martes, 9 de junio de 2026
Santos Primo y Feliciano, Mártires
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Sap. 5, 16-20)
Lectio libri Sapientiæ Justi autem in perpétuum vivent, et apud Dóminum est merces eórum, et cogitátio illórum apud Altíssimum. Ideo accípient regnum decóris, et diadéma speciéi de manu Dómini: quóniam déxtera sua teget eos, et bráchio sancto suo deféndet illos. Accípiet armatúram zelus illíus, et armábit creatúram ad ultiónem inimicórum. Induet pro thoráce justítiam, et accípiet pro gálea judícium certum. Sumet scutum inexpugnábile æquitátem.
Al contrario, los justos vivirán eternamente, y su galardón está en el Señor, y el Altísimo tiene cuidado de ellos. Por tanto recibirán de la mano del Señor el reino de la gloria y una brillante diadema; los protegerá con su diestra, y con su santo brazo los defenderá. Se armará de todo su celo, y armará también las criaturas para vengarse de sus enemigos. Tomará la justicia por coraza, y por casco el juicio infalible. Alzará por escudo impenetrable la rectitud. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 5 — Cornelio a Lápide
Vers. 16. LOS JUSTOS, EN CAMBIO, VIVIRÁN ETERNAMENTE, Y JUNTO AL SEÑOR (en griego, «en el Señor», esto es, junto al Señor, o más propiamente: la bienaventuranza de los justos está puesta en la visión y posesión del Señor Dios) ESTÁ SU RECOMPENSA, Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. Vuelve a la antítesis y enseña cuánto la dichosa suerte de los justos aventaja a la desdichada de los impíos: los justos, pues, vivirán eternamente una vida feliz y bienaventurada; los impíos, en cambio, aunque hayan de vivir en la gehena, como vivirán en perpetuos tormentos, su vida ha de llamarse más bien muerte que vida. «Junto al Señor está su recompensa», decretada y reservada a su trabajo y paciencia, para dársela después de la muerte. Y de nuevo «junto al Señor», como diciendo: no el hombre, sino Dios otorgará a los justos esta recompensa, a saber, divina, celestial, inmensa, perpetua, más aún, a sí mismo, según aquello dicho a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector, y tu recompensa sobremanera grande». La palabra «recompensa» arguye que los justos merecen la gloria eterna con sus buenas obras, pues la recompensa es correlativa del mérito; a esto ayuda aquello de Cristo (Apoc. XXII, 12): «Conmigo está mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras».
Y SU PENSAMIENTO JUNTO AL ALTÍSIMO. En griego, φρόντισμα, esto es, pensamiento, cuidado, que puede tomarse tanto en sentido activo como pasivo. En sentido activo, como diciendo: Dios es la recompensa de los justos porque ellos dirigen todos sus pensamientos y cuidados a Dios; pues no piensan en otra cosa sino en cómo podrán agradarle más y amarle y honrarle más. Y además, los justos no piensan ni se cuidan ni andan solícitos de sí mismos, sino que arrojan toda su solicitud en Dios, como dice san Pedro, porque saben que Dios cuida de ellos, y dicen con el Salmista (Sal. XXII, 1): «El Señor me rige (en hebreo, el Señor es mi pastor, que me apacienta y rige como a oveja suya), y por tanto nada me faltará: en lugar de pastos allí me colocó». Así san Buenaventura, Hugo, Dionisio y Holcot. En sentido pasivo, como diciendo: «el pensamiento de ellos», esto es, la solicitud y cuidado de los justos, está junto al Altísimo: pues no un rey ni un pontífice, sino el mismo Dios cuida las cosas de los justos y piensa cómo adornarlos de gracia y de gloria, y protegerlos contra todos los enemigos y todos los males, y darles digna, más aún, sobreeminente recompensa por sus trabajos y aflicciones. Ambos sentidos, sin embargo, están enlazados: pues Dios piensa en los justos y los cuida porque los justos han apartado de sí todos sus pensamientos, esperanzas y cuidados y los han puesto en Dios, según aquello de Cristo a santa Catalina de Siena: «Hija, piensa asiduamente en mí, y yo pensaré en ti». Denota la seguridad y perpetuidad de la recompensa de los justos, pues Dios los ha tomado en su pensamiento y cuidado, según aquello de Cristo (Juan X, 27): «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano».
Vers. 17. POR ESO RECIBIRÁN EL REINO DEL HONOR (Vatablo: un reino preclaro) Y LA DIADEMA DE LA HERMOSURA (en griego, κάλλους, esto es, de la belleza; por lo cual mal leen algunos «de la esperanza» [spei] en vez de «de la hermosura» [speciei]) DE LA MANO DEL SEÑOR. El Siríaco: por eso recibirán un reino glorioso y una corona de hermosuras de la mano del Señor; el Árabe: por eso serán ceñidos con el reino del honor de la mano de Dios, y con la corona de la belleza de la gloria. Como diciendo: porque la recompensa de los justos está junto al Señor, de Él recibirán un «reino», no cualquiera, sino del honor, esto es, decentísimo, opulentísimo y ornatísimo; y una diadema de la hermosura, es decir, hermosísima, bellísima, elegantísima. La diadema es la insignia real, a saber, aquella cinta blanca con que los reyes ceñían la cabeza, a la que los romanos añadían el laurel; en su lugar sucedió después la corona tejida de oro y piedras preciosas. Es palabra griega, de δέω, esto es, ceñir, coronar. Por tanto, la diadema denota que los justos serán reyes en el cielo, porque obtendrán el reino celestial de Cristo y toda su gloria como vencedores del mundo, de la carne y del diablo: pues la diadema es insignia tanto del rey como del vencedor. Alude a aquello de Isaías (LXII, 3): «Y serás corona de gloria en la mano del Señor, y diadema del reino en la mano de tu Dios».
Y la gloria de este reino de los bienaventurados la describe gráficamente san Agustín (serm. 1 Sobre las palabras del Apóstol): «Cuál sea la gloria futura, y con qué riquezas florezca, podemos alabarlo, pero no explicarlo, porque leemos: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni subió al corazón del hombre lo que Dios preparó para los que le aman. ¿Quién es, pues, este Dios que tales y tantas cosas preparó? ¿Qué sino inestimable, inefable, incomprensible, por encima de todo, fuera de todo, más allá de todo? Si buscas grandeza, es mayor; si hermosura, más hermoso; si dulzura, más dulce; si esplendor, más fúlgido; si justicia, más justo; si fortaleza, más fuerte; si piedad, más clemente». Poseen, pues, los bienaventurados un reino del honor y de la hermosura, esto es, hermosísimo, opulentísimo, esplendidísimo, quietísimo, felicísimo; mientras que los reyes en la tierra poseen un reino molestísimo, misérrimo, infelicísimo, en el que se atormentan y consumen entre continuos cuidados, molestias y peligros. Por lo cual el rey Antígono, viendo a su hijo insolente por el reino, le dijo: «¿Acaso no sabes, hijo, que nuestro reino es una noble servidumbre?» (Eliano, lib. II de las Historias varias); semejante fue el dicho del cardenal Belarmino: «No sabéis qué espinas se ocultan bajo esta púrpura».
