miércoles, 10 de junio de 2026
Santa Margarita, Reina y Viuda
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa Margarita, verdadero modelo de una princesa cristiana, fué nieta de Edmundo II, rey de Inglaterra, por sobrenombre Cota de malla, el cual murió el año de 1107, después de haberse visto precisado á partir su reino con Canuto el Grande, rey de Dinamarca. Muerto Edmundo, no se contentó Canuto con la parte, y aspirando al todo, arrojó del reino á los hijos, al hermano y á los sobrinos del difunto, obligándolos á refugiarse en Alemania, donde los recibió san Esteban, rey de Ungría, declarándose tutor y padre de los hijos: el mayor, llamado Edmundo como su padre, casó con la hija del rey; y el segundo, por nombre Eduardo, casó con Ágata, sobrina del mismo san Esteban, y de este matrimonio nació santa Margarita el año de 1048.
Salió al mundo con las más bellas disposiciones para la virtud. Destinada por la divina Providencia para verdadero modelo de una señora cristiana, la previno el Señor desde la cuna con las más dulces bendiciones; dotóla de un corazón recto, generoso y compasivo; de un entendimiento vivo, sólido, pronto y perspicaz; de un genio muy apacible y de una natural propensión á la virtud, presagios todos de su futura eminente santidad. Fué reputada por la más hermosa princesa de su siglo, y su singular modestia daba nuevo lustre y realce mayor á su hermosura. Enemiga de la ociosidad, siempre se la veía santamente ocupada, repartiendo todo el tiempo entre el trabajo y la oración.
Sobre todas las demás virtudes descollaba su tierna devoción á la santísima Virgen, cuyo solo nombre le hacía muchas veces derramar dulces lágrimas de ternura; por su gusto pasaría días enteros de rodillas delante del Santísimo Sacramento; la oración, la lección de libros piadosos y otros mil ejercicios de devoción fueron todos los entretenimientos de su infancia en la corte de un rey santo. Ni las galas, ni la vanidad tan natural en las de su sexo y de sus años fueron jamás de su gusto; todo su adorno era la virtud, y solía decir á los que juzgaban excesiva la modestia de su traje, que el mérito de una doncella cristiana no consistía en el vestido. El tierno y compasivo amor que mostró ya desde entonces á los pobres dio bien á entender que algún día sería su madre y todo su consuelo.
Perdió á su padre siendo aún niña, y pensaba retirarse á un convento cuando subió al trono de Inglaterra Eduardo III, hermano de su abuelo, después de muerto Canuto, y luego hizo venir de Ungría á su sobrino Edgar con sus dos hermanas Margarita y Cristina. Apenas se dejó ver en la corte de Inglaterra, cuando fueron la admiración de toda ella su raro mérito y su eminente santidad, no hablándose de otra cosa que de las grandes prendas y extraordinaria virtud de la princesa Margarita. Violá Malcolmo III, rey de Escocia, y prendado de ella la pidió por mujer. Rindióse á la voluntad de sus parientes; pero el resplandor de la corona no alteró su devoción, ni el trono sirvió más que para que su virtud brillase desde más alto.
Miró el nuevo estado como camino en que Dios la había puesto para que se hiciese más santa; comprendió todas sus obligaciones; desempeñólas, y su primer cuidado fué estudiar bien el genio y la inclinación de su marido, ganarle el corazón por el rendimiento y por la dulzura, dándole gusto en todo. Dispuso Dios que encontrase en la persona de Malcolmo un esposo, cuyas inclinaciones y costumbres, aunque todavía poco cultivadas, tuviesen sin embargo bastante parentesco con las suyas; no halló en él genio extravagante, ni aversión á la virtud, ni oposición á todo lo bueno que se quisiese hacer. Estas buenas disposiciones las fué cultivando la reina con su condescendencia y con sus suavísimos modales, de manera que Dios, en cuyas manos están los corazones de los reyes, la hizo tan dueña del de Malcolmo, que por influjo de la santa reina floreció en sus estados la justicia, resplandeció la religión, y haciendo dichosos á los vasallos, hizo al rey su marido uno de los príncipes más virtuosos de su siglo.
Dedicóse desde luego al gobierno de su casa, y jamás quiso poner á cargo de otros la educación de sus hijos ni el cuidado de su familia. Las únicas prendas que apreciaba y pedía en sus damas eran el pudor, la modestia y la virtud. No era posible ver corte más ejemplar; cualquiera que pareciese poco cristiano incurría en la desgracia de la reina: el único modo de hacerle la corte era ser verdaderamente virtuoso. Admirado el rey de los talentos, de los modales y del superior mérito de la piadosa princesa, no menos que de la comprensión y prudencia que mostraba en toda su conducta, no se contentó con dejarle enteramente libre todo el gobierno doméstico de la casa real; quiso que también tuviese parte en la administración del estado, tomando su consejo principalmente en todos aquellos negocios que concernían al gobierno económico del reino, á la quietud y felicidad de los pueblos, al mayor bien y gloria de la religión.
Conociéronse presto en Escocia los efectos de la superior prudencia y elevada santidad de la princesa que gobernaba. Habíanse introducido en el reino monstruosos abusos que desfiguraban la religión y hacían llorar á toda la Iglesia. Confundido el sacerdote con el lego, juzgábase ya sin derecho para corregirlos; apenas se observaba la cuaresma; el uso de la confesión y de la comunión estaba casi abolido; los domingos apenas se guardaban; el vicio lo tenía todo inundado; la licencia de las costumbres había desterrado la vergüenza y parecía haber roto la impiedad todos los diques. No bien se vio en el trono la virtuosa reina, cuando resolvió hacer todo lo posible para que reinase Jesucristo, restituyendo en todas partes la disciplina de la Iglesia á su primitiva pureza, llamando de diferentes reinos santos y zelosos predicadores, encargando mucho á los obispos que proveyesen las parroquias de sabios y virtuosos pastores. Logró felicísimos efectos el ardiente zelo de santa Margarita, sostenido de sus grandes ejemplos; y en muy poco tiempo mudó de semblante todo el reino de Escocia.
El desorden de las costumbres siempre debilita la fe, y amortiguada ésta, se sigue naturalmente el disgusto y aun cierta especie de horror á la santa comunión. Con la apariencia de respeto muchos se retiran de ella, especialmente en las cortes, y quiera Dios que algunos no la dejen aun cuando les obliga el precepto pascual. En cierta ocasión se quejó de esto la reina á algunos señores principales: respondiéronla ingenuamente que su misma indignidad los retiraba de la sagrada mesa, porque, conociendo sus miserias y su inclinación al mal, les parecía menos malo dejar de comulgar, que hacerlo indignamente; y que su desvío era efecto de su mismo reverente temor. La santa reina, así por sí misma, como por medio de los predicadores, les hizo entender que solo estaban excluidos de la sagrada comunión los pecadores impenitentes; esto es, aquellos que, obstinados en sus culpas, no querían salir de ellas haciendo frutos dignos de penitencia, con limosnas y con otras buenas obras.
Era digno de un apóstol el fruto que hizo la santa reina. Refloreció la religión, resucitó la piedad, revivió el uso de los sacramentos, desterráronse las supersticiones, reformáronse los abusos y volvió la Iglesia á su primer lustre y hermosura. No solo se valió de su autoridad, sino también de los obispos del reino y de los ministros de justicia, para prohibir toda obra servil en los domingos y días de fiesta, santificándose esta suspensión del trabajo con la concurrencia del pueblo á los divinos oficios y á oír la palabra de Dios. Con su aplicación, con su tesón y con su prudencia consiguió que se condenase y se proscribiese la simonía, la blasfemia, la usura, el concubinato, los matrimonios incestuosos y otros mil desórdenes que presumían de legítimos en todo el reino por el derecho de prescripción.
Asombrado el rey cada día más y más de los prodigios que obraba la prudencia y la virtud de la reina, entró voluntariamente en todos sus pensamientos; y no contento con dejarle, por decirlo así, el gobierno del estado, quiso que se manejase á su arbitrio la real hacienda. Luego experimentaron los pobres y las iglesias los efectos de su gran corazón y de su liberalidad verdaderamente real. Mostrábase la indevoción de los pueblos y de los eclesiásticos hasta en la indecencia de los ornamentos y de los vasos sagrados. Á todo proveyó la santa y religiosa reina; hizo reparar muchas iglesias que amenazaban ruina, edificar otras de nueva planta, y que todo lo que servía al culto divino fuese no solo rico, sino magnífico y de materia preciosa todos los vasos sagrados. Fundó liberalmente muchos conventos de monjas y muchos hospitales; y solía decir que su mayor gala sería gastar en limosnas todo el tesoro real.
Érále tan natural la ternura y la compasión de los pobres, que parecía haber nacido con ella. Sus profusiones con ellos eran tan grandes y tan continuas, que casi llegó á desterrar la mendicidad y la miseria. Como madre de los pobres, siempre que salía á la calle la veían rodeada de viudas, de huérfanos y de miserables; cuando volvía á palacio encontraba otros tantos en la sala, á los cuales daba también limosna, y nunca despidió á ninguno sin ella. Los más respetados en su corte eran los pobres, y se consumía en limosnas la mayor parte del erario. Después de agotado su bolsillo, les daba las joyas y los muebles, sin agotarse jamás su caridad.
Antes de sentarse á la mesa daba siempre de comer á nueve doncellas huérfanas y á otras veinte y cuatro; muchas veces se hacían venir á palacio trescientos pobres, á quienes el rey y la reina servían de rodillas los mismos platos que estaban prevenidos para la mesa real. Todos los días, después de oír misa, lavaba la reina los pies á cierto número de pobres; y eran pocos los días de la semana en que no acudía á los hospitales á ejercitar los más humildes oficios de caridad con los enfermos. No se limitaba ésta á los términos del reino, alcanzaban también sus limosnas á los dominios extraños, así para socorrer á los encarcelados, como para redimir á los cautivos.
Tantas y tan diferentes ocupaciones exteriores no distraían ni menos interrumpían su continua unión con Dios. En medio de todas ellas se le observaba siempre un recogimiento interior que edificaba y parecía estar en continua oración, no pudiéndose comprender sin dificultad cómo podía dedicar tanto tiempo á este ejercicio; es verdad que dormía muy poco y que se negaba enteramente á toda conversación inútil.
Levantábase todas las noches para asistir á maitines, y antes que se cantase en el coro rezaba en particular el oficio de la Trinidad, el de la Pasión y el de la Virgen, acabando todo el salterio con el oficio de difuntos; después volvía á su cuarto, donde lavaba los pies á seis pobres y les daba una limosna; echábase un poco, y en despertando, leía algún rato en algún libro piadoso; pasaba á su capilla, donde oía cinco ó seis misas, y lo que faltaba hasta comer lo empleaba en el despacho. Las demás horas del día no estaban menos ocupadas con devociones y otras obras de misericordia; de manera que Dios, el estado, la Iglesia y los pobres le llevaban todo el tiempo.
Sus penitencias y su abstinencia alguna vez llegaron á parecer excesivas. Comía tan poco, que se admiraban de que pudiese vivir; y se maceraba tanto, que se tuvo por cierto que las penitencias le acortaron la vida. Era su confesor ordinario el siervo de Dios Tierri, escritor de su misma vida, y su director el famoso Turgot. Sintiendo algunos prenuncios de su cercana muerte, se confesó generalmente con él; y conforme se iba acercando á su fin, iba también sensiblemente creciendo su fervor. Debilitáronse sus fuerzas con la aplicación al trabajo y con el rigor de tantas penitencias, rindióse á la cama, mas no por eso fueron menos activos su amor de Dios, su zelo y su caridad con los pobres.
En este tiempo quiso el Señor acabar de purificarla con una aflicción muy sensible. Hallábase á la sazón en guerra el rey Malcolmo con Guillelmo el Rojo, rey de Inglaterra, y había entrado con poderosas fuerzas en la provincia de Northumberland, para volver á su obediencia los condados de Cumberland y Westmorland, que Guillelmo el Conquistador le había usurpado; pero fue desgraciadamente muerto con su hijo primogénito el príncipe Eduardo en el año de 1093, al paso del río Alne. Sintió profundamente la reina este accidente, para el cual no halló otro consuelo que su religión y su virtud; pero sobrevivió poco á esta noticia, porque se levantó luego una calentura, que añadida á los demás achaques la puso en el último trance.
Confesóse, recibió el viático y la extremaunción con una devoción muy correspondiente á la santidad de su vida; y habiendo exhortado á sus hijos al amor de la virtud y á toda su familia á la piedad y devoción cristiana, murió con la muerte de los santos el día 10 de junio de 1093. No hubo reina más sentidamente llorada; llenó de luto su muerte á todo el reino, y en todos los pueblos resonaban los gemidos de los pobres que lamentaban la pérdida de su madre.
Enterróse el santo cuerpo con la solemnidad que acompaña siempre los funerales de los santos en la iglesia de la Santísima Trinidad, que había edificado la santa reina, y en el mismo sitio que ocupaba la capilla donde se había casado. Fueron tantos los milagros que obró desde luego el Señor para manifestar su santidad, que el papa Inocencio IV la canonizó solemnemente y la puso en el catálogo de los santos el año de 1231. Á solicitud de Felipe II, rey de España, se condujo al Escorial una parte de sus reliquias y de las del rey Malcolmo, su marido, á quien también se ha venerado siempre como santo, donde se colocaron en una capilla que mandó edificar en honra de santa Margarita. Su preciosa cabeza se guarda con la mayor veneración en la iglesia del seminario escocés de los jesuitas de Duay.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.