sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

martes, 14 de abril de 2026

San Justino, Mártir

Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.

Fué san Justino, celebérrimo por su doctrina y todavía más ilustre por su sangre, el más esclarecido de los apologistas que dió la Iglesia en el segundo siglo, y aquel de entre los Padres de aquella edad cuya vida se conoce mejor y por documentos más auténticos, que son sus propios escritos y las Actas gloriosas de su martirio. Nació hácia el año ciento de nuestra Redención en Flavia Neápolis, la antigua Siquem de Samaria, en aquella Siria de Palestina que el Señor había regado con la predicación del Salvador; y aunque hijo de padres gentiles, y él mismo criado en la ciega gentilidad, guardábale el Cielo para hacerle testigo esclarecido de la verdad que sus mayores desconocían.

Vino al mundo Justino en el seno de una familia griega afincada en aquella ciudad, hijo de Prisco y nieto de Bacqueo, según él mismo se nombra con noble sencillez al frente de sus escritos. Criáronle sus padres en la cultura de los helenos y en las letras de los sabios del siglo; mas ¿de qué aprovechan todas las ciencias de la tierra al alma que ignora á su Criador? Desde su primera juventud sintió Justino aquella hambre santa de la verdad que Dios mismo despierta en los corazones que quiere para sí; y no hallando en los ídolos de sus padres sino vanidad, dió en buscar á Dios por el camino de la filosofía, persuadido de que ninguna cosa hay más digna del hombre que conocer á quien le hizo.

Fué esta busca de la verdad la ocupación y el tormento de sus mejores años. Acudió primeramente á un maestro estoico, que nada le enseñaba de Dios; pasóse luego á un peripatético, á quien dejó porque, más solícito de sus honorarios que de la verdad, le pedía paga antes de tiempo; probó después la escuela de los pitagóricos, que le remitían primero á la música, á la astronomía y á la geometría; y hallando por fin algún consuelo en un platónico, que alimentaba su anhelo de contemplar la divinidad, creyó estar ya cerca del término. Pero nada pueden los esfuerzos de los hombres cuando el Señor quiere apoderarse de un corazón, y reservaba la Providencia á aquel filósofo una lección que ninguna escuela de la tierra podía darle.

Paseábase un día Justino á la orilla del mar, entregado á sus altos pensamientos, cuando quiso Dios que le saliese al encuentro un anciano venerable, y trabase con él un largo y apacible coloquio. Hízole ver el anciano cuán vanamente presume el entendimiento humano de subir por sus solas fuerzas hasta la idea de Dios, y cómo el alma, para conocer al Criador, ha menester ser instruida por los Profetas, á quienes inspiró el Espíritu Santo y que anunciaron á Cristo muchos siglos antes de su venida. Quedó Justino traspasado de aquellas razones; y encendido en deseo de aquellos Profetas y de aquel Cristo que le anunciaban, hallóse trocado de filósofo del siglo en discípulo del Evangelio. Refiérese que este anciano fué instrumento escogido de la divina misericordia; y no sin misterio quiso el Señor que quien tanto había fatigado las escuelas de los hombres recibiese la luz de un desconocido junto á las olas del mar.

No fué sola aquella plática la que rindió su corazón. Confiesa el mismo santo que, siendo aún discípulo de Platón, oía las calumnias que corrían contra los cristianos, y que al verlos intrépidos y serenos ante la muerte se decía á sí propio que era imposible que hombres tan constantes viviesen en el vicio y en el deleite que se les imputaba. Así el testimonio de los mártires acabó de persuadirle lo que la filosofía sólo á medias le había mostrado; que la sangre de los santos, según dijo después otro Padre, es semilla de cristianos. Recibió por fin el bautismo hácia el año ciento y treinta, y proclamó desde entonces que la religión de Cristo era la única filosofía segura y provechosa, la verdadera sabiduría; y en señal de que no la tenía por menos noble que las ciencias del siglo, jamás quiso dejar el manto de filósofo, sino que con él vestido predicó á Jesucristo hasta la muerte.

Trasladado á Roma, abrió allí Justino una escuela de la sabiduría cristiana, cerca de los baños de Timoteo, en casa de un tal Martín, donde enseñaba la doctrina de la fe á cuantos, cansados de la vanidad de los gentiles, acudían á beber en aquella fuente. No se contentó con enseñar de viva voz, sino que tomó la pluma en defensa de sus hermanos perseguidos, y dirigió al emperador Antonino Pío su primera Apología, y poco después la segunda, en que con admirable libertad y mansedumbre deshacía las calumnias levantadas contra los cristianos y pedía para ellos justicia. Escribió asímismo su célebre Diálogo con Trifón el judío, que es la más antigua defensa que se conserva de la fe contra la Sinagoga, donde muestra cómo la ley antigua, dada para un tiempo y para un pueblo, quedó abrogada por la nueva alianza, universal y perpetua, y cómo las naciones que creen en Cristo son ya el nuevo Israel.

Enseñó también Justino que sembradas andaban por el mundo, aun entre los mismos gentiles, algunas semillas del Verbo, y que cuanto de verdadero dijeron Sócrates ó los antiguos sabios, lo dijeron participando á medias de aquel mismo Verbo que en la plenitud de los tiempos se encarnó cumplidamente en Jesucristo; con lo cual quería ganar para la fe á los entendimientos cultivados, mostrándoles que sólo en Cristo hallaría descanso su anhelo de verdad. Mas donde su testimonio brilla con luz más pura es en lo que dejó escrito de los sagrados misterios: pues nos legó una de las más antiguas descripciones del santo Bautismo y del augusto Sacrificio, enseñando con toda claridad que el alimento consagrado por la oración con las palabras de Cristo es la carne y la sangre de aquel Jesús que se hizo hombre por nosotros. ¡Preciosa herencia, que hace de aquel filósofo un venerable testigo de la fe eucarística en los albores mismos de la Iglesia!

No podía el común enemigo sufrir en paz á quien con tanto celo desbarataba sus engaños. Refiérese, sobre la autoridad del historiador Eusebio, que un filósofo cínico llamado Crescente, vencido por Justino en pública disputa y más herido en su soberbia que convencido en su error, le cobró mortal ojeriza, y que sus intrigas y su delación, acusándole falsamente de ateísmo, fueron ocasión de su prisión y de su muerte. Sea de esto lo que fuere, permitiólo el Señor para coronar á su siervo; que quien tantos años había buscado la verdad con las luces del ingenio, quiso sellarla al cabo con el testimonio de la sangre.

Preso Justino con otros seis compañeros, bajo el imperio de Marco Aurelio y hácia el año ciento sesenta y cinco, fué llevado ante el prefecto de Roma Junio Rústico, filósofo estoico y en otro tiempo maestro del mismo emperador. Conservan las Actas, tenidas por auténticas, aquel glorioso interrogatorio. Mandóle el prefecto que sacrificase á los dioses; y respondió Justino con noble entereza: «Nadie que esté en su sano juicio abandona la piedad por la impiedad.» Amenazóle Rústico con tormentos sin misericordia si no obedecía; y replicó el santo: «Ese es nuestro deseo, padecer por Nuestro Señor Jesucristo y salvarnos, porque esto nos dará confianza ante el tribunal más terrible y universal de nuestro Salvador.» Y todos á una voz confesaron: «Haz lo que quieras; cristianos somos y no sacrificamos á los ídolos.»

Viendo el juez su invencible constancia, pronunció la sentencia: que los que no habían querido sacrificar á los dioses ni obedecer al emperador fuesen azotados y degollados conforme á las leyes. Así fueron flagelados y decapitados aquellos valerosos soldados de Cristo, y voló Justino á recibir del rey del cielo la corona que en balde le habían prometido las escuelas de la tierra. De aquel su glorioso suplicio le vino el sobrenombre de Mártir por antonomasia, con que le honra la Iglesia entre todos los apologistas. ¿Y quién perdió jamás lo que dió al mismo Jesucristo? El que había gastado su juventud en buscar la verdad, halló al fin la Verdad misma, y por ella derramó gozoso su sangre.

Honró la Iglesia desde luego con culto inmemorial la memoria de este ínclito mártir, y en tiempos más cercanos mandó el papa León XIII componer en su honor Misa y Oficio propios, fijando su fiesta en el calendario. Celébrala la tradición el día catorce de abril. Guárdanse sus reliquias con veneración en la abadía de Lilienfeld, en Austria, y en otras iglesias de la cristiandad. Aprendan los sabios del siglo, en este esclarecido filósofo, á no descansar hasta hallar en Cristo, único Maestro, la verdad que en vano se busca fuera de Él; y alcáncenos san Justino de Dios aquel amor á la verdad y aquella fortaleza en confesarla que le hicieron á un tiempo doctor insigne y mártir generoso de la fe. Amén.

Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).