POR CUANTO SU DIESTRA LOS CUBRIRÁ, Y CON SU SANTO BRAZO LOS DEFENDERÁ. El «con su santo [brazo]» ya no está en el griego. La palabra «por cuanto» es causal, pues da la causa de por qué el reino que Dios ha de dar a los justos será del honor y hermoso: a saber, porque Dios, colocándolos a su diestra en el día del juicio, los cubrirá, para que ningún enemigo ni mal alguno pueda sobrevenirles; más aún, Dios combatirá a los enemigos de ellos, esto es, a los impíos, y los abatirá con todos los dardos de su ira, de modo que los justos gocen en paz y con alegría de su reino de gloria por toda la eternidad, sin temor alguno de enemigos ni de males, y aun se gocen y exulten por la justa venganza de los enemigos, según aquello (Sal. LVII, 11): «Se alegrará el justo cuando viere la venganza, lavará sus manos en la sangre del pecador». En vez de «defenderá», el griego tiene ὑπερασπιεῖ, esto es, defenderá con vigor, protegerá y combatirá como oponiendo el escudo; pues ἀσπίς es escudo, y ὑπερασπιστής el que con su escudo cubre y defiende a otro. Así dice Dios a Abrahán (Gén. XV, 1): «Yo soy tu protector» (en griego, ἐγὼ ὑπερασπίζω σου); y David dice a Dios (Sal. XXX, 5): «Porque tú eres mi protector» (ὑπερασπιστής); y en el Sal. XVII, 3: «Mi protector (en hebreo מגן magen, esto es, escudo) y el cuerno de mi salvación». Así, la palabra «defenderá» significa una guerra de Dios contra los impíos no sólo defensiva sino también ofensiva: defenderá, es decir, vengará, abatirá y castigará duramente; como Nabucodonosor «juró que se defendería», esto es, se vengaría, de todas aquellas regiones (Judit I, 12); y como dice el Apóstol (Rom. XII, 19): «No defendiéndoos a vosotros mismos», es decir, no tomando venganza.
Vers. 18. TOMARÁ POR ARMADURA SU CELO, Y ARMARÁ A LA CRIATURA PARA LA VENGANZA DE LOS ENEMIGOS. Declara cómo Dios, egregiamente armado, ha de ser en el día del juicio defensor y protector (hyperaspistes) de los justos: pues irritado por la áspera ofensa de los impíos y por la injuria que éstos infligieron a los justos, se armará del celo de la venganza, se vestirá de todo género de armas, más aún, incitará y aguijará a toda criatura para tomar venganza de los impíos. En griego es λήψεται πανοπλίαν τὸν ζῆλον αὐτοῦ, esto es, tomará por armadura su celo. Pero mejor lee el Nuestro, en vez del acusativo ζῆλον, el nominativo ζῆλος, esto es, «el celo»: pues el celo de la justicia y de la justa venganza que ha de tomarse de los impíos en favor de los piadosos no es la panoplia de Dios, sino que mueve a Dios a vestir la panoplia y a armarse con ella. La panoplia de Dios se enumera en lo que sigue, cuando dice: «se vestirá de la justicia como de coraza», etc. El celo denota la suma indignación de Dios: pues tres son los grados de la ira, a saber, ira, furor y celo. Describe aquí a Dios antropopáticamente, esto es, a modo humano, como a un rey poderosísimo provisto de todo género de armas, que marcha con su ejército a vengarse de los enemigos por quienes ha sido gravemente injuriado.
Y ARMARÁ A LA CRIATURA. No saldrá el mismo Dios armado al combate, dice Cantacuzeno, pues eso sería indigno de Dios, como si necesitara de armas para derrotar a los enemigos; en lugar de armas, pues, se servirá de las criaturas. Interiormente, esto es, en su mente, Dios vestirá la panoplia de las virtudes que le mueven a la venganza, cuales son la justicia, la equidad, el juicio certero, etc.; exteriormente se servirá de todo género de criatura para ejecutar esta venganza con obra. La razón la da san Jerónimo (sobre Mateo, cap. VIII): «Que todas las criaturas sienten a su Creador, no por el error de los herejes que juzgan animadas todas las cosas, sino por la majestad del Hacedor, de suerte que lo que entre nosotros es insensible, para Él es sensible». Toda cosa creada, pues, siente por sentido natural a su Creador, y por eso desea vengar la injuria de Él, y lo haría con apetito racional si lo tuviera; por lo cual, permitiéndolo, más aún, obrándolo e incitándolo Dios, desplegará contra los impíos todas sus fuerzas en el día del juicio. Semejante panoplia da a Dios Isaías (LIX, 17): «Se vistió de justicia como de coraza, y con el yelmo de la salvación en su cabeza; se vistió con vestidura de venganza, y se cubrió como con manto de celo».
Vers. 19. SE VESTIRÁ DE LA JUSTICIA COMO DE CORAZA, Y TOMARÁ POR YELMO UN JUICIO CERTERO. En vez de «certero», mal leen algunos «recto»: pues el griego es ἀνυπόκριτον, esto es, sincero, no fingido, no hipócrita, carente de toda simulación y disimulación, así como de acepción de personas, de modo que no se deje corromper por ruego ni precio de nadie, ni por favor, temor o respeto se aparte del recto juicio. La coraza de Dios se pone rectamente como la justicia, con la cual Dios vengará justamente las injurias infligidas a los justos por los impíos, y castigará y penará sus crímenes según sus merecimientos, para que así se restituya a la justicia su honor. La razón es que la coraza cubre el pecho y el vientre, y allí está el corazón y las entrañas, donde tiene su sede la compasión y la misericordia. Por tanto, para que Dios no se doblegue por alguna compasión, viendo tan horrendos suplicios infligidos a los impíos, arma el pecho, el corazón y las entrañas con la coraza de la justicia, que no admita ningún sentimiento de misericordia y no permita que se decrete ni haga nada sino lo justo. En esta vida Dios templa la justicia con la misericordia, de donde se dice de Él (Hab. III, 2): «Cuando estés airado, te acordarás de la misericordia»; pero en la vida futura argüirá a los impíos con furor y juicio (Sal. VI, 2), pues allí habrá juicio sin misericordia (Sant. II, 13).
Y a la cabeza congruentemente se le da como yelmo un juicio certero, esto es, simple, sincero, íntegro: porque como el juicio de la cabeza fácilmente se corrompe por dádivas, favores, amistades, temores y respetos humanos, para excluirlos se arma de sinceridad, integridad e incorrupción, a fin de que, al dar sentencia de suplicio contra los impíos, no atienda a nada sino a la magnitud de los deméritos, y a ella iguale justamente el suplicio. Pues «certero» (certum), según Sipontino, se dice de cerno, esto es, ver, y es lo mismo que claro e indudable, de suerte que la verdad misma de la cosa sea manifiesta y como vista con los ojos, sin afeite, velo ni cobertura; de donde «certero» se opone a la simulación y a la hipocresía, como se llama amor cierto al no fingido, y amigo cierto al que no simula sino que de veras se muestra amigo.
Vers. 20. TOMARÁ POR ESCUDO INEXPUGNABLE LA EQUIDAD, en griego ὁσιότητα, esto es: primero, la santidad; segundo, la equidad, el derecho, lo lícito; tercero, la religión y el culto y observancia de la divinidad; cuarto, la expiación: pues Dios en el día del juicio expiará la tierra y el mundo, y por eso barrerá de ella como inmundicia a los impíos que la contaminaron con sus crímenes, y, abriéndose la tierra, los absorberá como purgaciones y expiaciones y los precipitará al tártaro como a la más profunda y hedionda cloaca. La santidad, pues, esto es, la plena inocencia y pureza, arma aquí la izquierda de Dios como un escudo inexpugnable, para que, revestido de ella, por nadie pueda ser acusado de crueldad contra los impíos: pues los impíos y condenados, por desesperación y furor, como perros rabiosos lanzarán maldiciones contra Dios, y le llamarán cruel, verdugo y tirano, porque los atormenta tan duramente; pero Dios recibirá y rechazará todas estas acusaciones y maldiciones con el escudo de la santidad, pues mostrará que no le mueve la pasión, sino la santidad, a esta tan atroz venganza de los impíos, y que obra santa y religiosamente la causa de cada uno. Así la santidad de Cristo al reprender y castigar a los pecadores, sobre todo a los escribas y fariseos, era tan grande que Él mismo se ofrecía con sus obras al juicio de sus enemigos: «¿Quién de vosotros —dijo— me argüirá de pecado?» (Juan VIII, 46). Grande en verdad e impenetrable es el escudo que se toma de la inocencia y santidad de vida. Menos rectamente Dionisio Cartujano entiende por «equidad» la ἐπιείκειαν o moderación con que Dios modera los suplicios y castiga a los réprobos por debajo de lo que merecen: pues todo aquí respira severidad, ira y áspera venganza de Dios contra los impíos.
Comentario a la Sabiduría, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Matt. 11, 25-30)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Respóndens Jesus, dixit: Confíteor tibi, Pater, Dómine coeli et terræ, quia abscondísti hæc a sapiéntibus et prudéntibus, et revelásti ea párvulis. Ita, Pater: quóniam sic fuit plácitum ante te. Omnia mihi trádita sunt a Patre meo. Et nemo novit Fílium nisi Pater: neque Patrem quis novit nisi Fílius, et cui volúerit Fílius reveláre. Veníte ad me, omnes, qui laborátis et oneráti estis, et ego refíciam vos. Tóllite jugum meum super vos, et díscite a me, quia mitis sum et húmilis corde: et inveniétis réquiem animábus vestris. Jugum enim meum suáve est et onus meum leve.
Por aquel tiempo exclamó Jesús , diciendo: Yo te glorifico, Padre mío, Señor del cielo y de la tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas, a los sabios y prudentes del siglo, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre mío, alabado seas, por haber sido de tu agrado que fuese así. Todas las cosas las ha puesto mi Padre en mis manos. Pero nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni conoce ninguno al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo haya querido revelarlo. Venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo y ligero el peso mío. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Mateo 11, 25-30 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 28. Como sabía el Señor que muchos habían de poner en duda la verdad anterior, es decir, el por qué los judíos no le quisieron recibir y los gentiles sí lo recibieron con prontitud, contesta a las opiniones de todos diciendo: "Yo te confieso, Padre", etc.
Glosa. Esto es, a ti, que haces los cielos y gobiernas en la tierra.
San Agustín, sermones, 67,1. Si Cristo, que está muy lejos de todo pecado, dijo: "Yo confieso", la confesión consiguientemente no es de sólo el que peca, sino alguna vez también del que alaba. Confesamos, pues, ya alabando a Dios, ya acusándonos a nosotros mismos. Luego cuando dijo: "Yo te confieso", quiso decir, yo te alabo y no, yo me acuso.
San Jerónimo. Los que calumnian al Salvador diciendo que no había nacido, sino que había sido creado, apoyan su calumnia en que el Señor llama a su Padre Señor del cielo y de la tierra; pero si El es una creatura y la creatura puede llamar a su autor padre suyo, fue una necedad el que no le llamara también igualmente Señor del cielo y de la tierra o padre. El da las gracias a Dios de haber revelado su venida a los Apóstoles, cosa que no supieron los escribas y los fariseos, que se tenían por sagaces y prudentes. Por eso sigue: "porque ocultaste a los sabios, etc".
San Agustín, sermones, 67,8. Bajo el nombre de sabios y prudentes, se entiende los soberbios, según manifiesta el Señor por las palabras: "Revelaste estas cosas a los pequeñuelos". ¿Y quiénes son los pequeñuelos, sino los humildes?
San Gregorio Magno, Moralia, 27. Y no añade: Revelaste estas cosas a los necios, sino a los pequeñuelos, en cuya exclusión da a entender que no condenó la penetración de espíritu, sino el orgullo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Al decir "a los sabios", no se refiere a la verdadera sabiduría, sino a aquella que pretendían tener los escribas y los fariseos. Y por eso no dijo: "Revelaste estas cosas a los necios", sino a los pequeñuelos, esto es, a los sencillos o rústicos. En esto nos enseña el cuidado que debemos tener de huir del orgullo y de amar la humildad.
San Hilario, in Matthaeum, 11. Están ocultos a los sabios los secretos y las virtudes de las palabras de Dios y para los pequeñuelos están abiertos: a los que son pequeños en malicia, mas no en inteligencia; a los que son sabios a los ojos de la presunción, mas no a los de la prudencia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1. Debemos alegrarnos de que se haya hecho la revelación a éstos y debemos lamentar el que se haya debido ocultar a aquellos.
San Hilario, in Matthaeum, 11. El Señor confirma, según el juicio de la voluntad del Padre la equidad del hecho de que todos aquellos que no han querido hacerse pequeños delante de Dios se queden hechos unos necios en su propia sabiduría. Así dice: "Así es, Padre, porque de esta manera te agradó".
San Gregorio Magno, Moralia, 25. Estas palabras nos dan una lección de humildad, a fin de que no intentemos discutir temerariamente los juicios divinos sobre la vocación de unos y la desaprobación de otros, manifestándonos al mismo tiempo que no puede haber injusticia en aquel a quien tanto complace lo justo.
San Jerónimo. También en estas palabras dice el Señor con mucha ternura a su Padre, que culmine la obra comenzada en los Apóstoles.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,1-2. Todo lo que el Señor dijo a los Apóstoles en este pasaje, tiene por objeto el hacerlos más precavidos, porque era natural que tuviesen un concepto elevado de sí mismos, aquellos que lanzaban los demonios. De aquí el reprimir este concepto, porque cuanto se había hecho en su favor no era resultado de su celo, sino de la revelación divina. Por eso los escribas y los fariseos, teniéndose por sabios y prudentes, cayeron por efecto de su orgullo. De donde resulta que si por su orgullo no les fue revelado nada, también nosotros debemos tener miedo y ser siempre pequeños: pues esto hizo que vosotros gozaseis de la revelación. Y como dice San Pablo: "Los entregó Dios a su réprobo sentido" ( Rom 1,26). No dice esto para afirmar que Dios es el que produce ese efecto, pues Dios no hace mal, sino que aquellos fueron causa inmediata de ello. Por esta razón dice: "Ocultaste estas cosas a los sabios y a los prudentes". ¿Y por qué razón se las ocultó? San Pablo expone la razón en estos términos: "Porque queriendo establecer su propia justicia, no estuvieron sometidos a la justicia de Dios" ( Rom 10,3).
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Después de haber dicho antes el Señor: "Yo te alabo, oh Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios". A fin de que nadie creyera que da las gracias al Padre, porque El está privado de ese poder, añade: "Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre". Cuando escuchares que "todo me ha sido entregado por mi Padre", no debéis entender nada humano. Pues, este modo de expresarse que tiene el Señor, es para darnos a entender que no son dos los dioses engendrados, porque desde el momento en que El fue engendrado, fue hecho Señor de todas las cosas.
San Jerónimo. Porque de otra manera, si interpretamos este pasaje según nuestra frágil manera de ver las cosas, deberíamos admitir que desde el momento en que aquel que recibe empieza a tener, principiará a no tener aquel que ha dado. O también: por "todas las cosas me fueron entregadas" puede entenderse no el cielo, la tierra, los elementos y todo lo demás que hizo y creó Dios, sino todos aquellos que mediante el Hijo tienen entrada a donde está el Padre.
San Hilario, in Matthaeum, 11. O también: se expresó de esa manera, para que nadie juzgase que en el Padre había cosas que no las había en el Hijo.
San Agustín, contra Maximinum, 3,12. Porque si tiene menos poder que el Padre, no tiene todas las cosas que tiene el Padre. Y en el acto de ser engendrado por el Padre, este dio a su Hijo el poder, porque El ha dado lo que hay en su naturaleza a aquel que fue engendrado en su naturaleza.
San Hilario, in Matthaeum, 12. En seguida nos demuestra, que en el conocimiento del Padre y del Hijo, no hay en el Hijo cosa distinta y que sea completamente desconocida del Padre: "Y ninguno conoce al Hijo, sino el Padre y ninguno conoce al Padre, sino el Hijo".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. En el mismo hecho de no conocer nadie al Padre, sino el Hijo, nos prueba de una manera bien clara que es de la misma naturaleza. Como si dijera: ¿por qué ha de admirarse nadie de que yo sea Señor de todas las cosas, teniendo yo una cosa superior a todas ellas, a saber: el conocer al Padre y ser de su misma naturaleza?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Nos enseña el mismo Salvador, que la sustancia del Padre y del Hijo está contenida en el conocimiento mutuo del uno y del otro. De manera, que el que conoce al Hijo, conoce también, en el Hijo, al Padre, puesto que éste entregó al Hijo todas las cosas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Cuando dice que nadie conoce al Padre, sino el Hijo, no quiere decir que todos le desconozcan completamente, sino que nadie tiene el conocimiento que el Hijo tiene del Padre. Lo mismo debe entenderse con respecto al Hijo. Porque no habla aquí de un Dios desconocido, como decía Marción.
San Agustín, de Trinitate, 1,8. Finalmente, como la naturaleza divina es inseparable, basta algunas veces nombrar o las dos personas o el Hijo sólo, o sólo el Padre, no separándose por esto el Espíritu de los dos, Espíritu que con toda propiedad es llamado Espíritu de verdad.
San Jerónimo. Avergüéncese el hereje Eunomio de expresar su idea del Padre y del Hijo, diciendo que el Padre engendra al Hijo y el Hijo al Padre. Porque si tomara por base de semejante insensatez las palabras: "Y a quien el Hijo lo quisiera revelar", le contestaríamos: una cosa es conocer por igualdad de naturaleza y otra por gracia de revelación.
San Agustín, de Trinitate, 7,3. El Padre es revelado por su Hijo, esto es, por su Verbo. Pues así como las palabras que proferimos nos revelan de un modo temporal y transitorio a nosotros mismos y aquello de que hablamos, ¿cuánto más la Palabra de Dios por la que se hicieron todas las cosas? Esta Palabra nos dice lo que es el Padre, en el concepto de Padre y así mismo qué es lo que es el Padre.
San Agustín, quaestiones evangeliorum, 2,1. Cuando dijo: "Ninguno conoce al Hijo, sino el Padre", no dijo: y a quien el Padre quisiere revelar. Pero esto no quiere decir que el Hijo no puede ser conocido más que sólo por el Padre. El Padre puede ser conocido, no sólo por el Hijo, sino por todos aquellos a quienes lo revelare el Hijo. Así decimos, que por revelación del Hijo conocemos al Padre y al Hijo, porque el Hijo es la luz de nuestra inteligencia. Y en lo que sigue: "Y a quien el Hijo lo quisiere revelar" comprendemos no sólo al Padre, sino también al Hijo, porque estas palabras están relacionadas con las anteriores. Porque es expresado el Padre por su Verbo y el Verbo, no sólo revela lo que El expresa, sino también se revela a sí mismo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Luego si revela al Padre, se revela a sí mismo. Dejó de poner esto último por ser evidente y puso lo primero, por si alguno lo ponía en duda. Nos demuestra también que está El tan identificado con el Padre, que es imposible llegar al Padre, sino mediante el Hijo y esto era lo que principalmente escandalizaba a los judíos, porque lo creían contrario a la idea de Dios y esta creencia es la que trató de destruir por todos los medios.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. El había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede, que no es más que la expresión de su inefable virtud y ahora los llama a sí por las palabras: "Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados".
San Agustín, sermones 69,1. ¿Por qué nos cansamos todos, sino porque somos mortales, que llevamos vasos de barro que nos ponen en tantas angustias? Pero si los vasos frágiles de la carne nos angustian, nos desplegamos en los espacios de la caridad. ¿A qué dice: "Venid a mí todos los que trabajáis", sino para que no nos cansemos?
San Hilario, in Matthaeum, 11. Llama a sí a todos los que trabajan por las dificultades de la ley y la carga del pecado.
San Jerónimo. Asegura el profeta Zacarías, que es carga muy pesada la del pecado, diciendo: "que la iniquidad está sentada sobre una masa de plomo" ( Zac 5,7) y el Salmista completó esta verdad con las palabras: "mis iniquidades están pesando sobre mí" ( Sal 37,5).
San Gregorio Magno, Moralia, 30. Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: "Y yo os aligeraré". No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.
Rábano. No sólo os aliviaré, sino que os saciaré con un manjar interior.
Remigio. Venid, dice, no con los pies, sino con las costumbres; no con el cuerpo, sino con la fe, porque ésta es la entrada espiritual que nos aproxima a Dios. Por eso dice: "Tomad mi yugo sobre vosotros".
Rábano. El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: "Aprended de mí".
San Agustín, sermones, 69,2. No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.
Rábano. Mandándonos nuestro Salvador que seamos sobrios en las costumbres y humildes en nuestros sentimientos, nos manda también que no ofendamos a nadie, que no despreciemos a nadie y que tengamos dentro de nuestro corazón todas las virtudes que manifestamos en nuestras obras exteriores.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2. Por eso El desde el principio comienza la exposición de las leyes divinas por la humildad y propone la recompensa en las palabras: "Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas". Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad y concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero, ya que en ese tiempo se gozará de una tranquilidad eterna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,3. Y para que no se llenaran de temor al oír las palabras, carga y yugo, añade: "Porque mi yugo, etc".
San Hilario, in Matthaeum, 11. Y nos propone la idea consoladora del yugo suave y de la carga ligera, a fin de dar a los que creen en El unos indicios del bien que sólo El ha visto en el Padre.
San Gregorio Magno, Moralia, 4,39. ¿Qué carga pesada impone a nuestras almas el que nos manda evitar todo deseo que nos pueda perturbar? ¿Qué cosa más ligera que el abstenerse de la maldad, querer el bien, no querer el mal, amar a todos, no aborrecer a nadie, alcanzar lo eterno, no engolfarse en lo presente y el no hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros?
San Hilario, in Matthaeum, 11. ¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse demaldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí.
Rábano. Pero cómo se entiende que es suave el yugo de Cristo, cuando se dice más arriba: "¿Es estrecha la senda que conduce a la vida?" ( Mt 7,14). Porque lo que al principio se nos hace dificultoso, pasado algún tiempo, mediante la dulzura inefable del amor, se nos hace sumamente fácil.
San Agustín, sermones,70,1. Los que llevaron intrépidamente sobre sus cabezas el yugo del Señor, han afrontado peligros tan difíciles, que parece como que son llamados, no del trabajo al descanso, sino de la inacción al trabajo, como dice el Apóstol de sí mismo ( 2Cor 6): El Espíritu Santo es ciertamente el que renueva de día en día al hombre interior en medio de las ruinas del hombre exterior y una vez que ha gustado la tranquilidad espiritual, en esta afluencia de las delicias de Dios, en la esperanza de los bienes eternos, todo lo presente pierde su aspereza y todo lo pesado se aligera. Sufren los hombres el ser despedazados y quemados, no solamente a fin de no sufrir los dolores eternos, sino aún para evitar mediante un dolor muy vivo pero momentáneo, otros sufrimientos prolongados. ¿Qué tormentas e inclemencias no sufren los comerciantes, a fin de conseguir riquezas banales? Las mismas penas experimentan los que no buscan esas riquezas como los que las buscan. Pero en éstos no son tan terribles, porque el amor suaviza y hace fáciles las cosas más inclemente y difíciles. ¿Con cuánta más razón hará más fácil todo lo difícil, la caridad que tiene por objeto la verdadera felicidad, que no la pasión, que en cuanto está de su parte tiende a un fin miserable?
San Jerónimo. ¿Cómo el Evangelio es más suave que la ley, puesto que ésta sólo castiga el homicidio y el adulterio y el Evangelio hasta la ira y la concupiscencia? ( Mt 5). Hay en la ley muchos preceptos, que según enseña con toda erudición el Apóstol ( Hch 15) son impracticables. En la ley se exige la obra, en el Evangelio la intención, con la que puede obtenerse la recompensa sin que se haya realizado la obra. El Evangelio nos manda lo que nos es posible, esto es, el no desear y esto queda dentro de nuestras facultades. La ley, al castigar al adulterio, no castiga la intención, sino el hecho. Figuraos que en una persecución ha sido violada una virgen, el Evangelio la recibe como virgen porque no ha pecado por su voluntad, pero la ley la repudia porque ha sido violada.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena