domingo, 14 de junio de 2026
San Basilio Magno, Obispo y Doctor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Tim. 4, 1-8)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Testíficor coram Deo, et Jesu Christo, qui judicatúrus est vivos et mórtuos, per advéntum ipsíus et regnum ejus: prǽdica verbum, insta opportúne, importune: árgue, óbsecra, íncrepa in omni patiéntia, et doctrína. Erit enim tempus, cum sanam doctrínam non sustinébunt, sed ad sua desidéria, coacervábunt sibi magistros, pruriéntes áuribus, et a veritáte quidem audítum avértent, ad fábulas autem converténtur. Tu vero vígila, in ómnibus labóra, opus fac Evangelístæ, ministérium tuum ímple. Sóbrius esto. Ego enim jam delíbor, et tempus resolutiónis meæ instat. Bonum certámen certávi, cursum consummávi, fidem servávi. In réliquo repósita est mihi coróna justítiæ, quam reddet mihi Dóminus in illa die, justus judex: non solum autem mihi, sed et iis, qui díligunt advéntum ejus.
Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino, predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a un montón de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas. Tú entretanto vigila en todas las cosas de tu ministerio, soporta las aflicciones, desempeña el oficio de evangelista, cumple todos los cargos de tu ministerio. Vive con templanza. Que yo ya estoy a punto de ser inmolado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día como justo juez, y no sólo a mí, sino también a los que llenos de fe desean su venida. Date prisa en venir pronto a mí. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 9 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo
Cap. IV, 1. Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos. O bien se refiere a los impíos y a los justos, o bien a los que ya han partido y a los que aún viven; pues muchos quedarán con vida. En la primera Epístola infundía temor cuando decía: «Te encarezco delante de Dios, que da vida a todas las cosas» (1 Tim 6, 13); mas aquí le pone delante algo más temible: «que ha de juzgar a los vivos y a los muertos», esto es, que les pedirá cuenta en su aparición y en su reino. ¿Cuándo juzgará? En su aparición con gloria, y en su reino. O dice esto para mostrar que no vendrá del modo en que ahora ha venido, o bien: pongo por testigo su venida y su reino. Le pone por testigo, mostrando que le había recordado aquella aparición. Y luego, enseñándole cómo debe predicar la palabra, añade:
V. 2. Predica la palabra; insta a tiempo y a destiempo; reprende, ruega, increpa con toda paciencia y doctrina. ¿Qué significa a tiempo y a destiempo? Que no tengas tiempo señalado: sea siempre tu tiempo, no sólo en la paz y la seguridad, y cuando estás sentado en la iglesia. Ya estés en peligro, en la cárcel, entre cadenas, o caminando a la muerte, en ese mismo momento reprende. No retengas la reprensión, porque la reprensión es entonces más oportuna, cuando tu reprimenda será más eficaz, cuando la realidad queda probada. Ruega, dice. A la manera de los médicos, habiendo mostrado la llaga, hace la incisión y aplica el emplasto. Porque si omites cualquiera de estas cosas, la otra se vuelve inútil. Si reprendes sin convencer, parecerás temerario, y nadie lo tolerará; mas después que el asunto queda probado, se someterá a la reprensión: antes, será obstinado. Y si convences y reprendes, pero con vehemencia, y no aplicas la exhortación, todo tu trabajo se perderá. Porque la convicción es de suyo intolerable si no se le mezcla el consuelo. Así como la incisión, aunque de suyo saludable, si no lleva abundantes lenitivos que mitiguen el dolor, el enfermo no puede soportar el corte y el tajo, así sucede en este asunto.
Con toda paciencia y doctrina. Porque el que reprende ha de ser paciente, para no creer con precipitación, y la reprensión necesita consuelo, para que sea recibida como debe. Y ¿por qué a la paciencia añade la doctrina? No como con ira, ni como con odio, ni como quien insulta al otro, ni como quien ha apresado a un enemigo. Lejos de ti tales cosas. Sino ¿cómo? Como quien ama, como quien se compadece de él, como más afligido que él mismo por su pena, como enternecido por sus padecimientos. Con toda paciencia y doctrina. No se da a entender una enseñanza cualquiera.
V. 3. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán la sana doctrina. Antes de que se vuelvan de dura cerviz, anticípate a todos. Por eso dice: a tiempo y a destiempo; hazlo todo, de suerte que tengas discípulos dóciles.
Mas según sus propios deseos, dice, se amontonarán maestros. Nada puede ser más expresivo que estas palabras. Pues al decir se amontonarán, muestra la multitud indiscriminada de los maestros, como también el ser elegidos por sus discípulos. Se amontonarán maestros, dice, teniendo comezón en los oídos. Buscando a los que hablen para halagar y deleitar a sus oyentes.
V. 4. Y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las fábulas. Esto lo predice, no por querer arrojarlo a la desesperación, sino para prepararlo a soportarlo con firmeza cuando suceda. Como también Cristo lo hizo al decir: «Os entregarán, y os azotarán, y os llevarán ante las sinagogas por causa de mi nombre» (Mt 10, 17). Y este bienaventurado varón dice en otro lugar: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hech 20, 29). Mas esto lo dijo para que velasen y aprovecharan debidamente la ocasión presente.
V. 5. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos. Para esto, pues, predijo estas cosas; como también Cristo, hacia el fin, predijo que habría falsos Cristos y falsos profetas; así también él, cuando estaba a punto de partir, habló de estas cosas. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos; esto es, trabaja, anticípate a sus mentes antes de que esta peste las asalte; asegura la salvación de las ovejas antes de que entren los lobos, soporta en todas partes las fatigas. Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Así, era obra de evangelista el soportar fatigas, tanto en sí mismo como de parte de los de fuera; cumple, esto es, colma tu ministerio. Y he aquí otra necesidad de su padecer aflicción:
V. 6. Porque yo ya estoy a punto de ser derramado, y el tiempo de mi partida es inminente. No ha dicho: de mi sacrificio; sino, lo que es mucho más: de mi ser derramado como libación. Porque no todo el sacrificio se ofrecía a Dios, mas toda la libación sí se ofrecía.
V. 7. He peleado el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe. Muchas veces, cuando he tomado en mis manos al Apóstol y he considerado este pasaje, me he quedado perplejo sin entender por qué Pablo habla aquí tan altamente: He peleado el buen combate. Mas ahora, por la gracia de Dios, me parece haberlo hallado. ¿Con qué fin, pues, habla así? Desea consolar el abatimiento de su discípulo, y por eso le manda tener buen ánimo, ya que él iba hacia su corona, habiendo acabado toda su obra y alcanzado un fin glorioso. Debes alegrarte, dice, no afligirte. ¿Y por qué? Porque he peleado el buen combate. Como un padre, cuyo hijo sentado junto a él llorase su orfandad, podría consolarlo diciendo: No llores, hijo mío; hemos vivido una buena vida, hemos llegado a la vejez, y ahora te dejamos. Nuestra vida ha sido irreprensible, partimos con gloria, y tú podrás ser admirado por nuestras obras. Nuestro Rey nos está muy obligado. Como si dijera: Hemos levantado trofeos, hemos vencido a los enemigos, y esto no por jactancia. No lo permita Dios; sino para levantar a su abatido hijo y animarle con sus alabanzas a soportar con firmeza lo sucedido, a abrigar buenas esperanzas y a no tenerlo por cosa penosa de sobrellevar. Porque triste, en verdad triste, es la separación; y oíd al mismo Pablo, que dice: «Privados de vosotros por un breve tiempo, en presencia, no en corazón» (1 Tes 2, 17). Si él, pues, sentía tanto el ser separado de sus discípulos, ¿cuáles piensas que serían los sentimientos de Timoteo? Si al partir de él aún vivo lloraba, de suerte que Pablo dice: «Acordándome de tus lágrimas, para llenarme de gozo» (2 Tim 1, 4), ¿cuánto más ante su muerte? Estas cosas, pues, le escribió para consolarlo. En verdad, toda la Epístola está llena de consuelo, y es como un testamento. He peleado el buen combate, he acabado mi carrera, he guardado la fe. Un buen combate, dice; por tanto, entra tú en él. Mas ¿es bueno aquel combate donde hay prisión, cadenas y muerte? Sí, dice; porque se pelea por la causa de Cristo, y en él se ganan grandes coronas. ¡El buen combate! No hay contienda más digna que ésta. Esta corona no tiene fin. No es de hojas de olivo. No tiene un árbitro humano. No tiene a hombres por espectadores. El teatro está lleno de Ángeles. Allá los hombres trabajan muchos días, padecen fatigas, y por una hora reciben la corona, y en seguida todo el placer se desvanece. Mas aquí es muy de otro modo: perdura para siempre en esplendor, gloria y honra. De aquí en adelante debemos alegrarnos. Porque entro en mi descanso, dejo la carrera. Habéis oído que es mejor partir y estar con Cristo.
He acabado la carrera. Porque nos conviene tanto combatir como correr: combatir, soportando las aflicciones con firmeza; y correr, no en vano, sino hacia algún buen fin. Es verdaderamente un buen combate, que no sólo deleita, sino que aprovecha al espectador; y la carrera no acaba en nada. No es un mero alarde de fuerza y de rivalidad. Lo eleva todo hacia el cielo. Esta carrera es más brillante que la del sol; más aún, ésta que Pablo corrió sobre la tierra, que la que corre en el cielo. Y ¿cómo había acabado su carrera? Recorrió el mundo entero, comenzando desde Galilea y Arabia, y avanzando hasta los extremos de la tierra, de suerte que, como dice: «Desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19). Pasó sobre la tierra como un pájaro, o más bien más veloz que un pájaro; porque el pájaro sólo vuela sobre ella, mas él, teniendo el ala del Espíritu, se abrió camino a través de innumerables impedimentos, peligros, muertes y calamidades, de suerte que era aún más raudo que un pájaro. Si hubiera sido un simple pájaro, podría haberse posado y ser cazado; mas, sostenido por el Espíritu, se remontó por encima de todos los lazos, como un pájaro con ala de fuego.
He guardado la fe, dice. Muchas cosas había que le habrían despojado de ella: no sólo las amistades humanas, sino las amenazas, y la muerte, y otros innumerables peligros; mas él permaneció firme contra todo. ¿Cómo? Siendo sobrio y vigilante. Esto habría bastado para consuelo de sus discípulos; mas añade además los premios. Y ¿cuáles son éstos?
V. 8. En lo demás, me está reservada la corona de justicia. Aquí de nuevo llama justicia a la virtud en general. No debes afligirte de que yo parta, para ser coronado con aquella corona que Cristo pondrá sobre mi cabeza. Mas si permaneciera aquí, en verdad más bien podrías afligirte y temer que yo desfalleciera y pereciera. La cual me dará el Señor, justo Juez, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. También aquí eleva su ánimo. Si a todos, mucho más a Timoteo. Mas no dijo: y a ti, sino: a todos; dando a entender: si a todos, mucho más a él.
Homilía 9 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 14, 26-35)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus turbis: Si quis venit ad me, et non odit patrem suum, et matrem, et uxórem, et fílios, et fratres, et soróres, adhuc autem et ánimam suam, non potest meus esse discípulus. Et qui non bájulat crucem suam, et venit post me, non potest meus esse discípulus. Quis enim ex vobis volens turrim ædificáre, non prius sedens cómputat sumptus, qui necessárii sunt, si hábeat ad perficiéndum; ne, posteáquam posúerit fundaméntum, et non potuerit perfícere, omnes, qui vident, incípiant illúdere ei, dicéntes: Quia hic homo cœpit ædificáre, et non pótuit consummáre? Aut quis rex itúrus commíttere bellum advérsus álium regem, non sedens prius cógitat, si possit cum decem mílibus occúrrere ei, qui cum vigínti mílibus venit ad se? Alióquin, adhuc illo longe agénte, legatiónem mittens, rogat ea, quæ pacis sunt. Sic ergo omnis ex vobis, qui non renúntiat ómnibus, quæ póssidet, non potest meus esse discípulus. Bonum est sal. Si autem sal evanúerit, in quo condiétur? Neque in terram neque in sterquilínium útile est, sed foras mittétur. Qui habet aures audiéndi, áudiat.
Si alguno de los que me siguen no aborrece a su padre o madre, y a la mujer, y a los hijos, y a los hermanos y hermanas, y aun a su vida misma, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz, y me sigue, tampoco puede ser mi discípulo. Porque, ¿quién de vosotros queriendo edificar una torre, no echa primero despacio sus cuentas, para ver si tiene el caudal necesario para acabarla; no le suceda que, después de haber echado los cimientos, y no pudiendo concluirla, todos los que lo vean, comiencen a burlarse de él. diciendo: Ved ahí un hombre que comenzó a edificar, y no pudo rematar? O ¿cuál es el rey que habiendo de hacer guerra contra otro rey, no considera primero despacio si podrá con diez mil hombres hacer frente al que con veinte mil viene contra él? Que si no puede, despachando una embajada, cuando está el otro todavía lejos, le ruega con la paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. La sal es buena; pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué será sazonada? Nada vale, ni para la tierra, ni para servir de estiércol; así es que se arroja fuera. Quien tiene oídos para escuchar, atienda. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 14, 26-35 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Gregorio, homil. 37, in Evang. El alma se enardece cuando oye hablar de los premios de la gloria y quisiera encontrarse allí, en donde espera gozar eternamente. Pero los grandes premios no pueden alcanzarse sino por medio de grandes trabajos. Por esto se dice: "Y muchas gentes iban con El y volviéndose les dijo".
Teofilacto. Como muchos de los que le seguían no lo hacían con todo afecto, sino con tibieza, da a conocer cómo debe ser su discípulo.
San Gregorio, ut sup. Pero debe examinarse por qué se nos manda aborrecer a nuestros padres y a nuestros parientes carnales 1, cuando se nos manda amar a nuestros enemigos. Si examinamos el sentido del precepto, veremos que podemos hacer una y otra cosa con discreción, de modo que amemos a los que están unidos con nosotros por los vínculos de la carne y que conocemos como prójimos, e ignoremos y huyamos de los que encontremos como adversarios en los caminos del Señor. Pues no escuchando al que, sabio según la carne, nos conduce al mal venimos a amarlo, por decirlo así, con nuestro odio.
San Ambrosio. Pero no manda el Señor desconocer la naturaleza, ni ser cruel e inhumano, sino condescender con ella, de modo que veneremos a su autor y que no nos separemos de Dios por amor de nuestros padres.
San Gregorio, ut sup. El Señor, para dar a conocer que este odio hacia los prójimos no debe nacer de la afección o de la pasión, sino de la caridad, añadió lo que sigue: "Y aun también su vida". Porque es evidente que amando debe aborrecer al prójimo el que lo aborrece como a sí mismo, puesto que aborrecemos con razón nuestra vida cuando no condescendemos con sus deseos carnales, cuando contrariamos sus apetitos y resistimos a sus pasiones. Ahora, puesto que despreciada se vuelve mejor, viene a ser amada por el odio 2.
San Cirilo. No debe aborrecerse la vida, que aun el mismo San Pablo conservó en su cuerpo con el fin de poder anunciar a Jesucristo. Pero cuando convenía despreciar la vida para dar término a su carrera, confiesa que no es de ningún precio para él ( Hch 20,24).
San Gregorio, ut sup. Manifiesta cuál debe ser este aborrecimiento de la vida añadiendo: "Y el que no lleva su cruz a cuestas", etc.
Crisóstomo. No dijo esto para que llevemos una verdadera cruz sobre nuestros hombros, sino para que tengamos siempre la muerte ante nuestros ojos. Así era como moría todos los días San Pablo ( 1Cor 15) y despreciaba la muerte.
San Basilio. Tomando la cruz anunciaba la muerte del Señor, diciendo ( Gál 6,14): "El mundo está crucificado para mí y yo lo estoy para el mundo", lo cual anticipamos nosotros por el bautismo, en que nuestro hombre viejo es crucificado, para que se destruya el cuerpo del pecado.
San Gregorio, ut sup. O porque la palabra cruz quiere decir tormento, nosotros llevamos la del Señor de dos maneras: cuando mortificamos la carne por la abstinencia, o cuando hacemos nuestras las aflicciones de nuestros prójimos por la compasión. Pero como algunos hacen ver las mortificaciones de su carne, no por Dios, sino por vanagloria y son compasivos, no espiritual, sino materialmente, con razón añade: "Y viene en pos de mí". Llevar la cruz e ir en pos de Jesucristo, es lo mismo que guardar la abstinencia de la carne y compadecerse del prójimo con el afán de ganar la eterna bienaventuranza.
San Gregorio, in Evang hom. 37. Porque los sublimes mandamientos han sido dados, añade en seguida la comparación de un gran edificio diciendo: "Porque, ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, sentándose primero, no cuenta los gastos?", etc. Por tanto, todo lo que hacemos debemos prepararlo con la meditación debida. Si proyectamos levantar la torre de la humildad, primeramente debemos prepararnos a sufrir las adversidades de este mundo.
San Basilio, in Esai. 2, capítulo visio. 2. Una torre es una atalaya alta para defender una ciudad y para observar las acometidas de los enemigos. A modo de una torre de esta clase se nos ha dado el entendimiento para conservar los bienes y prever los males. El Señor nos mandó que nos sentásemos para calcular al empezar la edificación si podríamos concluirla.
San Gregorio Niceno, De virg. cap. 18. Se debe perseverar para llegar al término de toda ardua empresa, observando los mandamientos de Dios para consumar esta obra divina. Porque ni la fábrica de la torre es una sola piedra, ni el cumplimiento de uno solo de los preceptos puede conducir al alma a la perfección, sino que debe existir el cimiento. Y, según el Apóstol ( 2Cor 3), sobre éste se han de colocar las piezas de oro, de plata y piedras preciosas. Por esto sigue: "No sea que después que hubiese puesto el cimiento", etc.
Teofilacto. No debemos, pues, poner el cimiento -esto es, empezar a seguir a Jesucristo- y no dar fin a la obra como aquellos de quienes dice San Juan ( Jn 6,66) que muchos de sus discípulos se retiraron. Puede considerarse también como fundamento por ejemplo la enseñanza de la palabra sobre la abstinencia. Es necesario, pues, a dicho fundamento el edificio de las obras, para que podamos terminar la torre de la fortaleza contra el enemigo ( Sal 3,4). De otro modo aquel hombre sería objeto de burla para todos los que lo viesen, ya fuesen hombres ya demonios.
San Gregorio, ut sup. Porque si cuando nos ocupamos de buenas obras no vigilamos con cuidado contra los espíritus malignos, seremos objeto de burla de los que al mismo tiempo nos aconsejan el mal. Pero de esta comparación pasa a otra más elevada, para que las cosas más pequeñas nos hagan pensar en las más grandes y dice: "O qué rey queriendo salir a pelear contra otro rey, no se sienta primero y considera si podrá salir con diez mil hombres, a hacer frente al que viene contra él con veinte mil"
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. Es nuestro deber pelear contra los espíritus del mal que están en el aire ( Ef 6). Nos asedia una multitud de otros enemigos: el azote de la carne, la ley del pecado que impera en nuestros miembros y varias pasiones. He aquí la temible multitud de enemigos.
San Agustín De quaest. Evang. 2, 31. O los diez mil que han de pelear con el rey que tiene veinte mil representan la sencillez del cristiano, que ha de pelear contra la doblez del diablo.
Teofilacto. El rey que domina en nuestro cuerpo mortal es el pecado ( Rom 6), pero nuestro entendimiento también ha sido constituido en rey. Por tanto, el que quiera pelear contra el pecado, piense consigo mismo y con toda su alma. Porque los demonios son los satélites del pecado, que parecen ser veinte mil contra nuestros diez mil. Porque siendo incorpóreos, comparados con nosotros que somos corpóreos, parece que tienen mucha mayor fuerza.
San Agustín, ut sup. Así como dijo el Señor que no debemos trabajar en la torre que no podamos concluir, con el fin de que no nos ultrajen diciendo: este hombre empezó a edificar y no pudo concluir, así en lo del rey con quien hay que pelear, denunció la paz misma cuando dijo: "De otra manera, cuando el otro está lejos, envía su embajada pidiéndole tratados de paz", significando también que no podrán resistir las tentaciones con que nos amenaza el demonio aquéllos que, aunque renuncien a todo lo que tienen, hacen con él la paz consintiendo en cometer pecados.
San Gregorio, ut sup. O bien en aquel tremendo juicio no vamos a nuestro rey como iguales porque diez mil contra veinte mil suyos, es como uno contra dos. Viene a pelear con un ejército doble en contra del sencillo. Porque sólo estamos preparados por la obra y El discute a la vez nuestra obra y nuestro pensamiento. Cuando todavía está lejos el que no aparece aún para el juicio, enviémosle en embajada nuestras lágrimas, nuestras obras de misericordia, nuestros sacrificios de propiciación. Esta es nuestra embajada, que aplaca al rey que viene.
San Agustín Ad Laetam epist. 38. Nos declara el sentido de estas parábolas diciendo en esta ocasión: "Pues así cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo". Por tanto, el dinero para edificar la torre y la fuerza de diez mil contra el rey que viene con veinte mil, no significan otra cosa sino que cada uno renuncie a todo lo que posee. Lo dicho antes concuerda con lo que ahora se dice, porque en renunciar cada uno a todo lo que posee se incluye también el aborrecer a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun su propia vida 1. Todas estas cosas son propias de cada uno y son obstáculo e impedimento para obtener, no lo temporal y transitorio, sino lo que es común a todos y habrá de subsistir siempre.
San Basilio. El Señor se propone con los ejemplos citados no facultar o dar licencias a cada uno para que se haga o no discípulo suyo, como puede uno no poner el cimiento o no tratar de la paz, sino manifestar la imposibilidad de agradar a Dios entre aquellas cosas que distraen el alma y la ponen en peligro, haciéndola más accesible a las asechanzas y astucias del enemigo.
Beda. Hay diferencia entre renunciar a todas las cosas y dejarlas, porque es de un pequeño número de perfectos el dejarlas -esto es, posponer los cuidados del mundo- mientras que es de todos los fieles el renunciarlas -esto es, tener las cosas del mundo de tal modo que por ellas no estemos ligados al mundo-.
Beda. Había dicho antes que no sólo debe empezarse la torre de las virtudes, sino también que debe completarse. A esto se refiere lo que dice a continuación: "Buena es la sal". Es bueno esconder la sal de la sabiduría espiritual en los misterios del corazón y mucho mejor hacerse con los apóstoles sal de la tierra ( Mt 5).
Eusebio. La naturaleza de la sal se compone de agua, aire y un poco de tierra. Tiene la propiedad de secar la parte líquida de los cuerpos corruptibles y de conservar los cuerpos muertos. Por tanto, con razón compara el Señor a sus discípulos con la sal, porque habían sido regenerados por el agua y el espíritu. Y como vivían de un modo puramente espiritual y no según la carne convertían -como la sal- la vida corrompida de los hombres que vivían en el mundo y preservaban a quienes los seguían, invitándolos a la práctica de la virtud.
Teofilacto. Quiere que sean útiles a sus prójimos, no sólo aquellos que fueron dotados de gracia para enseñar, sino también los particulares, como lo es la sal. Pero si se corrompe el que había de ser útil para los demás, no podrá ser socorrido. Por esto sigue: "¿Y si la sal perdiere su sabor, con qué será sazonada?"
Beda. Como diciendo: si alguno se hace apóstata después de haber sido iluminado por la sal de la verdad, ¿por qué otro doctor será corregido? Este es el que, espantado por las adversidades del mundo o arrastrado por los placeres, renuncia a la dulzura de la sabiduría que él mismo ha gustado. Por esto sigue: "No es buena ni para la tierra ni para el muladar", etc. Cuando la sal deja de servir para condimentar los alimentos y secar las carnes, no es aprovechable para ninguna otra cosa. No es útil para la tierra, porque impide la fertilidad. Tampoco aprovecha para el estercolero que ha de servir para abono. Así, el que después de conocer la verdad retrocede, no puede dar fruto de buenas obras ni puede perfeccionar a otros, por lo que debe echársele fuera, esto es, debe separárselo de la unidad de la Iglesia.
Teofilacto. Como este discurso era parabólico y oscuro, estimulando el Señor a quienes lo oían a no tomar en cualquier sentido sus palabras acerca de la sal, añade: "Quien tiene orejas para oír, oiga". Esto es, entienda según la capacidad de su sabiduría. Por las orejas debemos entender aquí la fuerza intelectual del alma y su aptitud para comprender.
Beda. O bien: oiga cada uno, no menospreciando, sino obedeciendo y haciendo lo que aprendió.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena