto; y allí, disputando el santo con doctores mahometanos y judíos, confutó sus errores con tal fuerza de razones que, según se refiere, más de doscientos de aquellos dignatarios abrazaron la fe de Jesucristo. En este mismo viaje, en la ciudad de Quersoneso, halló Cirilo las que la piadosa tradición tuvo por reliquias del papa san Clemente, sucesor de san Pedro, que recogió con veneración y guardó consigo para trasladarlas después á Roma; providencia admirable, con que quiso el Señor que aquellos apóstoles de nuevas gentes fuesen unidos, aun en las reliquias que llevaban, á la Sede del Príncipe de los apóstoles.

Mas la obra para que principalmente los tenía escogidos la divina bondad fué la conversión de la Gran Moravia. Habiendo el príncipe Rastislao pedido á Constantinopla predicadores que anunciasen el Evangelio en la propia lengua de sus pueblos, fueron enviados los dos hermanos, y con ellos entró en aquellas naciones la luz de la fe y de la letra á un mismo tiempo. Porque compuso Cirilo, para escribir la lengua eslava, un alfabeto nuevo, el que llaman glagolítico, de casi cuarenta letras acomodadas á la copiosa riqueza de aquel idioma, y con él tradujeron entrambos los santos Evangelios, el salterio y los libros de la Misa y del oficio divino, de suerte que aquel pueblo, hasta entonces mudo para las cosas de Dios, oyó por primera vez cantar en su lengua las alabanzas del Señor. Á Cirilo se atribuye asímismo un prólogo en verso al Evangelio, que es como la primera piedra de toda la literatura de aquellas gentes. Adviértase, para que la verdad no padezca, que el alfabeto que hoy se dice cirílico, formado sobre las mayúsculas griegas, no fué obra del santo, sino de sus discípulos en tiempo posterior.

No faltó al bien la contradicción, que es la señal con que Dios acostumbra sellar sus mayores obras. Levantáronse contra la liturgia eslava algunos clérigos germanos y ciertos obispos, sosteniendo con temerario error que sólo en las tres lenguas del título de la Cruz —hebrea, griega y latina— podía adorarse á Dios, y condenando por ilícito lo que en lengua eslava se cantaba. Refutó Cirilo esta que llamaron herejía trilingüe, señaladamente en la disputa de Venecia, arguyendo que toda lengua y todo pueblo debe alabar al Señor, según lo que está escrito: «Alábenle todas las gentes.» ¿Pues había de estar cerrado el cielo á las naciones cuya lengua no acertó á escribir el juez que sentenció á Cristo? Así confundió el santo á los que, con capa de reverencia á lo antiguo, querían estrechar la misericordia de Dios á los términos angostos de su ignorancia.

Llamados entrambos á Roma, llegaron á ella llevando consigo las reliquias de san Clemente, y fueron recibidos del papa Adriano segundo con singular solemnidad. Aprobó el Pontífice la liturgia eslava, mandó poner sobre el altar de Santa María la Mayor los libros sagrados en aquella lengua, y ordenó de sacerdotes á los discípulos; y en la misma Roma celebró Metodio la santa Misa en rito eslavo. He aquí el sello de aquella obra: que cuanto los dos hermanos habían trabajado en tierras remotas vinieron á someterlo humildemente al juicio del Vicario de Cristo, dándonos en ello dechado perfecto de la misión católica, que ni predica ni funda cosa alguna sino en obediencia y unión con la cátedra de Pedro.

Determinó Adriano conferir á ambos la dignidad episcopal; mas quiso Dios coronar antes al menor. Cayó Cirilo enfermo en Roma, y conociendo llegada su hora, renunció á la mitra, hizo profesión de monje —tomando entonces el nombre de Cirilo con que le honra la Iglesia— y voló al cielo el día catorce de febrero del año ochocientos sesenta y nueve, á los cuarenta y dos de su edad y pocos días después de haber entrado en la Ciudad Eterna. Fué sepultado en la basílica de San Clemente, donde aún hoy se venera su cuerpo, junto á aquel santo Papa cuyas reliquias había custodiado; que muy conforme era que reposaran juntos en Roma el mártir antiguo y el apóstol nuevo.

No fué menos trabajada la vida del hermano que sobrevivió. Consagrado Metodio arzobispo de Moravia y Panonia, hubo de padecer recia persecución de los mismos obispos germanos, que hácia el año ochocientos setenta le depusieron y encarcelaron; y estuvo el santo preso cerca de tres años en las tierras de Suabia, hasta que el papa Juan octavo mandó ponerle en libertad y le restituyó á su iglesia. Ni aun entonces cesó la enemistad, pues un sacerdote alemán llamado Wiching llegó al extremo de falsificar cartas pontificias para estorbarle; pero el varón de Dios, sufriendo con invencible paciencia lo que el común enemigo suscitaba por mano de los hombres, prosiguió su obra hasta acabarla, y bajo su cuidado se completó la traducción de casi toda la Escritura á la lengua de aquellos pueblos.

Lleno al fin de merecimientos, entregó Metodio su alma al Señor el día seis de abril, cerca del año ochocientos ochenta y cuatro, y fué sepultado en Velehrad de Moravia, dejando por sucesor, según él mismo lo dispuso, á su discípulo Gorazd, natural de aquella tierra, para que la mies sembrada con tantos sudores no quedase sin quien la guardase. Veneráronles los pueblos eslavos con culto inmemorial; y andando los siglos, el papa León décimotercio, por su encíclica Grande Munus del año mil ochocientos ochenta, extendió su fiesta y su oficio á toda la Iglesia de Occidente, señalándoseles en el calendario tradicional el día siete de julio.

Aprendan los fieles de estos dos hermanos, que fueron un alma en dos cuerpos, aquel celo apostólico que no repara en trabajos, destierros ni cárceles por ganar almas para Cristo; y aquella otra virtud, no menos rara, de someter la propia obra, por grande que sea, al juicio de la Iglesia romana. Que quien así trabaja para Dios y en la obediencia de la Sede de Pedro edifica, no fabrica sobre arena, sino sobre la piedra contra la cual no prevalecerán jamás las puertas del infierno.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).