lunes, 27 de abril de 2026
San Pedro Canisio, Confesor y Doctor de la Iglesia
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
Fué san Pedro Canisio, ilustre por su cuna y celebérrimo por su celo, el que los mismos herejes, no sin voluntad de Dios que hace servir hasta las injurias á la gloria de sus siervos, apellidaron «martillo de los herejes»; y bien mereció la Iglesia darle el renombre de segundo apóstol de Alemania, después de aquel gran san Bonifacio que primero la había ganado para Jesucristo. Nació en Nimega, ciudad del ducado de Güeldres, el día octavo de mayo del año de mil quinientos veinte y uno, cuando ya el común enemigo, valiéndose de la nueva herejía de Lutero, había comenzado á sembrar la cizaña en aquellas tierras y á arrebatar innumerables almas del gremio de la santa Iglesia.
Era su padre Jacobo Canis, varón de posición y burgomaestre de Nimega, y Pedro el mayor de sus hijos. Quiso el Cielo que la primera lección de constancia en la fe la recibiese el niño de labios de su propia madre; pues, hallándose ésta en la agonía, y viendo cuánto habían penetrado ya las máximas del error en aquellos países, suplicó á su esposo que se afirmase con dientes y uñas en la religión católica. ¡Herencia más preciosa, por cierto, que cuantos bienes suele dejar el mundo á sus herederos! Refiérese asímismo, según piadosa memoria de sus historiadores, que fué bautizado el mismo día en que el edicto de Worms arrojaba á Lutero del Imperio, y que su nacimiento coincidió con la herida que en Pamplona recibió san Ignacio; coincidencias que la devoción tiene por avisos de la Providencia, aunque no las asegure con entera certeza la cronología.
Aplicáronle desde temprano á las letras, y cursó en Colonia el trivio y el cuadrivio con tan feliz aprovechamiento, que á los diez y nueve años se recibió de maestro en Artes; y aun añadió luego el estudio del derecho canónico. Mas ¿de qué sirven las ciencias humanas si no las corona el temor de Dios? Bien lo entendió el santo joven, que anteponía la Sagrada Escritura y la lectura de los Padres á toda la elocuencia de los antiguos, de suerte que antes de los veinte y cinco años tenía familiares á Tertuliano, á san Cipriano, á san Agustín, á san Gregorio y á san Bernardo. Y para que en cuerpo tan mortificado morase pura el alma, hizo á los diez y nueve años voto privado de perpetua virginidad, del cual dejó escrito que le había hecho «libre y alegremente».
Dispuso la Providencia, que nada abandona al acaso en la vocación de los que destina á grandes obras, que topase Pedro con el bienaventurado Pedro Fabro, uno de los primeros compañeros de san Ignacio; y habiendo hecho bajo su dirección los Ejercicios espirituales, quedó de tal manera trocado su corazón, que resolvió entregarse á la naciente Compañía de Jesús, de la cual fué el primero de los alemanes. Del santo maestro que Dios le había deparado escribió después estas palabras, que descubren la ternura de su alma: «He encontrado al hombre que buscaba, si es que se trata de un hombre y no más bien de un ángel de Dios; jamás he visto ni oído teólogo más sabio y más profundo, ni hombre de santidad tan impresionante.» Ordenóse sacerdote el año de mil quinientos cuarenta y seis, recibió el doctorado en teología en Bolonia, é hizo su solemne profesión en Roma en manos del mismo san Ignacio.
Antes de partir á la misión de Alemania que su santo padre le encomendaba, quiso el varón de Dios encomendarse á los príncipes de los Apóstoles; y orando en la basílica de San Pedro pidió á san Pedro y á san Pablo que hiciesen eficaz para su empresa la bendición apostólica. Escribió luego en su diario que había sentido allí grande consolación, y que los santos Apóstoles parecieron confirmar su misión y transmitirle, como á apóstol de Alemania, el amparo de su benevolencia. Pocos días más adelante, y son también sus propias palabras, sintió que el Señor le abría el corazón de su sacratísimo Cuerpo y le mandaba beber de aquella fuente; desde entonces consagró todo su apostolado al Corazón de Jesús. Con tal comisión del cielo, ¿qué había de temer de los hombres el que llevaba por padrinos á los Apóstoles y por caudillo al mismo Salvador?
Treinta años empleó el infatigable varón recorriendo á pie y á caballo la Alemania central, predicando de ordinario en las catedrales de Ingolstadt, de Viena, de Praga, de Ratisbona, de Colonia y sobre todo de Augsburgo, que llamaba la ciudad de su corazón. Halló en Viena una Iglesia tan desolada, que en veinte años no se había ordenado un solo sacerdote; y en veinte años de trabajos la volvió á la vida. Rector fué de la universidad de Ingolstadt, y primer provincial de la Alemania superior, aunque su humildad protestase ante san Ignacio que le faltaban del todo el tacto, la prudencia y la firmeza para gobernar; mas acertó el santo fundador, que en dos años restauró Canisio la fe de Praga. Fundó y sostuvo colegios sin número, envió al Colegio Germánico de Roma escogidos jóvenes, y fué teólogo del sacrosanto Concilio de Trento y de sus decretos el más decidido promotor; que aun le escogió el Papa por secreto emisario para llevar á los obispos alemanes las resoluciones tridentinas, cuando el primer correo había caído en manos de bandoleros.
Pero la obra en que más había de perpetuarse su nombre fueron los catecismos. Compuso tres, acomodados á tres suertes de personas: el mayor para los que ya alcanzaban alguna teología, uno intermedio para los jóvenes, y el menor para los niños é ignorantes; y fué tanta su difusión, que en muchas partes de Alemania «Canisio» vino á ser lo mismo que «catecismo», y por siglos se dijo del que iba á la doctrina que iba «al Canisio». Contáronse doscientas ediciones en vida del autor y su traducción á quince lenguas; y hasta el catecismo de san Pío X hubo de sentir el influjo de aquel método suyo de pregunta y respuesta. Escribió además, por encargo de los Papas, contra las llamadas Centurias de Magdeburgo, apoyándose en los santos Padres griegos y latinos; y en defensa de la Madre de Dios dió á luz su tratado «De la Virgen María incomparable». Fué siempre devotísimo de la santísima Virgen, y suya la diligencia con que se difundió en los pueblos la segunda parte del Ave María, aquella dulce súplica: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores»; que si la fórmula corría ya de antes, á su catecismo debe en gran parte el haberse hecho común entre los fieles.
No fué menor su virtud que su doctrina. Reprendíanle una vez el exceso de sus tareas, y respondió con aquella sentencia que descubre entera su alma: «Quien tiene mucho que hacer, con la ayuda de Dios encontrará tiempo para hacerlo todo.» Á un jesuita español que suspiraba por volverse á Italia le escribió que lo más glorioso para ellos y lo más grato á Cristo era olvidarse de Italia y de España y entregarse en cuerpo y alma únicamente á Alemania, y no por un año, sino por toda la vida. Y cuando arreciaban las tempestades de la herejía, solía repetir, tomando la imagen del Evangelio: «Cristo duerme, el navío se bambolea; pero confiemos, que no duerme el que custodia á Israel.» Refiérese que ya muy anciano, en Friburgo y en el mes de mayo, juntó á sus hermanos no en la capilla, sino en el jardín, y les predicó sobre el jardín como libro abierto de Dios, figura del Paraíso, del huerto de Getsemaní y de la Resurrección: ternura de padre que le duró hasta el cabo.
Retiróse en sus últimos años á Friburgo de Suiza, donde levantó imprenta católica y preservó de la herejía á todo aquel cantón. Heríle el año de mil quinientos noventa y uno un ataque de parálisis que estuvo á punto de acabar con él; mas, ayudándose de secretario, no dejó de escribir y de trabajar por la gloria de Dios. Su última carta es del Adviento de mil quinientos noventa y siete; y ocho días después, rodeado de su comunidad, entregó dulcemente su espíritu al Señor el día veinte y uno de diciembre de aquel año, á los setenta y cuatro de su edad. Diéronle sepultura en la catedral de San Nicolás de Friburgo. No refieren las crónicas que aquí seguimos milagros señalados de su tránsito; mas ¿qué mayor prodigio que las ciudades y provincias enteras que su celo volvió al gremio de la Iglesia, Augsburgo, Viena, Colonia, Praga y tantas otras arrancadas al error?
Beatificóle el Papa Pío IX el año de mil ochocientos sesenta y cuatro; y el Papa Pío XI, á veinte y uno de mayo de mil novecientos veinte y cinco, le puso á un tiempo en el número de los santos y en el de los Doctores de la Iglesia, alabando su catecismo con decir que no era indigno de los antiguos Padres. Celebra la Iglesia su fiesta, en el calendario tradicional, á veinte y siete de abril. Aprendamos de este ilustre Doctor á amar la sana doctrina y á defenderla sin desmayo; que si él, en medio de las mayores tempestades, no perdió la confianza porque sabía que no duerme el que guarda á Israel, tampoco la perderemos nosotros, con tal que, como él, pongamos toda nuestra esperanza en el Corazón de aquel Salvador de cuya fuente bebió, y en el amparo de la santísima Virgen su Madre.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).