sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 8 de mayo de 2026

La Aparición de San Miguel Arcángel

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Apoc. 1, 1-5)

Léctio libri Apocalýpsis beáti Joánnis Apóstoli In diébus illis: Significávit Deus, quæ opórtet fíeri cito, mittens per Angelum suum servo suo Joánni, qui testimónium perhíbuit verbo Dei, et testimónium Jesu Christi, quæcúmque vidit. Beátus, qui legit et audit verba prophetíæ hujus: et servat ea, quæ in ea scripta sunt: tempus enim prope est. Joánnes septem ecclésiis, quæ sunt in Asia. Grátia vobis et pax ab eo, qui est et qui erat et qui ventúrus est: et a septem spirítibus, qui in conspéctu throni ejus sunt: et a Jesu Christo, qui est testis fidélis, primogénitus mortuórum et princeps regum terræ, qui diléxit nos et lavit nos a peccátis nostris in sánguine suo.

el cual ha dado testimonio de ser palabra de Dios, y testificación de Jesucristo, todo cuanto ha visto. Bienaventurado el que lee con respeto, y escucha con docilidad las palabras de esta profecía, y observa las cosas escritas en ella, pues el tiempo de cumplirse está cerca. Juan a las siete iglesias del Asia Menor. Gracia y paz a vosotros, de parte de aquel que es, y que era, y que ha de venir, y de parte de los siete espíritus, que asisten ante su trono, y de parte de Jesucristo, el cual es testigo fiel, primogénito, o el primero que resucitó de entre los muertos, y soberano de los reyes de la tierra, el cual nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario al Apocalipsis, cap. 1 — Cornelio a Lápide

1. El Apocalipsis (esto es, la revelación: pues el griego ἀποκαλύπτω equivale a revelo, descubrir lo velado y oculto; καλύπτω significa cubrir, esconder; de donde κάλυμμα, el velo, y καλύπτρα, el velo nupcial de la esposa o tocado de la cabeza de las mujeres) de Jesucristo (como si dijera: Esta es, o aquí comienza, la profecía de Jesucristo dada por Dios Padre, no de manera enigmática, sino abierta y claramente revelada; pues el Padre habla con claridad a Cristo, su Hijo), que le dio (a saber, a Cristo, en su concepción y encarnación, pues desde ella estuvo Cristo lleno de toda ciencia, sabiduría, gracia y virtud) Dios para manifestarla (esto es, para darla a conocer y revelarla no abiertamente, sino por enigmas y símbolos) a sus siervos (los cristianos), las cosas que deben suceder pronto, esto es, que pronto comenzarán a suceder, aunque no pronto se terminarán. Porque las persecuciones de los cristianos, que aquí se revelan, empezaron bajo Trajano —que sucedió a Domiciano después de Nerva— y acabarán en el fin del mundo. Mal, pues, sospecharon algunos por este lugar que estaban cerca el fin del mundo y el día del juicio; sospecha que disipa Cristo en Mateo XXIV, 36, y San Pablo en II Tesalonicenses II, 1, como allí anotaron Santo Tomás y San Agustín (De Civitate, lib. XVIII, cap. LIII). Menos rectamente aún dicen otros: «pronto», porque mil años ante Dios son como un solo día; explicación que no basta para consolar la flaqueza humana, que no soporta tan largas dilaciones.

De aquí consta que el Apocalipsis fue revelado primero al alma de Cristo en su encarnación, y ello clara y perfectamente, y a Él solo, no a los Profetas ni a los Ángeles; pues estos secretos estuvieron escondidos desde los siglos en Dios, como dice San Pablo (Efes. III, 9). Solo al oficio de Cristo pertenecía prever lo que había de acontecer a sus fieles y a toda la Iglesia por su muerte y tras ella, sobre todo en el fin del mundo, donde comenzará el glorioso reino de Cristo. Y Cristo reveló este su Apocalipsis por medio de un ángel a San Juan, que aquí lo describe y lo propone a la contemplación de todos. Nota Alcázar que Juan rehúsa tácitamente que el título del libro anteponga el nombre del escritor: dice «Apocalipsis», no de Juan, sino de Jesucristo; así como el autor de nuestra Compañía, por modestia, quiso que se llamase Compañía de Jesús, y no de Ignacio. Con todo, la Iglesia con razón defiere a Juan aquel honor que él había rechazado, y lo llama Apocalipsis de San Juan.

Cristo revela aquí a San Juan, y por él a los fieles, no todo su Apocalipsis, sino la parte más provechosa a la Iglesia; y ello de modo encubierto y arcano, por enigmas, respecto de los cuales más es Epicálipsis (ocultación y velo) que Apocalipsis: en cuanto a la cosa es Apocalipsis, pero en cuanto al modo y la expresión es Epicálipsis; para el mismo Cristo, empero, a quien primero se reveló con claridad, fue Apocalipsis en la cosa y en el modo. Sea esto respuesta a Lutero, que quiere que toda la Escritura sea clara para todos, y por eso rechaza el Apocalipsis por oscuro. Añádase que, aunque las profecías sean oscuras, hay en él preceptos de vida clarísimos, y sobre todo exhortaciones a la perseverancia y a la paciencia en tiempo de persecuciones, como bien responde a Lutero Belarmino (De Verbo Dei, lib. I, cap. XIX).

«Enviándola por su ángel a su siervo Juan». Dios y Cristo suelen enseñar e iluminar a los hombres por medio de los ángeles, pues así lo pide el orden congruente de la divina providencia, que los inferiores sean regidos por los medios; y este es el oficio de los ángeles, esto es, de los legados de Dios: son espíritus administradores enviados en ministerio (Hebr. I). Del mismo modo enseñó Dios ordinariamente a Isaías, Jeremías y demás Profetas, no por sí inmediatamente, sino por los ángeles. De tres maneras suele hablar Dios a los hombres: primero, por locución interna e inspiración; segundo, por aparición y locución externa de un ángel; tercero, si el mismo Dios o Cristo aparece y habla, como se apareció a San Pablo al convertirlo (Hech. IX, 4); y el tercer modo es más noble que el segundo, y el segundo que el primero —de donde San Jerónimo colige la dignidad de José sobre los Magos, porque a José envió Dios un ángel, mientras a los Magos los instruyó por sí en sueños.

2. «Que dio testimonio del verbo de Dios y del testimonio de Jesucristo». Segunda y más genuinamente, llama «verbo de Dios» a la doctrina revelada por Dios, cual es el Evangelio y toda la Escritura santa; y este verbo no es aquí otro que el «testimonio de Jesucristo», esto es, el Evangelio o doctrina evangélica que predicamos, por la cual damos testimonio de Jesucristo: que Él es el enviado por Dios, mediador, redentor y salvador del mundo. Así, pues, llama Juan Evangelio a su Apocalipsis y profecía, es decir, óptima nueva de la persecución inminente por la fe de Cristo y, por ella, del martirio y de la corona eterna. Esto consta por el griego: ἐμαρτύρησε τὸν λόγον τοῦ Θεοῦ, καὶ τὴν μαρτυρίαν Ἰησοῦ Χριστοῦ, donde ambos van en acusativo, aunque el Nuestro (la Vulgata) los vertió uno en dativo y otro en acusativo por claridad. «Cuantas cosas vio»: no se refiere a las obras y milagros de Cristo (como quieren Ambrosiáster, Beda y Ruperto), sino a las visiones del propio Apocalipsis, en cada una de las cuales dice siempre Juan: «Y vi, y vi», lo que no dice en el Evangelio.

3. «Guarda las cosas que en él están escritas»: ya ejecutándolas —cuales son los avisos que se dan a los Obispos e Iglesias de Asia en los capítulos II y III—, ya conservándolas devotamente en la memoria, para excitarse con ellas al obsequio de Dios, a la vida santa, a la paciencia y aun al martirio por Cristo; como se dice de la Madre de Cristo (Lucas II, 19): «Y María conservaba todas estas palabras, ponderándolas en su corazón». «Porque el tiempo está cerca»: en griego no es χρόνος, sino καιρός, esto es, oportunidad; como si dijera: bienaventurado el que lee y guarda esta profecía, porque cerca está la ocasión de sacar de ella abundantísimo fruto, mereciendo la bienaventuranza y las coronas eternas por las persecuciones, con breve constancia y tolerancia de la muerte y del martirio, tras el cual volarán pronto al cielo. Así Areta.

4. «Juan a las siete Iglesias» que enumera en los capítulos II y III. Lo que escribe a estas siete, lo escribe a todas; como Pablo, lo que escribió a los romanos y corintios, lo escribió a todos los pueblos de fieles. De donde místicamente San Crisóstomo (hom. 22 sobre Mateo): «Todas las Iglesias son siete, por los siete espíritus; todos aquellos en quienes abunda más el espíritu de sabiduría son una Iglesia, y todos en quienes abunda más el de consejo son otra». Así también San Agustín (De Civitate, lib. XVII, cap. IV), Gregorio (Moralia, lib. XXIII, cap. I) e Isidoro (Etym., lib. VIII, cap. I), dicen que «se escribe a siete Iglesias para significar la una Iglesia Católica, llena del espíritu septiforme de gracia». «Gracia a vosotros y paz»: es el saludo apostólico recibido de Cristo, con que imprecan a los suyos el favor de Dios y todo bien (esto significa «paz» para los hebreos).

5. «De parte del que es, y que era, y que ha de venir», esto es, de Jehová, es decir, de Dios. Alude San Juan a lo de Éxodo III, 14: «Soy el que soy» y «El que es me envió a vosotros». Por lo cual no hay aquí solecismo en el griego, como quiere Gagneyo, ni carece de sentido, como quiere Erasmo, sino que es mímesis, imitación del nombre hebreo que, como indeclinable e invariable, se puso Dios a sí mismo. Estos tres tiempos explican aquel eie hebreo y son como el nombre propio de Dios, a saber, Jehová; por eso Juan, en griego, antepuso el artículo y retuvo el nominativo. Doctamente San Agustín (Sentencias, núm. 367): «Aunque la naturaleza inmutable no admite Fue y Será, sino solamente Es (pues Él verdaderamente es, ya que de otro modo el que es no podría ser), sin embargo, por la mutabilidad de los tiempos en que se halla nuestra mortalidad, no mentimos al decir: Fue, Es y Será: fue, porque nunca dejó de ser; será, porque nunca faltará; es, porque siempre es».

Algunos piensan que por estos tres se señalan las tres Personas de la Santísima Trinidad. Alcázar los entiende solo de Dios Padre; pero mejor Ribera los toma de Dios indistintamente, en cuanto Dios es común a las tres Personas: así, tanto del Hijo y del Espíritu Santo como del Padre has de entender todas y cada una de estas cosas. Pues lo que sigue, «de parte de Jesucristo», ha de tomarse de Cristo no en cuanto Dios, sino en cuanto hombre, porque sigue: «Que nos amó y nos lavó en su sangre». «Y que ha de venir»: dice «que ha de venir» más bien que «que será», para significar que Dios ha de venir al juicio, y en breve (por eso el Siríaco vierte «y que viene»), donde castigará y condenará a Domiciano y a los demás perseguidores de los fieles, y a estos mismos y a los Mártires los librará, glorificará y coronará, para animarlos así a la constancia. Propiamente «el que ha de venir» compete al Hijo, que ha de venir y juzgar el orbe (de donde los Padres prueban contra los arrianos que el Hijo es verdadera y propiamente Dios); mas aquí se atribuye a Dios en común, y por ende también al Padre y al Espíritu Santo.

«Y de parte de los siete espíritus que están ante su trono». Preguntarás quiénes son estos siete espíritus. Respondo: Areta, Primasio, Haimón, Beda, Ruperto y Tomás el Inglés entienden los siete dones del Espíritu Santo, esto es, al mismo Espíritu Santo, autor de los siete dones (así también Eucherio, alegando Isaías XI, 2); sentido místico que, como tal, puede admitirse. Pero al pie de la letra estos siete espíritus son siete ángeles, como consta: primero, del cap. V, 6, donde los mismos son llamados los siete cuernos y los siete ojos del Cordero, «que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra» —luego son ángeles, pues a ellos toca ser enviados, y ángel es lo mismo que enviado—; segundo, del cap. VIII, 2, donde expresamente se llaman ángeles; tercero, porque en Tobías XII, 15 dice Rafael: «Yo soy uno de los siete que asistimos ante el Señor». Digo, pues, que estos siete espíritus son los siete ángeles principales que asisten a Dios como próceres de su reino, prontos a ejecutar todo mandato suyo, por sí o por otros ángeles inferiores; pues son los espíritus administradores de Hebreos I, 14.

De estos siete ángeles, como de ministros de Dios y no como de autores, pide San Juan la gracia para los suyos; porque quien en la corte del rey goza del favor de los príncipes más íntimos al rey, goza también de la gracia del rey mismo. De donde decimos: «María, madre de gracia, madre de misericordia», y «Haznos, libres de culpa, mansos y castos», no dando ellos, sino impetrando la mansedumbre y la castidad y la remisión de las culpas. Así, cuando Juan dice «gracia a vosotros de parte de los siete espíritus», por eso mismo ruega a estos siete ángeles que les alcancen la gracia de Dios: luego los invoca. Por tanto sanciona aquí la invocación de los Santos contra los herejes, y no solo significa —como quiere Beza— que estos siete espíritus asisten a Dios, sino también que nos presiden y socorren, y que su auxilio ha de implorarse. (Sigue a esto una larga digresión sobre los siete Arcángeles, su culto en Sicilia, Nápoles y Roma, la dedicación de las Termas de Diocleciano a Santa María de los Ángeles y los nombres de los siete ángeles —Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Sealtiel, Jehudiel y Baraquiel—, que aquí se omite por su extensión.) Simbólicamente, Ruperto y Alcázar entienden por estos siete espíritus las siete virtudes o atributos de la providencia divina en que consiste la perfección del gobierno: sabiduría, fortaleza, beneficencia, justicia, paciencia, conminación y severidad; las cuales están inmensas en Dios y Él las ejerce por medio de los ángeles.

5. «Y de parte de Jesucristo, que es el testigo fiel». Alude a lo del Salmo LXXXVIII, 38: «Testigo fiel en el cielo», porque Cristo dio verdadero testimonio ante los hombres acerca del Padre y de su voluntad sobre la salvación de los hombres por la fe en Cristo. En griego es ὁ μάρτυς ὁ πιστός, aquel testigo fiel, a saber, el egregio, caudillo y príncipe de los Mártires, que por la verdad que predicaba constantemente —que Él era el Mesías enviado por Dios, redentor del orbe— afrontó valerosísimamente en la cruz atrocísima muerte; de donde es llamado por San Gregorio Nacianceno «el primer Mártir» y por San Agustín «cabeza de los Mártires». «Primogénito de los muertos», esto es, el primero que resucita de entre los muertos a vida bienaventurada e inmortal, y que fue causa y ejemplar de la bienaventurada resurrección de todos los demás; título que añade Juan para animar a sus cristianos, por la esperanza de resucitar con Cristo, a soportar valerosamente con Él las persecuciones. «Y príncipe de los reyes de la tierra», como si dijera: no temáis a Domiciano ni a los demás reyes de la tierra, pues Cristo es rey y señor de todos ellos, y os hará por la paciencia superiores a todos, para que seáis reyes de reyes. «Que nos amó»: he aquí las delicias del amor de Juan a Jesús, que era su corazón y su amor; y bien vierte el Nuestro «en su sangre», lo que no puede referirse al Padre, sino que mira al Hijo, pues la sangre de Cristo es el jabón eficacísimo que lava todos los pecados de todos los hombres.

Comentario al Apocalipsis, cap. 1, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Matt. 18, 1-10)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Accessérunt discípuli ad Jesum, dicéntes: Quis, putas, major est in regno cœlórum? Et ádvocans Jesus párvulum, státuit eum in médio eórum et dixit: Amen, dico vobis, nisi convérsi fuéritis et efficiámini sicut párvuli, non intrábitis in regnum cœlórum. Quicúmque ergo humiliáverit se sicut párvulus iste, hic est major in regno cœlórum. Et qui suscéperit unum párvulum talem in nómine meo, me súscipit. Qui autem scandalizáverit unum de pusíllis istis, qui in me credunt, expédit ei, ut suspendátur mola asinária in collo ejus, et demergátur in profúndum maris. Væ mundo a scándalis! Necésse est enim, ut véniant scándala: verúmtamen væ hómini illi, per quem scándalum venit! Si autem manus tua vel pes tuus scandalízat te, abscíde eum et projíce abs te: bonum tibi est ad vitam ingrédi débilem vel claudum, quam duas manus vel duos pedes habéntem niitti in ignem ætérnum. Et si óculus tuus scandalízat te, érue eum et projice abs te: bonum tibi est cum uno óculo in vitam intráre, quam duos óculos habéntem mitti in gehénnam ignis. Vidéte, ne contemnátis unum ex his pusíllis: dico enim vobis, quia Angeli eórum in cœlis semper vident fáciem Patris mei, qui in cœlis est.

En esta misma ocasión se acercaron los discípulos de Jesús , y le hicieron esta pregunta: ¿Quién será el mayor en el reino de los cielos? Y Jesús , llamando a sí a un niño, le colocó en medio de ellos. Y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y hacéis sencillos como a los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése será el mayor en el reino de los cielos. Y el que acogiere a un niño como acabo de decir, en nombre mío, a mí me acoge. Mas quien escandalizare a uno de estos párvulos que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo del mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos!, porque si bien es forzoso, que haya escándalos; sin embargo, ¡ay de aquel hombre que causa el escándalo! Que si tu mano o tu pie te es ocasión de escándalo o pecado, córtalos y arrójalos lejos de ti; pues más te vale entrar en la vida eterna manco o cojo, que con dos manos o dos pies ser precipitado al fuego eterno. Y si tu ojo es para ti ocasión de escándalo, sácalo y tíralo lejos de ti; mejor te es entrar en la vida eterna con un solo ojo, que tener dos ojos y ser arrojado al fuego del infierno. Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñitos; porque os hago saber que sus ángeles en los cielos están siempre viendo la cara de mi Padre celestial. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 18, 1-10 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Jerónimo. Después que los discípulos vieron que se había pagado el mismo tributo por Pedro que por el Señor, dedujeron que Pedro era el primero de los apóstoles.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,2. Esta idea suscitó en ellos una especie de resentimiento, que da a entender el evangelista cuando dice: "En aquella hora se llegaron los discípulos a Jesús diciendo: ¿Quién piensas que es mayor en el Reino de los Cielos?" Se avergonzaban de confesar la pasión que sufrían y por eso no dicen abiertamente: ¿Por qué honraste más a Pedro que a nosotros? sino que preguntan de una manera general: ¿quién es mayor? Cuando distinguió el Señor a sus tres discípulos a la vez -a Pedro, a Santiago y a Juan- en la transfiguración, no experimentaron lo demás resentimiento alguno; pero cuando ven que uno solo es el honrado, se quejan los otros. Mas debemos considerar, primeramente, que no exigen las cosas de la tierra y además, que depusieron después este movimiento apasionado; pero nosotros no podemos llegar ni hasta sus defectos, porque no preguntamos quién es el mayor en el Reino de los Cielos, sino quién es el mayor en el reino de la tierra.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Si dudamos en alguna ocasión y no encontramos la resolución de las dudas, debemos imitar a los discípulos aproximándonos tranquilamente a Jesús, que tiene poder para iluminar los corazones de los hombres y hacerles entender toda clase de cuestión; preguntemos también a los doctores que están colocados al frente de las iglesias. Sabían los discípulos, al hacer esa pregunta, que en el Reino de los Cielos no eran iguales todos los santos; pero deseaban saber de qué manera se llegaba a ser el mayor y por qué camino se descendía a ser el menor. O también, por lo que el Señor les había dicho antes, sabían quién era grande y quién el menor; pero no comprendían quién sería el mayor entre muchos que eran grandes.

San Jerónimo. Mas el Señor, al ver sus pensamientos, quiso curar su deseo de vanagloria, mediante una comparación sumamente humilde. Por eso sigue: "Y llamando Jesús a un niño, etc."

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Me parece una cosa muy bien hecha la presentación, en medio de ellos, de un niño inocente.

San Jerónimo. De manera que por su edad fuese el tipo de la inocencia. Por otro lado, el mismo Señor se presentó en medio de ellos como un niño, para demostrarles que no había venido para ser servido, sino para darles ejemplo de humildad. Otros significan por la palabra niño, al Espíritu Santo, a quien puso el Señor en el corazón de sus discípulos, para cambiar su orgullo en humildad. Sigue: "Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviereis, e hiciereis como niños, etc." El Señor no mandó a los apóstoles que tuvieran la edad de los niños, sino que tuvieran su inocencia y que obtuvieran por sus esfuerzos lo que aquellos poseían por sus años, de manera que fueran niños en la malicia, pero no en la sabiduría ( 1Cor 14). Es como si dijera: así como este niño, que os propongo como ejemplo, no es tenaz en la cólera, olvida el mal que se le ha hecho, no se deleita en ver una mujer hermosa, no piensa una cosa y dice otra; de esta manera, vosotros, si no tuviereis esa inocencia y esa pureza de alma, no podréis entrar en el Reino de los Cielos.

San Hilario, in Matthaeum, 18. Llamó también niños a todos los creyentes, por su obediencia a la fe; éstos siguen a su padre, aman a su madre, no saben querer el mal, desprecian los cuidados de los afanes de la vida, no son insolentes, no tienen odio, no mienten, creen lo que se les dice y tienen por verdadero lo que oyen. Tal es el sentido literal.

Glosa. Si no os convertís de ese orgullo y de esa indignación en que ahora vivís, y no os hacéis por la virtud tan inocentes y humildes, como son los niños por su edad, no entraréis en el Reino de los Cielos, porque de este modo no se puede entrar. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño será el mayor en el Reino de los Cielos.

Remigio. Esto es, en el conocimiento de la gracia, o en la dignidad eclesiástica, o en cierta bienaventuranza eterna.

San Jerónimo. O de otro modo, cualquiera que se humillare como este niño -es decir, el que se humillare a ejemplo mío- entrará en el Reino de los Cielos.

San Jerónimo. Sigue: "Y el que recibiere a un niño tal, en mi nombre, etc."

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Esto equivale a decir: No solamente recibiréis una recompensa si os hiciereis como este niño, sino que si honrareis por mí a todos los que se hacen semejantes a un niño, yo determino para vosotros, como recompensa del honor que les habéis dado, el Reino de los Cielos. Y aun les propone otra cosa mayor, en estas palabras: "A mí recibe".

San Jerónimo. Efectivamente, recibe a Cristo aquel que imita su humildad y su inocencia. Y el Señor añade oportunamente, a fin de que los apóstoles no se atribuyesen a sí mismos el honor que se les había dado, que habían recibido ese honor, no por sus méritos, sino por los de su Maestro.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Enseguida sigue: "Mas el que escandalizare, etc.". Lo que equivale a decir: Así como tienen una recompensa los que por mí honran a éstos, así también los que los deshonran deben sufrir los más terribles males. Y no os admiréis de que se llame escándalo al desprecio, porque muchos pusilánimes se escandalizan por los desprecios que se les hacen.

San Jerónimo. Observad que el que se escandaliza es un niño. Porque los mayores no se escandalizan y aunque pudieran tomarse estas palabras en un sentido general y aplicarse a todos los que escandalizan a otro, sin embargo, el enlace de las ideas exige, que puedan aplicarse también a los apóstoles, quienes por la pregunta que hicieron al Señor: ¿Quién sería mayor en el Reino de los Cielos? parecía como que debatían una cuestión de dignidad. Si ellos hubieran continuado en esta lucha, podrían por su escándalo haber perdido a todos los que llamaban a la fe, a causa de que veían a los apóstoles divididos por una cuestión de esa especie.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Mas ¿cómo aquel que ha sido convertido y hecho como un niño es también el más pequeño y capaz de ser escandalizado? Podemos resolver este reparo de la manera siguiente: todo el que cree en el Hijo de Dios y conforma su vida con los preceptos evangélicos, está convertido y se hace semejante a un niño. Por el contrario, el que no se convierte de tal manera, que quede hecho como un niño, es imposible que entre en el Reino de los Cielos. En toda reunión de creyentes hay algunos que hace poco tiempo que se han convertido y se esfuerzan por hacerse semejantes a los niños, pero aún no se han hecho niños; éstos son tenidos por pequeños en Cristo y capaces de ser escandalizados.

San Jerónimo. Cuando dice el Señor: "Mejor le fuera que colgasen a su cuello una piedra de molino, etc." Usa el Señor el lenguaje acostumbrado en la provincia, pues era costumbre entre los antiguos judíos, castigar a los mayores criminales arrojándolos al mar atados con una piedra y les convenía más este castigo. Porque es mucho mejor recibir un castigo breve, que el ser reservado para sufrir las penas eternas.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3. Era una consecuencia de lo anterior el decir: "A mí no recibe", que era el más amargo de todos los males; pero como ellos eran groseros y no se movían por esto, el Señor, para manifestarles la pena que les está reservada, usa un ejemplo conocido, por eso les dice que les fuera mejor el sufrir este castigo. Porque es mucho más terrible el que les está reservado.

San Hilario, in Matthaeum, 18. En sentido místico, el castigo de la piedra de molino significa el mal de la ceguera, puesto que a los asnos, después de vendarles los ojos, se les hace dar vueltas con la piedra. Y muchas veces se designan con el nombre de asnos a los gentiles porque su misma ignorancia les hace ciegos; mas no a los judíos a quienes la misma ciencia de su ley les traza su camino. A éstos les hubiera sido mejor ser precipitados en el mar llevando al cuello la piedra del asno, es decir, de quedar sumergidos en los trabajos de los gentiles y en las tinieblas del siglo, que el de escandalizar a los apóstoles de Cristo. Porque hubieran tenido menos responsabilidad no conociendo a Cristo, que no habiendo recibido al Señor de los profetas.

San Gregorio Magno, Moralia, 11,17. O de otro modo, ¿qué otra cosa significa el mar, sino el siglo? ¿y qué la piedra del asno, sino las acciones terrenales, que aprietan el cuello del alma con los deseos insensatos y la hacen girar en el círculo del pecado? Hay ciertamente algunos que abandonan las acciones terrestres, y, despreciando la humildad, se elevan con una fuerza superior a la de su inteligencia hasta los ejercicios contemplativos; no sólo se precipitan en el error, sino que arrastran consigo a los que están débiles en la verdad. Al que escandaliza, pues, a uno de estos pequeñuelos le hubiera sido mejor que le hubieran arrojado al mar con una piedra al cuello. Porque hubiera sido más fácil para esta alma perversa el ocuparse en los negocios del mundo, que el entregarse a los ejercicios de la contemplación con perjuicio de muchos.

San Agustín, quaestiones evangeliorum, 1,24. O de otro modo, el que escandalizare a uno de estos pequeños -esto es, de esos humildes como los que quiere el Señor que sean sus discípulos- o con su desobediencia, o con su resistencia, como dice el apóstol sobre Alejandro ( 2Tim 4,14.), conviene que se le ate una piedra de asno al cuello y sea arrojado al fondo del mar, es decir, le conviene que la pasión que tiene por los bienes terrenales (a los que están atados los necios y ciegos), le lleve atado con esa carga a la muerte.

Glosa. Había dicho el Señor, que le era mejor a aquel que escandaliza, que se le suspendiera al cuello una piedra de asno; el mismo Señor da la razón en estas palabras: "¡Ay del mundo por los escándalos!", es decir, a causa de los escándalos.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Se entiende aquí por mundo, no los elementos que constituyen el mundo, sino los hombres que viven en el mundo; mas los discípulos de Cristo no son de este mundo, por consiguiente, no se les puede aplicar el "¡ay del mundo por los escándalos!" porque aunque haya muchos escándalos no llegan a aquellos que no son de este mundo. Pero si alguien está en el mundo y ama las cosas del mundo, los escándalos le alcanzarán en todas aquellas cosas del mundo en que él se mezcle.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Sigue: "Porque necesario es que vengan escándalos".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,1. El Señor en las palabras: "Necesario es", no quita el libre albedrío, ni nos somete a la fatalidad; no hace más que predecir lo que irremisiblemente ha de suceder. Indudablemente los escándalos nos alejan del camino recto, mas la predicación de Cristo no abre la puerta a los escándalos. Porque la predicción no es causa del escándalo y cuando se predice no se hace más que decir con anticipación lo que realmente ha de suceder. Pero dirá alguno, ¿si todos se corrigen y no hay persona alguna que escandalice, no se podrán acusar de falsedad las palabras de Cristo? De ninguna manera. El Señor habló así porque previó que los hombres no se habrían de corregir: "Es necesario que vengan escándalos", ciertamente no hubiera pronunciado Cristo estas palabras, si los hombres se hubieran de corregir.

Glosa. O también: "necesario es que vengan escándalos", porque son necesarios, es decir, útiles. Por ellos conocemos a los que han sido probados.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,1. Porque los escándalos levantan y estimulan a los hombres, los hacen más avisados, levantan con prontitud al que cae y le inspiran más solicitud.

San Hilario, in Matthaeum, 18. La humildad de la pasión es un escándalo para el mundo. Lo que más detiene a los hombres en su ignorancia es el no querer recibir al Señor de la gloria eterna bajo la forma de hombre. ¿Y qué hay tan perjudicial al mundo como el no haber recibido a Cristo? Y por eso es necesario que vengan los escándalos. Porque para que tenga cumplimiento el misterio que nos ha de dar la eternidad, es preciso que se realicen en El todas las humillaciones de la pasión.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. También se dice que los escándalos que vienen son los ángeles de Satanás; sin embargo, no penséis que ellos sean escándalos, o por naturaleza, o por su sustancia, sino que su libre albedrío los ha hecho así, no queriendo sufrir por la virtud. Y no puede existir el verdadero bien sin ser combatido por el mal. Así, pues, es necesario que vengan los escándalos, como es necesario también que nosotros tengamos que sufrir la malicia de los espíritus celestiales, tanto más irritados cuanto más está entre los hombres el Verbo de Dios y aleja de ellos las inspiraciones malignas. Buscan ellos los medios para mejor escandalizar y sobre esos medios es sobre quienes principalmente recae la maldición "Ay". Porque peor será la suerte del que escandaliza, que la de aquel que es escandalizado, por eso sigue: "Mas ay de aquel hombre por quien viene el escándalo".

San Jerónimo. Lo que equivale a decir: ¡Ay de aquel hombre por cuya causa resulta el escándalo, es necesario que se verifique en el mundo! Judas, que preparaba su alma para la entrega, está comprendido en esta máxima general.

San Hilario, in Matthaeum, 18. O también bajo la palabra "del hombre" se significa al pueblo judío que fue el autor de ese escándalo, cuyo objeto es la pasión de Cristo, y que arrojó al mundo en el peligro de renunciar en la pasión a Cristo, a quien la ley y los profetas habían anunciado como pasible.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. Para que podáis estar seguros de que no hay necesidad absoluta de que existan los escándalos, escuchad lo que sigue: "Por tanto, si tu mano o tu pie te escandaliza", etc. No habla aquí de los miembros del cuerpo, sino de los amigos, a quienes tenemos nosotros como miembros necesarios. Porque nada hay tan nocivo como una conversación mala.

Rábano. La palabra escándalo es griega y podemos traducirla por tropiezo, caída o choque del pie. Por consiguiente, aquel que diere a su hermano ocasión de caer, o con sus palabras, o con sus acciones, le escandaliza.

San Jerónimo. Así, pues, es preciso arrancar de raíz todo afecto y cortar todo parentesco, a fin de que con ocasión de algún sentimiento, ninguno de los creyentes abra las puertas al escándalo. Si, dice El, cuanto está unido a vosotros como la mano, el pie, el ojo y te es útil y te sirve para ver con solicitud y perspicacia, es causa de escándalo y te precipita en el infierno a causa de la diferencia de costumbres, mejor es que carezcáis de su proximidad, que el que por ganar amistades o parentescos, tengáis una ocasión de perderos; cada uno de los creyentes conoce lo que le es nocivo, lo que solicita su alma y muchas veces lo que la tienta. Por eso es mejor vivir en la soledad que perder, por atender a la vida presente, la vida eterna.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. O también se puede entender, sin violentar el sentido, por "el ojo", a los sacerdotes, que son como el ojo de la Iglesia y sus centinelas. Por "la mano" los diáconos y todos los demás que ejecutan las obras espirituales y en el pueblo vemos los pies del cuerpo de la Iglesia; a nada de todo esto debemos perdonar, si sólo sirve para escándalo de la Iglesia. O también el acto del alma es la mano que peca y la marcha del alma el pie que peca y la vista del alma es el ojo que peca. De todo esto debemos prescindir, si nos traen el escándalo; con frecuencia se pone en la Escritura las operaciones de los miembros, en lugar de los mismos miembros.

San Jerónimo. Dijo el Señor arriba, que debían ser amputados el pie, la mano, el ojo, todo parentesco y toda costumbre que pudiera dar lugar al escándalo; ahora suaviza la dureza de esta máxima diciendo: "Mirad que no tengáis en poco a uno de estos pequeñitos". Que equivale a decir: No los despreciéis, sino procurad, en cuanto os sea posible, su salvación después de la vuestra; pero si los viereis que continúan en el pecado, mejor es que os salvéis vosotros que el que perezcáis con la multitud.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. O también se gana mucho con huir de los malos y con honrar a los buenos. Nos enseñó el Señor arriba, que cortemos nuestras amistades con los que escandalizan y aquí nos enseña a rendir culto y a tener celo por los santos.

Glosa. O de otro modo, guardaos de despreciar a ninguno de estos pequeñitos. Porque el mal que resulta de los hermanos, que han sido escandalizados, es muy grande.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Son pequeñitos aquellos que hace poco tiempo que han nacido en Cristo, o aquellos, que no pudiendo avanzar, están como si acabaran de nacer. No tuvo el Señor necesidad de mandar que no se despreciase a los fieles más perfectos, sino a los pequeñitos, como ya lo había mandado antes: "Si alguno escandalizare a alguno de estos pequeñitos" ( Mt 18,6), etc. Además, bajo la palabra pequeñitos quizá quisiera comprender aquí también a los perfectos, según el modo que tuvo de expresarse en otro lugar ( Lc 9,48): "El que fuere más pequeño entre vosotros, éste será el mayor", etc.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. O también, porque los que son perfectos, son mirados por muchos como pequeñitos, es decir, pobres y despreciables.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Sin embargo, no se armoniza bien esta interpretación con la frase: "Si alguno escandalizare a uno de estos pequeñitos" ( Mt 18,6), etc. Porque el hombre perfecto ni se escandaliza, ni perece; los que admiten esta interpretación dicen que es mudable el alma del justo y que alguna vez se escandaliza aunque no con facilidad.

Glosa. No se les debe despreciar; son tan queridos de Dios, que les ha enviado sus ángeles para que los guarden. Por eso sigue: "En verdad os digo que", etc.

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum. Afirman algunos que Dios da a los hombres un ángel custodio. Porque han venido a ser por el agua regeneradora niños en Cristo; añadiendo, que no es posible que un ángel santo mire a los incrédulos y a los que yerran y que mientras permanece el hombre en la incredulidad y en el pecado, está bajo la potestad de los ángeles de Satanás. Otros creen que desde el momento en que nace uno recibe su ángel custodio.

San Jerónimo. Grande dignidad es ésta del alma humana, de tener desde que nace un ángel destinado para que la guarde.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. No habla aquí el Señor de los ángeles indistintamente, sino de los ángeles más elevados. Porque al decir: "Ven siempre la cara de mi Padre", nos significa que su presencia es muy libre y el honor de que gozan delante de Dios es muy grande.

San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 34,12. Se cuenta que el anciano y venerable Padre Dionisio Areopagita decía (y lo dice realmente), que entre los ángeles, que son de un rango inferior, hay algunos que son enviados para desempeñar alguna misión visible o invisible, mientras los que son de escala superior no son empleados para ninguna comisión exterior.

San Gregorio Magno, Moralia, 2,3. Y los ángeles ven siempre el rostro del Padre y, sin embargo, vienen a nosotros. Porque vienen hacia nosotros con la presencia espiritual y no obstante permanecen en el lugar de donde salieron por la contemplación interior y no salen fuera de la visión divina, de tal manera que queden privados de los gozos de la contemplación interior.

San Hilario, in Matthaeum, 18. Los ángeles ofrecen diariamente a Dios las oraciones de los que se han de salvar por Cristo. Por consiguiente, es muy peligroso despreciar a Aquel cuyos deseos y peticiones llegan por servicio y ministerio de los ángeles a Dios eterno e invisible.

San Agustín, de civitate Dei, 22,29. O también son llamados ángeles nuestros los que son ángeles de Dios. Son ángeles de Dios porque no se separan de El y nuestros porque han comenzado a tenernos por conciudadanos suyos; consiguientemente, así como ellos ven a Dios, también nosotros le veremos cara a cara. San Juan dice de esta visión ( 1Jn 3,2): "Le veremos como El es". Por rostro de Dios debe entenderse su manifestación y no la parte del cuerpo a que nosotros damos ese nombre.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. Otra nueva razón nos da el Señor para que no despreciemos a los pequeñitos, cuando dice: "Porque el Hijo del hombre vino", etc.

Remigio. Lo que equivale a decir: No despreciéis a los pequeñitos, porque yo me he dignado hacerme hombre por los hombres. En las palabras: "lo que había perecido" se sobreentiende el género humano. Todos los elementos guardan su orden, pero el hombre erró, porque perdió el suyo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 59,4. Añade el Señor a lo que acaba de decir una parábola para demostrar la voluntad que tiene su Padre de salvar a todos los hombres, cuando dice: "¿Qué os parece? Si tuviere alguno cien ovejas", etc.

San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3. Esto dice relación al Creador de los hombres. El número cien es número perfecto y El tuvo cien ovejas, cuando creó la naturaleza humana y la naturaleza angélica.

San Hilario, in Matthaeum, 18. Por la palabra una sola oveja se entiende un solo hombre y por hombre todo el género humano y todo el género humano se perdió en el error de un solo Adán. De ahí que el que busca al hombre es Cristo y las noventa y nueve ovejas que deja, son la multitud de todos aquellos que se regocijan en el cielo.

San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3. Y dice el evangelista, que las dejó en los montes, para significar las alturas. Porque las ovejas que no habían perecido estaban en los lugares más elevados.

Beda. Encontró el Señor a la oveja, cuando restauró al hombre y hubo en el cielo mayor alegría por la oveja encontrada, que por las otras noventa y nueve. Porque hay más motivos para alabar a Dios por la restauración de los hombres, que por la creación de los ángeles. Creó Dios admirablemente a los ángeles; pero más admirablemente restauró al hombre.

Rábano. Observad que al número nueve le falta una unidad para formar el número diez y al número noventa y nueve para formar el ciento. De donde resulta, que los números a quienes para ser perfectos les falta una unidad, pueden variar por la sustracción, o por la adición; pero la unidad permaneciendo en sí misma sin variación, cuando se agrega a otros números los perfecciona. De esta manera para perfeccionar en el cielo el número completo de ovejas, es buscado en la tierra el hombre que se ha perdido.

San Jerónimo. Opinan otros que el número noventa y nueve se refiere a los justos y la pequeña oveja a los pecadores, según lo que ya se ha dicho en otro lugar: "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores" ( Mt 9,13).

San Gregorio, homiliae in Evangelia, 34,3. Debemos considerar por qué confiesa el Señor, que se alegra más por la conversión de los pecadores, que por la estabilidad de los justos. Es porque los que tienen seguridad de no haber cometido pecados graves, están perezosos muchas veces para cumplir los deberes más elevados, mientras que, por el contrario, a los que tienen conciencia de haber obrado mal, el sentimiento de su dolor los inflama más en el amor divino y como ven que han andado errantes lejos de Dios, recompensan con las ganancias posteriores las pérdidas anteriores; de esta manera el general prefiere al soldado, que después de huir, vuelve al enemigo y le acomete con valor, a aquel que no ha vuelto jamás la espalda, pero que jamás ha acometido ni ha hecho cosa alguna con valor. Pero también hay algunos justos que causan tanta alegría, que bajo ningún concepto se les puede posponer a ningún penitente; éstos, aunque no les arguya su conciencia de falta alguna, sin embargo, desprecian hasta lo que les es permitido y son humildes en todas las ocasiones. ¿Cuán grande alegría, pues, no proporciona el justo cuando llora en la humillación, siendo tan grande la que causa el pecador cuando condena el mal que ha hecho?

Beda. También las noventa y nueve ovejas que dejó en el monte significan los soberbios, a quienes, para llegar a la perfección (marcada por el número cien), les falta el número uno. Cuando El ha encontrado al pecador, se alegra, es decir, hace que se alegren los suyos, más por ese pecador que por los justos falsos.

San Jerónimo. Las palabras que siguen: "Así no es la voluntad de vuestro Padre, que perezca uno solo", etcétera, se refieren a lo que queda dicho más arriba: "Mirad, no tengáis en poco a uno de estos pequeñitos" ( Mt 18,10) y de esta manera nos enseña, que la parábola propuesta ha sido dicha para que no sean despreciados los pequeñitos. En las palabras: "No es voluntad de vuestro Padre", manifiesta el Señor que siempre que pereciere alguno de estos pequeñitos, no perece por voluntad del Padre.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena