sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 6 de junio de 2026

San Norberto, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

San Norberto, nobilísimo fruto de una de las más ilustres casas de Alemania, fue hijo de Heriberto, conde de Genepp, emparentado con los emperadores, y de Hadvigis, o Harvigis, descendiente de los duques de Lorena; nació el año de 1080, en el corto pueblo de Santen, del ducado de Cleves; y poco antes de nacer tuvo su madre un misterioso sueño, por el cual comprendió que lo que traía en el vientre sería con el tiempo una de las más brillantes lumbreras de la santa Iglesia.

No correspondieron a esta esperanza los primeros años de la juventud de Norberto. Viéndose rico, bien dispuesto, de mucha capacidad, con un genio apacible, sociable, y acompañado todo de cierto aire tan noble como gracioso, siendo además de eso de humor desembarazado y festivo, se dio enteramente al mundo y a todos sus pasatiempos. Era Norberto como el alma de todas las diversiones y de todas las funciones de la corte. Pero esta inclinación a divertirse no le sirvió de estorbo para dedicarse a los estudios; y como fue uno de los más sobresalientes ingenios de su siglo, en poco tiempo hizo grandes progresos en todas las ciencias.

Fue provisto en él un canonicato de la iglesia de Santen, y empeñado ya en el estado eclesiástico, se ordenó de epístola; pero con resolución de no pasar de aquel grado para vivir con alguna mayor libertad. Representábale el obispo que deshonraba el estado con su desarreglada vida, y que para reformarse le convendría mucho recibir los demás sagrados órdenes; pero se hacía sordo a sus paternales amonestaciones, mirando con horror el diaconato y el sacerdocio, como lo hacen hoy no pocos, que con apariencia de respeto, y con realidad de indevoción, huyen de estos dos sagrados órdenes, considerándolos poderoso freno de la licenciosa vida a que quieren entregarse.

Después de haber brillado en la corte de Federico, arzobispo de Colonia, quiso lucirlo con el mismo fausto y con la misma ostentación en la del emperador Henrique, deudo suyo; y apenas se dejó ver en ella, cuando se llevó las atenciones de todos por su esplendor, discreción y bizarría. Hízole el emperador su limosnero mayor, y después le nombró para el obispado de Cambray; pero no quiso aceptarle, no por virtud, sino por no mudar de vida.

Mas el Señor, que tenía destinado a Norberto para vaso de elección, le abatió en medio de la carrera. Caminaba un día a caballo a un lugarcito de la Westfalia llamado Freten, seguido de un solo lacayo suyo. El cielo estaba sereno, y encapotándose de repente, se levantó una furiosa tempestad de relámpagos y truenos. Deliberaron amo y criado sobre si pasarían adelante o volverían atrás, cuando cayó un rayo a los pies del caballo de Norberto, que, abriendo un boquerón en la tierra, derribó al jinete y medio le sepultó. Casi una hora estuvo Norberto sin sentido, hasta que volviendo, en fin, en sí, se levantó, hincóse de rodillas, y elevando los ojos y las manos al cielo, exclamó como otro Saulo: Señor, ¿qué quieres que haga? Parecióle que le respondían interiormente: que dejes el mal, y hagas el bien.

Resuelto a mudar de vida, retrocedió, retiróse a Santen, y sin meter ruido se contentó por entonces con huir de todo pecado, y con traer un áspero cilicio debajo del vestido regular. Poco después se retiró al monasterio de Sigisberto, que gobernaba el abad Conon, obispo que fue de Ratisbona, y este oportuno retiro perfeccionó su conversión. Instruido ya en los caminos del Señor, resolvió romper enteramente con el mundo; y sabiendo que celebraba órdenes el arzobispo de Colonia, pasó allá, echóse a sus pies y le suplicó que le admitiese en la matrícula de los ordenandos.

Gustosamente sorprendido el arzobispo, viendo que le pedía con instancia aquello mismo que había rehusado cuando voluntariamente se lo habían ofrecido, le prometió que le ordenaría de diácono. Yo hasta eso, Señor, respondió Norberto, es menester que en el mismo día me ordenéis también de sacerdote. Aun mucho más admirado el arzobispo, le preguntó el motivo de aquella priesa. A esto solo respondió con sus lágrimas; arrojóse a sus pies, suplicóle le oyese en penitencia, manifestóle todos sus desórdenes, pidió la absolución, y rogóle que luego le confiriese el sacerdocio. Enternecido el prelado, y atendiendo más a las santas disposiciones de su penitente, que a las de los sagrados cánones, creyó buenamente que podía darle aquel consuelo.

Llegado el día de las órdenes, los demás ordenandos se presentaron en la iglesia revestidos de albas como es costumbre, y Norberto se dejó ver en ella con el vestido más rico que tenía. Llevóle el sacristán el traje correspondiente, y llamando a un lacayo, se despojó de las galas seculares, vistióse una solana hecha de pieles de oveja, y se la ciñó con una grosera cuerda; espectáculo que enterneció a todos los circunstantes, siendo pocos los que a vista de él pudieron contener las lágrimas.

Retiróse el nuevo sacerdote a la abadía de Sigisberto, donde se dispuso con cuarenta días de retiro y de asperísima penitencia para celebrar la primera misa. A instancia de su cabildo la celebró en la iglesia de Santen. Comunicóse a los asistentes la visible devoción del nuevo sacerdote; pero quedaron aturdidos cuando, acabado el evangelio, le vieron subir al púlpito, y predicar con tanta elocuencia y con tanto celo sobre la vanidad del mundo, sobre la brevedad de la vida, sobre la santidad del estado eclesiástico, sobre sus indispensables y muchas obligaciones, que se deshacía en lágrimas todo el concurso.

Hubo cabildo al día siguiente, y preguntado acerca de algunos puntos de la regla, habló con tanto espíritu, con tanta energía y con tanta moción contra los abusos que se habían introducido, y contra las licenciosas costumbres de los eclesiásticos, que acabó de rendir con este discurso a los que ya estaban muy movidos con el antecedente. Es verdad que no fue universal el fruto, porque no a todos agradó aquella libertad apostólica; y temiendo tener en Norberto un continuo censor de sus desórdenes, tanto con sus palabras, como con sus ejemplos, hicieron cuanto pudieron para librarse de él. Cargáronle de injurias, insultáronle muchas veces, calumniáronle y le acusaron al papa, tratándole de hipócrita y de novador que, con el especioso pretexto de reforma, tiraba a introducir peligrosas novedades.

Por lo que tocaba a las injurias y a los ultrajes nada tuvo que hacer en tolerarlos, no solo con paciencia sino con alegría, porque era lo que él más deseaba; pero le pareció que no debía sufrir le tuviesen por sospechoso en la fe. Confundió la calumnia en el concilio de Frizlar, que se celebró en presencia de un legado apostólico; y encendido en mayor celo de la salvación de las almas y en más vivo deseo de su propia perfección, renunció en manos del arzobispo de Colonia todos los beneficios eclesiásticos que poseía, y eran muy pingües, vendió todos sus bienes y todos sus muebles, sin reservarse más que los ornamentos para decir misa con decencia, y todo el producto le repartió luego entre los pobres. Quedó él más pobre que los mismos a quienes acababa de hacer aquella limosna, y partió a pie y descalzo a buscar al papa Gelasio II, que estaba en San Gil de Languedoc, acompañado de dos solos laicos, que se habían hecho sus discípulos.

Postróse a los pies de su Santidad, hizo con él una confesión general, absolvióle de sus culpas, y también de la irregularidad en que pudo haber incurrido por haberse ordenado en un mismo día de diácono y de presbítero, contra lo dispuesto por los sagrados cánones; y bien informado el sumo pontífice, así de la nobleza como del mérito personal de su penitente, prendado por otra parte de su sabiduría, de su virtud y de su celo, quiso tenerle en su corte; pero el santo le suplicó humildemente se dignase permitirle seguir su vocación, que era ir a predicar penitencia por todas partes con sus sermones y con sus ejemplos; y edificado el papa de tan santa resolución, le dio su bendición con amplia facultad para predicar el evangelio por todo el mundo.

No bastó para detener ni un solo punto al nuevo misionero el riguroso frío del invierno. Corrió con sus dos compañeros el Languedoc, la Guyena, el Poitou, el Orleanés, predicando en todas partes con maravilloso fruto, sin admitir el menor alivio ni reparo contra los rigores de la estación, caminando con los pies descalzos y ayunando todos los días, de suerte que su misma vida predicaba penitencia. Al pasar por Orleans encontró con un subdiácono, que animado del mismo celo se juntó a él, y con este nuevo refuerzo pasó al condado de Hainaut, y entrando en Valenciennes el sábado antes del domingo de Ramos, predicó este día al pueblo con tanto fruto, que hicieron los mayores esfuerzos para detenerle; y con efecto, habiendo caído mortalmente enfermos sus tres compañeros, se vio precisado a hacer mansión en aquella ciudad por muchos días.

Con esta ocasión vio a Boncardo, obispo de Cambray, que había venido a Valenciennes. Como este prelado le había conocido en la corte del emperador, y se le había dado el obispado porque Norberto no le quiso admitir, se enterneció mucho cuando le vio en aquel estado de penitencia, abrazóle estrechamente y le miró con veneración. Admirado un familiar del obispo, llamado Hugo, de aquel recibimiento tan tierno como respetuoso, se informó de quién era aquel extranjero; y noticioso de su calidad, de sus circunstancias y de sus talentos, se hizo compañero suyo y fue el más célebre de todos sus discípulos. Los otros tres compañeros enfermos murieron todos casi en un mismo día; y concluidas sus exequias, partió Norberto de Valenciennes con el nuevo discípulo Hugo, para predicar, como lo hizo, en todas las ciudades, pueblos y aldeas del condado de Hainaut, del país de Lieja y del Brabante, obrando en todas partes portentosas conversiones.

Teniendo noticia de que Calixto II, sucesor de Gelasio, había convocado un concilio en Reims, en que había de presidir el mismo papa, partió allá con su compañero Hugo, para suplicar al sumo pontífice que confirmase su misión, y le diese facultad para escoger operarios que le acompañasen en sus expediciones apostólicas. Halló los ánimos muy prevenidos en su favor, recibiéndole el pontífice con grandes demostraciones de afecto y de estimación, y no fueron menores las que le dieron todos los demás prelados. Bartolomé, obispo de Laon, admirado de su eminente santidad, suplicó al papa se le concediese para reformar una abadía de su obispado; y condescendiendo el pontífice, fueron tantos los estorbos que le salieron al encuentro en aquella reforma, que muy en breve se libró de la tal comisión; pero no pudiendo el buen obispo resolverse a permitir a Norberto que saliese de su obispado, le propuso que dentro de él escogiese el sitio que mejor le pareciese para edificar un monasterio, donde podría criar muchos discípulos de su mano, y si lo juzgase conveniente, prescribirles reglas particulares que formasen un nuevo instituto.

Pareció bien al santo la proposición; y habiendo examinado varios parajes, hizo alto en un valle muy desierto y muy estéril, llamado Premonstrato, en el bosque de Conci, donde halló una capilla medio arruinada, que pertenecía a la abadía de San Vicente de Laon. Pasó en ella la noche, y viniendo el obispo a buscarle el día siguiente: Este es, Señor (le dijo el santo), el lugar que Dios nos tiene señalado, en el cual se han de santificar muchos con su divina gracia. Esta noche se me representó una multitud de hombres vestidos de blanco, con cruces, candeleros e incensarios en las manos, que iban en procesión cantando alabanzas a Dios por todo este contorno.

Consiguióle el obispo la posesión de aquel sitio, y partiendo Norberto hasta el Brabante en busca de compañeros, juntó trece, con los que volvió a Premonstrato, dándoles a todos el hábito blanco, disponiéndoles unas constituciones llenas de espíritu divino, y fundando aquel nuevo instituto de canónigos reglares, tan fecundo en hombres ilustres y religiosos insignes, que después de seiscientos años conservan la disciplina regular en todo su vigor, y edifican a toda la Iglesia con sus grandes ejemplos. Tuvo principio el orden premonstratense el año de 1121; y en poco tiempo vio el santo fundador más de ochocientos religiosos y ocho abadías célebres de su orden.

La santa vida que en él se profesaba, las grandes penitencias que se hacían, la exactísima observancia que en todas partes reinaba, con el superior concepto que se merecía la elevada santidad de Norberto, autorizándola Dios cada día con portentosos milagros, todo era motivo para que concurriese multitud de ilustres pretendientes, deseosos de abrazar el nuevo instituto, y para que las ciudades y los prelados conspirasen como a porfía a fundar muchos monasterios. Hízose célebre el de Floref, cerca de Namur, por haberse retirado a él el conde Godefrido tomando el hábito de lego; pero ninguno más famoso ni más glorioso para nuestro santo que el de San Miguel de Amberes.

Aprovechándose de la ignorancia y de la disolución que reinaba en esta ciudad un miserable hereje, llamado Tankelino, había sembrado en ella sus errores con tan desgraciada felicidad, que contaba más de tres mil sectarios. Desterró de ella el uso de los sacramentos, particularmente el de la sagrada Eucaristía, siendo fruto de su perversa doctrina el desprecio de todas las leyes, la abolición del culto de la santísima Virgen y de los santos, con el público y general abandono a las mayores torpezas; y aunque no estaba ya en el mundo este infame hereje, por haber perdido violentamente la vida el año de 1115, después de haber cometido mil abominaciones, no dejaba de tener muchos discípulos infatuados en sus detestables máximas, los cuales inficionaban todo el país.

Pareció a todos los buenos que el remedio más eficaz y más pronto para atajar tanto mal, era llamar al santo abad de Premonstrato. Acudió prontamente, acompañado de algunos discípulos suyos, y predicó con tanta eficacia, con tanto acierto y con tanta moción, que en breve tiempo hizo volver al camino de la verdad y de la justicia a los que se habían desviado de él, y se vio mudado todo el semblante de la ciudad. Quedaron tan asombrados y tan movidos de esta maravilla los canónigos de San Miguel, que cedieron su misma iglesia a San Norberto para que fundase en ella un convento de su religión, y ellos se retiraron a la iglesia de Santa María, que es el día de hoy la catedral.

Aun no estaba aprobado el nuevo instituto sino por los legados del papa Calixto II, y San Norberto pasó a Roma para que le confirmase Honorio II, que a la sazón ocupaba la silla de San Pedro. Recibióle el pontífice con la ternura y con la estimación que se merecen los santos, y confirmó con grandes elogios su religión por una bula expedida en 16 de febrero de 1126. Al volver de Roma tuvo precisión de pasar por Alemania, y encontrando la corte imperial en Wurtzburg, ciudad de la Franconia, fue recibido con gran veneración del emperador Lotario, que tuvo devoción de oír su misa el día de Pascua, y al acabarla dio vista a una mujer ciega; milagro que hizo tanta impresión en tres caballeros jóvenes hermanos y muy ricos, que, arrojándose a sus pies, le pidieron los recibiese en su orden, donde se consagraron a Dios, y fundaron de su hacienda un monasterio cerca de Wurtzburg.

Luego que Norberto se restituyó a Premonstrato tuvo el consuelo de que voluntariamente se sujetase a su santa regla la abadía de San Martín de Laon, que pocos años antes no había querido admitir la reforma, y lo mismo hizo la de Valsery. Comenzaba en su amada soledad a disfrutar la dulzura del sosiego y del reposo, cuando el conde de Champaña le rogó quisiese acompañarle en un viaje a Alemania; y llegando a Espira, donde estaba el emperador, se encontró con los discípulos de Magdeburg, que venían a pedir obispo para aquella iglesia, y todos de unánime consentimiento pusieron los ojos en el abad de Premonstrato, elección que fue aplaudida de toda la corte; y sin dar oídos a su resistencia ni a sus razones, le pusieron guardas de vista, hasta que fue consagrado y conducido a Magdeburg, sin permitirle que volviese a su monasterio.

Fue universal el gozo de todo el clero y de todo el pueblo, excediendo mucho a todas las esperanzas las bendiciones que derramó el cielo sobre sus ovejas por los méritos del santo pastor. En nada alteró su método de vida la nueva dignidad; y aunque se vio elevado a una de las más respetables sillas episcopales de Alemania, siempre se conservó igualmente pobre, igualmente humilde, igualmente mortificado. Tenía muy debilitada la fe la licencia de las costumbres; pero nuestro santo, armado de la palabra de Dios, y mucho más de los ejemplos de su virtud, combatió el vicio y el error con todas sus fuerzas, reformó el clero, corrigió los abusos, y consiguió que volviese a florecer la religión y la piedad en todo el obispado; no contribuyendo poco a estos felices sucesos su afabilidad, su caridad y su penitente vida.

En breve tiempo comunicó a su rebaño aquella tierna devoción a la santísima Virgen, que él la había profesado siempre casi desde la cuna; pero en ninguna cosa se hizo más visible su celo que en procurar se rindiese al Santísimo Sacramento del altar el culto y veneración que se le debía. Fue tan notoria su devoción y su amor al augusto Sacramento, que después de su muerte se le pintó con un viril en la mano, como en prueba de haber sido esta su devoción sobresaliente.

Siendo tan general la corrupción de las costumbres, y siendo tan vivo y tan ardiente el celo del santo prelado, era preciso que le suscitase muchos enemigos. No pocas veces determinaron asesinarle, y otras tantas tuvo el consuelo de ver convertidos a los asesinos. No perdonaron medio alguno para aburrirle, para calumniarle y para perderle; pero rebatió estas violencias con las invencibles armas de su mansedumbre, de su caridad y de su paciencia. Trataba los enfermos frenéticos como verdadero médico; y si tal vez se veía precisado a usar de severidad en su corrección contra los hijos rebeldes, lo hacía con entrañas de amoroso padre, lleno de ternura con ellos; y desarmando de esta manera con la virtud y con el sufrimiento a sus enemigos, cesó la tempestad, de cuya calma se aprovechó para hacer sus visitas pastorales con fruto jamás oído y con general satisfacción.

Pero ni los cuidados ni el gobierno de su iglesia le servían de estorbo para atender también a las necesidades de su orden. Dispuso que en su lugar fuese nombrado por abad general de la religión Hugo, el primero de sus discípulos. Habiendo asistido al concilio de Reims, en que Inocencio II fue reconocido por verdadero papa, y condenado el antipapa Anacleto, hizo un viaje a Roma, donde trabajó eficazmente para acabar de extinguir las centellas del cisma; y restituido a su iglesia, le postró en la cama una enfermedad que al cabo de cuatro meses le quitó la vida, muriendo con la muerte de los santos […] de su obispado, y al decimocuarto de la fundación de su religión.

Mantúvose el santo cuerpo nueve días sin enterrarse y sin la menor señal de corrupción, manifestando el Señor por este tiempo la gloria de su siervo con grandes maravillas. Habiéndose apoderado los luteranos de la ciudad de Magdeburg, el emperador Fernando II hizo trasladar sus reliquias en el año de 1627 a la ciudad de Praga en Bohemia.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.