lunes, 18 de mayo de 2026
San Venancio, Mártir
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Venancio ilustre no tanto por la sangre cuanto por la fe, gloria y patrono de la ciudad de Camerino en las Marcas de Italia, adolescente de tierna edad y de heroica magnanimidad, uno de aquellos valerosos campeones que en la flor de sus años supieron dar la vida por Jesucristo. Nació, según la tradición, hácia el año doscientos treinta y cinco, cuando el imperio romano, todavía idólatra, tenía ensangrentadas las manos con la persecución de la Iglesia; y desde la cuna le señaló el Cielo para que su nombre fuese, entre los mártires, corona de la juventud cristiana.
¿Quién no admirará la gracia que el Señor derrama en las almas que escoge para sí desde temprano? Apenas contaba Venancio quince años cuando ya ardía en él un celo tan encendido de la gloria de Dios, que no acertaba á vivir sin procurar que todos conociesen y amasen á Jesucristo. No eran en él las máximas del mundo, que enseña á los mozos á buscar los deleites y los honores, sino las máximas de la vida interior, que enseñan á despreciarlo todo por el reino de los cielos. Refiérese que tuvo por maestro en la piedad al santo sacerdote Porfirio, y que el obispo de aquella ciudad, llamado Leoncio, alentaba con su ejemplo á la grey; y así, en tan buena escuela, creció el niño en las ciencias y mucho más en la virtud.
Movió el común enemigo, por medio de la persecución que el emperador Decio levantó contra los fieles, cruel tempestad sobre la Iglesia; mas nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón. Lejos de esconderse con los tímidos, presentóse Venancio de su propia voluntad ante el juez que gobernaba la ciudad, y con aquella intrepidez que sólo da la fe, confesó en alta voz que él adoraba á Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y que no doblaría la rodilla ante unos ídolos «que ni ven, ni oyen, ni pueden socorrer á quien los llama». ¡Espectáculo digno de los ángeles, ver á un mozo de tan pocos años avergonzar con su constancia á los sabios del siglo!
Según refiere la piadosa tradición recogida por los antiguos hagiógrafos, quiso el juez rendirle primero con halagos, prometiéndole, como á tantos, la vida y los favores del príncipe si sacrificaba á los dioses; pero viéndose despreciado, trocó las caricias en furor y le mandó azotar cruelísimamente y cargar de cadenas en un calabozo. Créese que un ángel del Señor le libró de las prisiones; y que, colgado después cabeza abajo sobre un humo espeso y atormentado con hachas encendidas, fué visto andar sereno entre las llamas vestido de una túnica blanca, sin que el fuego se atreviese á aquel cuerpo consagrado á Dios. Que estos prodigios los tenga el lector por lo que la tradición los da, no impide venerar en ellos la mano del Todopoderoso, que sabe glorificar á sus mártires.
Cuéntase asímismo que, no bastando los tormentos á vencerle, enviaron á la cárcel un hombre astuto que con engañosos discursos le persuadiese la apostasía; mas el santo mancebo, lleno de la sabiduría que no viene de los libros sino del Espíritu Santo, deshizo cuantos sofismas le oponían. Irritado el juez, mandó quebrarle los dientes y arrojarle á un muladar; y refiérese que de nuevo fué sanado por ministerio angélico. Presentado luego á otro magistrado, cayó éste de repente muerto, no sin antes clamar delante de todos: «Verdadero es el Dios de Venancio». ¿Qué mayor sermón que aquel en que el mismo perseguidor se hace pregonero de la fe que perseguía?
Entre todos los prodigios que la devota memoria de Camerino atribuye á su patrono, ninguno más celebrado que el de la fuente. Refiérese que, viendo á sus mismos verdugos rendidos de sed en el camino del suplicio, se compadeció el mártir de ellos, y haciendo la señal de la cruz sobre una piedra, brotó de ella al punto un raudal de agua dulce y clara con que se refrigeraron muchos, y que no pocos, movidos del portento, abrazaron la fe de Cristo. Por esto la piedad cristiana representa á san Venancio junto á la peña de que mana la fuente; y por esto le invoca contra la lepra y las úlceras el pueblo que en su intercesión confía.
Colmada al fin la medida de sus combates, y despreciando el santo cuantos halagos y cuantas amenazas le ofrecía el mundo, dió el juez la sentencia de que fuese degollado; y así, hácia el año doscientos cincuenta y tres, bajo la persecución de Decio, entregó Venancio su purísima alma á Dios, teniendo, según la tradición, poco más de diez y siete años. Preciosa muerte, en que la debilidad de la edad se trocó en fortaleza de gigante, y la sangre de un niño sirvió de semilla á la Iglesia. Recogieron los fieles su cuerpo y le sepultaron con veneración fuera de los muros de la ciudad, donde andando el tiempo se levantó sobre su sepulcro una basílica en honor suyo.
Quiso el Señor que el culto de su siervo durase perpetuamente. Trasladáronse sus reliquias, en la mitad del siglo trece, á la ciudad de Nápoles, cuando Camerino padeció ruina; y pocos años después, siendo sumo pontífice Clemente IV, fueron restituidas á su patria, que las guarda como su más rico tesoro en el templo que lleva su nombre. Con razón le tiene Camerino por su ciudadano y patrono, y en él por muchos siglos la Iglesia le ha honrado inscribiendo su memoria en el Martirologio á los diez y ocho de mayo.
Aprendan, pues, los jóvenes cristianos de este valeroso mancebo á no avergonzarse jamás de Jesucristo delante de los hombres, y á estimar en más una corona que no se marchita que todos los deleites y honras de un siglo que pasa. Si tan poco temió los tormentos quien apenas había salido de la niñez, ¿de qué se excusarán los que, siendo hombres hechos, se rinden al primer respeto humano? Interceda san Venancio por nosotros ante el trono del Cordero, y alcáncenos de su Majestad aquel celo de la gloria de Dios y aquella constancia en la fe con que él supo, en tan tierna edad, ganar el cielo. Amén.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).