martes, 30 de junio de 2026
La Conmemoración de San Pablo
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Gal. 1, 11-20)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Gálatas Fratres: Notum vobis facio Evangélium, quod evangelizátum est a me, quia non est secúndum hóminem: neque enim ego ab hómine accépi illud neque dídici, sed per revelatiónem Jesu Christi. Audístis enim conversatiónem meam aliquándo in Judaísmo: quóniam supra modum persequébar Ecclésiam Dei, et expugnábam illam, et proficiébam in Judaísmo supra multos coætáneos meos in génere meo, abundántius æmulátor exsístens paternárum mearum traditiónum. Cum autem plácuit ei, qui me segregávit ex útero matris meæ, et vocávit per grátiam suam, ut reveláret Fílium suum in me, ut evangelizárem illum in géntibus: contínuo non acquiévi carni et sánguini, neque veni Jerosólymam ad antecessóres meos Apóstolos: sed ábii in Arábiam: et íterum revérsus sum Damáscum: déinde post annos tres veni Jerosólymam vidére Petrum, et mansi apud eum diébus quíndecim: álium autem Apostolórum vidi néminem, nisi Jacóbum fratrem Dómini. Quæ autem scribo vobis, ecce coram Deo, quia non méntior.
Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio que yo os he predicado, no es una cosa humana; pues no lo he recibido, ni aprendido yo de algún hombre, sino por revelación de Cristo . Porque bien habéis oído decir el modo con que en otro tiempo vivía yo en el judaísmo, con qué exceso de furor perseguía a la Iglesia de Dios, y la desolaba, y me señalaba en el judaísmo más que muchos coetáneos míos de mi nación, siendo en extremo celoso de las tradiciones de mis padres. Mas cuando quiso aquel Señor, que me destinó y separó desde el vientre de mi madre, y me llamó con su gracia, revelarme a su Hijo, para que yo le predicase a las naciones, lo hice al punto sin tomar consejo de la carne ni de la sangre, ni pasar a Jerusalén en busca de los apóstoles anteriores a mí; sino que me fui luego a la Arabia, de donde volví otra vez a Damasco. De allí a tres años fui a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días; y no vi a otro alguno de los apóstoles, sino a Santiago, el primo hermano del Señor. De todo esto que os escribo, pongo a Dios por testigo que no miento. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario sobre la Epístola a los Gálatas, cap. 1 — San Juan Crisóstomo
Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio predicado por mí no es según el hombre. Pues ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Ved con cuánto empeño afirma que fue enseñado por Cristo, quien por sí mismo, sin intervención humana, se dignó revelarle toda ciencia. Y si se le pidiera prueba de que Dios mismo le reveló inmediatamente estos inefables misterios, alegaría su anterior manera de vida, arguyendo que su conversión no habría sido tan repentina de no haberse obrado por revelación divina. Porque cuando los hombres han sido vehementes y ardorosos en el bando contrario, su convencimiento, si se efectúa por medios humanos, requiere mucho tiempo e ingenio. Es claro, pues, que aquel cuya conversión es súbita, y que ha sido devuelto al juicio en la cumbre misma de su locura, hubo de recibir revelación y enseñanza divinas, y así llegó de una vez a la plena cordura. Por esto se ve obligado a referir su vida pasada y a poner a los gálatas por testigos de lo sucedido. Que el Hijo unigénito de Dios me hubiese llamado por sí mismo desde el cielo —dice—, vosotros, que no estabais presentes, no podíais saberlo; pero que yo era perseguidor bien lo sabéis. Porque mi violencia llegó aun a vuestros oídos, y tan grande es la distancia entre Palestina y Galacia, que la fama no habría llegado allí si mis actos no hubiesen excedido toda medida y todo sufrimiento. Por lo cual dice:
Porque habéis oído cuál fue en otro tiempo mi conducta en el judaísmo: que sobremanera perseguía a la Iglesia de Dios y la asolaba. Ved cómo no rehúye agravar cada punto: no dice simplemente que perseguía, sino sobremanera; y no sólo que perseguía, sino que la asolaba, lo cual significa un empeño de extinguir, derribar, destruir y aniquilar la Iglesia.
Y aventajaba en el judaísmo a muchos de mi edad entre mi linaje, siendo en extremo más celoso de las tradiciones de mis padres. Para prevenir la sospecha de que su persecución nacía de pasión, de vanagloria o de enemistad, muestra que le movía el celo, no ciertamente según ciencia, mas por una celosa admiración de las tradiciones de sus padres. Tal es su argumento: si mis esfuerzos contra la Iglesia no procedían de motivos humanos, sino de un celo religioso aunque errado, ¿por qué habría de moverme ahora la vanagloria, cuando combato por la Iglesia y he abrazado la verdad? Si no fue este motivo, sino un celo piadoso el que me poseía cuando estaba en el error, mucho más ahora, que he llegado al conocimiento de la verdad, debo estar libre de tal sospecha. Tan pronto como pasé a las doctrinas de la Iglesia, sacudí mis prejuicios judíos, manifestando por ese lado un celo aún más ardiente; y esto es prueba de que mi conversión es sincera y de que el celo que me posee viene de lo alto. ¿Qué otro incentivo podría tener yo para hacer tal mudanza, y trocar la honra por el desprecio, el reposo por el peligro, la seguridad por la aflicción? Ninguno ciertamente, sino el amor de la verdad.
Mas cuando plugo a Dios, que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, revelar a su Hijo en mí, para que le predicase entre los gentiles, al punto no consulté con carne y sangre. Aquí su intento es mostrar que fue por alguna secreta providencia por lo que se le dejó por un tiempo a sí mismo. Porque si fue apartado desde el seno de su madre para ser Apóstol y ser llamado a aquel ministerio, y sin embargo no fue efectivamente llamado hasta aquel momento, y obedeció al instante a tal llamamiento, es evidente que Dios tenía alguna razón oculta para esta dilación. Cuál fuera este designio, acaso estáis ansiosos de aprenderlo de mí, y ante todo, por qué no fue llamado con los doce. Mas por no prolongar este discurso apartándome de lo que más urge, he de rogar a vuestra caridad que no lo requiráis todo de mí, sino que lo busquéis por vosotros mismos y pidáis a Dios que os lo revele. Además, traté en parte esta materia cuando os hablé de la mudanza de su nombre de Saulo en Pablo; lo cual, si lo habéis olvidado, lo hallaréis cumplidamente en la lectura de aquel volumen. Por ahora prosigamos el hilo de nuestro discurso, y consideremos la prueba que ahora aduce de que nada natural le había acontecido, sino que Dios mismo había dispuesto providencialmente lo ocurrido.
Y me llamó por su gracia. Dios, en verdad, dice que le llamó a causa de su excelente capacidad, según dijo a Ananías: éste es para mí vaso de elección, para llevar mi nombre ante los gentiles y los reyes; esto es, apto para el servicio y para el cumplimiento de grandes obras. Dios da esto por razón de su llamamiento. Mas él por todas partes lo atribuye a la gracia y a la inefable misericordia de Dios, como en aquellas palabras: Empero por esto alcancé misericordia, no porque fuese suficiente ni aun útil, sino para que en mí, como en el primero, mostrase Jesucristo toda su longanimidad, para ejemplo de los que habían de creer en Él para la vida eterna. Ved su desbordante humildad: alcancé misericordia, dice, para que nadie desespere, ya que el peor de los hombres había participado de su largueza. Porque tal es la fuerza de las palabras: para que mostrase toda su longanimidad, para ejemplo de los que habían de creer en Él.
Para revelar a su Hijo en mí. Dice Cristo en otro lugar: Nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo. Advertís que el Padre revela al Hijo, y el Hijo al Padre; y así sucede también en cuanto a su gloria: el Hijo glorifica al Padre, y el Padre al Hijo: glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique; y: como yo te he glorificado. Mas ¿por qué dice revelar a su Hijo en mí, y no a mí? Es para significar que no sólo había sido instruido en la fe con palabras, sino que fue ricamente dotado del Espíritu; que la revelación había iluminado toda su alma, y que tenía a Cristo hablando dentro de sí.
Para que le predicase entre los gentiles. Porque no sólo su fe, sino también su elección para el oficio apostólico procedía de Dios. El fin —dice— de que Él se me revelase así de modo tan singular, no era sólo que yo mismo le contemplase, sino que también le manifestase a los demás. Y no dice meramente a los demás, sino para que le predicase entre los gentiles, tocando de antemano aquel gran fundamento de su defensa que estaba en la índole respectiva de los discípulos; pues era menester predicar de modo diverso a los judíos y a los gentiles. Al punto no consulté con carne y sangre. Aquí alude a los Apóstoles, nombrándolos según su naturaleza corporal; aunque no negaré que haya querido comprender a todos los hombres.
Ni subí a Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que yo. Estas palabras, pesadas por sí solas, parecen respirar un espíritu arrogante y ajeno al temple apostólico. Porque dar uno su voto por sí mismo, y no admitir a nadie a compartir su consejo, es señal de necedad. Está escrito: ¿Ves a un hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza hay del necio que de él; y: ¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos y prudentes ante sí mismos! Y el mismo Pablo en otro lugar: No seáis sabios en vuestra propia opinión. De cierto, quien así había sido enseñado, y así había amonestado a otros, no caería en tal error, aunque fuera un hombre ordinario; mucho menos, pues, el propio Pablo. Con todo, como he dicho, esta expresión, considerada desnudamente, fácilmente puede ser lazo y tropiezo para muchos oyentes. Mas si se añade la causa, todos aplaudirán y admirarán al que habla. Hagamos, pues, esto; porque no es recto pesar las meras palabras, ni examinar el lenguaje por sí solo, pues de ello se seguirán muchos errores, sino atender a la intención del que escribe. Y si no seguimos este método en nuestros propios discursos, y no examinamos la mente del que habla, nos granjearemos muchos enemigos, y todo caerá en confusión. Ni esto se limita a las palabras, sino que el mismo resultado se seguirá si no se observa esta regla en las acciones. Porque los cirujanos a menudo cortan y quiebran algunos huesos; también lo hacen los salteadores; y sería, sin embargo, miserable no poder distinguir al uno del otro. Asimismo, los homicidas y los mártires, cuando son atormentados, padecen los mismos dolores, y con todo es grande la diferencia entre ellos. Si no atendemos a esta regla, no podremos discernir en estas materias, sino que llamaremos homicidas a Elías, a Samuel y a Finees, y parricida a Abrahán; esto es, si nos ponemos a escudriñar los hechos desnudos, sin tomar en cuenta la intención de los que obran. Inquiramos, pues, la intención de Pablo al escribir así; consideremos su designio y su conducta general para con los Apóstoles, a fin de llegar a su presente sentido. Ni antes, ni en este caso, habló con ánimo de menospreciar a los Apóstoles ni de ensalzarse a sí mismo (¿cómo, si se incluyó a sí bajo su anatema?), sino siempre para guardar la integridad del Evangelio. Como los perturbadores de la Iglesia decían que debían obedecer a los Apóstoles, que observaban estos ritos, y no a Pablo, que los prohibía, y de ahí se había ido introduciendo poco a poco la herejía judaizante, era necesario que él varonilmente les resistiese, por deseo de reprimir la arrogancia de los que impropiamente se exaltaban, y no por hablar mal de los Apóstoles. Y por eso dice: No consulté con carne y sangre; pues sería en extremo absurdo que quien había sido enseñado por Dios se remitiese después a los hombres. Porque es justo que quien aprende de los hombres tome a su vez a los hombres por consejeros. Mas aquel a quien se había dignado dirigirse aquella voz divina y bienaventurada, y que había sido plenamente instruido por Quien posee todos los tesoros de la sabiduría, ¿por qué había de conferir después con los hombres? Convenía que enseñase, no que fuese enseñado por ellos. Por eso habló así, no por arrogancia, sino para mostrar la dignidad de su propia misión. Ni subí —dice— a Jerusalén a los que eran Apóstoles antes que yo. Como repetían de continuo que los Apóstoles eran antes que él, y fueron llamados antes que él, dice: No subí a ellos. Si le hubiera sido menester comunicarse con ellos, Aquel que le reveló su misión se lo habría mandado. Mas ¿es cierto que no subió allá? Antes bien subió, y no sólo eso, sino para aprender algo de ellos. Cuando surgió una cuestión sobre nuestro presente asunto en la ciudad de Antioquía, en la Iglesia que desde el principio había mostrado tanto celo, y se debatía si los creyentes gentiles debían ser circuncidados o no tenían necesidad de recibir el rito, este mismo Pablo y Silas subieron. ¿Cómo, pues, dice: No subí, ni conferí? Primero, porque no subió por propia voluntad, sino que fue enviado por otros; después, porque no vino a aprender, sino a traer a otros a su parecer. Pues desde el principio era de aquel dictamen que los Apóstoles después ratificaron: que la circuncisión era innecesaria. Mas cuando aquéllos le tuvieron por indigno de crédito y acudieron a los de Jerusalén, subió, no para ser más instruido, sino para convencer a los contradictores de que los de Jerusalén concordaban con él. Así percibió desde el principio la línea de conducta conveniente, y no necesitó maestro, sino que, primaria y anteriormente a toda discusión, sostuvo sin vacilar lo que los Apóstoles, tras mucha discusión, después ratificaron. Esto muestra Lucas por su propia narración: que Pablo disputó largamente con ellos sobre esta materia antes de ir a Jerusalén. Mas como los hermanos quisieron ser informados sobre este asunto por los de Jerusalén, subió por causa de ellos, no por la suya propia. Y su expresión No subí significa que ni fue al comienzo de su predicación, ni con el fin de ser instruido. Ambas cosas se dan a entender por la frase: Al punto no consulté con carne y sangre. No dice meramente consulté, sino al punto; y su posterior viaje no fue para ganar instrucción alguna añadida.
Mas me fui a Arabia. ¡He aquí un alma fervorosa! Anhelaba ocupar regiones aún no cultivadas, sino yacentes en estado selvático. De haber permanecido con los Apóstoles, como nada tenía que aprender, su predicación se habría estrechado, pues a ellos incumbía difundir la palabra por todas partes. Así este bienaventurado varón, ferviente en el espíritu, emprendió luego enseñar a bárbaros salvajes, escogiendo una vida llena de batalla y de fatiga. Habiendo dicho: Me fui a Arabia, añade: Y de nuevo volví a Damasco. Observad aquí su humildad: no habla de sus éxitos, ni a quiénes ni a cuántos instruyó. Y con todo, tal fue su celo inmediatamente después de su bautismo, que confundía a los judíos y de tal modo los exasperaba, que ellos y los griegos le acechaban para darle muerte. Esto no habría sucedido si no hubiese acrecentado grandemente el número de los fieles; pues, vencidos en la doctrina, recurrieron al homicidio, lo cual era manifiesta señal de la superioridad de Pablo. Mas Cristo no permitió que fuese muerto, guardándole para su misión. De estos éxitos, sin embargo, nada dice; y así en todos sus discursos su móvil no es la ambición, ni ser honrado más altamente que los Apóstoles, ni el sentirse mortificado por ser tenido en poco, sino el temor de que sobrevenga algún detrimento a su misión. Porque se llama a sí mismo abortivo, y el primero de los pecadores, y el último de los Apóstoles, y no digno de ser llamado Apóstol. Y esto decía quien había trabajado más que todos ellos; lo cual es verdadera humildad; porque quien, no teniendo conciencia de excelencia alguna, habla humildemente de sí, es sincero, mas no humilde; pero decirlo tras tales trofeos, es estar ejercitado en el dominio de sí.
Y de nuevo volví a Damasco. Mas ¿qué grandes cosas no obraría probablemente en esta ciudad? Pues nos dice que el gobernador bajo el rey Aretas puso guardias en torno de toda ella, esperando prender a este bienaventurado. Lo cual es prueba de la mayor fuerza de que era violentamente perseguido por los judíos. Aquí, sin embargo, nada dice de esto, sino que, mencionando su llegada y su partida, calla los sucesos que allí acontecieron; ni los habría mencionado en el lugar a que me he referido, si las circunstancias no hubieran requerido su relato.
Luego, pasados tres años, subí a Jerusalén para visitar a Cefas. ¿Qué puede haber más humilde que tal alma? Después de tales éxitos, no necesitando nada de Pedro, ni siquiera su asentimiento, sino siendo de igual dignidad que él (pues por ahora no diré más), viene a él como a su mayor y superior. Y el único objeto de este viaje fue visitar a Pedro; así rinde el debido respeto a los Apóstoles, y se estima no sólo no mejor que ellos, sino ni aun su igual. Lo cual es manifiesto por este viaje, pues Pablo fue movido a visitar a Pedro por el mismo sentimiento con que muchos de nuestros hermanos peregrinan a los varones santos; o más bien por un sentimiento más humilde, pues aquéllos lo hacen para su propio provecho, mas este bienaventurado, no para su propia instrucción o corrección, sino sólo por el bien de contemplar y honrar a Pedro con su presencia. Dice: para visitar a Pedro; no dice para ver, sino para visitar y contemplar, palabra que aplican a sí quienes desean conocer ciudades grandes y espléndidas. Digna de tal molestia juzgó la sola vista de Pedro; y esto aparece también por los Hechos de los Apóstoles. Pues a su llegada a Jerusalén, en otra ocasión, después de haber convertido a muchos gentiles, y con trabajos que sobrepujaban con mucho a los demás, reformado y traído a Cristo a Panfilia, Licaonia, Cilicia y todas las naciones de aquella parte del mundo, se dirige primero con gran humildad a Santiago, como a su mayor y superior. Después se somete a su consejo, y consejo contrario a esta Epístola: Ves, hermano, cuántos millares hay entre los judíos de los que han creído; por tanto, rápate la cabeza y purifícate. Conforme a esto se rapó la cabeza y observó todas las ceremonias judías; porque, donde no se menoscababa el Evangelio, era el más humilde de todos los hombres. Mas donde veía que por tal humildad alguien era dañado, dejaba aquel indebido ejercicio de ella, pues eso ya no era ser humilde, sino ultrajar y perder a los discípulos. Y permaneció con él quince días. Emprender un viaje por causa de él era señal de respeto; mas quedarse tantos días, de amistad y del más ardiente afecto.
Mas no vi a ningún otro de los Apóstoles, sino a Santiago, el hermano del Señor. Ved cuán grande amigo era de Pedro sobre todo: por su causa dejó su hogar, y con él se quedó. Esto repito con frecuencia, y deseo que lo recordéis, para que ninguno, al oír lo que este Apóstol parece haber dicho contra Pedro, conciba sospecha de él. Lo antepone, para que, cuando diga: Resistí a Pedro, nadie suponga que estas palabras implican enemistad y contienda; porque honró y amó su persona más que a todos, y emprendió este viaje sólo por su causa, no por la de ninguno de los otros. Mas no vi a ningún otro de los Apóstoles, sino a Santiago. Le vi solamente, quiere decir, no aprendí de él. Mas observad con cuánta honra le menciona: no dice Santiago meramente, sino que añade este ilustre título, tan libre está de toda envidia. Si sólo hubiera querido señalar a quién se refería, podría haberlo mostrado con otra denominación, y llamarle hijo de Cleofás, como hace el Evangelista. Mas como consideraba que él participaba de los augustos títulos de los Apóstoles, se ensalza a sí mismo honrando a Santiago; y esto lo hace llamándole hermano del Señor, aunque no era por nacimiento su hermano, sino sólo tenido por tal. Y con todo, esto no le retrajo de darle el título; y en otros muchos casos muestra hacia todos los Apóstoles aquella noble disposición que le convenía. Y en cuanto a las cosas que os escribo, he aquí que delante de Dios no miento. Observad en todo la transparente humildad de esta alma santa: su empeño en su propia vindicación es tan grande como si hubiera de dar cuenta de sus hechos y estuviera abogando por su vida en un tribunal de justicia.
Comentario sobre la Epístola a los Gálatas, cap. 1, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Matt. 10, 16-22)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Ecce, ego mitto vos sicut oves in médio lupórum. Estóte ergo prudéntes sicut serpentes, et símplices sicut colúmbæ. Cavéte autem ab homínibus. Tradent enim vos in concíliis, et in synagógis suis flagellábunt vos: et ad præsides et ad reges ducémini propter me in testimónium illis et géntibus. Cum autem tradent vos, nolíte cogitáre, quómodo aut quid loquámini: dábitur enim vobis in illa hora, quid loquámini. Non enim vos estis, qui loquímini, sed Spíritus Patris vestri, qui lóquitur in vobis. Tradet autem frater fratrem in mortem, et pater fílium: et insúrgent fílii in paréntes, et morte eos affícient: et éritis odio ómnibus propter nomen meum: qui autem perseveráverit usque in finem, hic salvus erit.
Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos; por tanto, habéis de ser prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. Recataos de los hombres; pues os delatarán a los tribunales, y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis conducidos ante los gobernadores y los reyes para dar testimonio de mí a ellos y a las naciones. Si bien cuando os hicieren comparecer, no os dé cuidado el cómo o lo que habéis de hablar, porque os será dado en aquella misma hora lo que hayáis de decir; puesto que no sois vosotros quien habla entonces, sino el espíritu de vuestro Padre, el cual habla por vosotros. Entonces un hermano entregará a su hermano a la muerte, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir; y vosotros vendréis a ser odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien perseverare hasta el fin, éste se salvará. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 10, 16-22 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,1. Cristo, después de haber alejado de los Apóstoles todo género de preocupaciones y de haberlos armado con el brillo de sus milagros, les anunció con anticipación los males que les amenazaban. Lo hace así: primero para que aprendieran la virtud de su presciencia; en segundo lugar para que no sospecharan que los males que experimentaban eran resultado de la incapacidad del maestro; tercero, para que no quedasen ellos al sufrir esos males, admirados, como si dichos tormentos les acontecieran inopinadamente y fuera de lo que esperaban y finalmente, para que oyéndolo ahora no tuvieran miedo en los días de los tormentos. Les da en seguida las reglas para este combate, enviándolos desprovistos de todo y mandándoles exijan su alimento de aquellos a quienes evangelizan y no se para en esto, sino que pasa más adelante y les hace ver su poder con las palabras: "He aquí que yo os mando como a ovejas en medio de los lobos, etc". En estas palabras debemos considerar, que no los manda simplemente a donde están los lobos, sino en medio de los lobos. De esta manera, venciendo las ovejas a los lobos y existiendo en medio de ellos y no pereciendo a pesar de sus mordeduras, sino atrayéndolos a sí mismos, hace ver de un modo más claro su poder. Y ciertamente causa más admiración la transformación de sus mentes, que el hacerlas perecer. La dulzura, les dice, es lo que debéis desplegar en medio de los lobos.
San Gregorio, in Matthaeum, 17,4. Porque aquel que ejerce el ministerio de la predicación no debe hacer el mal, sino sufrirlo, a fin de aplacar con su mansedumbre el furor de aquellos que se ensañan con él y para que vean que a pesar de estar cubiertos de otras heridas, curan las de los pecadores. Si bien es cierto que en muchas ocasiones el celo por la justicia enciende en el apóstol la ira contra sus discípulos, esta ira debe tener origen en el amor y no en la crueldad y manifestar exteriormente la regla de disciplina: amad con amor paternal en el fondo de vuestros corazones a aquellos que castigáis exteriormente. Hay muchos, que en cuanto reciben el poder de gobernar, se muestran ansiosos de castigar a los que están a su cargo, hacen ver el terror del poder, quieren parecer dominadores, no se reconocen como verdaderos padres y cambian la humildad por el orgullo de dominar. Y aun cuando alguna vez se muestran bondadosos, interiormente arden en deseos de castigar. De éstos se dice: "Vienen a vosotros vestidos de ovejas; pero en su interior son lobos rapaces" ( Mt 7,15). Es preciso no olvidar que es contra éstos, contra quienes somos enviados como a ovejas en medio de los lobos, a fin de que nos preservemos de la mordedura del mal, conservando el sentido de la inocencia.
San Jerónimo. Llama lobos a los escribas y fariseos, que eran los clérigos de la religión judía.
San Hilario, in Matthaeum, 10. También se llama lobos a todos aquellos que se habían de ensañar con un odio implacable contra los Apóstoles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,1-2. El consuelo de todos los males lo tenían ellos en el poder de aquel que los enviaba, por eso les dijo lo primero de todo: "Mirad, yo os envío" que equivale a si dijera: No os asustéis porque os envíe en medio de los lobos; porque puedo yo hacer que no sufráis daño alguno y no sólo el que vosotros os mostréis superiores a los lobos, sino el que seáis más terribles que los leones. Y conviene que así suceda, porque de esta manera os haréis más ilustres y se extenderá más mi poder. En seguida, a fin de que ellos pusieran algo de su parte y no creyesen que serían coronados sin mérito alguno, añade: "Sed, pues, prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas".
San Jerónimo. A fin de evitar con la prudencia las emboscadas y con la sencillez el mal. Y pone por ejemplo a la serpiente, porque este animal, con objeto de defender su cabeza, donde tiene la vida, la oculta con todo su cuerpo; de la misma manera debemos nosotros proteger aun con peligro de todo nuestro cuerpo a nuestra cabeza, que es Cristo, esto es, debemos conservar pura y sin mancha nuestra fe.
Rábano. Acostumbra la serpiente a elegir, a fin de dejar su piel vieja, escondrijos estrechos, para que al pasar por ellos, el roce la despoje de su piel; de la misma manera deja el predicador al hombre viejo, pasando por el camino estrecho.
Remigio. Es una palabra hermosa aquella, por la que manda el Señor a los predicadores tener la astucia de la serpiente; porque el primer hombre fue engañado por la serpiente, que es como si dijera: Así como la serpiente fue astuta para perdernos, así debéis ser vosotros astutos para salvaros. Ella alabó al árbol, ensalzad vosotros la virtud de la Cruz.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Ella atacó primero al sexo débil, lo engañó después por la esperanza y le prometió participar de la inmortalidad; así igualmente debéis vosotros (teniendo en cuenta la naturaleza y disposición de cada uno), emplear palabras prudentes y revelar la esperanza de los bienes eternos, para que lo que ella negó, lo anunciemos nosotros con toda verdad según la promesa del Señor ( Mt 22), a saber: que los que tienen fe, serán semejantes a los ángeles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,2. Así como para no ser heridos en cosas de importancia, conviene tener la astucia de la serpiente, así también cuando nos vemos precisados a sufrir cosas injustas, no debemos abrigar el deseo de la venganza, sino desplegar la sencillez de la paloma.
Remigio. Enlazó el Señor ambas cosas; porque la sencillez sin la prudencia puede ser engañada con facilidad y la prudencia, si no está suavizada por la sencillez, da origen a grandes peligros.
San Jerónimo. La figura de que se reviste el Espíritu Santo nos da a entender la sencillez de la paloma: por eso dice el Apóstol: "Sed pequeños en malicia" ( 1Cor 14).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,2. ¿Qué puede haber más duro que estos mandatos? Porque no basta sufrir los males, sino que es preciso no alterarse por ellos como hace la paloma. No se quita la ira con la ira sino con la dulzura.
Rábano. Las palabras: "Guardáos de los hombres", nos dan a entender de una manera clara, que los lobos de que se ha hablado arriba, son los hombres.
Glosa. Por eso es preciso que seáis como las serpientes, es decir, astutos; porque según ellos acostumbran, os prohibirán primero el que prediquéis en mi nombre, después si no hacéis caso, os azotarán y finalmente, os presentarán a los reyes y a los gobernadores.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Los que intentan imponeros silencio o haceros cómplices.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,3. Causa admiración el que unos hombres, que jamás se habían separado del lago donde se ocupaban en pescar, no se marcharan inmediatamente que oyeron semejantes cosas. Pero esto no era efecto sólo de su valor, sino resultado de la sabiduría del Doctor, que puso el remedio a cada uno de los males. Por eso dice: "A causa mía"; porque no es pequeño el consuelo de sufrir por Cristo y el de no ser perseguidos como hombres malvados y perjudiciales. También les dice el motivo de sus persecuciones con aquellas palabras: "Para que les sirva de testimonio":
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 35. Es decir, para aquellos que quitaron la vida con las persecuciones, o que mientras vivieron no cambiaron de conducta, porque la muerte del justo edifica a los buenos y condena a los malos; por eso los elegidos ven en ella un ejemplo que les conduce a la vida, mientras los males perecen sin excusas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,3. Esto les servía de consuelo, no porque desearan ellos el castigo de otros, sino porque tenían la convicción de que Cristo estaba con ellos y lo presenciaba todo.
San Hilario, in Matthaeum, 10. No solamente quita este testimonio a los perseguidores la excusa de haber ignorado a Dios, sino que abre el camino a las naciones para que crean en Cristo, predicado por la voz inflexible de los que le confesaban en medio de los tormentos; a esto se alude con la palabra "a las Naciones".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,3. A los consuelos anteriores añade el Señor otro nuevo y no pequeño. Por si los Apóstoles decían: ¿Cómo es posible que nosotros podamos persuadir en medio de tales persecuciones?, les manda que no se preocupen con las respuestas y les dice: "No penséis, cuando os entregaren, en el modo de hablar y en lo que habéis de decir".
Remigio. Dos cosas les dice el Señor en estas palabras: el modo de hablar y lo que han de hablar. Lo primero, se refiere a la sagacidad y lo segundo, es propio de la palabra. Pero como El les había de dar las palabras que debían decir y el modo con que las habían de decir, resulta que los predicadores justos no debían preocuparse ni de los pensamientos ni de las palabras.
San Jerónimo. Cuando nosotros seamos conducidos, por la causa de Cristo, delante de los jueces, tan solamente debemos ofrecer nuestra voluntad a Cristo; por lo demás, el mismo Cristo que habita dentro de nosotros, hablará en nuestro favor y el Espíritu Santo nos asistirá con su gracia en las contestaciones.
San Hilario, in Matthaeum, 10. Porque nuestra fe regularizada por los preceptos divinos, nos enseñará lo que debemos responder: tenemos un ejemplo en Abraham, a quien (después de haberle exigido para el sacrificio a su hijo Isaac) no le faltó un carnero que sirviera de víctima ( Gén 22). Y por esta razón sigue: "Porque no sois vosotros los que habláis", etc.
Remigio. Este es el sentido: Vosotros marcháis al combate; pero yo soy el que combato: vosotros decís las palabras; pero yo soy el que hablo: por eso dice San Pablo. "¿Es que vosotros queréis tener la experiencia de aquel que habla en mí, Cristo?" ( 2Cor 13,3).
San Jerónimo. De esta manera los eleva a la dignidad de los profetas, que hablaron animados por el Espíritu de Dios:
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,5. Cuando el Señor dice aquí: "No os preocupéis con lo que habéis de hablar", estas palabras no están en oposición con las que dice en otro lugar: "Estad siempre preparados a satisfacer a los que os pregunten y a exponerles los motivos de vuestra esperanza" ( 1Pe 3,15). Porque cuando la lucha es entre amigos, debemos preocuparnos de lo que debemos decir; pero delante de un tribunal terrible y de una turba exaltada y cuando nos vemos rodeados de peligros por todas partes, Cristo nos da un auxilio, para que hablemos con confianza y para que no cedamos al miedo.
Glosa. Después de haber expuesto los consuelos, les propone a continuación los peligros más graves, diciéndoles: "Y el hermano entregará a su hermano y el padre a su hijo y los hijos se levantarán contra los padres, etcétera".
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 35,3. Son menores los tormentos que experimentamos, cuando provienen de los extraños, que los que sufrimos cuando proceden de aquellos que creíamos nos tenían cariño y buena voluntad; porque en este segundo caso, los tormentos del cuerpo se unen a la pena de haber perdido el cariño.
San Jerónimo. Acontece esto con frecuencia en las persecuciones, porque no hay en ellas cariño entre los que profesan diferente fe.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,3. Añade en seguida lo más horrible de todo, diciendo: "Y a vosotros os tendrán odio todos los hombres"; porque se empeñarán en arrojaros de todas partes, como si fuerais enemigos del género humano. Pero en seguida los consuela con las palabras "a causa de mi nombre" y con aquellas otras: "El que perseverare hasta el fin, será salvo". Dice hasta el fin, porque acostumbran muchos a tener mucho fervor al principio y luego decaen completamente; porque ¿qué utilidad se saca de las semillas que dan flores al principio y después se secan? Por esta razón les exige una perseverancia suficiente.
San Jerónimo. No consiste la virtud en principiar, sino en concluir.
Remigio. Y no se da el premio a los que principian, sino a los que perseveran.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 33,5. A fin de que nadie pueda decir: Que todo lo hizo Cristo en los Apóstoles y que nada tiene de particular el que ellos hicieran tales cosas, puesto que ninguna incomodidad sufrieron, les dice, que tenían necesidad de perseverar. Porque, si bien es cierto que habían salido bien de los primeros peligros, aun tenían reservados otros mayores y después vendrían otros nuevos y no tendrían durante su vida momento alguno sin estar rodeados de emboscadas: y esto es lo que les da a entender, aunque de una manera oculta, por las palabras "El que perseverare hasta el fin, será salvo".
Remigio. Esto es, aquel que no abandonare los preceptos de la fe y no desfalleciere en las persecuciones, será salvo; porque recibirá el reino de los cielos como premio de las persecuciones de los hombres. Y es de notar, que la palabra fin no siempre significa conclusión, sino perfección, conforme con aquellas palabras: "El fin es Cristo" ( Rom 10,4), de donde resulta, que las anteriores palabras pueden tener el siguiente sentido: El que perseverare hasta el fin, esto es, en Cristo.
San Agustín, de civitate Dei, 21,25. Porque perseverar en Cristo, es perseverar en su fe, en aquella fe que se realiza por la caridad ( Gál 5).
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena