sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 28 de marzo de 2026

San Juan de Capistrano, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (2 Tim. 2, 8-10; 3, 10-12)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Memor esto, Dóminum Jesum Christum resurrexísse a mórtuis ex sémine David, secúndum Evangélium meum, in quo labóro usque ad víncula, quasi male óperans: sed verbum Dei non est alligátum. Ideo ómnia sustíneo propter eléctos, ut et ipsi salútem consequántur, quæ est in Christo Jesu, cum glória coelésti. Tu autem assecútus es meam doctrínam, institutiónem, propósitum, fidem, longanimitátem, dilectiónem, patiéntiam, persecutiónes, passiónes: quália mihi facta sunt Antiochíæ, Icónii et Lystris: quales persecutiónes sustínui, et ex ómnibus erípuit me Dóminus. Et omnes, qui pie volunt vívere in Christo Jesu, persecutiónem patiéntur.

Acuérdate que nuestro Señor Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos, según la buena nueva que predico, por el cual estoy yo padeciendo hasta verme entre cadenas, como malhechor; si bien la palabra de Dios no está encadenada. Por tanto, todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial. Tú al contrario, mi caro Timoteo, ya has visto mi doctrina, mi modo de proceder, el fin que me propongo, cuál es mi fe, mi longanimidad, mi caridad, mi paciencia, cuáles las persecuciones y vejaciones que he padecido, lo que me aconteció en Antioquía e Iconio, y en Listra, cuán grandes han sido las persecuciones que he tenido que sufrir, y cómo de todas me ha sacado a salvo el Señor. Y ya se sabe que todos los que quieren vivir virtuosamente según Jesucristo, han de padecer persecución. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 4 + Homilía 5 + Homilía 6 + Homilía 7 + Homilía 8 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo

Vers. 8, 9. «Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos, según mi Evangelio, por el cual sufro trabajos hasta las cadenas, como un malhechor.»

¿Con qué fin se recuerda esto? Va dirigido principalmente contra los herejes y, al mismo tiempo, sirve para alentar a Timoteo, mostrándole el provecho de los padecimientos, puesto que Cristo, nuestro Maestro, venció Él mismo la muerte padeciendo. «Acuérdate de esto —dice— y tendrás consuelo suficiente. Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos.» Pues sobre este punto muchos habían comenzado ya a subvertir la economía de la salvación, avergonzándose ante la inmensidad del amor de Dios hacia los hombres. Porque tales son los beneficios que Dios nos ha concedido, que los hombres se avergonzaban de atribuirlos a Dios y no podían creer que hubiera descendido hasta tanto. «Según mi Evangelio.» Así habla por doquier en sus Epístolas, diciendo «según mi Evangelio», ya porque estaban obligados a creerle, ya porque había algunos que predicaban otro Evangelio.

«Por el cual sufro trabajos —dice— como un malhechor, hasta las cadenas.» De nuevo introduce consuelo y aliento tomándolos de sí mismo, y dispone el ánimo de quien le escucha con estas dos cosas: primero, que sepa que él soporta penalidades; y segundo, que no las soporta sino con un fin provechoso, pues así habrá ganancia, mientras que de otro modo hasta habría daño. Porque ¿de qué aprovecha mostrar que un maestro se ha expuesto a penalidades, pero no con fin alguno útil? Mas si es en provecho de algo, si es para bien de los que son enseñados, entonces es digno de admiración.

«Pero la palabra de Dios no está encadenada.» Es decir: si fuéramos soldados de este mundo y sostuviéramos una milicia terrena, valdrían las cadenas que atan nuestras manos. Mas ahora Dios nos ha hecho de tal condición que nada puede sojuzgarnos. Porque nuestras manos están atadas, pero no nuestra lengua, ya que nada puede atar la lengua sino la cobardía y la incredulidad solamente; y donde éstas no se hallan, aunque nos carguéis de cadenas, la predicación del Evangelio no queda encadenada. Si atáis a un labrador, le impedís sembrar, pues siembra con la mano; pero si atáis a un maestro, no estorbáis la palabra, porque ésta se siembra con la lengua, no con la mano. Nuestra palabra, pues, no está sujeta a cadenas. Porque, aunque nosotros estemos atados, ella está libre y corre su carrera. ¿Cómo? Porque, aun estando atados, he aquí que predicamos. Esto es para aliento de los que están libres. Pues si nosotros, que estamos atados, predicamos, mucho más os conviene hacerlo a vosotros, que estáis sueltos. Habéis oído que padezco estas cosas como un malhechor: no os desalentéis. Porque es gran maravilla que, estando atado, haga yo la obra de los que están libres; que, estando atado, venza a todos; que, estando atado, prevalezca sobre los que me ataron. Porque es la palabra de Dios, no la nuestra. Las cadenas humanas no pueden atar la palabra de Dios. Estas cosas las padezco por amor de los elegidos.

Vers. 10. «Por eso todo lo soporto —dice— por amor de los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús, con la gloria eterna.»

He aquí otro estímulo. «Padezco estas cosas —dice— no por mí, sino por la salvación de los demás. En mi mano estaba haber vivido libre de peligro y no haber sufrido nada de esto, si hubiera mirado por mi propio interés. ¿Por qué, entonces, padezco estas cosas? Por el bien de los demás, para que otros alcancen la vida eterna.» ¿Y qué te prometes a ti mismo? No ha dicho simplemente «por amor de estas personas», sino «por amor de los elegidos». Si Dios los ha elegido, nos conviene padecerlo todo por ellos. «Para que también ellos alcancen la salvación.» Al decir «también ellos», quiere decir: al igual que nosotros. Porque Dios nos ha elegido también a nosotros; y así como Dios padeció por amor nuestro, así debemos nosotros padecer por amor de ellos. De modo que es cosa de justa correspondencia, no de favor. De parte de Dios fue gracia, pues sin haber recibido antes beneficio alguno, nos hizo bien; pero de parte nuestra es correspondencia, pues, habiendo recibido antes los beneficios de Dios, padecemos por causa de éstos, por quienes padecemos, para que alcancen la salvación. ¿Qué dices? ¿Qué salvación? Tú, que no fuiste autor de salvación para ti mismo, sino que te perdías a ti mismo, ¿eres autor de salvación para otros? De ningún modo; y por eso añade: «la salvación que está en Cristo Jesús»; la que es verdaderamente salvación, «con la gloria eterna». Las cosas presentes son penosas, pero no pasan de la tierra. Las cosas presentes son ignominiosas, pero son pasajeras. Están llenas de amargura y de dolor, pero no duran sino hoy y mañana.

Vers. 10. «Pero tú has seguido de cerca mi doctrina.» Por tanto, sé fuerte; pues no sólo estuviste presente, sino que la seguiste puntualmente. Aquí parece dar a entender que el tiempo había sido largo, al decir: «Has seguido de cerca mi doctrina» —esto se refiere a su enseñanza—; «mi conducta» —esto, a su modo de vivir—; «mi propósito» —esto, a su celo y a la firmeza de su alma—. No dije estas cosas —da a entender— sin ponerlas por obra, ni fui filósofo sólo de palabra. «Mi fe, mi longanimidad»: quiere decir que nada de esto me turbó. «Mi caridad», que aquellos hombres no tenían; «mi paciencia», que tampoco tenían. Hacia los herejes —quiere decir— muestro mucha longanimidad; y paciencia, la que se muestra bajo la persecución.

Dos cosas inquietan a un maestro: el número de los herejes y la falta de fortaleza de los hombres para soportar los padecimientos. Y, sin embargo, mucho ha dicho acerca de esto: que siempre los ha habido y siempre los habrá, y que ninguna edad estará libre de ellos, y que no podrán dañarnos, y que en el mundo hay vasos de oro y de plata. Ved cómo pasa a discurrir sobre sus tribulaciones: «las que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra».

¿Por qué ha escogido estos casos de entre muchos? Porque los demás eran conocidos de Timoteo, y éstos quizá eran sucesos recientes; y no menciona los anteriores, pues no los va enumerando uno por uno, ya que no le mueve la ambición ni la vanagloria, sino que los refiere para consuelo de su discípulo, no por ostentación. Y aquí habla de Antioquía de Pisidia y de Listra, de donde era el mismo Timoteo. «Cuántas persecuciones soporté.» Había doble motivo de consuelo: que mostré un celo generoso y que no fui abandonado. No puede decirse que Dios me desamparara, sino que hizo más resplandeciente mi corona.

«Cuántas persecuciones soporté; mas de todas ellas me libró el Señor.»

Vers. 12. «Y, en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.»

«Mas ¿por qué —dice— he de hablar sólo de mí mismo? Todo el que quiera vivir piadosamente será perseguido.» Aquí llama persecuciones a las aflicciones y a las tristezas, pues no es posible que el hombre que sigue el camino de la virtud no se vea expuesto a la pena, a la tribulación y a las tentaciones. Porque ¿cómo ha de escapar de ello quien anda por la senda estrecha y angosta y ha oído que «en el mundo tendréis tribulación»? Si Job dijo en su tiempo que «la vida del hombre sobre la tierra es una prueba», ¿cuánto más lo era en aquellos días?

Homilía 4 + Homilía 5 + Homilía 6 + Homilía 7 + Homilía 8 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Luc. 9, 1-6)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Convocátis Jesus duódecim Apóstolis, dedit illis virtútem et potestátem super ómnia dæmónia, et ut languóres curárent. Et misit illos prædicáre regnum Dei et sanáre infírmos. Et ait ad illos: Nihil tuléritis in via, neque virgam, neque peram, neque panem, neque pecúniam, neque duas túnicas habeátis. Et in quamcúmque domum intravéritis, ibi manéte et inde ne exeátis. Et quicúmque non recéperint vos: exeúntes de civitáte illa, étiam púlverem pedum vestrórum excútite in testimónium supra illos. Egréssi autem circuíbant per castélla, evangelizántes et curántes ubíque.

Algún tiempo después habiendo convocado a los doce apóstoles, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y virtud de curar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a dar la salud a los enfermos. Y les dijo: No llevéis nada para el viaje, ni palo, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni mudas de ropa. En cualquier casa que entrareis permaneced allí, y no la dejéis hasta la partida. Y donde nadie os recibiere, al salir de la ciudad, sacudid aun el polvo de vuestros pies, en testimonio contra sus moradores. Habiendo, pues, partido, iban de lugar en lugar, anunciando la buena nueva del reino de Dios, y curando enfermos por todas partes. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Lucas 9, 1-6 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

San Cirilo. Convenía que los que habían sido constituidos en ministros de las sagradas doctrinas pudiesen hacer milagros para que por ellos se conociese que eran ministros de Dios. Por ello dice: "Y llamando a los doce Apóstoles, les dio virtud y potestad sobre todos los demonios", etc. Con lo que desarmó la alta arrogancia del diablo, que decía alguna vez: "No hay quien pueda contrariarme" ( Is 50,8).

Eusebio. Y para que puedan ganarse a todos los hombres, no sólo les da el poder para arrojar los espíritus malos, sino también para que curen cualquier enfermedad en su nombre. De donde sigue: "Y para que sanen las enfermedades".

San Cirilo. Observa aquí que el divino poder del Hijo es superior a la naturaleza humana. Los santos tenían facultad para hacer milagros, no por su naturaleza, sino por la virtud del Espíritu Santo. Además, no podían conceder a otros este poder, porque ¿cómo una naturaleza creada podría tener dominio sobre los dones del Espíritu? Pero nuestro Señor Jesucristo, como es Dios por naturaleza, concede esta gracia a quien quiere, no invocando sobre ellos la virtud ajena, sino infundiendo la de su propio tesoro.

Crisóstomo in Mat. hom. 32. Después que se hubieron fortificado con su trato y adquirieron la competente prueba de su virtud, los envió. Por ello sigue: "Y los envió a predicar el reino de Dios". Con esto no se les confía algo material, como se había confiado a los profetas, que ofrecían la tierra y las cosas terrenas; mas éstos el reino de los cielos y cuanto en él se contiene.

San Gregorio Nacianceno. Enviando a los discípulos a predicar, el Señor les inculcó muchas cosas, cuyo compendio es que sean tan virtuosos, tan constantes y modestos, y (para decirlo brevemente) tan celestiales, que la doctrina evangélica no se propague menos con su modo de vivir que con la palabra. Y por ello son enviados sin dinero, sin báculo y con un solo vestido. En razón a lo que añade: "Y les dice: No llevéis nada para el camino, ni báculo, ni", etc.

Crisóstomo in Mat. hom. 33. Con esto proveía a muchas cosas. En primer lugar, hacía que sus discípulos no fuesen sospechosos; en segundo lugar, los exoneraba de todo cuidado, para que se consagrasen en absoluto a la divina palabra; en tercer lugar, les enseñaba su propia virtud. Pero acaso diga alguno que las demás cosas tienen su razón de ser. Pero no llevar alforja en el camino, ni tener dos túnicas, ni báculo, ¿a qué conduce? Quería alentarlos a toda diligencia, y (por decirlo así) hacía ángeles de hombres, separándolos de todos los cuidados de la vida, para que se fijen sólo en un cuidado, en el de predicar la doctrina.

Eusebio. Les hizo esta recomendación para sustraerlos de todo apego terreno y de todas las solicitudes de la vida. Fiaba en la experiencia de la fe y el celo que de ellos tenía, que no rehusarían el precepto de llevar una vida de extrema pobreza. Convenía que ellos hiciesen cierta compensación, y que recibiendo virtudes saludables, las pagasen con la obediencia a los mandamientos. Y haciéndolos milicia del reino de los cielos, los dispuso para la pelea contra los enemigos, aconsejándoles la práctica de la pobreza. Ninguno que se consagre al Señor debe mezclarse en los negocios seculares ( 2Tim 2,4).

San Ambrosio. Cómo debe ser quién evangeliza el reino de Dios, se designa en los mismos preceptos evangélicos. Es decir, que no busque el auxilio de los socorros humanos y que, adhiriéndose por entero a la fe, viva convencido de que, cuanto menos busque estos apoyos, más los hallará a mano.

Teofilacto. Así, pues, los envía como mendigos, no queriendo que lleven ni panes, ni cosa alguna de las que muchos necesitan.

San Agustín, de cons. evang. 2, 30. El Señor no quiso que sus discípulos poseyesen, ni llevasen cosa alguna de éstas. No porque no sean necesarias para el sostenimiento de la vida, sino que los enviaba así para demostrar que estas cosas debían serles suministradas por aquellos a quienes anunciasen el Evangelio. Y así seguros, no se cuidasen de poseer, ni de llevar lo necesario a esta vida, ni mucho ni poco. Por eso dijo, según San Marcos: "Sino un bastón" ( Mc 6,8), manifestando así que los fieles debían proveer a sus ministros de todo lo necesario, pero no de lo superfluo. Con el emblema de la vara significó esta potestad, cuando dijo: "Nada toméis, en el camino, sino un báculo tan sólo".

San Ambrosio. Los que quieren, pueden interpretar esto en el sentido de que el pasaje describe sólo el estado espiritual de quien se ha despojado, por decirlo así, del vestido del cuerpo -no sólo desechando la potestad y despreciando las riquezas- sino también renunciando a los placeres de la carne.

Teofilacto. Algunos entienden aquello de que los apóstoles no deben llevar ni alforja, ni báculo, ni tener dos túnicas, en el sentido de que no deben atesorar (lo que se da a entender con la alforja, donde se reúnen muchas cosas), ni que deben ser iracundos ni de espíritu triste (lo que significa el báculo), ni que deben ser falsos ni de corazón lleno de dobleces (lo que significan las dos túnicas).

San Cirilo. Pero alguno dirá: ¿De dónde sacarían los apóstoles lo necesario para vivir? Y por esto el Señor añade: "Y en cualquier casa que entréis, allí permaneced, y no salgáis de allí". Como diciendo: que os baste el fruto de los discípulos, los cuales, recibiendo de vosotros las cosas espirituales, ya procurarán de que nada os falte. Los mandó que permaneciesen en una sola casa, para que no sirvan de gravamen al que los hospedase (esto es, abandonándole), y para que no incurran en la nota de glotonería o de veleidad.

San Ambrosio. Dice que es impropio de un predicador del reino de los cielos el corretear por las casas y cambiar los derechos inviolables del hospedaje. Mas para que se sepa que les es debido el hospedaje, les dice también que, si no son recibidos, sacudan el polvo y salgan de la ciudad, cuando prosigue: "Y por los que no os recibieren, salid de su ciudad, y sacudid también el polvo de vuestros pies", etc.

Beda. El polvo se sacude de los pies de los apóstoles en testimonio de su trabajo empleado en venir a la ciudad y de que la predicación del Evangelio haya podido llegar hasta ellos. También se sacude el polvo porque nada reciben (ni aun lo necesario para el sustento) de los que despreciaron el Evangelio.

San Cirilo. Porque es improbable que los que desprecian la predicación saludable y al Padre de familia se muestren muy benignos con sus enviados y pidan sus bendiciones.

San Ambrosio. Enseña también que no es poca remuneración de la buena hospitalidad el que no sólo demos la paz a los huéspedes, sino que si los oprimen algunos pecados, efecto de su veleidad, queden libres de ellos, en atención a que albergaron a los predicadores apostólicos.

Beda. Los que menosprecian la palabra de Dios, o bien por su abandono mal intencionado, o bien por su mala inteligencia, deben ser abandonados, y sobre ellos debe sacudirse el polvo de los pies, para que con vanas acciones (comparables al polvo) no se manchen los pasos del alma casta.

Eusebio. Habiendo preparado el Señor a sus discípulos como si fuesen soldados de Dios, por medio de las virtudes y de los consejos más saludables -enviándolos a los judíos, como doctores y como médicos- obraban según la misión que se les había confiado. Por ello prosigue: "Y habiendo salido, iban de pueblo en pueblo predicando el Evangelio, y sanando por todas partes". Predicando como doctores y probando su doctrina con milagros.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena