sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

miércoles, 6 de mayo de 2026

San Juan ante Portam Latinam

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 5, 1-5)

Léctio libri Sapiéntiæ Stabunt justi in magna constántia advérsus eos, qui se angustiavérunt et qui abstulérunt labóres eórum. Vidéntes turbabúntur timore horríbili, et mirabúntur in subitatióne insperátæ salútis, dicéntes intra se, poeniténtiam agéntes, et præ angústia spíritus geméntes: Hi sunt, quos habúimus aliquándo in derísum et in similitúdinem impropérii. Nos insensáti vitam illórum æstimabámus insániam, et finem illórum sine honóre: ecce, quómodo computáti sunt inter fílios Dei, et inter Sanctos sors illórum est.

Entonces los justos se presentarán con gran valor contra aquellos que los angustiaron y robaron el fruto de sus fatigas. A cuyo aspecto se apoderará de éstos la turbación y un temor horrendo; y se asombrarán de la repentina salvación de los justos, que ellos no esperaban ni creían; y arrepentidos, y arrojando gemidos de su angustiado corazón, dirán dentro de sí: Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como un ejemplar de oprobio. ¡Insensatos de nosotros! Su tenor de vida nos parecía una necedad, y su muerte una ignominia. Mirad cómo son contados en el número de los hijos de Dios, y cómo su suerte es estar con los santos. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 5 — Cornelio a Lápide

Vers. 1. «ENTONCES SE LEVANTARÁN LOS JUSTOS CON GRAN FIRMEZA CONTRA LOS QUE LOS ANGUSTIARON.» Entonces, es decir, en el día del juicio, cuando los impíos sean desolados y condenados, como dijo al fin del capítulo precedente. Se levantarán los justos con gran firmeza, esto es, con inmóvil seguridad e insuperable fortaleza, dice Dionisio. El griego tiene el singular: «entonces se levantará el justo» (cada uno, esto es, todos los justos: hay sinécdoque) «con mucha παῤῥησία», o sea, con libertad de hablar, confianza y audacia, contra el rostro de los que lo afligieron, contra los impíos que entonces estarán temerosos y temblorosos (como dijo en el cap. IV, 24); y por eso no se mantendrán erguidos, sino trémulos y encorvados, oprimidos como por el peso de sus crímenes, según aquello del Salmo I, 5: «No resucitarán los impíos en el juicio.» De donde San Agustín (libro II Contra Gaudentium, cap. XXXVII), respondiendo a los donatistas, que se jactaban de justos y abusaban de este lugar, dice: «Lejos, lejos esté que se mantengan con gran firmeza quienes se mantendrán con tan mala conciencia.» De ahí que el siríaco traduce: «se mantendrán los justos con gran confianza ante los que lo angustiaron», es decir, a Dios, de quien se venía hablando; y el árabe: «entonces se mantendrá el justo con gran confianza contra el rostro de los que lo contristaron.»

Esta confianza y firmeza, dice San Buenaventura, la dará a los justos la justicia de la causa, la prueba ya lista, Cristo por abogado, el Espíritu Santo, la Bienaventurada Virgen, la impotencia de los adversarios, la amistad y parentesco con el Juez, la benevolencia de los apóstoles asesores y la familiaridad con los ángeles, oficiales del Juez. Nota, en primer lugar, aquello de «se levantarán los justos», a saber, como soldados vencedores y triunfadores de los impíos: pues es propio de los que vencen mantenerse en pie, y de los vencidos yacer. «Al emperador conviene morir en pie», decía el emperador Vespasiano según Suetonio; mucho más conviene mantenerse en pie a los soldados de Cristo, esto es, a los justos y bienaventurados. Así San Esteban vio a Cristo en pie a la diestra del poder de Dios (Hech. VII, 55); Lázaro, entre otras miserias, yacía junto a la mesa del rico deseando saciarse de sus migajas como un perro (Luc. XVI, 21); pero en el cielo estará en pie, y el rico yacerá.

Nota, en segundo lugar, aquello de «contra ellos», o, como está en griego, «contra el rostro de ellos». Primero, es lo mismo que «en presencia de ellos»: los justos pondrán su gloria ante los ojos de los impíos que los afligieron y mataron, para que vean cuán distinto es el término y el fin de una vida y de la otra, y que no perecieron, sino que trocaron una vida miserable por otra bienaventurada y gloriosa, lo cual atormentará mucho a los impíos, como al rico epulón atormentaba la gloria de Lázaro, a la que desde el infierno no podía subir (Luc. XVI, 24). Segundo, propiamente «contra el rostro de ellos» significa que en el día del juicio los santos, sobre todo los mártires, se levantarán contra los tiranos que los atormentaron y mataron, y los acusarán ante Cristo y con Él los condenarán; de donde San Buenaventura y la Glosa: «Acusarán los justos a sus perseguidores, y los santos mártires a los tiranos que los llevaron a la angustia.» Así San Pedro y San Pablo argüirán y condenarán a Nerón; San Sebastián a Diocleciano; San Lorenzo a Valeriano; Santa Cecilia a Almaquio; San Vicente a Daciano, etc.; y los siete hermanos Macabeos, atormentados por el tirano Antíoco, le amenazaron con el juicio de Dios y los tormentos de la gehena (II Mac. VII, 35).

Nota, en tercer lugar: en lugar de «y que arrebataron sus trabajos», el griego dice «que despreciaron, vituperaron y se mofaron de sus trabajos»; lo cual no ha de tomarse sólo de los bienes y riquezas, sino propiamente de los trabajos, como si dijera: en el juicio los justos reprocharán a los impíos que despreciaran, oscurecieran, impidieran y frustraran sus trabajos saludables, con los que procuraban llevarse a sí mismos y a otros al culto de Dios y a la salvación eterna, negando y arrebatando así a Dios el honor, a los demás el ejemplo, y a sí la salvación, al burlarse y rechazar los piadosos avisos y las costumbres de los justos. Todo esto se lo echarán en cara los justos a los impíos, en su rostro, con gran libertad y fortaleza, diciendo: «¿No fuimos verdaderos profetas? Mira y cree, aunque tarde, para tu mayor confusión y condenación... Porque fuiste enemigo de Cristo, mataste a sus santos, combatiste a la Iglesia y destruiste la fe, vete, impío, vete, malvado, vete, maldito, al fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles.»

Vers. 2. «VIÉNDOLOS, SE TURBARÁN CON HORRIBLE TEMOR.» Viéndolos, no los justos, sino los impíos que afligieron a los justos: pues pasa de los justos a los impíos. El griego es el aoristo ἰδόντες, como si dijera: cuando hayan visto, o después que hayan visto los impíos tan gran gloria y firmeza de los justos, serán heridos de extremo pavor y angustia; pues verán que ya está perdida y desesperada su salvación; verán que sus jueces son los que antes fueron sus reos, condenados por ellos a muerte atroz; por lo cual, esperando ya de ellos semejante, y aun más atroz, juicio y condenación, se estremecerán al extremo. «Allí será mirado siempre por los mártires el verdugo que a los mártires miró por un tiempo en los suplicios», dice San Cipriano (a Demetriano). Añade que verán la majestad e ira del Juez, la deformidad de sus propios cuerpos y las horrendas formas de espectros asumidas por los demonios; de donde, consternados, dirán «a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos del rostro del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero» (Apoc. VI, 16).

«Y SE MARAVILLARÁN EN LO SÚBITO (esto es, en la súbita obtención, dicen San Buenaventura, Hugo, Dionisio y la Glosa) DE LA INESPERADA SALVACIÓN.» El griego dice ἐκστήσονται ἐπὶ τῷ παραδόξῳ τῆς σωτηρίας, esto es, quedarán estupefactos y como fuera de sí, arrebatados en éxtasis por lo paradójico de la salvación, es decir, por la admirable e inesperada salvación y gloria de los justos, a quienes ellos tenían por perdidos y por enteramente muertos en cuanto al alma y al cuerpo. Pues «paradójico» es lo nuevo, admirable, inesperado, insólito, contra la opinión de los hombres e increíble, como son las paradojas de Cicerón y de los filósofos: así la gloria de los justos sobrevendrá inesperada a los impíos, y les parecerá algo paradójico y como un milagro; por lo cual les infundirá admiración, estupor, pavor y como éxtasis. Así los hermanos de José, teniéndolo por muerto tras haberlo vendido, cuando lo vieron vivo y príncipe de Egipto, «no podían responderle, sobrecogidos de excesivo temor» (Gén. XLV, 3): pues nada aflige tanto como la súbita mudanza de suma felicidad y gloria en suma infelicidad y vileza; y nada punza tanto los ojos del enemigo como verse caer de lo alto a lo hondo, mientras el enemigo es levantado de lo hondo a lo alto, como sucedió a Mardoqueo con Amán.

Vers. 4. «NOSOTROS, INSENSATOS, ESTIMÁBAMOS SU VIDA LOCURA, Y SU FIN SIN HONOR.» Así los príncipes del rey Jehú dicen del profeta que le envió Eliseo: «¿A qué vino ese loco?» (IV Reg. IX, 11); y Festo a Pablo: «Estás loco, Pablo; las muchas letras te llevan a la locura» (Hech. XXVI, 24); y el mismo Pablo: «Nosotros somos necios por Cristo... hechos como la basura de este mundo, desecho de todos hasta ahora» (I Cor. IV, 10 y 13). Más aún, el mismo Cristo, por su cruz, fue para los gentiles necedad y para los judíos escándalo (I Cor. I, 23); y hasta sus parientes, teniéndolo por furioso, quisieron atarlo (Marc. III, 21). Finalmente, algunos santos, por afán de humildad y mortificación, se fingieron necios, como hizo Simón, por sobrenombre el Salo, esto es, el necio. Los mundanos, pues, estiman locura la vida de los santos, porque a los mundanos les parece cosa de locos domar la carne con ayunos, afligirla con cilicios y disciplinas, mortificar los sentidos y refrenar los apetitos.

Vers. 3. «HACIENDO PENITENCIA (tal fue la penitencia de Antíoco, II Mac. IX, 13, y de Esaú, Hebr. XII, 17, y de Judas el traidor, Mat. XXVII, 3: pues la penitencia de estos manó del odio y del temor, no de la culpa, sino de la pena) Y GIMIENDO POR LA ANGUSTIA DEL ESPÍRITU.» Porque, como dice Cantacuzeno, la causa del gemido y del suspiro es la angustia del espíritu y la dificultad de respirar: pues cuando las entrañas son comprimidas por el dolor, y con ello se intercepta la mayor fuerza del aliento, este, esforzándose luego por prorrumpir todo a la vez, rompe en gemido y suspiro; a esto se refiere aquello de Isaías LXV, 14: «Clamaréis por el dolor del corazón, y aullaréis por la contrición del espíritu.»

«ESTOS SON A QUIENES EN OTRO TIEMPO TUVIMOS POR ESCARNIO Y POR OBJETO DE OPROBIO.» San Cipriano y Lucífero leen «por risa y por semejanza de improperio». El griego, Lucífero y otros leen todo esto más enérgicamente en singular, de cualquier justo, de este modo: «este era aquel a quien tuvimos en otro tiempo por escarnio y por parábola de oprobio», esto es, por parábola afrentosa, por fábula ignominiosa, por proverbio injurioso, del que usan los hombres cuando quieren improperar o injuriar a alguno; pues dirán: «Vuélvete infame, seas escarnecido, seas fábula, ludibrio y oprobio de los hombres, como se hizo tal, que fingía ser justo.» Así en el Salmo XLIII, 15: «Nos pusiste por semejanza (griego: por parábola) entre las gentes, meneo de cabeza entre los pueblos»; y poco antes (vers. 14): «Nos pusiste por oprobio a nuestros vecinos.» Así se queja Job: «Me puso como por proverbio del vulgo, y soy un ejemplo ante ellos» (XVII, 6); «Ahora soy su cantar y me he vuelto su proverbio» (XXX, 9). Cantacuzeno refiere todo esto a Cristo, de quien está escrito (Apoc. I, 7): «He aquí que viene con las nubes, y lo verá todo ojo, y los que lo traspasaron.» Pero el Sabio habla de cualquier justo, como he dicho, si bien máximamente de Cristo, que es el justo por antonomasia, como Santo de los santos.

Vers. 5. «HE AQUÍ CÓMO HAN SIDO CONTADOS ENTRE LOS HIJOS DE DIOS, Y ENTRE LOS SANTOS ESTÁ SU SUERTE.» El griego no tiene el «he aquí», y lo demás lo trae en singular, de este modo: «¿cómo ha sido contado, o enumerado, (el justo) entre los hijos de Dios, y entre los santos está su suerte?» Los llama hijos de Dios no sólo por la gracia, sino por la gloria, a saber, a los que, como herederos de Cristo, poseen la herencia de la felicidad eterna: pues esta es la suerte hereditaria, tan bienaventurada y feliz, de los santos y bienaventurados. Cuán grande dignidad sea ser hijo de Dios lo mostré largamente en Oseas I, 10, al fin. Verdaderamente: «En exceso han sido honrados tus amigos, oh Dios; en gran manera se ha fortalecido su principado» (Salmo CXXXVIII, 17).

Comentario a la Sabiduría, cap. 5, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)

Evangelio (Matt. 20, 20-23)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Matthǽum In illo témpore: Accessit ad Jesum mater filiórum Zebedæi cum fíliis suis, adórans et petens áliquid ab eo. Qui dixit ei: Quid vis? Ait illi: Dic, ut sédeant hi duo fílii mei, unus ad déxteram tuam et unus ad sinístram in regno tuo. Respóndens autem Jesus, dixit: Néscitis, quid petátis. Potéstis bíbere cálicem, quem ego bibitúrus sum? Dicunt ei: Póssumus. Ait illis: Cálicem quidem meum bibétis: sedére autem ad déxteram meam vel sinístram, non est meum dare vobis, sed quibus parátum est a Patre meo.

Entonces, la madre de los hijos de Zebedeo, se le acerca con sus dos hijos, y le adora, manifestando querer pedirle alguna gracia. Jesús le dijo: ¿Qué quieres? Y ella les respondió: Dispón que estos dos hijos míos tengan su asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Mas Jesús le dio por respuesta: No sabéis lo que os pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber? Y le dijeron: Bien podemos. Les replicó: Mi cáliz sí que lo beberéis; pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederlo a vosotros, sino que será para aquellos a quienes lo ha destinado mi Padre. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Mateo 20, 20-23 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Jerónimo. Como había dicho el Señor que "El resucitaría al tercero día", creyó una mujer que el Señor reinaría después de resucitado y con la curiosidad propia de su sexo, desea, sin acordarse de lo que había de realizarse después, lo que ella ve como presente. Por eso dice: "Entonces se acercó a El", etc.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. Esta mujer es Salomé, la madre de los hijos del Zebedeo; así es llamada por otro evangelista y su nombre significa pacífica y realmente lo era, porque fue madre de los hijos de la paz. Lo que realza más a esta mujer es que no solamente sus hijos abandonaron a su padre, sino que ella misma dejó a su esposo y siguió a Cristo. Su marido podía vivir sin ella, pero ella no podía salvarse sin Cristo. También se puede decir que Zebedeo había muerto en el tiempo que media entre la vocación de los apóstoles y la pasión del Señor. Ella, a pesar de su sexo débil y de una edad en que ya no tenía fuerzas, seguía a Cristo, porque la fe no envejece, ni la religión se fatiga. Su naturaleza la hizo atrevida para pedir y por eso dice: "Adorándole y pidiéndole alguna cosa"; es decir, que ella pide con el respeto debido que se le dé lo que pide. Sigue: "El la dijo: ¿Qué quieres?" Pregunta el Señor, no porque ignore lo que ella quiere, sino a fin de convencerla, exponiendo ella su petición, de la imposibilidad de su demanda. Por eso se añade: "Ella dijo: Di que estos mis dos hijos se sienten", etc.

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,64. Marcos pone en boca de los hijos del Zebedeo lo que San Mateo presenta como cosa dicha por la madre, no habiendo hecho ésta más que trasmitir los deseos de sus hijos al Señor. De aquí resulta que San Marcos, para abreviar, puso en boca de los hijos las palabras de la madre ( Mc 10).

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Ellos se veían más honrados que otros y habían oído aquellas palabras: "Os sentaréis sobre doce tronos". Por eso exigían el trono más elevado y creían que eran superiores en dignidad para con Cristo a los otros. Sin embargo, temían la preferencia de Pedro; por esta razón dice otro evangelista que ellos imaginaban, cuando estaban cerca de Jerusalén, que ya estaban a las puertas del Reino de Dios, es decir, que el Reino era una cosa sensible. De esto debemos concluir que ellos no pedían ninguna cosa espiritual ni se elevaban hasta la contemplación de un reino superior.

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. Así como en los reinos del mundo se tienen por más honrados los que se sientan junto al rey, no es de admirar que una mujer, en su natural sencillez e inexperiencia, creyera que estaba en el deber de hacer esa petición al Señor. Hasta los mismos hermanos, por su imperfección, no tenían ideas más elevadas sobre el Reino de Cristo y abrigaban los mismos sentimientos con respecto a los que se sentarán con Jesús.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O de otra manera, no aplaudimos la petición de esta mujer; pero sí decimos que no deseaba para sus hijos los bienes terrenales, sino los celestiales. Porque no eran sus sentimientos como el de las demás madres, que aman los cuerpos de sus hijos y desprecian sus almas, desean que sean apreciados en este mundo y no se cuidan de lo que puedan sufrir en el otro, dando a entender con este proceder que son madres de cuerpos y no de almas. Y yo creo que estos mismos hermanos, cuando oyeron al Señor hablar sobre su pasión y resurrección, comenzaron a decir en su interior, puesto que eran fieles. Ved cómo el Rey del cielo baja a los reinos de los infiernos para destruir el reino de la muerte. Pero después de terminada su victoria, ¿qué le queda por hacer si no el recibir la gloria de su Reino?

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. Después de haber destruido Cristo el pecado que reinaba en nuestros cuerpos mortales y todo el poder de los espíritus infernales, recibe en medio de los hombres la corona de su Reino, que para El equivale a sentarse en el trono de su gloria. Porque el obrar El con todo su poder a derecha y a izquierda, no es otra cosa que destruir todo el mal que ante El se presenta y es indudable que entre los que se aproximan a Cristo, aquellos que más sobresalen son los que están a su derecha y los que menos a su izquierda. La derecha de Cristo, ved si lo podéis comprender, es toda criatura invisible y la izquierda la visible y corporal. Entre los que se aproximan a Cristo hay algunos que se colocan a su derecha, como son las cosas inteligibles y otros a su izquierda, como son las sensibles.

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. ¿Cómo aquel que se entregó a sí mismo a los hombres, no hará partícipes de su Reino a los hombres? Es reprensible la negligencia en pedir cuando no hay duda de la misericordia del que da. Si pedimos al Maestro, probablemente moveremos los corazones de los demás hermanos. Porque, aunque no los pueda vencer el placer carnal, puesto que ya están como regenerados por el espíritu, pueden, sin embargo, conmoverse dado que aún tienen sentimientos carnales. Luego pongamos en nuestro lugar a nuestra madre, para que en su nombre pida por nosotros. Porque si ella es reprensible, fácilmente será perdonada. Su mismo sexo la excusa de todo error y si ella no fuere importuna, alcanzará con más facilidad cuanto pida para sus hijos. Porque el Señor, que ha llenado el corazón maternal de cariño para con sus hijos, escuchará con más facilidad los sentimientos de la madre. Entonces el Señor, que conoce las cosas que están ocultas, no contesta a las palabras de la madre sino a la intención de los hijos que inspiraron esa súplica. El deseo de ellos era efectivamente bueno, pero su petición inconsiderada. De ahí es que, aunque no debían obtener nada, sin embargo no merecían ser reprendidos por su sencilla petición nacida del amor que tenían al Señor. Por esto el Señor solamente les reprende su ignorancia: "Y respondiendo Jesús, dijo: No sabéis lo que pedís".

San Jerónimo. No es extraño que el Señor reprenda su ignorancia, habiendo dicho de Pedro ( Lc 9,33): "No sabía lo que decía".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. Porque el Señor permite con frecuencia que los discípulos digan o piensen algunas cosas inconvenientes con el objeto de tener en ello una ocasión para enseñarles alguna regla de piedad, comprendiendo que en su presencia no podía traer ningún mal resultado el error que ellos cometían y que la doctrina que con este motivo les exponía edificaba, no sólo para el presente, sino también para el porvenir.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. El Señor les responde de esa manera, o bien para manifestarles que lo que pedían no era un bien espiritual, o bien para hacerles ver que si ellos hubieran comprendido lo que pedían, jamás se hubieran atrevido a hacer una petición cuya realización excede a las más elevadas virtudes.

San Hilario, in Matthaeum, 20. Tampoco saben lo que piden porque no podía ser objeto de duda alguna la gloria de los apóstoles. Y las palabras que preceden indican de un modo terminante que serán ellos los jueces del mundo ( Hch 19).

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O también: "No sabéis lo que pedís", que equivale a decir: Yo os he llamado desde el lado izquierdo a mi derecha y vosotros, por elección vuestra, queréis volver a pasar a la izquierda y quizás la mujer fuera la causa de esta elección. El diablo puso en juego sus acostumbradas armas: la mujer; y así como por una mujer despojó a Adán, así también quiso separar a los discípulos por sugestión de una madre. Pero desde que la salvación del mundo vino de una mujer, ya no podía perder a los santos por una mujer. O también dice: "No sabéis lo que pedís". Porque no solamente debemos pensar en la gloria que podemos conseguir sino también en el modo de evitar las consecuencias del pecado. Porque en las batallas del mundo difícilmente vence el que no piensa más que en el botín de la victoria. Por eso debieron ellos haber hecho esta petición: "Danos el auxilio de tu gracia para que triunfemos de todo mal".

Rábano. No sabían lo que pedían aquellos que pretendían del Señor el trono de una gloria que aún no merecían. Se complacen ante la perspectiva de la cumbre del honor pero les falta ejercitarse antes en el camino del trabajo. Por eso añade: "Podéis beber el cáliz".

San Jerónimo. Por cáliz se entiende en la Escritura Santa la pasión, como en el Salmo: "Tomaré el cáliz de la salud" ( Sal 115,13) y a continuación dice lo que es este cáliz: "La muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor" ( Sal 115,14).

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. El Señor sabía que los discípulos podían imitar su pasión pero les hace esa pregunta con el objeto de que sepamos que nadie puede reinar con Cristo si no lo imita en la pasión pues una cosa preciosa no se adquiere a bajo precio. Entendemos por pasión del Señor, no solamente la persecución de los gentiles, sino también todo lo que tengamos que sufrir en nuestras luchas con el pecado.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Dice, pues: "Podéis beber", etc., como si dijera: Vosotros me habláis de honor y de coronas y yo os hablo de combates y esfuerzos, porque éste no es aún el tiempo de las recompensas. La pregunta del Señor atrae a sus discípulos, porque no les dijo: Podéis derramar vuestra sangre, sino, "¿Podéis beber el cáliz que Yo he de beber?"

Remigio. Esto con el objeto de unirlos más a El mediante el lazo de la pasión. Aquellos que poseían la libertad y la constancia del martirio prometen que lo beberían. Por eso sigue: "Dícenle: Podemos".

Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 35. O también dicen esto, no tanto por la confianza que les inspiraba su fortaleza, sino por la ignorancia de su fragilidad; porque para ellos, que no tenían experiencia, era cosa ligera la pasión y la muerte.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. O también prometen eso por efecto de su buen deseo. Porque jamás se hubieran comprometido de ese modo si no hubieran esperado obtener lo mismo que pedían. El Señor les profetiza grandes bienes, es decir, hacerlos dignos del martirio.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,2. Sigue: "Díjoles: En verdad beberéis mi cáliz".

Orígenes, homilia 12 in Matthaeum. No les contestó el Señor: Podéis beber mi cáliz, sino que, mirando a su futura perfección, les dijo: "En verdad beberéis mi cáliz".

San Jerónimo. Se pregunta cómo los hijos del Zebedeo (a saber, Santiago y Juan) han bebido el cáliz del martirio, siendo así que, según la Escritura, Santiago fue decapitado por Herodes ( Hch 12) y Juan murió de muerte natural; pero leemos en la historia eclesiástica que Juan fue arrojado a una caldera de aceite hirviendo y desterrado a la isla de Patmos. Por consiguiente, nada le faltó para lo esencial del martirio y para beber el cáliz de confesor; cáliz que bebieron los tres jóvenes echados al horno de fuego, aunque su perseguidor no derramó la sangre de ellos. 1

San Hilario, in Matthaeum, 20. Aplaudiendo el Señor la fe de los discípulos, les dijo que en verdad podían sufrir con El el martirio, pero el sentarse a su derecha o izquierda era cosa reservada a otros por su Padre. Por eso sigue: "Mas el estar sentados a mi derecha o a mi izquierda", etc. Y efectivamente opinamos que de tal manera está reservado a otros ese honor, que no serán extraños a él los apóstoles, los cuales juzgarán a Israel sentados en los doce tronos de los patriarcas. Y Moisés y Elías -de quienes el Señor apareció rodeado en la montaña con todo el brillo de su gloria- estarán sentados en el Reino de los Cielos, en cuanto es posible concluirlo de lo que dicen los mismos Evangelios.

San Jerónimo. Mas yo opino de otra manera. Los nombres de los que estarán sentados en el Reino de los Cielos no se dicen aquí, a fin de que la designación especial de algunos no parezca la exclusión de otros. Porque el Reino de los Cielos no está tanto a la disposición del que lo da como del que lo recibe. Para Dios no hay distinción de personas y aquel que se presentare digno del Reino de los Cielos, recibirá el reino que está preparado, no para tal persona, sino para tal conducta. De donde resulta que si vosotros os portáis de tal manera que merecéis el Reino de los Cielos (que mi Padre ha preparado a los victoriosos), vosotros lo recibiréis también. Y no dijo el Señor "no os sentaréis", a fin de no cubrir de confusión a los dos hermanos, ni tampoco "os sentaréis", para no irritar a los demás.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 65,3. O de otro modo, este primer lugar parece imposible a todos, no sólo a los hombres, sino a los ángeles, porque el apóstol San Pablo nos dice en estos términos, que tal es el principal puesto del Hijo único de Dios ( Heb 1,13.): "¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: "Siéntate a mi derecha?" Contesta el Señor por condescender con los que le preguntaban, mas no con el fin de designar quiénes de los presentes debían sentarse a su lado. Porque el único objeto que efectivamente se proponían los dos discípulos en su petición era el estar sentados inmediatamente después de El y delante de los demás. Pero el Señor responde: Efectivamente moriréis por causa mía pero esto no es suficiente para que obtengáis el primer puesto. Porque si se presentara algún otro con mayor virtud además del martirio, no le quitaré a él el primer puesto y os lo daré a vosotros por el amor que os tengo. Y para que viéramos que no cabía en El esa debilidad, no dijo simplemente: No es cosa mía el dar, sino no es cosa mía el darlo a vosotros, sino a aquéllos para quienes ha sido preparado, es decir, a aquellos que se pueden distinguir por sus obras.

Remigio. O de otro modo: no es cosa mía el darlo a vosotros, esto es, a los que son tan soberbios como vosotros, sino a los humildes de corazón, para quienes lo ha preparado mi Padre.

San Agustín, de Trinitate, 1,12,24-25. O también de otro modo, la respuesta del Señor: "Mas el estar sentado a mi derecha no me pertenece a Mí el darlo", fue dada según la forma de siervo de que estaba revestido. Mas lo que está preparado por el Padre, preparado está también por el mismo Hijo. Porque el Padre y el Hijo son una sola cosa.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena