miércoles, 20 de mayo de 2026
San Bernardino de Siena, Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Eccli. 31, 8-11)
Léctio libri Sapiéntiæ Beátus vir, qui invéntus est sine mácula, et qui post aurum non ábiit, nec sperávit in pecúnia et thesáuris. Quis est hic, et laudábimus eum? fecit enim mirabília in vita sua. Qui probátus est in illo, et perféctus est, erit illi glória ætérna: qui potuit tránsgredi, et non est transgréssus: fácere mala, et non fecit: ídeo stabilíta sunt bona illíus in Dómino, et eleemósynas illíus enarrábit omnis ecclésia sanctórum.
Bienaventurado el rico que es hallado sin culpa, y que no anda tras el oro, ni pone su esperanza en el dinero y en los tesoros. ¿Quién es éste y lo elogiaremos?; porque él ha hecho cosas admirables en su vida. El fue probado por medio del oro, y hallado perfecto, por lo que reportará gloria eterna. El podía pecar y no pecó, hacer mal y no lo hizo; por eso sus bienes están asegurados en el Señor; y celebrará sus limosnas toda la congregación de los santos. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario al Eclesiástico, cap. 31 — Cornelio a Lápide
«Bienaventurado el rico que fue hallado sin mancha.» Es decir: bienaventurado el rico, no el que ansía las riquezas, ni el que abunda en ellas, ni el que en ellas pone su esperanza y de ellas se jacta y ensoberbece, sino el que vive en las riquezas «sin mancha» e irreprensiblemente, y no va tras el oro, ni en él, sino en Dios espera y descansa. Este, digo, es feliz y bienaventurado: primero, porque íntegro e inculpable, pues la buena conciencia, la integridad y la justicia son la bienaventuranza de esta vida; segundo, porque es bien grande y raro, y don de Dios, que el rico no aplique su corazón a las riquezas, sino que las conserve intactas, libres y por encima de sí, dominándolas como señor y no sirviéndolas como esclavo; tercero, porque tal rico, aunque sea rico en hacienda, es con todo pobre de espíritu, y la pobreza de espíritu es la primera perfección y bienaventuranza evangélica, según aquello de Cristo: «Bienaventurados los pobres de espíritu —esto es, de mente y afecto—, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt. V). San Isidoro (lib. X de las Etimologías): «beatus se dice como bene auctus, bien acrecentado, por tener lo que quiere y no padecer nada que no quiera».
Nótese: fue herejía de los pelagianos que el rico no puede guardar los preceptos de Dios ni salvarse, y que, para salvarse, se le exige abdicar de las riquezas y hacerse pobre (así lo refiere San Agustín; y el artículo sexto de Pelagio, condenado en el concilio de Diospolis; y el libelo De Divitiis falsamente atribuido al papa Sixto III, que es de algún pelagiano, según advirtieron los doctores de París y de Lovaina). Lo contrario enseña aquí el Siracida: que el rico puede, en las riquezas, ser bienaventurado y salvarse, si tiene tres condiciones. La primera, si vive «sin mancha», esto es, sin pecado grave y mortífero, como hicieron Abraham, Isaac, Jacob y Job. La segunda, «que no fue tras el oro»: que no siguió al oro, sino a Dios y a su reino, según aquello de Cristo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo esto se os dará por añadidura» (Mt. VI, 33). Y advierte Palacio: si el oro te viene por derecho —por don, por herencia, por arte justa—, tú no vas tras él; pero si lo buscas por medios injustos, violando lo sagrado o quebrantando las leyes de la Iglesia, entonces vas tras el oro, porque lo antepones como guía de tu vida y lo sigues, con todo tu amor, como un esclavo tras su ídolo. La tercera: «ni esperó en el dinero y en los tesoros», que se sigue de la segunda.
Pues quien, abundando en riquezas, no les aplica el corazón, sino que vuelve a Dios los ojos de la mente apartándolos de ellas, ese no espera en ellas; espera, en cambio, quien, casi olvidado de Dios, pone en el oro el corazón y, por consiguiente, la esperanza. También, por metalepsis, puede exponerse: «ni se ensoberbeció ni se jactó en el dinero y en los tesoros»; pues, como dice San Agustín, «el gusano de las riquezas es la soberbia»: así como en la manzana nace el gusano, así en el oro nace la soberbia. Por eso Cristo intima a los ricos el «ay» de la condenación eterna (Lc. VI, 24; XVI, 25) y dice: «Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entrar en el reino de los cielos» (Mt. XIX, 24). San Bernardo: «Bienaventurado el que no fue tras aquellas cosas que, poseídas, cargan; amadas, ensucian; perdidas, atormentan.» Nota Orígenes que se dice «no fue tras el oro», y no tras las ovejas, ganados o campos: la opulencia antigua, sencilla e inocente, consistía en ovejas, bueyes y campos, como los de Job, Abraham y Lot; la inocencia engendró la agricultura, y la avaricia los tesoros de oro y plata. Místicamente, bienaventurado el rico, esto es, el varón santo, rico para con Dios (San Ambrosio), que no espera en lo suyo, sino en los méritos de Cristo.
Rara vez, en efecto, carece el rico de la mancha de injusticia, soberbia o gula; más raro se halla quien se contente con el oro que le viene; rarísimo, quien no espere en él y aparte de él la mente. Por eso, como de cosa rara, admirable y singular, dice: «¿Quién es este, y le alabaremos?» (el griego tiene ΜΑΚΑΡΙΟΥΜΕΝ, esto es: le llamaremos bienaventurado, le proclamaremos dichoso). Es como decir: tales son pocos y raros, pero grandes, excelentes y admirables. «Porque hizo maravillas en su vida.»
El primer prodigio y casi milagro es que, contra el común sentir y modo de los hombres, no ame desordenadamente las riquezas, sino que, buscándolas, acrecentándolas y conservándolas, guarde intacta e íntegra la conciencia sin mancha; pues las riquezas son incentivo de ambición, soberbia, gula e ira. San Bernardo: «¿Cómo no habría de peligrar la castidad entre las delicias, la humildad entre las riquezas, la piedad en los negocios, la verdad en el mucho hablar, la caridad en este siglo malo?» El segundo milagro es que no fue tras el oro, sino el oro tras él: como la sombra sigue al cuerpo, así el honor sigue al que huye de él y desprecia las riquezas. Séneca: «Nadie es digno de Dios sino quien desprecia las riquezas; estas inflan los ánimos, engendran soberbia y arrogancia, atraen la envidia»; y Epicuro solía decir: «Si vives según la naturaleza, nunca serás pobre; si según la opinión, nunca serás rico; poco desea la naturaleza, y la opinión, lo inmenso.» El tercer milagro es que no espere en su dinero, como hace el mundo, sino en el Dios vivo y verdadero, y que, por causa y amor de Dios, use el oro para su gloria, alimentando a los pobres, a los religiosos, a los ministros de Dios y a los lugares sagrados.
«El que fue probado en él —el oro— y hallado perfecto, tendrá gloria eterna.» Orígenes (lib. I sobre Job) aplica esto a Job, que tuvo riquezas castas, limpias e incontaminadas, y las sembró alegremente por las almas de los desdichados y por las bocas de los hambrientos. «Perfecto», porque la tentación y la prueba hacen perfecto al que es constante en ella; así se llama perfecto al que, por la prueba del oro, es hallado perfecto. Con mayor vigor leen muchos códices estos versos por interrogación (con el griego τίς, «quién»): «¿Quién fue probado en él y hallado íntegro? Sea ejemplo de gloria. ¿Quién pudo pecar y no pecó? ¿Quién hacer el mal y no lo hizo?»
«El que pudo prevaricar y no prevaricó, hacer el mal y no lo hizo.» Raro es el rico cuya virtud, probada por el oro, se halla íntegra y perfecta; por eso, quienquiera que sea, es digno de gloria eterna ante Dios y ante los hombres. Raro el que, teniendo por las riquezas los incentivos de todo pecado, y pudiendo impunemente traspasar todas las leyes, ninguna traspasó. Por eso las riquezas se llaman en griego δυνάμεις, esto es, fuerzas y potencias, y en latín «facultades», porque dan facultad, poder y fuerzas tanto para las virtudes como para los vicios, según al rico le pluguiere usar de ellas; pues, como vulgarmente se dice, «imán del corazón humano es el oro». El cuarto prodigio y casi milagro es que el rico, probado por el oro, fue hallado perfecto: fue probado y tentado Abraham, para ver si amaba más al hijo que a Dios; probado y tentado Job por las calamidades, para ver si por ellas maldeciría a Dios; así el rico es colmado de riquezas para ser probado, a ver si es cautivado por la confianza y el amor de ellas. Maravilla es que el joven ande entre vírgenes hermosas y no se ablande por su hermosura; maravilla morar entre relucientes riquezas y no ser cautivado por su fulgor.
Nótese: las riquezas son tentación y prueba, como también lo es la mujer hermosa; quien desea enriquecerse, desea exponerse al peligro: ¡ojalá no perezca en él! El rico es perfecto si vive sin culpa, pues ¿cómo el imperfecto no pecaría en tanta licencia de pecar? Las riquezas son poder, fuerza y facultad para pecar, pero también para hacer el bien; y es nuestra miseria que abusemos de ellas más bien para el mal. Elegantemente, Hugo (tomándolo de Rabano y de San Bernardo): «Verdadero género de martirio es la pobreza voluntaria. ¿Qué hay más admirable, o qué martirio más grave, que tener hambre entre los manjares, tener frío entre los vestidos, verse oprimido por la pobreza en medio de las riquezas que el mundo muestra, que el maligno ofrece y que nuestro apetito desea? Maravilla es tocar el fuego y no quemarse, recoger espinas y no herirse, cargar piedras y no lastimarse; y las riquezas son fuego, espinas y piedras.» Y con verdad dice el Filósofo: «Lo que el fuego es al oro, eso es el oro al hombre»; pues como el fuego prueba la pureza del oro, así el oro prueba la pureza del corazón.
«Tendrá gloria eterna»: porque a ella miró, y por ella despreció las riquezas y la gloria temporales. ¿Y cuán grande es esta recompensa? ¿Quién no la ambicionará, y por ella no despreciará todo lo terreno y caduco? La eternidad es, según Ricardo de San Víctor, «duración sin principio ni fin, carente de toda mutabilidad»; y, según Boecio, «el ahora que permanece, sin moverse, se hace a sí mismo la eternidad», de suerte que la eternidad es «la posesión total, simultánea y perfecta de una vida interminable».
«Por eso sus bienes están afianzados en el Señor, y todo el pueblo de los santos pregonará sus limosnas.» Es decir: por eso alcanzará de Dios gloria estable y eterna, y de los hombres —sobre todo de los fieles y santos— alabanza perenne; pues opone la Iglesia, esto es, la asamblea de los santos, a la turba de los impíos, que alaban no a los justos, sobrios y temerosos de Dios, sino a los injustos, rapaces, glotones y pródigos, para gozar de sus riquezas. Aquello de «en el Señor» equivale a «por el Señor», «junto al Señor», en la mente, memoria, remuneración y decreto del Señor; mas con más nervio dice «en el Señor» que «de parte del Señor»: en los tesoros mismos del Señor, en sus mismas arcas y aun en las entrañas mismas de Dios, se guardan segura, estable y fielmente estos bienes del rico limosnero. El griego dice concisamente: «Serán afianzados sus bienes, y la Iglesia pregonará sus limosnas.» «Limosna» la llaman los hebreos חסד (chesed), esto es, piedad, obra pía con que las riquezas y los trabajos se emplean en los pobres, los religiosos, los templos y las demás cosas piadosas.
«Afianzados» (o, según el griego, «serán afianzados») puede tomarse de tres modos. Primero, de la estabilidad, esto es, eternidad de la gloria que Dios le tiene preparada en el cielo, de modo que sus obras buenas se conservan firmes ante Dios para ser remuneradas con gloria estable, más aún, eterna. Segundo, de la estabilidad de los bienes temporales: que Dios se los hace firmes y estables al rico por su santidad y su limosna, así como, al contrario, se los quita a los injustos e impíos, según aquello: «De lo mal adquirido no goza el tercer heredero.» De donde aprende moralmente el rico que la limosna y la justicia le afianzan sus riquezas, y que la tenacidad y la injusticia se las menguan, debilitan y arrebatan; bien lo saben los mercaderes sabios, que aseguran sus mercancías, naves y ganancias mediante limosnas y obras pías (así lo enseña San Pablo, II Cor. IX). Tercero, Palacio lo entiende de cualesquiera bienes, temporales y espirituales: como Abraham, tentado en su hijo, no lo perdió, sino que lo recibió más firme, así el rico probado en las riquezas, y hallado sin culpa en ellas, no las pierde, sino que las afianza.
En esta segunda parte nos enseña el Autor muchas cosas: primero, que es propio oficio del rico santo hacer limosnas, de suerte que sea maravilla que el rico haga fluir de sí de continuo las riquezas, y que Dios las haga estables, devolviéndolas a su cauce como las aguas del Jordán; segundo, que la limosna del rico piadoso no llega a uno o a otro, sino a toda la Iglesia, que alaba los beneficios recibidos; tercero, que la limosna ha de darse sobre todo a los santos; cuarto, que es oficio del que recibe el beneficio alabarlo y pregonarlo. Ejemplo ilustre es San Gregorio Nacianceno, que celebra las largas limosnas de su padre y de su madre Nona; y San Ambrosio (lib. II de los Oficios), que mandó fundir aun los vasos sagrados de la Iglesia y repartirlos entre los necesitados. ¿Y qué es esta «Iglesia» sino los templos que edifican y adornan, los monasterios y hospitales que fundan, los religiosos que sustentan, las viudas y huérfanos que amparan, los enfermos que visitan, los desnudos que visten y los hambrientos que sacian? Pues su casa y su hacienda son como el seno de Abraham en la tierra, donde todos los pobres hallan su descanso.
Comentario al Eclesiástico, cap. 31, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 12, 32-34)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Nolíte timére, pusíllus grex, quia complácuit Patri vestro dare vobis regnum. Véndite quæ possidétis, et date eleemósynam. Fácite vobis sácculos, qui non veteráscunt, thesáurum non deficiéntem in cœlis: quo fur non apprópiat, neque tínea corrúmpit. Ubi enim thesáurus vester est, ibi et cor vestrum erit.
No tenéis vosotros que temer, pequeñito rebaño, porque ha sido el agrado de vuestro Padre daros el reino. Vended, si es necesario, lo que poseéis, y dad limosna. Haceos unas bolsas que no se echen a perder; un tesoro en el cielo que jamás se agota, adonde no llegan los ladrones, ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 12, 32-34 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
Glosa. Después que el Señor separó el cuidado de las cosas temporales de los corazones de sus discípulos, ahora los libra del temor que procede de los cuidados por las cosas superfluas, diciendo: "No temáis", etc.
Teofilato. El Señor llama pequeña grey a los que quieren hacerse discípulos suyos, ya porque en esta vida los santos aparecen pequeños en virtud de su pobreza voluntaria, ya porque son aventajados por la multitud de ángeles que nos son incomparablemente superiores.
Beda. El Señor también llama pequeña grey a los escogidos, ya comparándolos con el mayor número de réprobos, o más bien por su amor a la humildad.
San Cirilo, in Cat. graec. Patr. Manifiesta por qué no deben temer, añadiendo: "Porque a vuestro Padre plugo", etc, como diciendo: ¿Cómo aquél que concede gracias tan extraordinarias, dejará de tener clemencia con vosotros? Aun cuando aquí esta grey sea pequeña -por su naturaleza, su número y su gloria-, sin embargo la bondad del Padre ha dispensado a este pequeño rebaño la suerte de los espíritus celestiales, es decir el reino de los cielos. Por tanto, para que poseáis el reino de los cielos debéis despreciar las riquezas de la tierra. Así dice: "Vended lo que poseéis", etc.
Beda. Como diciendo: no temáis que falten las cosas necesarias a los que en esta vida trabajan por el reino de Dios. Más aún, vendan también lo que poseen y denlo de limosna. Esto se hace dignamente cuando alguno, una vez que ha dejado todos sus bienes por el Señor, no obstante gana con el trabajo de sus manos por el reino, lo necesario para el alimento y para dar limosna.
Crisóstomo, In Matthaeum hom. 26. No hay pecado que no pueda borrar la limosna que es remedio contra toda llaga. Pero la limosna no se hace sólo con dinero, sino también por las obras, como cuando alguno protege a otro, cuando un médico cura, o cuando un sabio aconseja.
San Gregorio Nacianceno, orat. 16. De pauperum amore, versus finem. Pero temo que penséis que la piedad no es necesaria, sino libre. Yo también lo creía así, pero me espantan los machos cabríos colocados a la izquierda no por haber robado, sino por no haber asistido a Cristo cuando los necesitaba.
Crisóstomo, in Cat. graec. Patr., ex homil. in Matth. Sin la limosna es imposible ver el reino, porque así como se corrompen las aguas detenidas en una fuente, así sucede a los ricos cuando guardan para sí sus riquezas.
San Basilio, in Cat. graec. Patr., ex Asceticis, id est, Regulis brevioribus, ad interrogat. 92. Alguno preguntará: ¿en virtud de qué consideración es conveniente vender lo que se posee? ¿Acaso porque es naturalmente dañoso, o por la tentación que ofrece al hombre? A esto debe contestarse, en primer lugar, que si cada una de las cosas que existen en el mundo fuese mala por sí misma, no habría creatura de Dios, porque toda creatura de Dios es buena ( 2Tim 4). En segundo lugar, que el precepto del Señor no nos ha enseñado a arrojar como malo lo que poseemos sino a distribuirlo, porque dice: "Y dad limosna".
San Cirilo, ubi sup. Este precepto molesta acaso a los ricos pero no es inútil para los que son prudentes, porque atesoran para sí el reino de los cielos. Por esta razón prosigue: "Haceos bolsas, que no se envejecen", etc.
Beda. Esto es, dando limosna, cuya recompensa dura eternamente. Pero este precepto no debe entenderse en el sentido de que los santos no puedan reservarse ningún dinero -ni para su uso ni para el de los pobres-, ya que el mismo Dios, a quien servían los ángeles ( Mt 4), tenía una bolsa en la que conservaba lo que le daban los fieles ( Jn 12). Ha de entenderse más bien en el sentido de que no debe servirse a Dios por estas cosas, ni abandonarse la justicia por temor de la pobreza.
San Gregorio Niceno, in Cat. graec. Patr. Mandó también colocar las riquezas materiales y terrenas en el cielo, a donde no alcanza la fuerza de la corrupción. Así añade: "Tesoro que jamás falta".
Teofilato. Como diciendo: Aquí destruye la polilla, pero no en los cielos. Y como la polilla no puede destruirlo todo, añade lo del ladrón. El oro no es destruido por la polilla, pero el ladrón lo roba.
Beda. Debe entenderse sencillamente en esto que el dinero que se guarda desaparece y que dado al prójimo produce un fruto eterno en los cielos. O bien que el tesoro de las buenas obras, si se coloca en asunto de interés mundano, se corrompe y desaparece fácilmente. Pero si se ahorra, no para merecer exteriormente la aprobación de los hombres -como el ladrón que roba de fuera- ni para buscar interiormente la vanagloria -como la polilla que destruye en lo interior- sino con santa intención, no se corrompe.
Glosa. O bien los ladrones son los herejes y los demonios -que se proponen despojarnos de los bienes espirituales- y la polilla que roe poco a poco los vestidos es la envidia, que destruye el celo o el fruto bueno y rompe el lazo de la unidad.
Teofilato. Pero como no todo se quita por el robo, da una razón más poderosa y que no admite réplica diciendo: "Porque donde está vuestro tesoro está vuestro corazón". Como diciendo: supongamos que la polilla no destruya, ni el ladrón robe, ¿cuán digno de suplicio no será tener el corazón aprisionado en un tesoro oculto y hundir en la tierra una obra divina como el alma?
San Eusebio, in Cat. graec. Patr. Porque todo hombre depende naturalmente de aquello de que está apasionado y fija toda su alma en aquello que cree que puede darle todo lo que le conviene. Por tanto, si alguno fija toda su atención y su afecto -lo que llamó corazón- en las cosas de la vida presente, únicamente se ocupa de las cosas de la tierra. Pero si se fija en las cosas del cielo, allí tendrá también su corazón. De modo que parecerá que trata con los hombres sólo por el cuerpo, pero que su alma ha alcanzado ya las mansiones del cielo.
Beda. Esto debe entenderse no sólo respecto del dinero, sino de todas las pasiones. Los festines son el tesoro para el lujurioso, las fiestas para el lascivo y la liviandad para aquél a quien domina el amor.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena