sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 19 de junio de 2026

Santa Juliana de Falconieri, Virgen

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué santa Juliana de Falconieri, ilustrísima por su linaje y celebérrima por su virginidad y su penitencia, gloria de la nobilísima ciudad de Florencia y fundadora de las religiosas Terciarias de los Siervos de María, á quienes por el gran manto de su hábito llamó el vulgo las Mantelatas. Nació hácia el año de mil doscientos y setenta, de la antigua y riquísima casa de los Falconieri, una de las más esclarecidas de la Toscana, y bienhechora insigne de la Orden de los Siervos de María, cuya basílica de la Santísima Anunciada costeó en gran parte su piadosa familia. ¡Cuán verdadero es que no da el Cielo tesoro más precioso á una casa que el de un santo salido de ella!

Sus padres fueron Carísimo Falconieri, ya muy anciano cuando ella nació, y Recordata, su esposa, tenida hasta entonces por estéril; y así fué esta hija concedida como fruto de largas oraciones, y como regalo con que quiso Dios coronar la vejez de aquel varón, que apenas la conoció, pues murió siendo ella muy niña. Mas no le faltó á Juliana quien supliese la falta del padre en el gobierno de su alma, porque tenía por tío á san Alejo Falconieri, hermano de su padre y uno de los siete santos varones que, consagrándose á Nuestra Señora el día de su gloriosa Asunción del año de mil doscientos treinta y tres, dieron principio á la Orden servita. Este venerable anciano, que había de morir centenario, tomó á su cargo la crianza de la sobrina, y le infundió con la leche de la doctrina el espíritu de su Orden: la tierna devoción á los Dolores de la santísima Virgen y el amor á la penitencia.

Correspondió la niña á tan santo magisterio con maravillosa precocidad, pues, según se refiere, las primeras palabras que formaron sus labios fueron los dulcísimos nombres de Jesús y de María, y en ellos halló desde la cuna todo su regalo. Créese que, viéndola tan aventajada en la virtud, dijo un día san Alejo á la madre: «No te ha dado Dios una hija, sino un ángel; seguramente la destina para cosas grandes.» Y no salió vana la profecía de aquel santo, si es que lo fué; que el Señor, quien pone su complacencia en los corazones humildes, tenía dispuesto servirse de aquella doncella para levantar en su Iglesia una nueva familia consagrada á su Madre dolorosa.

Llegada á la edad en que las hijas del siglo no piensan sino en agradar á los ojos de los hombres, tratáronle sus deudos de casarla ventajosamente, y aun se dice que hubo un pretendiente de su misma sangre; mas Juliana, que tenía ya dado su corazón al Esposo celestial, todo lo desechó por conservar entera la flor de su virginidad. ¿Qué partido de la tierra podía contentar á quien había puesto su amor en el Rey del cielo? No teniendo aún cumplidos los catorce años, recibió de mano de san Felipe Benicio, entonces General de la Orden, el hábito de terciaria servita en la misma iglesia de la Anunciada; y al año siguiente, haciendo profesión perpetua, tomó del mismo santo el velo, siendo, según piadosamente se cuenta, la primera que vistió el gran manto de que las de su Instituto tomaron nombre. Despidióse de ella san Felipe anunciándole que no la vería más en este mundo, y así fué, porque murió aquel mismo año.

No por eso voló luego al claustro, que quiso antes ejercitarse largo tiempo en la más callada de las virtudes. Quedóse en el siglo al lado de su madre para asistirla en la vejez y gobernar la hacienda, dando en ello ejemplo de aquella caridad que empieza por los más cercanos; y sólo cuando la muerte le arrebató á la madre, contando ella cerca de treinta y cuatro años, se desasió del todo del mundo. Repartió entonces sus bienes entre los pobres, y, juntándose con otras piadosas mujeres, compró y dispuso una casa que fué el primer convento regular de las Terciarias servitas en Florencia. Elegida por común aclamación superiora de la naciente congregación, hubo de resistirse por humildad, arrojándose á los pies del Superior; mas, forzada al fin por la obediencia, la gobernó cerca de treinta y cinco años, y compuso, con parecer de los Padres servitas, el reglamento por que habían de regirse. Andando el tiempo aprobó solemnemente aquella regla el papa Martín Quinto.

Sería nunca acabar el referir las austeridades con que castigaba este cuerpo inocente. Ayunaba con rigor los miércoles y los viernes, en que solía no tomar por alimento sino la sagrada Eucaristía; los sábados, á pan y agua, en honra de la santísima Virgen; y los lunes, dedicados á las benditas ánimas del purgatorio, rezaba el oficio de difuntos y se ensangrentaba con la disciplina. Ceñía á las carnes un áspero cilicio, y trajo, según se atestigua, una cadena de hierro tan incorporada á su cuerpo que, muerta ya, apenas pudieron sus hijas arrancarla. Toda su vida fué un continuo combate contra el común enemigo, que la afligió con terribles tentaciones y desolaciones interiores; mas ella, guardando con sumo cuidado los sentidos, salía siempre vencedora. Refiérese que en la fuerza de una de estas batallas exclamó: «¡Señor, cuánto sufro! Con todo, vengan, si te place, todos los tormentos del infierno, con tal que no permitas que yo te ofenda.» Y otra vez: «¡Ah, que nadie me arrebate del corazón á mi Amor Crucificado!»

Correspondió el Señor á tanta fidelidad regalándola con frecuentes éxtasis en sus largas oraciones y con altísimos dones de contemplación; y de tal manera comunicó su virtud á las manos de la sierva, que sanó milagrosamente á muchos enfermos. Ni fué menor el celo con que trabajó por la salvación de las almas: apaciguaba discordias, reconciliaba enemigos, sosegaba los bandos que ensangrentaban las ciudades, y con sus ruegos alcanzaba la conversión de los pecadores y el alivio de los difuntos. Á sus hijas las enseñaba á estarse, como otra Magdalena, al pie de la cruz, en compañía de la Reina de los Mártires; que la meditación de la Pasión del Salvador y de los Dolores de su santísima Madre era el pan de cada día de aquellas siervas de María.

Pero donde más resplandeció la santidad de Juliana fué en su preciosa muerte, señalada con uno de los prodigios más raros que refieren las historias eclesiásticas. Cargada de años y de méritos, viósela afligida en sus postrimerías de gravísimos dolores de estómago y de continuos vómitos, que no le consentían tomar alimento alguno; y era su mayor tormento, no la enfermedad, sino verse por causa de ella privada de recibir el Pan de los ángeles, temerosa de profanar las sagradas especies. Obtuvo al cabo de su confesor, el Padre Santiago de Montereggio, religioso servita, que le llevasen á la celda la sagrada Hostia para adorarla siquiera y comulgar en espíritu. Suplicó que extendiesen sobre su pecho el corporal y que reposase un momento sobre él la Sagrada Forma; y he aquí que, al depositarla sobre el lienzo, desapareció la Hostia, como penetrando por el costado en el pecho de la Santa. En aquel arrobamiento exclamó ella: «¡Oh, Jesús dulcísimo!», y con estas palabras entregó su purísima alma al Esposo á quien tanto había amado. Era el día diez y nueve de junio del año de mil trescientos cuarenta y uno.

Quiso el Señor manifestar el secreto de aquella maravilla, porque, al amortajar el santo cuerpo, halló su discípula Juana Soderini grabada sobre el corazón la figura de una Hostia con la imagen de Jesucristo crucificado, viva señal del misterio que allí se había obrado. En memoria de tan singular favor llevan aún hoy las Mantelatas la imagen de una hostia en su escapulario, y es la gloriosa Juliana honrada como figura eucarística por excelencia, é invocada por los que padecen del estómago y no pueden retener el alimento, á semejanza del mal que ella sufrió. Ilustró Dios su sepulcro de la Anunciada con nuevos milagros; y andando el tiempo la puso la Iglesia en los altares: beatificóla el papa Inocencio Undécimo el año de mil seiscientos setenta y ocho, y la canonizó Clemente Duodécimo el diez y seis de julio de mil setecientos treinta y siete, señalando su fiesta el diez y nueve de junio. Aun entre las estatuas de los Fundadores de Órdenes que hermosean la basílica vaticana de San Pedro tiene la suya esta ilustre virgen florentina.

¡Dichosa el alma que, como Juliana, sabe hacer de su pecho un sagrario del Salvador! Aprendamos de esta insigne penitente á estimar en lo que vale el don inefable de la Eucaristía, á cuya mesa nos acercamos tantas veces con tibieza los que apenas sabríamos padecer una hora por no vernos privados de ella. Y volvamos también los ojos, con la santa Fundadora, á la Virgen dolorosa que ella tanto amó y á quien enseñó á sus hijas á servir al pie de la cruz; que quien de veras se acoge á tal Madre y de tal Pan se sustenta, tiene ya en la tierra prendas seguras de la gloria del cielo. Amén.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).