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sábado, 16 de mayo de 2026

San Ubaldo, Obispo y Confesor

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Nació san Ubaldo en Eugubio, ciudad de la Umbría, en Italia, por los años de 1084, de una de las más nobles y más distinguidas familias del país. Habiendo perdido á su padre casi estando aun en la cuna, fué confiado á la tutela de un tío suyo, llamado también Ubaldo, que le había sacado de pila, y era un caballero aun más distinguido por su virtud que por su noble nacimiento. Él mismo le dió las primeras lecciones de una cristiana educación, reconociendo en el niño Ubaldo admirables disposiciones para la virtud, y no menor ingenio para sobresalir en el estudio de las letras. Púsole después á pensión en casa del prior de San Mariano y Santiago, para que estudiase en compañía de otros niños dedicados al servicio de la Iglesia; y en poco tiempo hizo muchos progresos en las letras humanas y divinas, pero mucho mayores en la ciencia de la salvación.

Tuvo que padecer grandes combates su inocencia en medio de una casi general corrupción de costumbres. Cansado en fin, y ofendido de la licenciosa vida que se toleraba en los niños colegiales, compañeros suyos, dejó el colegio ó seminario de San Mariano, y entró en el de San Segundo, donde se vivía con mucho mayor arreglo, y allí concluyó sus estudios. Cuanto más sabio se hacía, más devoto se mostraba. La tierna y afectuosa devoción que profesaba á la Reina de los cielos le inspiró tanto amor á la pureza, que aun siendo muy niño, y hallándose heredero de un pingüe patrimonio, resolvió renunciar á todas las vanidades del mundo, é hizo voto de perpetua castidad.

Una virtud tan rara en un joven rico, noble, de buena disposición y de mucho ingenio, en una ciudad donde eran tan pocos los buenos, movió al obispo san Gramairiano á atraerle á su compañía; y noticioso de que había abrazado el celibato, le hizo prior de su iglesia catedral, que era la de San Mariano, donde había pasado Ubaldo los primeros años de su niñez. El cabildo, de que se halló cabeza nuestro santo siendo todavía tan joven, hacía muchos años que vivía sin orden y sin disciplina. Estaba desterrada de él la regularidad, abandonados los divinos oficios, y se tocaba á las horas canónicas, pero no se decían. El claustro de los canónigos estaba abierto á todo el mundo; el desorden era tan público y tan continuo de noche como de día; en una palabra, eran pocos los canónigos que no llevaban una vida escandalosa.

Gimió Ubaldo en vista de tan deplorable situación; derramó torrentes de lágrimas en la presencia de Dios, y no cesaba de implorar su misericordia por la conversión de sus hermanos. El mal era grande, y la cura difícil. La misma inocencia y la misma virtud del santo prior eran al principio como un estorbo, mirándole los canónigos como un mudo censor que los incomodaba. Su silencio, su modestia y sus mismas urbanas atenciones, en vez de templar los ánimos los enconaban más y más. Como su vida era una vivísima reprensión de la que ellos traían, no podían sufrir que fuese cabeza de su comunidad. A los principios intentaron obligarle á renunciar la dignidad á fuerza de pesadumbres; pero su afabilidad, su paciencia y su política los hicieron más tratables; solo los desesperaban sus ejemplos, y así nunca le podían mirar sin enfado.

Conociendo muy bien san Ubaldo así la naturaleza de la enfermedad, como el temperamento de los enfermos, se contentaba con procurar cumplir con las obligaciones de su estado, sin darles más lección ni aplicarles otro remedio que el del buen ejemplo. Comenzó ganando á tres canónigos de los menos viciosos, á los cuales persuadió que, juntándose á él, viviesen todos en comunidad, no teniendo más que un refectorio, un dormitorio y un coro común. Edificó á toda la ciudad esta ejemplar vida, resucitando en el clero el fervor de su primitivo espíritu.

