domingo, 5 de julio de 2026
San Antonio María Zaccaría, Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Antonio María Zaccaría, ilustre por su cuna y mucho más ilustre por su virtud, apóstol de la devoción á san Pablo y al augusto Sacramento del altar, uno de aquellos varones que el Cielo suscitó en el siglo décimosexto para reparar las ruinas de la disciplina y reavivar en los pueblos el amor á la vida verdaderamente cristiana. Nació en Cremona, ciudad del ducado de Milán, el año de mil quinientos y dos, de familia patricia y acomodada; y bien puede decirse que le señaló Dios desde la cuna para grandes cosas, pues las adversidades mismas con que abrió sus ojos á la luz fueron el primer instrumento de que se valió la Providencia para labrar aquel corazón.
Perdió al padre, Lázaro Zaccaría, siendo todavía niño de pecho; y su madre, Antonieta Pescaroli, viuda en la flor de sus años, no quiso segundas nupcias, sino que se consagró toda entera á la educación cristiana de su hijo. ¿Quién dirá el fruto de una madre santa? Criólo aquella insigne matrona en el santo temor de Dios, ante un altar doméstico dedicado á la santísima Virgen, y muy presto le hizo limosnero de la casa, encomendándole que repartiese por su mano la caridad entre los pobres. No fué en balde la lección: refiérese que, hallándose una vez el niño con un mendigo desnudo y no llevando dineros que darle, se quitó su propia capa de seda y con ella cubrió al pobre; y la piadosa madre, lejos de reñirle, celebró el rasgo como prenda de aquella caridad que había de ser el alma de toda su vida.
Crecía el niño en años y más aún en virtud. Aplicado á las letras, cursó la filosofía y las lenguas clásicas, y pasó luego á la célebre Universidad de Padua, donde á los veintidós años de su edad recibió el grado de doctor en Medicina. Volvióse á Cremona á ejercer aquel arte; mas no curaba solamente los cuerpos. Buscaba de preferencia á los enfermos pobres, y al par que les aplicaba las medicinas del cuerpo, les administraba las del alma, exhortándolos á la oración y á los santos sacramentos; que tenía por poco haber sanado al que se muriese sin Dios. Así aprendió, todavía seglar, aquel oficio de médico de las almas que en breve había de ejercer con título más alto.
Nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Sintiéndose llamado á cosa mayor, dejó Antonio el ejercicio de la medicina y se dió al estudio de la sagrada teología; y en el año de mil quinientos veintiocho, cumplidos los veintiséis de su edad, fué promovido al sacerdocio. Refiérese, según piadosa tradición, que al celebrar su primera Misa se vió cercado de una luz maravillosa y rodeado de una muchedumbre de ángeles que asistían reverentes al augusto Sacrificio; y aunque tales prodigios los deja el prudente lector en el crédito que merecen los relatos devotos, no es maravilla que el Cielo honrase de aquel modo á quien había de ser tan encendido amador de la Eucaristía.
Pasó después á Milán, donde entró en la cofradía de la Eterna Sabiduría y se juntó con dos sacerdotes de su mismo espíritu, Bartolomé Ferrari y Jacobo Morigia; y con ellos, movidos todos de un mismo celo por la gloria de Dios y la reforma de las costumbres, fundó la Congregación de Clérigos Regulares de San Pablo, que del nombre de su iglesia de San Bernabé fueron después llamados Barnabitas. Aprobóla el papa Clemente VII el año de mil quinientos treinta y tres, y no eran al principio sino cinco los que la componían. Tomaron por patrón y por dechado al Apóstol de las gentes, cuyas cartas eran la lectura y el consuelo de Antonio, y por fin declarado el regenerar en los pueblos el amor al culto divino y á una vida cristiana de veras.
No paró aquí su celo. Con el favor de la piadosa condesa Luisa Torelli de Guastalla fundó asímismo la Congregación de las Angélicas de San Pablo, para amparo de las doncellas puestas en peligro, y una tercera rama de casados que en el siglo siguiesen las máximas del Evangelio: de suerte que á clérigos, á vírgenes y á seglares abrió camino de perfección. Predicaba por las calles y plazas con un crucifijo en la mano, moviendo á los pueblos á la penitencia; y para que no se olvidasen de la Pasión del Salvador, introdujo el piadoso uso de tocar las campanas los viernes á las tres de la tarde, hora en que expiró Cristo, á fin de que al oírlas levantasen todos el corazón á las postrimerías. Á él se debe también la devoción de las Cuarenta Horas ante el Santísimo Sacramento expuesto, que difundió señaladamente en Vicenza, adonde le llamó el cardenal Ridolfi para reformar las comunidades relajadas.
Fué su humildad no menos admirable que su celo. Siendo el primer superior de su orden, la renunció el año de mil quinientos treinta y seis en manos de Morigia, teniéndose por indigno de gobernar á quienes deseaba servir. Rigurosísimo consigo en la penitencia, y blandísimo con los prójimos, visitaba los hospitales y las cárceles, y no había miseria que no acudiese á remediar. Cuéntase que, paseando una vez á la orilla del río Po con un joven sano y descuidado, le dijo: «Quisiera, hijo mío, que meditases bien los negocios de tu salvación y los pusieses en orden mientras hay tiempo, porque el corazón me dice que serás llamado de este mundo mucho antes de lo que piensas». Confesóse el mozo aquel mismo punto, y al día siguiente le arrebató la muerte en un desastre. Refiérese este suceso entre los que la tradición atribuye á su don de profecía.
Gastado al fin con las penitencias y los continuos trabajos del apostolado, cayó enfermo de fiebre en el ejercicio de una misión. Conociendo que se acercaba su hora, quiso ser llevado á Cremona, á la casa de su madre, donde había recibido las primeras lecciones de la virtud; y allí, armado con los sacramentos de la Iglesia y con los ojos puestos en aquel Salvador cuya Pasión tanto había predicado, entregó dulcemente su alma al Señor el día cinco de julio del año de mil quinientos treinta y nueve, contando apenas treinta y seis años de edad. Preciosa fué en la presencia de Dios la muerte de este su siervo, que había sabido gastarse todo en su servicio.
Confirmó el Cielo su santidad; que veintisiete años después de su tránsito fué hallado su cuerpo incorrupto, y sus reliquias reposan en la iglesia madre de los Barnabitas, en Milán. Andando el tiempo, la Iglesia, que no deja sin honra á sus héroes, le colocó en el número de los bienaventurados, y el papa León XIII le canonizó solemnemente en la basílica de San Pedro el día quince de mayo del año de mil ochocientos noventa y siete. Venérasele hoy como patrono de las vocaciones sacerdotales.
¡Dichoso el varón que, sabiendo cuán poco vale sanar los cuerpos si perecen las almas, trocó el arte de la tierra por la medicina del Cielo! Aprendan de él los que curan y los que enseñan á no separar jamás el bien del cuerpo del bien del alma; y pídanle todos aquel amor á la Eucaristía y á la Cruz que fué el fuego de toda su vida, para que, encendidos en él, merezcamos como él una muerte preciosa á los ojos del Señor. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).