sábado, 20 de junio de 2026
San Silverio, Papa y Mártir
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Jud. 1, 17-21)
Léctio Epístolæ beáti Judæ Apóstoli. Caríssimi: Mémores estóte verborum, quæ prædícta sunt ab Apóstolis Dómini nostri Jesu Christi, qui dicébant vobis, quóniam in novíssimo témpore vénient illusóres, secúndum desidéria sua ambulántes in impietátibus. Hi sunt, qui ségregant semetípsos, animáles, Spíritum non habéntes. Vos autem, caríssimi, superædificántes vosmetípsos sanctíssimæ vestræ fídei, in Spíritu Sancto orántes, vosmetípsos in dilectióne Dei servate, exspectántes misericórdiam Dómini nostri Jesu Christi in vitam ætérnam.
Vosotros, queridos míos, acordaos de las palabras que os fueron antes dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo, los cuales os decían que en los últimos tiempos han de venir unos impostores, que seguirán sus pasiones llenas de impiedad. Estos son los que se separan a sí mismos de la grey de Jesucristo, hombres sensuales, que no tienen el espíritu de Dios. Vosotros al contrario, carísimos, elevándoos a vosotros mismos como un edificio espiritual sobre el fundamento de nuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, manteneos constantes en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para alcanzar la vida eterna. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Carta de San Judas — Cornelio a Lápide
Jud. 1, 17-21
Mas vosotros, amados. — Esta es la conclusión, en la cual, después de haber expuesto los fraudes y los vicios de los herejes, exhorta a los fieles a mantenerse constantemente en la doctrina y en las amonestaciones de los Apóstoles, y a huir de aquellos hombres como de pestes.
Acordaos de las palabras que fueron predichas (esto es, dichas de antemano, dichas antes: así el siríaco, el arábigo, Pagnino y otros) por los Apóstoles, — como por San Pedro, Epíst. II, cap. III, v. 2; por San Pablo, I Tim., cap. I, v. 1, y Epíst. II, cap. III, v. 2, donde previenen a los fieles que se guarden de los herejes que pronto habían de levantarse, y que en parte se habían levantado ya. Véase lo que allí se dice.
Burladores. — En hebreo לצים letsim, esto es, escarnecedores, mofadores: así llaman a los hombres más perversos, que se burlan de todas las cosas divinas y humanas, como hacen los herejes. Hugo: «que se mofan de los fieles», como los judíos se mofaron de Cristo, de suerte que con razón pueden ser llamados anticristos; Dionisio: «que engañan a los sencillos» con dulces palabras, con hipocresía y fingimiento de piedad. Pero sobre todo los gnósticos se burlaban de la providencia y del juicio de Dios, para que, sin temor de Él, pudiesen entregarse libremente a sus concupiscencias. De ahí que en son de burla decían: ¿Dónde está su promesa o su venida? II Pedro III, 4.
Que andan según sus propios deseos en impiedades. — En griego ἀσεβειῶν, esto es, de impiedades, como si dijera: Sus deseos son deseos de impiedades, es decir, de cosas impías y muy impías. El siríaco: que andan según sus concupiscencias en pos de la impiedad; el arábigo: corren en sus deseos de deshonestidad.
Estos son los que a sí mismos se separan, — de la Iglesia y de la asamblea de los fieles, y por consiguiente de Dios, de Cristo y del cielo, haciendo un cisma, una Iglesia y secta propia; el «a sí mismos» falta en el griego. Por lo cual Ecumenio, vertiendo el griego ἀποδιορίζοντες, esto es, los que distinguen, dividen, discriminan, segregan, exterminando o más bien poniendo fuera de los límites, lo explica así: «Los que ponen fuera de los límites, es decir, los que apartan a los hombres y los separan fuera de los términos de la Iglesia, esto es, fuera de la fe y del sagrado tabernáculo de la Iglesia. Pues cuando han convertido sus moradas y reuniones en cuevas de ladrones, los arrebatan de la Iglesia y los arrastran hacia sí.» Por eso los Apóstoles desde el principio, por la unidad de la Iglesia y la comunión de los fieles, y para conocer, cuidar y promover mejor a todos, exhortaban encarecidamente a los cristianos a frecuentar las Iglesias y las asambleas comunes. De ahí, Hechos cap. II, v. 46: «Perseverando cada día unánimes en el templo»; y cap. XX, v. 7: «Habiéndonos reunido para partir el pan»; y I Cor. cap. XI, v. 20: «Cuando os reunís, pues, en un mismo lugar»; a los Hebreos X, 23: «No abandonando nuestra asamblea.» Clemente de Roma, libro II de las Constituciones Apostólicas, cap. LIX: «Reuníos», dice, «en la Iglesia cada día, mañana y tarde, para cantar los salmos.» San Ignacio, epíst. 6 a los Magnesios: «Venid todos juntos a orar en el mismo lugar, haya una sola oración común»; y epíst. 11 a Policarpo: «Celébrense con más frecuencia las asambleas y los sínodos, buscad a todos por su nombre.» Añade además la razón por la cual se separan, cuando dice:
Animal [sensual], — no de anima (alma) sino de animalidad, dice Hugo. Mas también anima significa esto, cuando se distingue de animus, esto es, de la parte superior. De ahí Accio en los Epígonos, citado por Nonio: «Por el animus somos sabios, por el anima vivimos; sin el animus el anima es flaca.» Los herejes, pues, son llamados «animales» por el alma sensitiva y vegetativa, a la cual sirven del todo; porque, como los animales, no siguen la razón sino el sentido, y viven en las concupiscencias de la carne, «no teniendo el espíritu»; el siríaco y el arábigo: en quienes no hay espíritu, como si dijera: Todos ellos son meros animales, mera carne; por eso no tienen nada de espíritu: pues «el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios», I Cor. II, 14. Y también: «Quien se aparta y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios», dice San Juan, Epíst. II, 9. La razón, pues, por la cual se separan de la Iglesia es porque son animales. Porque así como los animales siguen su propio antojo, así ellos siguen su propio cerebro y juicio, negándose a creer y a someterse al juicio de la Iglesia y de sus Rectores. De ahí que el arábigo traduce: o vivientes. En segundo lugar, porque como los animales siguen sus propios apetitos — no los de la razón y del espíritu, sino los del sentido, a saber, de la gula, la avaricia, la ira, la soberbia, la lujuria, etc. De ahí que Ecumenio traduce: viviendo según la constitución del mundo. Y también: «No tienen», dice, «el Espíritu, a saber, el Espíritu divino que habla en ellos, porque usan de una sabiduría diabólica.» Oye a San Bernardo, a los Hermanos del Monte de Dios: «El alma», dice, «es cosa incorpórea, capaz de razón, apta para dar vida al cuerpo. Esto hace a los hombres animales, cuando saborean la carne, adhiriéndose a los sentidos del cuerpo. Cuando empieza a ser no sólo capaz, sino también partícipe de la razón perfecta, al punto despoja de sí el nombre del género femenino, y se hace animus, partícipe de la razón, apto para gobernar el cuerpo, o aun poseyéndose a sí mismo como espíritu. Pues mientras es anima, pronto se afemina en lo carnal. Mas el animus, o espíritu, en nada medita sino en lo que es varonil y espiritual, etc. Animus, digo, en cuanto anima bien y perfecciona su animal con la añadidura de la razón libre; mas bueno, en cuanto ama ya su bien, por el cual se hace bueno, y sin el cual no podría ni ser bueno ni ser animus. Y el animus se hace bueno y racional amando al Señor su Dios con todo su corazón, temiendo a Dios y guardando sus mandamientos. Porque esto es todo hombre.»
Mas vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios. — El «edificándoos» depende de «conservaos».
En las Escrituras es frecuente la metáfora de los edificios, en la cual los hombres y los hijos son llamados «casas»; mas los fieles y los santos son llamados «templo de Dios», cuyo fundamento es la fe, que descansa sobre la piedra angular firmísima que es Cristo Jesús, «en quien todo el edificio, bien trabado, crece para ser un templo santo en el Señor», Ef. II, 21. Por tanto, cuando se edifican sobre la fe santa, levantan a Dios una augusta morada. De ahí que San Pablo añade allí: «En quien también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios»; y San Pedro, Epíst. I, cap. II, v. 1: «Acercándoos a Él, piedra viva, etc., también vosotros, como piedras vivas, sois edificados, casas espirituales.» Así pues, Cristo y los fieles adheridos a Cristo levantan y forman un noble templo místico de Dios, a saber, la Iglesia, cuyo fundamento es Cristo, cuyos muros son las Iglesias particulares y provinciales, cuyas piedras son cada uno de los fieles, que sobre Cristo, el fundamento, son edificados por la fe y la gracia. Más aún, cada uno de los fieles se edifica a sí mismo como un templo particular, o capilla, para Dios, según aquello: «Vosotros sois templo del Dios vivo», I Cor. VI, 16. El fundamento de este templo es la fe, los muros son la esperanza y las demás virtudes, el techo es la caridad. De ahí San Agustín, sermón 22 Sobre las palabras del Apóstol: «La casa de Dios», dice, «se funda creyendo, se levanta esperando, se perfecciona amando»; y Orígenes sobre el cap. IV a los Romanos: «Los primeros comienzos y los mismos fundamentos de la salvación son la fe; los progresos y aumentos del edificio son la esperanza; mas la perfección y corona de toda la obra es la caridad.»
Llama a la fe no santa, sino «santísima», para significar su admirable y suprema santidad: pues por muchos títulos, nombres y causas es santísima, como mostré en II Pedro II, 20. Opone la santísima, esto es, purísima, fe de Cristo a la impiísima e inmundísima secta y perfidia de los gnósticos.
En el Espíritu Santo (a saber, por el Espíritu Santo) orando. — Ecumenio refiere «en el Espíritu Santo» a «edificándoos», que precedía. Mejor, los códices romanos y otros lo refieren a «orando». «Porque el mismo Espíritu pide», esto es, nos hace pedir, «con gemidos inefables», Rom. VIII, 27. El arábigo traduce: manteneos sobre vuestra fe santa, cuando oráis en el Espíritu Santo.
El siríaco: «guardemos nuestra alma en el amor.» Une el amor o caridad a la oración: primero, porque la oración por el Espíritu Santo alcanza la caridad, según aquello: «La caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», Rom. v, 5; segundo, porque, para que Dios nos ame y conceda bienes a los que oran, quiere a su vez ser amado por nosotros; tercero, porque el fin, fruto, cumbre y perfección de la estructura de las virtudes — a saber, la fe, la esperanza y la oración — es la caridad, según aquello: «La plenitud de la ley es el amor», Rom. xiii, 10; y: «El fin del precepto es la caridad de un corazón puro», I Tim. i, 5: porque la caridad es la reina, más aún, el alma de todas las virtudes. Además, este amor de Dios incluye el amor del prójimo. Pues al prójimo se le ha de amar por Dios; porque así lo manda Dios, y así la caridad de Dios. Pues opone al cisma de los gnósticos la caridad de los fieles, para que, unidos por ella, conspiren y crezcan juntos en la única estructura de la Iglesia, según aquello de San Pablo: «Solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz», Ef. iv, 3. Porque, como dice San Agustín, tratado 2 sobre Juan: «La envidia separa, la caridad une.» Y el mismo, en la epístola 50 a Bonifacio: «Sólo la Iglesia Católica es el cuerpo de Cristo, del cual Él es la cabeza, el Salvador de su propio cuerpo. Fuera de este cuerpo el Espíritu Santo a nadie da vida, porque no es partícipe de la caridad divina quien es enemigo de la unidad.» Téngala, pues, cada uno, «para que crezca junto al árbol de la vida.»
Esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo (que os lleve) a la vida eterna, o bien, para que alcancéis la vida eterna. El arábigo: en la vida eterna. En ella sentiremos la inmensa misericordia de Dios, y la gozaremos en la visión y posesión de Dios. Exhorta a los fieles a retener firmemente la fe y la caridad de Cristo, alentándolos a la esperanza de la vida eterna, la cual sin duda alcanzarán de un Dios misericordioso si perseveran en la fe y la caridad. Con esta esperanza, como con un escudo, se han de rechazar y quebrantar todas las persecuciones, dificultades y tentaciones. De ahí que el siríaco traduce: «Guardemos nuestra alma en el amor de Dios, mientras esperamos la misericordia de nuestro Señor Jesucristo.» Porque la esperanza se apoya más en la misericordia de Dios que en nuestros propios méritos: primero, porque no tenemos méritos sino por la misericordia y la gracia de Dios; segundo, porque Dios no debe la gloria a nuestros méritos por justicia, sino que la ha prometido a ellos por misericordia. Así San Agustín, epístola 103. De ahí Pablo: «La gracia de Dios», dice, «es la vida eterna», Rom. vi, 23. Dios, pues, da a los fieles atribulados y afligidos, como consuelo y sostén poderosísimo, la esperanza (más aún, a Sí mismo en la esperanza), «la cual tenemos como áncora segura y firme del alma, que penetra hasta lo interior del velo», Heb. vi, 19.
Comentario a la Carta de San Judas, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, sobre la versión inglesa de dominio público (T. W. Mossman) · fuente: lapide.org (dominio público)