Por este tiempo, habiendo oído nuestro santo elogiar á cierta comunidad de eclesiásticos, que con el título de canónigos reglares había fundado un gran siervo de Dios, llamado Pedro de Honestis, en la iglesia de Santa María del Puerto, territorio de Ravena, pasó allá, y estuvo tres meses en ella para empaparse en su espíritu y observar su disciplina. Agradóle el instituto, y trajo consigo á Eugubio sus constituciones, las que gustaron tanto á los canónigos de su reducida comunidad, que todos unánimes resolvieron abrazarlas. Bendijo Dios la perseverancia y el zelo de nuestro santo; porque todo el cabildo se convirtió, admitió el nuevo instituto, y en poco tiempo fué una de las más ejemplares comunidades de canónigos reglares que florecían en la Iglesia universal.

Algún tiempo después un incendio, que abrasó la mayor parte de la ciudad, redujo á cenizas el convento y claustro de los canónigos; ocasión que pareció á Ubaldo muy oportuna para renunciar el priorato, y satisfacer el deseo que tenía de retirarse á la soledad. Pero no queriendo proceder en cosa alguna sin consejo, fué á verse con el bienaventurado Pedro de Rímini, prior del desierto de Fonte Avellana, para comunicarle sus intentos. Disuadióselos el siervo de Dios, declarándole ser tentación del enemigo, y lazo que le armaba para destruir el nuevo instituto, y arruinar en la cuna la reforma; aconsejóle que se restituyese al punto á su iglesia, y procurase reedificar cuanto antes el convento. Obedeció Ubaldo, y bendijo Dios su docilidad y sus trabajos, logrando ver en breve tiempo á su cabildo de Eugubio uno de los más santos y más florecientes de toda Italia.

Pero como se había extendido por todas partes la fama y la reputación de nuestro santo, no era fácil que le dejasen gozar de su quietud por mucho tiempo; y habiendo muerto el obispo de Perusa, el clero y el pueblo de común acuerdo nombraron á Ubaldo para que le sucediese. Noticioso de su elección, salió secretamente de la ciudad, y se escondió en un sitio muy retirado, hasta que supo que los diputados de Perusa se habían vuelto á sus casas. Entonces salió de su retiro, y llevado de su aversión á las dignidades eclesiásticas, se fué directamente á Roma, se echó á los pies del papa Honorio II, y le suplicó no atendiese al nombramiento de la iglesia de Perusa hecho en su favor, vertiendo tantas lágrimas, y alegando tantas razones para que le excusase del obispado, que el papa se dejó persuadir, y declaró nula la elección del pueblo de Perusa.

No duró mucho tiempo el triunfo de su humildad; porque habiendo sucedido dos años después la muerte de Estévan, obispo de Eugubio, y no conviniendo el clero y el pueblo en la elección, se vió precisado Ubaldo, como prior ó deán de la catedral, á volver á Roma para suplicar al papa que pusiese fin á aquellas contestaciones. El papa, que estaba muy arrepentido de la facilidad con que antes había condescendido con su repugnancia, le nombró obispo de Eugubio, sin que le valiesen sus razones, súplicas ni lágrimas; fuéle preciso obedecer y rendirse á una elección que mereció el universal aplauso del clero y pueblo. Fué consagrado por el mismo papa el año de 1129, declarando Dios ser suya esta elección, y justificándola el santo desde luego por los grandes ejemplos de virtud, y por los maravillosos frutos de su zelo.

Persuadido que la virtud de un simple prior no era suficiente para un obispo, dobló su fervor, su devoción y sus penitencias. Siempre había sido parca su mesa; pero no obstante aun hizo que fuese más frugal, refinando, por decirlo así, su abstinencia, su modestia y su pobreza. Solía decir que el obispo debe hacerse respetar por su virtud, más que por su tren y por su equipaje; y añadía: Si el obispo tiene más renta que un canónigo, no es para mantener más criados, sino para sustentar más pobres. Vivía con una continua mortificación de sus sentidos, y con un completo desasimiento de todas las cosas. Infatigable en los trabajos de la penitencia, y en los que eran inseparables de su ministerio, velaba continuamente sobre el rebaño que se le había encomendado.

Ganaba los corazones con su agrado, con su apacibilidad y con su paciencia. Diciendo un día á un albañil que no había hecho bien en levantar una pared en suelo ajeno, aquel bárbaro lleno de furor echó al santo obispo en un montón de cal. Levantóse tranquilamente el humildísimo prelado, y se retiró á su palacio sin hablar palabra; pero el pueblo, que no era tan moderado, clamaba por el castigo de tan sacrílega insolencia, y temiendo el santo obispo que maltratasen al delincuente, le puso á salvo en su mismo palacio. El albañil, penetrado ya de un vivísimo dolor de su delito, se ofreció á expiarlo con su misma vida; pero todo el castigo que le dió, fué despedirle con un ósculo de paz.

Queriendo en cierta ocasión sosegar un tumulto popular, se metió intrépidamente entre las espadas desnudas; y en vista del peligro que corría el santo prelado, se dejaron todos caer las armas de las manos, siguiéndose la reconciliación por efecto de sola su presencia. Ninguno fué más dueño de los ánimos y de los corazones de todos. Después que el emperador Federico Barbarroja hubo sujetado á los Romanos, y saqueado la ciudad de Espoleto, se dirigía á Eugubio con ánimo de hacer lo mismo; pero habiéndole salido á recibir el santo obispo, le desarmó. Lleno Federico de respeto y de veneración á su virtud, dejó todo el fausto que le rodeaba, se postró á sus pies, le pidió su bendición, y perdonó á la ciudad.

En medio de sus continuas y dolorosas enfermedades, que disimulaba siempre con un semblante alegre, apacible y sereno, ningún año dejó de hacer la visita de su obispado, y ningún día de sustentar al pueblo con el pan de la divina palabra. Así como no hubo pastor más amado de sus ovejas, así no hubo ovejas más dóciles á la voz de su pastor. El culto divino restituido á su esplendor antiguo, los abusos desterrados, y las costumbres reformadas, fueron fruto del infatigable zelo de san Ubaldo, que consumido al rigor de sus penitencias y pastorales fatigas, debilitado por sus achaques, y presintiendo que se iba acercando la hora de su muerte, se hizo llevar á la iglesia de San Lorenzo, donde se mantuvo como en una especie de retiro hasta el día de la Ascensión, disponiéndose para aquella última hora.

Mandó después que le restituyesen á su palacio episcopal, donde no cesó de dar saludables instrucciones todo el tiempo que tuvo libre el uso de la lengua. Agravándose la enfermedad la víspera y día de Pentecostés, corrieron todos á recibir su última bendición al pié de su humilde cama, sin oírse en la ciudad más que llantos y universales gemidos, hasta que en la noche del día siguiente, que fué el 16 de mayo, pasó tranquilamente á la gloria eterna de los bienaventurados, en el año 1160, á los setenta y seis de su edad, y treinta y uno de su obispado.

Acudieron á venerar el santo cadáver todos los pueblos vecinos á la primera noticia de su muerte, pareciendo triunfo más que pompa fúnebre sus magníficas exequias; y los grandes milagros que obró Dios por intercesión del santo, estando aun de cuerpo presente, continuándolos después en su glorioso sepulcro, movieron al papa Celestino III á canonizarle el año 1192. Cuatro años después se hizo la traslación de su cuerpo á la iglesia catedral de San Mariano y Santiago, que está sobre un montecillo extramuros de la ciudad, y se comenzó á llamar el Monte de san Ubaldo; y por haberse edificado allí una suntuosa iglesia dedicada al santo, siendo cada día mayor y más solemne la devoción de aquel pueblo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.