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martes, 28 de abril de 2026

San Pablo de la Cruz, Confesor

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Pablo de la Cruz, celebérrimo por la austeridad de su penitencia, insigne apóstol de la Pasión del Salvador y fundador de la Congregación de los Pasionistas, uno de los mayores contemplativos que ha dado la Iglesia en los tiempos modernos. Nació en la villa de Ovada, en la que entonces era República de Génova, el día 3 de enero del año de 1694, y en el bautismo recibió los nombres de Pablo Francisco. Diólo el Cielo á unos padres de sólida piedad, para que desde la cuna fuese señalado como heraldo de la Cruz de Cristo, en cuya memoria había de gastar toda su vida.

Su padre, Lucas Danei, hombre de negocios de familia de cierta posición venida á menos, y su madre, Ana María Massari, tuvieron numerosísima prole, de la cual Dios se llevó á los más en tierna edad. Criáronle entrambos en el santo temor de Dios con desvelos que fueron la primera gracia de su santidad: leíale el padre las vidas de los santos y le prevenía contra las malas compañías; y la madre, mujer de gran corazón, cuando el niño padecía algún dolor doméstico le mostraba el crucifijo, enseñándole á ofrecer sus penas por Aquel que tanto padeció por los hombres. ¿Qué mucho que de tal semilla naciese aquella devoción entrañable á la Pasión que había de ser el sello de toda su vida?

Contaba apenas quince años cuando un sermón, predicado sobre aquellas palabras del Evangelio «si no os convertís y no hiciéreis penitencia, todos pereceréis», acabó de encender en su alma el fuego de la conversión. Desde aquel punto trocó el joven las blanduras del mundo por las asperezas de la penitencia: dormía en el duro suelo, ayunaba, se disciplinaba, y pasaba largas horas de la noche en oración. Bien se echaba de ver que nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón.

Hácia el año de 1720 fué el Señor servido de manifestarle su vocación por caminos extraordinarios. Refiérese que en una serie de visiones se le mostró un hábito negro con el nombre de Jesús y una cruz blanca sobre un corazón, y que la santísima Virgen le encargó fundar una congregación consagrada perpetuamente á la memoria de la Pasión de su Hijo. Sometido todo, como era razón, al juicio de la Iglesia, el obispo de Alessandria aprobó estas revelaciones y le vistió con el hábito distintivo que había de llevar la nueva familia religiosa.

Retiróse entonces, según se refiere, á una pobre celda, donde por espacio de cuarenta días, sustentándose á pan y agua, escribió la Regla de la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Quiso que sus hijos, además de los tres votos comunes de la religión, añadiesen un cuarto: el de promover en las almas la memoria de los dolores del Salvador. Ordenado de sacerdote en Roma el año de 1727, por manos del papa Benedicto XIII, estableció su primera comunidad en el Monte Argentario, en la Toscana. No le faltaron, como á toda obra de Dios, contradicciones y trabajos; mas la Providencia, que conduce visiblemente las cosas de sus siervos, fué allanando los caminos: aprobadas las reglas por Benedicto XIV en 1741, la Congregación quedó definitivamente confirmada por Clemente XIV en 1769. Todavía en 1771 tuvo el consuelo de dar principio á la rama femenina de las Monjas Pasionistas, cuyo primer convento se abrió en Corneto; pero su salud, ya muy quebrantada, le impidió asistir á la inauguración.

Fué el celo de las almas la virtud sobresaliente de este varón apostólico. Recorrió en misiones populares casi todas las ciudades de los Estados Pontificios y de la Toscana, y en todas ellas no predicó otra cosa que á Jesucristo, y á éste crucificado. Subía al púlpito con un crucifijo en la mano y los brazos extendidos, ceñida á veces la frente con una corona de espinas, y con tal fuerza movía á penitencia á los más endurecidos, que un oficial del ejército llegó á declarar que sus sermones le hacían «temblar de pies á cabeza». ¡Tal poder tiene la palabra de un santo cuando no busca sino la gloria de Dios y la salvación de los reprobos!

No caminó, con todo, por sendas floridas. La tradición mística tiene por uno de los casos mayores de prueba purificativa la larguísima desolación de espíritu, ó «noche oscura del alma», que padeció por espacio de cerca de cuarenta y cinco años, sin que jamás desmayase su fidelidad al Señor en aquella soledad interior. Créese asímismo que le adornó Dios de dones extraordinarios, y refiérese de él don de profecía, curaciones y otras maravillas, y aun aquel arrobamiento con elevación del cuerpo que la piedad lee en la vida de tantos santos; bien que la Iglesia, con la prudencia de que fué maestro el mismo Benedicto XIV, no da por sobrenaturales tales hechos sino después de muy averiguados. Aún es fama, según piadosa tradición de sus hijos, que oró por espacio de muchos años por la conversión de Inglaterra al gremio de la fe católica.

Tuvo por compañero inseparable de sus fatigas á su propio hermano Juan Bautista, con quien fundó la Orden y con quien se confesaba mutuamente; y cuando el Señor se lo llevó, el año de 1765, sintió Pablo hondísimo dolor, como quien perdía la mitad de su alma. Mas todo lo sacrificaba de buena gana al que por él se había sacrificado en la Cruz.

Cargado de años y de merecimientos, entregó al fin su preciosa alma al Criador el día 18 de octubre del año de 1775, en Roma, junto á la basílica de los Santos Juan y Pablo, á los ochenta años de su edad. Confirmó Dios la santidad de su siervo, y la Iglesia lo declaró bienaventurado por boca del papa Pío IX el 1 de mayo de 1853, y lo inscribió en el catálogo de los santos el mismo Pontífice el 29 de junio de 1867.

Aprendan las almas cristianas de este glorioso patriarca á no apartar los ojos del Crucificado, que fué toda su ciencia y todo su amor. Él, que ceñido de espinas y abrazado con la Cruz movía á penitencia á los pueblos, nos enseña que en la memoria de la Pasión del Salvador está el remedio de todos los males del alma. Pidámosle que, por su intercesión, sepamos también nosotros trocar las máximas del mundo por las del cielo, y ofrecer nuestros dolores, como su santa madre le enseñó de niño ante el crucifijo, en unión de los que padeció por nosotros nuestro amantísimo Redentor.

En el rito tradicional (calendario de 1954) la fiesta de San Pablo de la Cruz se celebra el 28 de abril; el calendario reformado la trasladó al 19 de octubre, víspera de su dies natalis.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).