sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

domingo, 21 de junio de 2026

San Luis Gonzaga, Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Luis Gonzaga, príncipe de la casa de Mantua, tan ilustre por el desprecio que hizo de las grandezas del mundo como por la inocencia de su vida, fue hijo de Ferrante ó Fernando, marqués de Castellón, y de Marta de Tana, de las mejores familias de Quiers en el Piamonte. Hallóse ésta tan apurada en el parto de nuestro santo, que llegaron á deshauciarla los médicos; pero apenas ofreció á la Virgen el fruto que tenía en sus entrañas, cuando le dió á luz con toda felicidad el día 9 de marzo de 1568. Bautizáronle de socorro luego que nació, y pocos días después se le puso el nombre de Luis por su padrino y deudo muy cercano Guillelmo, duque de Mantua, cabeza de la casa de Gonzaga.

Persuadida la piadosa marquesa de Castellón á que la primera obligación de una madre es dar á su hijo la mejor educación, luego que vió á Luis capaz de recibirla, tomó de su cuenta el darle ella misma la más piadosa y la más cristiana. Desde luego se conoció que no necesitaba de muchas instrucciones la bella índole del niño, cuyo aire, cuyas inclinaciones y cuya natural propensión á la virtud desde entonces le merecieron el renombre de ángel.

El marqués, soldado de profesión y de genio, observando la viveza de su hijo, se persuadió que se inclinaba á las armas, y á los cinco años de edad le llevó consigo á Casal. Mostraba Luis grande gusto en los ejercicios militares, y en esto lisonjeaba mucho el de su padre; pero al niño le hubo de costar cara aquella marcial inclinación, porque, habiendo cargado él mismo una pieza de campaña que estaba en la muralla, y habiéndola dado fuego incautamente, faltó poco para que al retroceder la cureña no le hubiese hecho pedazos la violencia de las ruedas. Ni fué éste el único peligro que corrió. Con el trato de los soldados se le pegaron algunas palabras demasiadamente libres; pero apenas fue reprendido por su ayo, cuando las miró con el mayor horror, y aunque las había dicho sin entender su significado, ésta fué la mayor culpa que cometió en toda la vida, llorándola amargamente en toda ella y haciendo rigurosa penitencia.

Al paso que Luis crecía en edad, iba también creciendo en juicio y en virtud. Entregóse tan totalmente á Dios desde la edad de siete años, que asegura el cardenal Belarmino era ya su vida perfecta en aquella tierna edad. Tenía ya desde entonces sus devociones arregladas, en cuyo cumplimiento era tan exacto, que se observó no haber faltado ni una sola vez á ellas aun en tiempo que por espacio de diez y ocho meses le debilitaron unas molestas cuartanas.

Enamorado el marqués del juicio y de las grandes prendas de su hijo, no omitió medio alguno de cuantos pudiesen conducir á cultivarlas y á darle una educación digna de su nacimiento. Llevóle á la corte del gran duque de Toscana, estrecho amigo suyo; y aunque el aire de la corte suele ser tan contagioso, singularmente para la juventud, nada alteró la inocencia de nuestro Luis. Hizo en Florencia asombrosos progresos en el camino de la perfección, reduciéndose todas sus diversiones á la oración y al estudio. Desde entonces hizo propósito de no jugar en su vida á juego alguno, y jamás le quebrantó. Creció tanto su fervorosa devoción á la santísima Virgen, que á los nueve años hizo voto de perpetua castidad. En la observancia de esta virtud era excesiva su delicadeza. Nunca permitió que le vistiese ni le desnudase su ayuda de cámara, y desde aquella edad se impuso la ley de no mirar jamás á la cara á mujer alguna.

Desde la corte de Florencia pasó á la del duque de Mantua, su cercano pariente; y en vez de deslumbrarle aquel nuevo teatro del esplendor y de la grandeza de su casa, allí fué donde resolvió dejar al mundo. Sirvióle de pretexto la falta de salud para salir de la corte y restituirse á casa de sus padres. Pasando por ella san Carlos Borromeo descubrió y admiró los tesoros de gracia y de perfección que encerraba el alma del santo niño; exhortóle á que cuanto antes comulgase por la primera vez; encargóle que después lo repitiese con frecuencia, y le dió otros muchos consejos espirituales que el joven príncipe tuvo gran cuidado de poner en práctica. No es fácil explicar la tierna devoción y los fervorosos afectos con que aquella inocente alma recibió por la primera vez á Jesucristo; inflamado el semblante, y bañados sus ojos en dulces lágrimas, daban testimonio del divino fuego que abrasaba aquel tierno corazón. Por toda su vida fué la devoción al Santísimo Sacramento la más sobresaliente de todas sus devociones, pasando horas enteras en su presencia al pié de los altares.

Aplicábase ya entonces al estudio de las letras; pero éste no debilitaba ni distraía el espíritu interior, que tenía cuidado de fomentar con el rigor de la penitencia. No parece podía subir más de punto el santo odio que se tenía á sí mismo, ni que podía juntarse mayor inocencia con mayor austeridad. Ayunaba tres días á la semana, y muchos á pan y agua. Sus penitencias pudieran acobardar á los religiosos más austeros. Muchas veces se notaba salpicado de su inocente sangre hasta el techo de su cuarto; no pocas era su cama la desnuda tierra; por no tener cilicios se aplicaba á sus delicadas carnes un cinto cuajado de estrellitas de espuelas; nunca se arrimaba al fuego, ni aun en el mayor rigor del invierno, y algunas noches se levantaba medio desnudo, pasando así muchas horas en oración.

Enviáronle á la corte de Felipe II, donde desde luego se hizo admirar su anticipada madurez y su elevada santidad tanto como en todas partes. Parece que el Señor como que se complacía en irle mostrando á varias cortes de la Europa, para convencer con su ejemplo que la virtud no está reñida con alguna condición, y que la inocencia puede y debe acompañarse con todas las edades.

Hallándose en España, tomó la resolución de abrazar el estado religioso. Los grandes ejemplos de virtud, de observancia, de desprendimiento del mundo que había notado en los padres capuchinos y en los barnabitas durante su residencia en Casal, y aquel espíritu de penitencia y de recogimiento interior que admiraba en los carmelitas descalzos, le inclinaron algo al principio á entrar en alguna de estas sagradas religiones; pero al fin se resolvió á entrar en la Compañía de Jesús, por cuatro ó cinco razones que él mismo declaró. Primera: Porque, siendo más reciente su instituto, por precisión se había de conservar en su primitivo fervor. Segunda: Por el voto que en él se hace de no admitir dignidades eclesiásticas. Tercera: Porque en él se enseña á la juventud virtud y letras. Cuarta: Porque los jesuítas se dedican por su instituto á la conversión de los herejes y de los gentiles en todas las partes del mundo. A estas cuatro razones añadía otra, y era la particular devoción que había observado se profesaba á la santísima Virgen en la Compañía; lo que confesaba no haber contribuido poco á determinarse á esta elección. Juntóse á todo esto que un día de la Asunción de esta gloriosa reina á los cielos, después de haber comulgado le pareció haber percibido clara y distintamente una voz, articulada por el hermoso simulacro de la soberana reina, que con el título del Buen Consejo se venera en el colegio imperial de Madrid, intimándole entrase en la Compañía.

Pero la gran dificultad era conseguir la licencia y el consentimiento de sus padres. No hubo vocación más examinada, ni mejor probada. Pusiéronse en ejecución para desviar á Luis de su piadosa resolución cuantos medios pudo sugerir la reflexión á su elevado nacimiento, la circunstancia de primogénito, la ternura de sus padres y las lágrimas de sus vasallos. Lleváronle de propósito por las cortes de los príncipes de Italia; dispúsose que le hablasen personas constituidas en dignidad para disuadirle de que se hiciese religioso, pero todo fué en vano, hasta que el mismo marqués, su padre, después de una repulsa demasiadamente seca y desabrida que le dio, encontrándole un día postrado á los pies de un crucifijo, con unas crueles disciplinas en la mano, bañado en lágrimas y en sangre, para conseguir de Dios lo que los hombres se obstinaban en negarle, atónito y enternecido, no menos que temeroso de resistir más tiempo á una vocación tan declarada, se rindió en fin á los santos deseos de su hijo, aunque quiso que antes de ponerlos en ejecución pasase á Milán á terminar algunos negocios de la familia.

Mostró en el manejo de ellos su gran capacidad, y faltó poco para que esto mismo le perjudicase, sirviendo de nuevo embarazo á sus intentos; porque prendado el marqués de la destreza con que había dado dichoso fin á unos negocios tan graves como espinosos, no se pudo resolver á dejarle partir, y así le dijo á su vuelta de Milán: Mucho te engañaste si creíste que yo consentiría en tu determinación; pensarás en eso cuando tengas veinte y cinco años, y en este supuesto puedes tomar tus medidas. Sobrecogido Luis al oír una resolución tan no esperada, se arrojó á los pies del marqués, y con aquella ingenuidad que siempre le ganaba los corazones de todos, le dijo: No permita Dios, amado padre y señor, que yo me aparte jamás de vuestra voluntad; en todo y por todo seréis siempre obedecido. Solo os suplico tengáis á bien os represente que Jesucristo me llama á su compañía; si vos no me permitís entrar en ella, ciertamente os oponéis á la voluntad de Dios.

Hicieron impresión estas palabras en el corazón del marqués; echóle los brazos al cuello, bañóle con sus lágrimas, y teniéndole abrazado por un rato, sin poder articular palabra, al cabo rompió en estas voces: Hasme abierto, hijo mío, una herida en mi corazón, que manará sangre por mucho tiempo: yo te amo, y tú lo mereces; tenía fundadas en ti todas las esperanzas de la familia; pero pues estás tan cierto de que Dios te llama á su compañía, ya no te detengo; ve, hijo mío, adonde te llama el Señor. Acabando de decir estas palabras, se retiró el marqués deshaciéndose en amargo llanto. Tampoco dejó de enternecerse un poco nuestro Luis; pero inundado por otra parte de gozo, se postró delante de un Crucifijo, y renovó su sacrificio.

Partió luego á Mantua, donde hizo la renuncia del marquesado en favor de su hermano Rodulfo con licencia del emperador, y despedido de sus padres y parientes, se encaminó á Loreto. En aquella santa capilla corrió, por decirlo así, libremente su devoción y su ternura á la santísima Virgen, desahogándose el corazón en inflamados afectos y en lágrimas de amor. Allí renovó el voto de castidad después de haber comulgado; y consagrándose de nuevo á la Madre de Dios, partió para Roma, donde, recibida la bendición del sumo pontífice, y habiendo visitado á los cardenales parientes suyos, entró en el noviciado el año de 1585, no habiendo cumplido los diez y ocho de su edad, y habiendo arribado ya á una elevada perfección.

Los rápidos y extraordinarios progresos que hizo en aquella escuela de virtud asombraron á los más perfectos. Desde luego se impuso una inviolable ley de observar con la última exactitud y puntualidad hasta las más menudas reglas. No era fácil, ni apenas posible, que subiese más de punto la observancia. Nada tuvieron que hacer los superiores sino moderar su fervor, y poner límites á los deseos de hacer grandes penitencias. La mayor falta que cometió en los dos años de noviciado fué haber levantado los ojos, y mirado á su hermano que estaba comiendo junto á él en la misma mesa. Ninguno olvidó más perfectamente que él á su pueblo y á la casa de sus padres. Vino un vasallo suyo á empeñarle en cierto negocio, y le respondió que, como había dos años que estaba muerto al mundo, ya no tenía en él ni crédito ni poder.

El santo odio y desprecio de sí mismo no podía ser mayor. Cualquiera señal de distinción que se hiciese con él, era para Luis una verdadera pesadumbre. Jamás se excusó ni se disculpó, aunque tuviese mil razones para hacerlo; y llegó á tener escrúpulo de que sentía demasiada complacencia en ser reprendido. Era exquisito el gusto que experimentaba en los ejercicios más humildes y más repugnantes; tanto, que juzgó se debía acusar de lo mucho que había contentado á su amor propio yendo por las calles de Roma con un vestido vil, y pidiendo limosna. Del mismo principio nacía aquel perfecto desprendimiento de todas las cosas y aquel espíritu de pobreza que le hizo verdadero discípulo de Jesucristo. Un libro encuadernado con alguna curiosidad, un rosario menos común y dos sillas en su aposento eran allí alhajas que lastimaban su delicadeza; ni jamás fue posible hacerle admitir un mueble de bien poca consideración que le envió su madre la marquesa, juzgando que tenía mucha necesidad de él; y costó gran trabajo reducirle á que recibiese dos estampas de papel, una de santo Tomás de Aquino, y otra de santa Catalina, por la particular devoción que profesaba á estos santos.

Notábase siempre en él una igualdad y una tranquilidad inalterable; la que singularmente se reconoció en la muerte de su padre, que sucedió poco tiempo después que entró en la Compañía. Sabíase el tierno amor que le profesaba, y con todo eso apenas mostró otro sentimiento que levantar los ojos y las manos al cielo, y dar gracias á nuestro Señor de que en adelante podría decir sin estorbo y á boca llena: Padre nuestro, que estás en los cielos.

Como tenía tan puro el corazón, continuamente estaba en la presencia de Dios, sin perderle jamás de vista. Dando cuenta de su conciencia, dijo con ingenuidad que en el espacio de seis meses solo se había distraído á su parecer, como por el tiempo de un Ave María. Temiendo el superior que los grandes dolores de cabeza que padeció toda la vida fuesen efecto de una intensa aplicación á la oración, le suspendió este ejercicio por algún tiempo, pero fue peor el remedio que la enfermedad. No sé qué hacer, decía el santo con gracia, mándanme que no piense en Dios, porque no me haga daño á la cabeza, y me le hace mucho mayor el trabajo que me cuesta el no pensar. Casi desde la cuna tuvo un don de oración muy elevado, siendo Dios su principal y aun su único maestro. Cuando el célebre cardenal Belarmino explicaba los ejercicios á los hermanos estudiantes del colegio, en tocando ciertos preceptos ó reglas de meditación, solía decir: Esto lo aprendí de nuestro Luis.

Tenía tan mortificados todos sus sentidos, que parecía haber casi perdido el uso de ellos. Frecuentaba muchas veces alguna pieza ó algún sitio, y no podía dar señas de él; solo paraba la atención á lo que comía, para escoger lo que era más ingrato al paladar; de manera que la mortificación era siempre la salsa de su comida. Era tan detenido en el hablar, que tocaba la raya de escrúpulo su circunspección; mas no por eso dejaba de ser muy divertida su conversación, ni le faltaba una sal muy delicada para sazonarla.

Juzgando los superiores que diría bien á su salud el aire de Nápoles, le enviaron allá para acabar los estudios, cuya aplicación en nada entibió su fervor. Como era de un ingenio pronto, delicado y perspicaz, sobresalió mucho en ellos; y obligado á defender conclusiones públicas al fin de sus estudios, le persuadía su humildad á que de propósito se mostrase ignorante, y hubo menester toda su docilidad y rendimiento para sujetarse en esto á su director y á su maestro. Mereció en aquella función los aplausos de todo el colegio romano, y no tuvo poco que padecer su modestia.

Pocos meses después que volvió á Roma, se suscitó cierta diferencia entre su hermano Rodulfo y el duque de Mantua sobre la sucesión al señorío de Solferino, con cuya ocasión se vió precisado el padre general á enviarle á Castellón. Recibíanle en todas partes como á un ángel venido del cielo, y la marquesa su madre luego que le vió se sintió movida de cierta veneración, que sin libertad la hizo poner las rodillas en tierra; tanto fué el respeto y tan grande el concepto que formó de la santidad de su hijo. Siempre que salía de palacio se encontraba con una multitud de gente, formada en dos alas, que le llenaba de bendiciones y se deshacía en tiernas lágrimas, y cuando se retiraban todos á su casa, decían: Ya hemos visto al santo.

No obstante lo irritado que estaba el duque de Mantua con el marqués de Castellón, y en medio de hallarse los ánimos sobradamente encendidos, apenas les habló este ángel de paz cuando se compusieron las diferencias; restituyósele al marqués el señorío de Solferino, y quedó más sólida y estrechamente arraigada que nunca la amistad entre los dos príncipes. Nunca se vió reconciliación más sincera, y desde luego se calificó por uno de los primeros milagros de san Luis. Ni fué éste el único que obró durante su estancia en Mantua y en Castellón. Fueron pocos los señores de las dos cortes que no se moviesen y no se reformasen con la conversación del joven jesuíta. Obligóle el rector del colegio de Mantua á que hiciese una plática doméstica á la comunidad; y él la hizo sobre la caridad con tanto fervor y con tanta moción, que todos quedaron muy edificados. Antes de salir de Castellón pidió la marquesa á los superiores que obligasen á Luis á que predicase á sus vasallos; hízolo á un prodigioso concurso, y con fruto tan copioso, que, al acabarse el sermón, se confesaron más de setecientas personas, y se consideraron como otros tantos milagros las muchas conversiones que se siguieron.

No teniendo ya que hacer en Castellón, recibió orden de pasar á Milán para continuar sus estudios; pero luego que llegó se halló con otra del general, en que se le mandaba restituirse á Roma. Obedecióle con el mayor gusto, y más habiéndosele dado á entender en la oración, con no sé qué cierta seguridad, que se acercaba el fin de su vida. Aunque toda ella había sido una continua preparación para la muerte, en este último año redobló su fervor. Hízose tan tierno y tan encendido su amor á Dios, que, solo con oírle nombrar, sensiblemente se alteraba é inflamaba el semblante. Cualquiera rasgo, cualquiera expresión afectuosa que se oyese en la lectura del refectorio bastaba para obligarle á interrumpir la comida, haciendo tal impresión en su pecho, que no la podía contener sin que se explicase en dulces lágrimas por los ojos. Con solo ver una estrella ó una flor crecían sus incendios. Teníase gran cuidado en las conversaciones de evitar ciertas voces algo más afectuosas y expresivas, por excusarle una alteración que podía perjudicar gravemente á su salud. Los mismos efectos producía su tierna devoción á la santísima Virgen; y siempre que comulgaba se quedaba como extáticamente arrebatado.

Afligida por este tiempo toda la Italia con una enfermedad popular, se refugiaron á Roma todos los pobres de las cercanías, y fue aquella ciudad doloroso teatro de la más triste miseria. Distinguióse mucho en aquella ocasión la caridad de los padres de la Compañía; porque, además de su asistencia á todos los hospitales de la ciudad, erigió ella uno á su costa, en el cual el mismo padre general servía á los enfermos. Imitaron este ejemplo todos los jesuítas del colegio romano y de la casa profesa; pero se hizo distinguir entre todos el fervor de nuestro Luis. No fué posible moderar su caridad y su celo; pero aunque se le procuró contener y libertar, destinándole á un hospital donde solo se recogían los enfermos que estaban fuera de peligro, quiso la divina Providencia que la caridad consumase aquella preciosa víctima.

Habíase llevado el contagio á muchos jesuítas, y no perdonó á nuestro santo. Apenas se sintió tocado, cuando no pudo disimular su alegría, tanto que hizo escrúpulo de ella, y consultó al padre Belarmino si habría alguna culpa en regocijarse tanto con la muerte, ó si en esto se podría esconder algún artificio del amor propio. Como desde luego se descubrió violenta la enfermedad, pidió con instancia se le administrasen los sacramentos, y los recibió con tanta serenidad y con tanta devoción, que sacó las lágrimas á todos los circunstantes. Acordóse entonces de que varias veces le habían dicho que á la hora de la muerte había de tener escrúpulo de sus excesivas penitencias, y suplicó al padre rector asegurase á todos que este punto no le daba el más mínimo cuidado, y que solo sentía no haber podido conseguir licencia de los superiores para hacer muchas más.

Declinó después su enfermedad en una calentura héctica, que parece solo le dilató algo más de vida para que nos dejase más ejemplos de virtud, y para que con los nuevos trabajos acaudalase mayores merecimientos. Oyendo decir que las enfermedades epidémicas que reinaban iban degenerando en peste, pidió licencia al padre general para hacer voto de asistir á los apestados, si Dios le diese salud; y obtenido el permiso, hizo el voto con nuevo fervor. Los cardenales de la Rovera y Gonzaga, sus parientes, que le visitaban con frecuencia, no acertaban á separarse de él, y salían siempre con el corazón penetrado de dolor y sensiblemente movido con la devota impresión que hacían en todos sus palabras. No pudiendo disimular el consuelo que sentía su alma de verse morir jesuíta, todas las veces que le visitaba el cardenal Gonzaga le repetía las gracias por los buenos oficios que le había hecho para allanar las dificultades que se oponían á su vocación.

Tenía siempre en la mano un Crucifijo, y una imagen de la santísima Virgen delante de los ojos. Habiendo recibido un expreso de la marquesa su madre, la escribió despidiéndose de ella en términos tan tiernos y tan fervorosos, que se deshacían en lágrimas cuantos leyeron la carta. Dijéronle después que los médicos solo le daban ocho días de vida, y fué tanto su gozo, que rogó á los que se hallaban en su aposento le ayudasen á rezar el Te Deum en acción de gracias al Señor por una noticia tan alegre. Vínole á visitar un padre, y luego que le vio, exclamó como transportado: Marchamos, padre mío, y marchamos con alegría. Tres días antes de morir se puso sobre el pecho un Crucifijo, y con semblante risueño repetía sin cesar aquellas palabras del Apóstol: Deseo ser desatado, y estar con Jesucristo.

Aunque no se reconocía novedad alguna en su enfermedad, dijo positivamente con su acostumbrada y natural alegría que aquella noche moriría. Recibió la bendición apostólica in articulo mortis, que le envió su Santidad, y quiso también que le volviesen á administrar los sacramentos; después de los cuales pidió le leyesen la recomendación del alma con las últimas oraciones de la Iglesia; cuya postrera función enterneció y movió tanto á los circunstantes, que todos se querían encomendar á las del mismo moribundo. En fin, el jueves por la noche 21 de junio de 1591, en que aquel año cayó la octava del Corpus, entregó dulcemente su dichoso espíritu en manos de su Criador, á los 23 años, 3 meses y 11 días de edad, y á los seis de su entrada en la Compañía.

Cuando se divulgó por Roma que había muerto san Luis Gonzaga, excitó esta noticia en los ánimos de todos aquellas impresiones de admiración, de devoción y de respeto que de ordinario suele causar la muerte de los justos. Resonaba en todas partes de la ciudad esta voz general: Murió el santo. Concurrían todos á besarle los pies y las manos, solicitando alguna reliquia suya. Fué tan grande el concurso á su entierro, y tanto el tropel de los que se abalanzaban á besarle los pies, ó á tocar por lo menos el féretro, que fué preciso interrumpir muchas veces el oficio. En fin, enterróse el santo cuerpo en la iglesia del colegio romano, dedicada á la Anunciación, y desde luego comenzó Dios á manifestar la santidad de su siervo por los muchos milagros que obró á su intercesión, haciendo célebre y gloriosa su sepultura.

Siete años después, con aprobación del sumo pontífice, fué su santo cuerpo elevado de la tierra; y colocado en una caja de plomo, se metió en el grueso de la pared de la misma capilla de la Virgen. Treinta años después, el de 1621, le beatificó el papa Gregorio XV, permitiendo á los religiosos de la Compañía que rezasen de él el día 21 de junio, que fué el de su muerte. El de 1699 fueron trasladadas con grande solemnidad sus preciosas reliquias á la magnífica capilla de la misma Iglesia, que el marqués Scipión Lancelloto hizo fabricar en honor del santo, y es reputada por una de las más ricas y más brillantes de Roma. Finalmente, el último día del año de 1727 el papa Benedicto XIII le canonizó y le puso en el catálogo de los santos.

El autor de la vida de santa María Magdalena de Pazzis asegura que el día 4 de abril del año 1600, estando la santa en uno de sus acostumbrados éxtasis, comenzó á exclamar de repente con una especie de entusiasmo: «¡Oh qué gloria es la de Luis, hijo de Ignacio! Nunca la hubiera creído, si no me la hubiera mostrado el Señor. Paréceme que no he visto en el cielo gloria igual á la de Luis; digo que Luis es un gran santo. Tenemos muchos santos en la Iglesia que no creo estén tan elevados. Quisiera poder ir por todo el mundo para decir que Luis, hijo de Ignacio, es un gran santo; y quisiera poder mostrar la gloria de que goza, para que fuese glorificado el mismo Dios; fué elevado á grado tan sublime, porque trajo una vida interior. ¿Quién pudiera explicar el valor y el precio de la vida interior? No hay comparación de la interior á la exterior. Mientras Luis vivió acá abajo, siempre tuvo fijos los ojos en el divino Verbo. Luis fué mártir oculto, porque el que os conoce, mi Dios, os conoce tan grande y tan amable, que es un verdadero martirio ver que no os ama tanto como desea amaros, y que, lejos de ser amado de las criaturas, seáis ofendido. Fue también mártir, porque él mismo se atormentó mucho. ¡Oh cuánto amó Luis en el mundo! Por eso goza ahora de Dios en el cielo con una plenitud de amor. Cuando estaba en esta vida mortal continuamente lanzaba flechas de amor al corazón del Verbo; ahora que está en el cielo vuelven estas flechas hacia el mismo corazón, y se mantienen clavadas en él, porque los actos de amor y de caridad que hacía entonces le causan una extremada alegría.» Dichas estas palabras, enmudeció la santa por un rato, teniendo fijos los ojos en el cielo, y después exclamó: «Yo quiero aplicarme á ayudar á las almas, para que, si alguna de las que ayudare fuere al cielo, ruegue á Dios por mí, como lo hace Luis por todos aquellos que le hicieron este beneficio.»

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.