sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

jueves, 2 de julio de 2026

La Visitación de la Bienaventurada Virgen María

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Cant. 2, 8-14)

Léctio libri Sapiéntiæ Ecce, iste venit sáliens in móntibus, transíliens colles; símilis est diléctus meus cápreæ hinnulóque cervórum. En, ipse stat post paríetem nostrum, respíciens per fenéstras, prospíciens per cancéllos. En, diléctus meus lóquitur mihi: Surge, própera, amíca mea, colúmba mea, formósa mea, et veni. Jam enim hiems tránsiit, imber ábiit et recéssit. Flores apparuérunt in terra nostra, tempus putatiónis advénit: vox túrturis audíta est in terra nostra: ficus prótulit grossos suos: víneæ floréntes dedérunt odórem suum. Surge, amíca mea, speciósa mea, et veni: colúmba mea in foramínibus petra, in cavérna macériæ, osténde mihi fáciem tuam, sonet vox tua in áuribus meis: vox enim tua dulcis et fácies tua decóra.

Me parece que oigo la voz de mi amado. Vedlo cómo viene saltando por los montes y brincando por los collados. Al ligero gamo y al cervatillo se parece mi amado. Vedlo ya cómo se pone detrás de la pared nuestra, cómo mira por las ventanas, cómo está atisbando por las celosías. He aquí que me habla mi amado y dice: Levántate, apresúrate, amiga mía, paloma mía, hermosa mía, y vente al campo; pues pasó ya el invierno, se disiparon y cesaron las lluvias; despuntan las flores en nuestra tierra; llegó el tiempo de la poda; el arrullo de la tórtola se ha oído ya en nuestros campos; La higuera arroja sus brevas; esparcen su olor las florecientes viñas. Levántate, pues, amiga mía, beldad mía, y vente: ¡Oh casta paloma mía, tú que anidas en los agujeros de las peñas, en las concavidades de las murallas, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos; pues tu voz es dulce, y lindo tu rostro. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Cantar de los Cantares, cap. 2 — Cornelio a Lápide

Vers. 8. LA VOZ DE MI AMADO; HE AQUÍ QUE VIENE SALTANDO POR LOS MONTES, BRINCANDO POR LOS COLLADOS. El hebreo mekappets significa «encogiéndose sobre los collados»: pues quienes quieren saltar con fuerza y a lo lejos recogen los miembros y las fuerzas para saltar con más ímpetu; Vatablo lee «corriendo por los collados». La esposa, llevada por su desfallecimiento de amor al lecho y adormecida en él, oyó confusa y tenuemente la voz del esposo que llegaba y traspasaba los montes para acudir presuroso a la esposa que languidecía de amor; por eso esta voz fue enviada de lejos, y por ello resultó tenue y sumisa, como enseña san Ambrosio. Ya fuera la voz del esposo que ordenaba silencio a las jóvenes para que no despertaran a la esposa con ningún ruido, como quieren san Gregorio y san Bernardo, ya fuera otra, como quiere Orígenes. Reconociendo, pues, la voz del amado por indicación del amor, y exultando, la esposa exclama: He aquí que mi amado está presente; pues ésta es la voz de mi amado que oigo, el cual, según veo, tiene de mí sumo cuidado y no hace otra cosa que procurar y promover mi amor, mi tranquilidad, mi paz y todo bien; por eso, a modo de cervatillo y de corza, brinca velocísimo los montes y collados para asistirme y socorrerme.

PRIMER SENTIDO ADECUADO, de Cristo y la Iglesia. Esta sentencia puede exponerse de tres modos; primero, de la encarnación de Cristo, como si dijera: Yo, la Iglesia cristiana, naciendo ya Cristo, surgiendo en la Bienaventurada Virgen, en san José, en los apóstoles y discípulos, languideciendo y suspirando por amor de Cristo para que Él redima al género humano del pecado y de la muerte, comienzo ya a oír su voz, ora predicando Él mismo, ora por medio de Juan Bautista (cuya voz fue voz de Cristo, según tres Padres en Teodoreto: «Voz del que clama en el desierto», Is. 40, 3). He aquí, pues, que el Hijo de Dios viene en carne para redimirme y desposarme, «saltando por los montes, brincando por los collados». Por montes y collados entiéndanse todos los órdenes de los ángeles, que Cristo, saltando del cielo a la tierra, sobrepasó, hecho hombre bajo todos ellos, según aquello de David: «Lo disminuiste un poco menos que los ángeles» (Sal. 8, 6; Heb. 2, 7); y, como dice san Bernardo, «apareció pequeñito cual cervatillo el que nos ha nacido». O bien, por montes y collados entiéndanse los santos patriarcas y profetas: pues, según Titelmann, tras larga serie de Padres precedentes, al fin, nacido de la Virgen, apareció al mundo; saltó, en efecto, desde aquel monte sublime, Abrahán padre de nuestra fe, al hijo Isaac, de éste al hijo Jacob, y así, como con saltos sucesivos, se fue haciendo más vecino a nuestra mortalidad. San Bernardo describe estos saltos: Cristo, a modo de relámpago traspasando los montes (los ángeles) y los collados (los patriarcas), descendió al purísimo seno de la Virgen y al pesebre; de allí saltó a Egipto, de allí, volviendo, subió a la cruz; de la cruz y del sepulcro rebrincó al cielo. Oye a san Ambrosio, que introduce así a la esposa hablando: «Salta del cielo a la Virgen, del seno al pesebre, del pesebre al Jordán, del Jordán a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro al cielo». Cristo, pues, es semejante a la corza y al cervatillo, primero por su velocidad, que comunica al alma; segundo, porque, como la corza, es de agudísima vista, con que todo lo provee y aparta lo dañoso (por eso las corzas se llaman en griego dorkades, de derkein, ver); tercero, porque, como los ciervos con su aliento extraen y devoran las serpientes de las cavernas, así Cristo manifiesta y destruye todas las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio. San Gregorio (hom. 29 in Evang.): «He aquí que viene saltando por los montes; pues, viniendo a nuestra redención, dio, por así decir, ciertos saltos: del cielo vino al seno, del seno al pesebre, del pesebre a la cruz, de la cruz al sepulcro, del sepulcro volvió al cielo».

Puede exponerse también de la misión del Espíritu Santo en Pentecostés: los apóstoles y fieles, tras la ascensión de Cristo, recluidos en Sión por miedo de los judíos y entregados a la oración, sintieron en el día de Pentecostés el auxilio y la voz de Cristo que llegaba, cuando envió sobre ellos al Espíritu Santo (Act. 2, 2); pues el Espíritu Santo fue como la voz de Cristo, que por boca de los apóstoles predicó y propagó por todo el orbe la fe de Cristo. Y en tercer lugar, de cualquier venida de Cristo, con que asiste a la Iglesia velocísimo desde el cielo en toda persecución y adversidad, según aquella promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt. 16, 18). TERCER SENTIDO PRINCIPAL, de Cristo y la Bienaventurada Virgen. Cristo, brincando los montes y collados de los patriarcas, saltó al seno de la Virgen y de ella tomó carne cuando «el Verbo se hizo carne». En lo cual anticipó por su celeridad a las corzas, esto es, a los ángeles, e incluso al mismo Gabriel nuncio, atestiguándolo el propio arcángel, según san Bernardo, cuando dice: «Ave, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Qué es esto? ¿Al que hace poco dejaste en el cielo lo hallas en el seno? Vencido has sido, oh arcángel; te ha traspasado el que te envió por delante».

Vers. 9. HE AQUÍ QUE ÉL ESTÁ TRAS NUESTRA PARED, MIRANDO POR LAS VENTANAS, ATISBANDO POR LAS CELOSÍAS. El hebreo maschgiach significa «mirando atentamente y con observación del ánimo»; los Setenta vierten «atisbando por las redes», esto es, por ventanas enrejadas o celosías; san Ambrosio lee «asomándose por las redes»; el árabe, «mirando por las rendijas». Significa que el esposo, acudiendo a la esposa, la vio claramente por las hendiduras y celosías de la casa, pero no fue visto por ella, sino que sólo se dejó ver oscuramente por las celosías, para excitar en ella mayor reverencia y deseo de sí. PRIMER SENTIDO, de Cristo y la Iglesia: la pared del Verbo encarnado es su misma humanidad, con que oculta la deidad; el Hijo de Dios, viniendo en carne, tras ella como tras una pared mira por sus ojos y sentidos, cual por ventanas enrejadas, a la Iglesia y a sus fieles, y por ellos traluce y resplandece la flor y hermosura de su deidad, pero tenue y oscuramente. Cristo, en cuanto Dios, nos contempla perfecta y claramente; nosotros a Él sólo por sombra, esto es, por las operaciones teándricas (como dice san Dionisio), viéndolo así en la transfiguración y en los milagros; en el cielo, empero, mostrará su divinidad sin celosías, cara a cara.

San Gregorio: «Cristo encarnado estuvo como tras nuestra pared, porque en la humanidad asumida se escondió la divinidad; y porque la debilidad humana no podría soportar su inmensidad si la mostrase, opuso el obstáculo de la carne». San Bernardo (serm. 56) entiende por las celosías y ventanas los sentidos de la carne y los afectos humanos, por los cuales Cristo experimentó todas nuestras necesidades: «Nuestras dolencias Él las llevó y nuestros dolores Él los soportó» (Is. 53, 4). En el SEGUNDO SENTIDO, de Cristo y el alma santa: obsta la pared de la carne y de la concupiscencia y de nuestros pecados, que no admite los rayos de Cristo; Él, pues, por su inmensa sed de las almas, explora las rendijas y celosías, esto es, todas las ocasiones por donde penetrar hasta la mente. Oye a Orígenes (que lee según los Setenta «asomándose por las redes»): «Donde no mira el esposo, allí se halla la muerte que sube, como leemos en Jeremías: He aquí que la muerte sube por vuestras ventanas... El diablo llenó todo de lazos. Mas si viniere a ti la palabra de Dios, dirás: Nuestra alma como pájaro fue arrebatada del lazo de los cazadores». TERCER SENTIDO: Cristo, encarnado en el seno de la Virgen, la miraba como tras la pared del vientre; y desde el seno materno contempló a santa Isabel y a san Juan Bautista, llenándolos del Espíritu Santo.

Vers. 10. HE AQUÍ QUE MI AMADO ME HABLA: LEVÁNTATE, DATE PRISA, AMIGA MÍA, PALOMA MÍA, HERMOSA MÍA, Y VEN. En hebreo: «respondió mi amado y me dijo». El esposo no quiere entrar en la casa, sino más bien llamar afuera a la esposa, al campo y a la viña, pues ya se acerca la primavera. PRIMER SENTIDO, de Cristo y la Iglesia: Cristo esposo llama a la Iglesia primitiva, esto es, a los apóstoles, recibido ya en Pentecostés el Espíritu Santo, para que cultiven las viñas, es decir, las iglesias de Judea y de las demás gentes. Dice, pues: Levántate del lecho de tu reposo, date prisa a evangelizar; «amiga mía», esto es, esposa mía, «ven» a recorrer Judea y las demás provincias para ganarme almas y traer todas las gentes a mí y a mi fe. Éste fue el áureo siglo del Evangelio, que sucedió a la férrea edad y yugo de la ley mosaica.

PALOMA MÍA. Los apóstoles evangelizantes se comparan a las palomas: primero, por el candor y la sencillez («sed sencillos como las palomas», Mt. 10, 16); segundo, por la velocidad, pues volaron velocísimos evangelizando por todo el orbe; tercero, por la fidelidad; cuarto, por la fecundidad, pues la paloma pare cada mes; quinto, porque la paloma es símbolo de pureza y castidad, ya que aborrece el cieno y no bebe sino agua pura. En el SEGUNDO SENTIDO, de Cristo y el alma santa: Cristo despierta al alma del sueño de la comodidad y la pusilanimidad, y le manda levantarse para subir a más altos grados de caridad y virtud; pues la perfección de esta vida consiste en el continuo aprovechamiento, de suerte que no querer aprovechar es querer desfallecer, como enseña san Bernardo. Cassiodoro, Beda y san Anselmo entienden que aquí el alma es llamada del ocio de la contemplación al negocio de la acción, de la suerte de Magdalena a la de Marta, para emplearse en la salvación de los prójimos. Y advierte san Bernardo que no se dice «vete», sino «ven», porque Cristo no manda con imperio, sino que invita con suavidad a los trabajos de la vida activa.

TERCER SENTIDO PRINCIPAL, de Cristo y la Bienaventurada Virgen. Ruperto juzga que con estas palabras se significa el inmenso deseo del Verbo de asumir carne de la Virgen, y que con ellas se la invita a prestar en seguida su consentimiento al ángel Gabriel que se lo anuncia: «Tú, amiga mía por la humildad, paloma mía por la caridad, hermosa mía por la castidad. Ven, pues, María, ven; pues Eva huyó a los escondrijos. Ven y cree al ángel que evangeliza, pues Eva creyó a la serpiente que susurraba... Levántate por la fe, date prisa por la esperanza, ven por la caridad». Además, con estas palabras «levántate, date prisa», Cristo llama a la Virgen para que, aunque encinta, se levante y vaya presurosa a la montaña a saludar a Isabel, y para que marche a Belén y allí dé a luz a Cristo, en la patria de David y en la casa del pan. Por último, muchos juzgan que con estas palabras invitó Cristo suavísimamente a su madre en la muerte a subir a Él al cielo, exhalando ella la santísima alma no por dolor, sino por deseo y amor de Cristo.

Vers. 11-12. PORQUE YA PASÓ EL INVIERNO, CESÓ LA LLUVIA Y SE RETIRÓ. LAS FLORES HAN APARECIDO EN NUESTRA TIERRA, LLEGÓ EL TIEMPO DE LA PODA: LA VOZ DE LA TÓRTOLA SE HA OÍDO EN NUESTRA TIERRA. Es perífrasis de la primavera y de su amenidad. Por flores entiéndanse (hebreo nitsanim) no las de la vid, sino violetas, jacintos y demás, o también los primeros brotes y yemas. Donde dice «poda» el hebreo es zamir, que Vatablo y otros hebraizantes vierten «del canto» (pues en primavera cantan los ruiseñores y demás aves); pero la Vulgata vierte mejor «de la poda», tanto porque la voz de la tórtola basta para significar el canto de las aves, cuanto porque así vierten los Setenta, el caldeo, Áquila y Símaco, y porque la esposa es invitada aquí al cultivo de las viñas. PRIMER SENTIDO: el invierno es el rigor y temor de la ley mosaica (Orígenes, Teodoreto, san Gregorio) y el frío de la infidelidad de las gentes, que pasó porque brilló el sol vernal, esto es, el Espíritu Santo, que con su calor produjo las flores de los santos y de los mártires; llegó el tiempo de la poda, en que vosotros, oh apóstoles, con la espada de la fe cortáis la ignorancia y la infidelidad, para que den fruto de buenas obras.

LA VOZ DE LA TÓRTOLA. La tórtola, aquí solitaria, púdica y gimiente, fue san Juan Bautista, según Niseno, cuya voz y vida no fueron otra cosa que gemido y predicación de penitencia; fue también la predicación de san Pedro y de los apóstoles (Act. 2, 37). La tórtola es dechado de castidad (Aponio, san Bernardo) y símbolo de penitencia, pues, muerto su compañero, gime perpetuamente y nunca posa en rama verde, sino siempre en la seca, ni bebe agua clara. Por eso se notan aquí los tres actos de la penitencia: la contrición por las flores, la confesión por la voz de la tórtola, la satisfacción por la poda. Anagógicamente, es llamada aquí el alma santa del destierro de esta vida a la patria y gloria celestiales, pues ya pasó el invierno de la torpe mortalidad y se retiró la lluvia de la concupiscencia. En el TERCER SENTIDO: al comienzo de la primavera, el 25 de marzo, anunciando el ángel Gabriel a la Virgen la concepción de Cristo y dando ella su consentimiento, el Verbo se hizo carne; entonces pasó el largo invierno de los profetas y de la durísima ley, y la voz de la tórtola, esto es, de la castísima Virgen suspirando por la encarnación, se oyó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc. 1, 38), según Ruperto.

Vers. 13. LA HIGUERA HA BROTADO SUS HIGOS TEMPRANOS: LAS VIÑAS EN FLOR DAN SU AROMA. LEVÁNTATE, AMIGA MÍA, HERMOSA MÍA, Y VEN. Los Setenta: «la higuera produjo sus brotes, las vides floridas dieron su olor». Llámanse grossi los primeros higos, aún inmaduros, que a veces caen y a veces maduran; el hebreo es pag, y para «floridas» semadar, que significa la flor o botón de la vid cuando empieza a granar. PRIMER SENTIDO, de Cristo y la Iglesia: predicando los apóstoles en Pentecostés y en adelante, «la higuera brotó sus higos tempranos», esto es, muchos judíos se convirtieron a Cristo; pero, como muchos higos verdes caen inmaduros, así pocos de los judíos fueron constantes en la fe, y la mayor parte desfalleció por miedo de los pontífices, sobre todo al ver a Cristo padecer y morir; por eso la higuera maldita y estéril (Mt. 21, 19) representa a la Sinagoga y su reprobación, según san Jerónimo, Gregorio, Hilario y los demás Padres. Mas «las viñas floridas dieron su olor» gratísimo, porque los pueblos de las gentes, infructíferos hasta la venida de Cristo cual en perpetuo invierno de idolatría, a la predicación de los apóstoles comenzaron a florecer y exhalaron un olor suavísimo en las narices del Señor de los ejércitos. La repetición «levántate, hermosa mía, y ven» excita al alma a progresar siempre en la virtud (Niseno, san Bernardo).

Vers. 14. PALOMA MÍA, EN LAS HENDIDURAS DE LA PEÑA, EN EL HUECO DEL MURO, MUÉSTRAME TU ROSTRO, SUENE TU VOZ EN MIS OÍDOS: PORQUE DULCE ES TU VOZ Y HERMOSO TU ROSTRO. Los Setenta vaticanos: «tú, paloma mía, al abrigo de la peña, junto al antemural»; el siríaco, «en el abrigo del seto, pegada al antemural». Las palomas silvestres anidan, no en palomares como las domésticas, sino en los agujeros de las rocas y en los huecos de los muros derruidos. PRIMER SENTIDO: Cristo llama a la Iglesia, herida por el temor de los judíos y escondida como paloma en las cavernas de la peña (esto es, a los apóstoles ocultos en Sión tras la ascensión, entregados a la oración y a la meditación de la pasión), y, enviado en Pentecostés el Espíritu Santo, la hace animosa y la llama afuera para que salga en público a predicar. Por las hendiduras de la peña entienden los Padres, simbólicamente, las cinco llagas de Cristo (pues Él es la peña, 1 Cor. 10, 4); así san Gregorio: «Por las hendiduras de la peña entiendo de buen grado las llagas de las manos y de los pies de Cristo pendiente en la cruz, y por el hueco del muro la herida del costado». San Bernardo (serm. 61): en las llagas de Cristo habita el alma piadosa, y el mártir, morando en la peña, no siente sus propios dolores, sino los de Cristo. MUÉSTRAME TU ROSTRO, SUENE TU VOZ: el esposo pide a la Iglesia que le muestre la pureza de la fe y de las obras, como rostro hermoso, y la predicación de la doctrina celestial, como voz dulce. San Gregorio: por el rostro se entiende la fe, por la voz la predicación; el rostro agrada y la voz place cuando a las obras sigue la predicación y a la predicación acompañan las buenas obras. TERCER SENTIDO: Cristo se encarnó en el hueco del muro, esto es, en lo escondido del vientre virginal, y nació en la hendidura de la peña, es decir, en la gruta de Belén, tallada en la roca; y por la hendidura de la peña puede entenderse también el sepulcro de Cristo, tallado en la roca, del cual resucitó glorioso.

Comentario al Cantar de los Cantares, cap. 2, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Luc. 1, 39-47)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Exsúrgens María ábiit in montána cum festinatióne in civitátem Juda: et intrávit in domum Zacharíæ et salutávit Elísabeth. Et factum est, ut audivit salutatiónem Maríæ Elísabeth, exsultávit infans in útero ejus: et repléta est Spíritu Sancto Elísabeth, et exclamávit voce magna et dixit: Benedícta tu inter mulíeres, et benedíctus fructus ventris tui. Et unde hoc mihi, ut véniat Mater Dómini mei ad me? Ecce enim, ut facta est vox salutatiónis tuæ in áuribus meis, exsultávit in gáudio infans in útero meo. Et beáta, quæ credidísti, quóniam perficiéntur ea, quæ dicta sunt tibi a Dómino. Et ait María: Magníficat ánima mea Dóminum: et exsultávit spíritus meus in Deo, salutári meo.

Por aquellos días partió María, y se fue apresuradamente a las montañas de Judea a una ciudad de la tribu de Judá; y habiendo entrado en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. Lo mismo fue oír el saludo de María, que la criatura, diera saltos de placer en su vientre, e Isabel se sintió llena del Espíritu Santo, y exclamando en voz alta, dijo: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues lo mismo fue penetrar la voz de tu saludo en mis oídos, que dar saltos de júbilo la criatura en mi vientre. ¡Oh bienaventurada tú que has creído! Porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. Entonces María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío: [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 1, 39-47 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Ambrosio. Habiendo el ángel anunciado cosas ocultas para confirmar la fe con su ejemplo, anunció a la Virgen la concepción de una mujer estéril. Cuando María oyó esto, no como incrédula del oráculo, ni como incierta del mensajero, ni como dudando del ejemplo, sino como alegre del voto, religiosa por su oficio y transportada de gozo, se dirigió hacia las montañas. De donde sigue: "Levantándose María en aquellos días, se fue a las montañas". Llena ya de Dios ¿dónde había de ir con presteza sino hacia las alturas?

Orígenes. Jesús, que estaba en su seno, se apresuraba para santificar a Juan, encerrado aún en el vientre de su madre. Por lo que sigue: "Con premura", etc.

San Ambrosio. La gracia del Espíritu Santo no conoce dilaciones. Aprended, oh vírgenes, a no deteneros en las plazas, a no mezclaros en público en conversaciones.

Teofilacto. Por esto se fue a las montañas, porque Zacarías habitaba en las montañas. De donde sigue: "En una ciudad de Judá, y entró en casa de Zacarías".

San Ambrosio. Aprended, santas mujeres, los cuidados que debéis prestar a vuestras parientas embarazadas. María, pues, que antes estaba sola en el mayor recogimiento, no fue detenida lejos del público por su pudor. La aspereza de las montañas no arredró su celo, ni lo largo del camino retardó sus servicios. Aprended también, vírgenes, de la humildad de María. Viene la cercana a la próxima, la más joven a la más anciana. Y no sólo viene, sino que también saludó la primera, por lo que sigue: "Y saludó a Isabel". Conviene, pues, que cuanto más casta sea una virgen, más humilde sea y deferente para los superiores en edad. Debe ser maestra en humildad la que profesa la castidad. Hay también una causa de piedad, porque el superior viene al inferior para asistirlo. María viene a Isabel, Cristo a Juan.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Mathaeum, 4. O de otro modo, la Virgen ocultaba en el fondo de su corazón lo que se le había dicho y no lo descubrió a nadie, porque no creía que prestasen asentimiento a relatos admirables. Antes al contrario, creía que si hablaba recibiría ultrajes como si ocultase un crimen propio.

Griego. Por esto va a refugiarse -o mejor dicho recurre- sólo a Isabel. Así estaba acostumbrada, tanto por el parentesco y por conformidad de sus costumbres.

San Ambrosio. Pronto se declaran los beneficios de la venida de María y la presencia del Señor, pues sigue: "Y cuando Isabel oyó la salutación de María, la criatura dio saltos". Advierte en esto la diferencia y la conformidad de una y otras palabras. Isabel oyó la voz primero y San Juan recibió primero la gracia. Ella oyó según el orden de la naturaleza y éste saltó de gozo por razón del misterio. Aquélla sintió la venida de María, éste la venida del Señor.

Griego. El profeta ve y oye mejor que su madre y saluda al Príncipe de los profetas. Mas no pudiendo con palabras, lo saluda en el vientre -lo cual constituye la cúspide de la alegría-. ¿Quién ha tenido noticias alguna vez de que alguien haya saltado de gozo antes de nacer? La gracia insinuó cosas que eran desconocidas a la naturaleza. El soldado, encerrado en el vientre, conoció al Señor y al Rey que había de nacer, sin que el velo del vientre obstaculizase la mística visión. Por tanto, vio, no con los ojos de la carne sino con los del espíritu.

Orígenes. No había sido lleno del Espíritu Santo hasta que la que llevaba a Jesucristo en su vientre se presentó delante de él. Entonces fue cuando -lleno del Espíritu Santo- saltaba de gozo dentro de su madre. Y prosigue: "Y fue llena Isabel del Espíritu Santo". No hay que dudar, pues, que la que entonces fue llena del Espíritu Santo, lo fue por su hijo.

San Ambrosio. Aquella que se había ocultado, porque había concebido un hijo, empezó a manifestarse porque llevaba en su vientre un profeta. Y la que antes se avergonzaba, ahora bendice. Por tanto, prosigue: "Y exclamó en alta voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres". Exclamó en alta voz cuando advirtió la venida del Salvador, porque creyó que su parto debía ser misterioso.

Orígenes. Dice, pues: "Bendita tú entre las mujeres". Ninguna fue jamás tan colmada de gracia, ni podía serlo, porque sólo ella es Madre de un fruto divino.

Beda. Fue bendecida por Isabel del mismo modo que lo había sido por el arcángel, para que se mostrase digna de la veneración a los ángeles y a los hombres.

Teofilacto. Pero como había habido otras mujeres santas que habían engendrado hijos manchados por el pecado, añade: "Y bendito el fruto de tu vientre". O de otro modo, había dicho: "Bendita tú entre las mujeres". Y como si alguien le preguntase el porqué, añadió la causa: "Y bendito el fruto de tu vientre,...". Así como se dice en el Salmo 117 ( Sal 117,26-27): "Bendito el Señor Dios, que viene en nombre del Señor, y nos iluminó". Acostumbraba la Sagrada Escritura tomar la palabra y en el sentido y lugar de la palabra porque.

Orígenes. Llamó al Señor fruto del vientre de la Madre de Dios porque no procedió de varón, sino sólo de María, pues los que tomaron la sustancia de sus padres, fruto son de ellos.

Griego. Sólo este fruto es bendito, porque se produce sin varón y sin pecado.

Beda. Este es el fruto que se prometió a David: "Pondré sobre tu trono un fruto de tu vientre" ( Sal 131,11).

Severo de Antioquía. De este pasaje -en el cual se afirma que Cristo es fruto del vientre- surge una refutación de Eutiques. En efecto, todo fruto es de la misma naturaleza que la planta de donde procede. De donde se deduce que la Virgen es de la misma naturaleza que el segundo Adán, que quita los pecados del mundo. Y aun aquellos que dicen que es fantástica apariencia la carne de Cristo, quedan confundidos con el verdadero parto de la Madre de Dios; porque el mismo fruto nace de la misma sustancia del árbol. ¿Dónde están también aquellos que dicen que Jesucristo ha pasado por la Virgen como por un acueducto? Noten en las palabras de Isabel, a quien llenó el Espíritu Santo, que Jesucristo fue fruto del vientre.

Severo de Antioquía. Prosigue: "¿Y de dónde esto a mí, que la Madre de mi Señor venga a mí?"

San Ambrosio. No dice esto como ignorando pues sabe que por gracia y operación del Espíritu Santo, la Madre del Señor saluda a la madre del profeta para provecho de su hijo. Y para que conste que esto no sucede en virtud de mérito humano, sino del don de la gracia divina, dice así: "¿De dónde esto a mí?", esto es: ¿Con qué jactancia, en virtud de qué acciones, por cuáles méritos?

Orígenes. Diciendo esto está conforme con su hijo; porque también San Juan se considera indigno de la venida de Jesucristo a él. Llama Madre del Señor a la que todavía es Virgen, vaticinando así la realización de lo que se le había anunciado. La provisión de Dios -o sea su providencia- había llevado a María a casa de Isabel para que el testimonio de San Juan llegase desde el vientre al Señor. Y desde aquel momento el Señor constituyó a San Juan en profeta suyo. Por lo cual sigue: "Porque he aquí, luego que llegó la voz de tu salutación a mis oídos".

San Agustín, epistola, 57. Para decir esto, como antes declara el evangelista, fue llena del Espíritu Santo, el cual sin duda se lo reveló, y por ello conoció lo que significaba aquel salto del niño; esto es, que había venido la Madre de Aquel de quien él era precursor y el futuro manifestador. La significación de un asunto de tanta importancia pudo ser conocido por personas mayores, no por un niño. Pues no dijo: "Saltó de fe el niño en mi vientre", sino "Saltó de gozo". Pues vemos que el salto no sólo es propio de los niños, sino también de los corderos, cuyos saltos no proceden de alguna fe, ni de la religión, ni de ningún otro conocimiento racional. Pero este saltar es nuevo e inusitado, porque tiene lugar en el vientre, y a la venida de Aquella que había de dar a luz al Salvador de todos. Por tanto, este saltar y -por decirlo así- este saludo dado a la Madre del Señor -como suelen hacerse los milagros-, se hizo divinamente en el niño y no naturalmente por el niño. Aun cuando el uso de la razón y de la voluntad hubiera sido tan precoz en el niño, que desde el seno de su madre hubiese podido conocer, creer y sentir, también esto debe considerarse como obra del divino poder y uno de sus milagros, pero nunca como obra de la naturaleza humana.

Orígenes. Había venido la Madre del Señor a visitar a Santa Isabel para ver la concepción milagrosa que el ángel le había anunciado, para que de ello se siguiese la credulidad respecto del fruto más excelente que habría de nacer de la Virgen. Y refiriéndose a esta fe, habla Santa Isabel, diciendo: "Y bienaventurada la que creíste, porque cumplido será lo que te fue dicho de parte del Señor".

San Ambrosio. Ved que María no dudó sino que creyó, por lo cual consiguió el fruto de la fe.

Beda. Y no debe llamar la atención que el Señor -que había de redimir al mundo- empezase su obra por su propia Madre, a fin de que aquella, por la que se preparaba la salvación a todos, recibiese en prenda -la primera- el fruto de salvación.

San Ambrosio. Pero también vosotros sois bienaventurados, porque habéis oído y creído. Cualquier alma que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios y conoce sus obras.

Beda. Todo el que concibe al Verbo de Dios en su inteligencia, sube al punto por la senda del amor a la más alta cumbre de las virtudes, puesto que puede penetrar en la ciudad de Judá -esto es, en el alcázar de la confesión y de la alabanza- y hasta permanecer en la perfección de la fe, de la esperanza y de la caridad "como tres meses" en ella.

San Gregorio Magno, super. Ezech., 1,8. Fue ilustrada por el espíritu de profecía acerca de lo pasado, lo presente y lo futuro, que conoció que aquélla había creído en las promesas del ángel. Y llamándola Madre, comprendió que llevaba en su vientre al Redentor del género humano. Y prediciendo las cosas que habían de suceder, vio también lo que se seguiría en lo futuro.

San Ambrosio. Así como el pecado empezó por las mujeres, así también las cosas buenas deben empezarse por las mujeres; así, no parece ocioso que Isabel vaticine antes que Juan, y María antes del nacimiento del Señor. Además, siendo María más excelsa, su profecía es más plena.

San Basilio, in Psalmo, 33. La Santísima Virgen, considerando la inmensidad del misterio, con intención sublime, y con un fin muy alto y como avanzando en sus profundidades, engrandece al Señor. Por esto prosigue: "Y dijo María: Mi alma engrandece al Señor".

Griego. Como si dijese: Las maravillas que Dios pronunció, las cumplirá en mi cuerpo; pero mi alma no será infructuosa delante de Dios. Yo debo aportar el fruto de mi voluntad, porque cuanto mayor es el milagro con que soy honrada, tanto mayor es la obligación que tengo de honrar a Aquel que en mí obra cosas tan admirables.

Orígenes. Si Dios no puede recibir ni aumento ni detrimento ¿cómo es que dice María: "Mi alma engrandece al Señor"? Mas si considero que el Señor Salvador es imagen del Dios invisible, y que el alma fue hecha a su imagen, para que sea imagen de la imagen, entonces será como a imitación de aquellos que suelen pintar imágenes; cuando engrandeciere mi alma con el pensamiento, palabras y obras, la imagen de Dios se hace grande y el mismo Señor -cuya imagen está en mi alma- se engrandece.

San Basilio, in Psalmo. 33. Los primeros frutos del Espíritu Santo son la paz y la alegría. Y como la Santísima Virgen había reunido en sí toda la gracia del Espíritu Santo, con razón añade: "Y mi espíritu se regocijó". En el mismo sentido dice alma y espíritu. La palabra exaltación -de tanto uso en las Sagradas Escrituras- insinúa cierto hábito o estado del alma -alegre y feliz- en aquellos que son dignos de él. Por eso la Virgen se regocija en el Señor con inefable latir del corazón y transporte de gozo en la agitación de un afecto honesto. Sigue: "En Dios mi Salvador".

Beda. Porque el espíritu de la Virgen se alegra de la divinidad eterna del mismo Jesús -esto es, del Salvador-, cuya carne es engendrada por una concepción temporal.

San Ambrosio. El alma de María en verdad que engrandece al Señor, y su espíritu se regocija en Dios; porque consagrada en alma, espíritu y cuerpo al Padre y al Hijo, venera con piadoso afecto a un solo Dios, de quien son todas las cosas. Que el alma de María esté en todas las cosas para engrandecer al Señor; que el espíritu de María esté en todas las cosas para regocijarse en el Señor. Si según la carne una sola es la Madre de Cristo, según la fe el fruto de todos es Cristo. Porque toda alma concibe el Verbo de Dios, si, inmaculada y exenta de vicios, guarda su castidad con pudor inviolable.

Teofilacto. Engrandece al Señor aquel que sigue dignamente a Jesucristo, y mientras se llama cristiano, no ofende la dignidad de Cristo, sino que practica obras grandes y celestiales; entonces, se regocijará el espíritu -esto es, el crisma espiritual-, o lo que es lo mismo, adelantará y no será mortificado.

San Basilio, in Psalmo, 33. Si cuando la luz penetrare en tu corazón percibieres -por aquella oscura y breve imagen- la constancia de los justos en amar a Dios y en despreciar las cosas corporales, sin dificultad alguna conseguirías gozo en el Señor.

Orígenes. Primero el alma engrandece al Señor, para después alegrarse en Dios. Pues si antes no creemos, no podemos alegrarnos.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena