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jueves, 18 de junio de 2026

San Efrén Sirio, Confesor y Doctor de la Iglesia

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Efrén, á quien la piadosa antigüedad apellidó Arpa del Espíritu Santo y Columna de la Iglesia, uno de aquellos varones que Dios suscita en los siglos de peligro para que su verdad tenga defensores y sus altares tengan cantores. Nació hacia el año trescientos seis en Nísibis de Mesopotamia, ciudad entonces sujeta al imperio romano, en el seno de una familia cristiana; y su mismo nombre, que en la lengua de los siros vale tanto como fecundo, fué como profecía de la abundancia con que había de fructificar en la Iglesia, no en hijos de la carne, sino en aquellos innumerables escritos con que hasta hoy la edifica.

Crióse el niño en el santo temor de Dios, y bien presto dió muestras de aquella virtud que había de hacerle admirable; mas quiso el Señor, que en todo obra con altísima providencia, que no recibiese las aguas del bautismo sino á los diez y ocho años de su edad, para que se viese que no la sangre ni la crianza, sino su gracia, es la que hace á los santos. Túvole por maestro el gran san Jacobo, segundo obispo de Nísibis, aquel esclarecido varón que suscribió las decisiones del concilio de Nicea contra la impiedad de Arrio; y créese, según piadosa tradición, que el joven Efrén acompañó á su prelado á aquella augusta asamblea, si bien no lo aseguran con firmeza los que escribieron su vida.

Conociendo el santo obispo el ingenio y la piedad de su discípulo, hízole maestro de la escuela de Nísibis y confirióle el orden del diaconado; y en este grado quiso permanecer Efrén toda su vida, sin subir jamás á la dignidad sacerdotal. ¿Y quién no admirará aquí la profunda humildad de un hombre á quien todo el Oriente veneraba como oráculo, y que se juzgaba indigno de las gradas del altar? Tan bajo sentía de sí el que tan alto había de levantar á otros; porque tenía por cierto que la verdadera grandeza no está en los honores que el mundo reparte, sino en abatirse delante de Dios.

Retiróse á una cueva en las laderas del monte que domina á Edesa, y allí, entregado á la oración, al ayuno y al continuo estudio de las Escrituras, hacía una vida más de ángel que de hombre. No comía sino un poco de pan de centeno y algunas legumbres, y cubría su cuerpo con andrajos remendados; lloraba mucho, y refiérese de él que jamás se le vió reír, como quien traía siempre delante de los ojos la cuenta que hemos de dar y las eternas verdades. En aquel retiro compuso la mayor parte de sus obras, que fueron tantas, que uno de los antiguos las hace subir á treinta mil versos: comentarios á casi toda la Sagrada Escritura, discursos de doctrina y de penitencia, y sobre todo aquellos himnos suavísimos por los cuales le llamaron la Cítara del Espíritu Santo.

En este punto brilla singularmente el celo del santo diácono. Andaba por entonces sembrando sus errores el hereje Bardesanes, que, con su hijo Harmonio, los cundía entre el pueblo sencillo por medio de cantares agradables; que siempre supo el común enemigo servirse de lo dulce para introducir su ponzoña. Advirtió Efrén el daño, y con santa industria opuso arte al arte: compuso himnos católicos llenos de la verdadera doctrina, y los hizo cantar por coros de vírgenes en las iglesias, de suerte que el veneno de los herejes quedó desterrado por la misma música con que pretendía entrar. Así trocó las armas del enemigo en defensa de la fe, y enseñó que también el canto puede ser milicia de Cristo.

Cedida Nísibis á los persas por el tratado del año trescientos sesenta y tres, dejó Efrén su patria antes que vivir bajo el dominio de los infieles, y con sus discípulos pasó á Edesa, donde dió nuevo lustre á la célebre escuela y gobernó por muchos años la del canto sagrado. Movido del deseo de conocer al grande san Basilio, cuya fama de santidad y de doctrina llenaba la Iglesia, emprendió el largo viaje hasta Cesarea de Capadocia; y aquellos dos varones, columnas entrambos de la fe, se abrazaron con santo gozo. De Efrén dijo Basilio que era un hombre que sabía todo cuanto es verdad; y san Gregorio Niseno, hermano de Basilio, honró después la memoria del sirio con un elogio. ¡Dichoso comercio el de los santos, que se buscan y se aman en la tierra para reinar juntos en el cielo!

Mas donde resplandeció con mayor hermosura su caridad fué en la última obra de su vida. Sobrevino á Edesa, en el invierno de aquel duro año, una grande hambre; y como los ricos rehusasen abrir sus graneros, alegando que no hallaban persona fiel que repartiese con justicia, presentóse Efrén, y les dijo que él tomaría á su cargo aquel oficio. Fiáronse todos de su virtud, y el santo administró los caudales y los víveres con tan entera rectitud, y dispuso hasta trescientas camillas en que recoger y asistir á los enfermos, que fué padre de aquella ciudad afligida. No pensaba él sino en el bien de los pobres, sin reparar en su propio peligro; que quien tanto amaba á Cristo bien sabía hallarle en los desamparados.

Acabada esta obra de misericordia, volvióse á su cueva, y de allí á pocos días le llamó el Señor á recibir el premio de sus trabajos. Refiérese que contrajo el mal cuidando por su mano á los apestados, y así coronó con la caridad una vida toda de penitencia. Murió santamente el año trescientos setenta y tres; y tan grande fué la veneración que su nombre alcanzó desde luego, que san Jerónimo dejó escrito que en algunas iglesias se leían públicamente sus obras después de las Sagradas Escrituras. No hubo menester el proceso de los tiempos posteriores, porque el culto inmemorial de la Iglesia le tuvo por santo desde su dichoso tránsito; y en nuestros días quiso el papa Benedicto XV declararle Doctor de la Iglesia universal, honra que ningún otro Padre de los siros ha merecido.

Fué asimismo Efrén tiernísimo devoto de la santísima Virgen, hasta merecer que le apellidasen el mayor cantor de María entre los antiguos. Tejió en sus versos guirnaldas de títulos gloriosos, llamándola gloria de nuestra naturaleza, Medianera, puente misterioso que junta la tierra con el cielo, y llave que abre las puertas del paraíso; y fué de los primeros Padres que confesaron la pureza sin mancha de la Madre de Dios, y su oficio de patrona de los que están á punto de perderse. ¿Qué mucho que fuese tan fecundo en la doctrina quien tan de veras amaba á la Maestra de la sabiduría?

Refiérese, por último, que vió en sueños brotar de su lengua una vid cuyos sarmientos y racimos se extendían por muchas y apartadas regiones; y quisieron los antiguos que aquella visión fuese figura de cuán lejos habían de llegar sus escritos, traducidos presto al griego, al latín y al armenio para pasto de innumerables almas. Sea de esto lo que fuere, cierto es que se cumplió en la realidad lo que la piadosa tradición pinta en la imagen: que las palabras de aquel humilde diácono, sembradas en penitencia y regadas con lágrimas, dieron el fruto que sólo dan las que Dios mismo hace crecer. Aprendan de él los sabios á poner su ciencia al servicio de la fe, y los devotos á amar á la Virgen con lengua y con corazón.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).