viernes, 27 de marzo de 2026
San Juan Damasceno, Confesor y Doctor de la Iglesia
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Juan Damasceno, ilustre por su doctrina, pero mucho más por su virtud; uno de los más ilustres defensores de la fe, ornamento y columna de la Iglesia griega, nació en Damasco, ciudad capital de Siria, por los años 677, cuando estaba ya bajo la dominación de los sarracenos. Sus nobles progenitores, firmes siempre en la fe de Jesucristo, se habían señalado constantemente más por el celo de la religión, que por su esclarecida sangre y por los elevados empleos con que los príncipes sarracenos los habían honrado. Sergio Mansur, padre de nuestro santo, se aventajó mucho a sus gloriosos antepasados en poder, en crédito y en virtud. Elevóle su mérito a los primeros cargos. Siendo hombre poderoso, empleaba sus riquezas en rescatar cautivos cristianos, y en sustentar a los solitarios que poblaban los desiertos de Palestina. No tuvo otro hijo que a nuestro santo, y así dedicó todo su cuidado a darle una educación correspondiente a su religión y a su nacimiento. Logróla sin dificultad, porque el excelente natural y la mucha capacidad del niño Juan le ahorraban muchos preceptos. En medio de eso, no hubiera hecho grandes progresos en las letras, viviendo en un país desprovisto de maestros, y en que dominaba la ignorancia tanto como el mahometismo, si la divina Providencia no le hubiera deparado uno capacísimo de instruirle.
Pasando un día su padre por la plaza, se encontró con una tropa de cautivos, entre los cuales le llevó toda la atención uno vestido de fraile por su circunspección y por su singular modestia. Notó, y aun se admiró, no sin piadosa extrañeza, de verle bañado en lágrimas; porque como hombre tan virtuoso, le parecía que ningún cristiano, y mucho menos un fraile, debía afligirse por accidente alguno de esta vida. Acercóse al cautivo, consolóle muy cristianamente, y le preguntó cuál era su profesión. «Yo soy, le respondió este, un sacerdote italiano; mi nombre es Cosme, y ni mis lágrimas ni mi dolor tienen por motivo la miseria de la cautividad en que me veo, ni el temor de la muerte que considero cercana. Aflígeme porque habiendo pasado toda la vida en el penoso estudio de las ciencias, solo por tener algún día el consuelo de sacar algún discípulo que fuese útil a la santa Iglesia, sin haberme propuesto otro fin, ni pensado en otra recompensa por premio de mis trabajos, los veo ahora malogrados, considerándome destinado a morir en un estéril cautiverio.»
Sorprendido Mansur de tan extraña aventura, se persuadió desde luego ser alta disposición de la divina Providencia, que por un medio tan irregular le regalaba en aquel cautivo un maestro el más a propósito para la enseñanza de su hijo. Rescatóle, dióle libertad, y le hizo preceptor del niño Juan, y de otro niño llamado Cosme, aquel famoso poeta lírico a quien debe la Iglesia griega la mejor parte de sus himnos, y al cual había adoptado por hijo el mismo Mansur. Bajo la disciplina de tan insigne maestro hicieron los dos discípulos tan asombrosos progresos en todas las ciencias, que, reconociendo y confesando de buena fe el religioso italiano que les había enseñado todo cuanto sabía, pidió licencia para retirarse, y obtenida, se recogió en la laura de San Sabas, fundada en la misma Palestina, donde vivió santamente el resto de sus días.
El califa Heschan, príncipe de los sarracenos, conoció luego el talento de nuestro santo; y apenas murió su padre, cuando le nombró presidente de su consejo, y su tesorero general. Resistióse Juan por su modestia a tan elevados empleos; pero solo sirvió su resistencia para confirmar y aumentar el concepto superior que tenía formado el príncipe de su consumada prudencia. Suspiraba siempre Juan por la vida monástica; hizo repetidas instancias al califa para que le permitiese retirarse, pero enamorado cada día más de la virtud y de la habilidad de su ministro, lejos de consentir en el retiro que anhelaba, le nombró gobernador de Damasco, y le declaró como superintendente general de toda la provincia.
Al paso que crecían en Juan las honras y las dignidades, se aumentaba en él la virtud y su religioso celo. Jamás se vio mayor modestia ni mayor religión en un grande de la tierra. Carecía de límites su devoción, su ternura y su veneración a la Madre de Dios. En todos los cuartos de su palacio había alguna imagen de la santísima Virgen; esta era el asunto más común de sus poesías. La afabilidad, la urbanidad y el agrado con que oía a todos, le ganaban el corazón de cuantos le trataban, mereciendo cada día más el favor y la estimación del príncipe.
Parecía que esta elevación desconcertaba enteramente los intentos de la divina Providencia, haciendo inútil para la Iglesia, así el grande talento de que San Juan estaba dotado, como las ciencias con que se había enriquecido; pero ninguna cosa es capaz de mudar los eternos decretos de la Sabiduría divina. Era necesaria, al parecer, alguna feliz desgracia para arrojar a San Juan al puerto donde pudiese cumplir tranquilamente las disposiciones del cielo; y con efecto sucedió esta desgracia. Acababa el emperador León Isáurico de excitar una sangrienta persecución contra todos los que rendían culto a las imágenes de Jesucristo, de la santísima Virgen y de los santos; pero encontró en el gobernador de Damasco un enemigo o un contrario todavía más temible que el santo patriarca y los doctores de Constantinopla. Aunque vivía Juan fuera de la jurisdicción y de los estados de aquel impío príncipe, se consideró obligado a salir a la defensa de sus hermanos en necesidad tan urgente. Como estaba tan versado así en la antigüedad de la Iglesia, como en la sagrada teología, escribió fuertemente contra aquella impiedad.
En los dos primeros discursos que publicó, muestra la gran diferencia que hay entre honrar y entre adorar las santas imágenes; hace visible demostración de que los fieles, desde el tiempo mismo de los apóstoles, honraron siempre las imágenes, pero que jamás las adoraron. Prueba hasta la evidencia que no hay calumnia más grosera ni más mal concebida que esta que se levanta a la Iglesia. «Prohíbe Dios, dice el santo, hacer imágenes para adorarlas, mas no para honrar a los santos que por ellas se nos representan; antes bien expresamente ordenó que para este fin se hiciesen, así en el templo de Jerusalén, como en el arca del testamento. Quita, pues, todas las imágenes, y declárate contra el que las mandó hacer; o si no, recíbelas como conviene a cada una.» En el segundo discurso descubre palpablemente la malignidad de este error, y la grosera torpeza de esta herejía. «Antiguamente, dice, hacía el demonio que los hombres adorasen hasta las imágenes de los brutos y de las fieras; ahora, por el contrario, induce este mismo engañador a los hombres ignorantes e impíos a que nieguen a las imágenes de los santos el religioso culto que se les debe.» El tercer discurso que divulgó todo se reduce a aclarar más las razones de los otros dos. Envió Juan estos escritos a todos sus amigos y a los prelados de la Grecia y de la Siria, encargándoles que los divulgasen. Como eran sólidos, concluyentes, llenos de instrucción y de una elocuencia viva y persuasiva, hicieron todo el efecto que se esperaba de ellos; confirmaron a los fieles en la fe, y confundieron a los herejes.
Pero como el espíritu de la herejía, cuando no puede engañar a los hombres, hace esfuerzos para perderlos, y en falta de razones recurre siempre a las calumnias, no pudiendo sufrir el emperador griego que un hombre de tan alta reputación en todo el Oriente combatiese con tanta fuerza y con tanta felicidad todos sus errores, recurrió para vengarse de él al más infame y más vergonzoso artificio. Tuvo medio para lograr una carta del santo, firmada de su mano, y buscando un sujeto muy diestro en la perniciosa habilidad de contrahacer letras, hizo remedar la de Juan con tanta propiedad, que era muy difícil distinguir la falsa de la verdadera. Asegurado ya de su acierto, le mandó copiar la carta siguiente, fingiendo que el santo se la había escrito con el traidor intento de entregarle la ciudad de Damasco, luego que se acercase a la plaza con su ejército. La carta decía así:
«Señor, siendo yo cristiano, como lo soy, me juzgo obligado a rendir al emperador de los cristianos el servicio que Dios y mi conciencia piden de mí, contra los enemigos de la religión que profeso. Bajo este supuesto, doy aviso a V. M. de que esta plaza de Damasco está mal guardada, y la guarnición de los sarracenos es tan débil, que de ningún modo puede resistir ni aun a los primeros ataques. Suplico a V. M. en nombre de Dios que no deje perder tan bella ocasión de librar de la tiranía de los bárbaros una ciudad tan floreciente. Para esto no es menester más que hacer avanzar las tropas que tenéis en la frontera; pues siendo yo gobernador de la plaza, empeño a V. M. mi fe y palabra de cristiano, que dispondré las cosas de manera que la sorprendan sin resistencia luego que se dejen ver. Espero sobre este punto las órdenes de V. M. para la ejecución de una empresa tan gloriosa a su augusto nombre, y que no podrá faltar, si seguís el consejo que me tomo la libertad de daros; quedando entre tanto con el más profundo respeto, Juan, muy humilde y muy fiel servidor de V. M.»
Remitióse esta carta al califa de Damasco por persona segura, y fue acompañada de otra que le escribía el emperador en estos precisos términos: «La diversidad de religión jamás autoriza a los príncipes para cometer un crimen ni una perfidia, violando la fe que recíprocamente se prometieron por los tratados de paz. En prueba de que yo por mi parte quiero inviolablemente guardarla, os envío esta carta que acabo de recibir de un hombre infame, aunque cristiano, de quien vos os fiáis, y os hace traición. Esto os convencerá de la alevosía de ese traidor, y de la sinceridad de mi proceder, persuadiéndoos de que en vuestra mano está, siempre que me correspondiereis, el que yo sea vuestro amigo y aliado. LEÓN.»
No era extraño que el califa cayese en un lazo tan disimulado. Quedó como mudo y embargado al leer las dos cartas; y tan colérico como aturdido hizo llamar al santo, y le puso la carta en la mano. Indignado Juan más que sorprendido, exclamó contra tan infame embuste, protestando su inocencia; pero el califa, dejándose llevar de aquel primer movimiento de la cólera, mandó que al punto le cortasen la mano derecha, y que fuese expuesta en la plaza pública, como al instante se ejecutó.
Dejó el santo que se entibiase algún tanto el primer calor de la indignación del príncipe; y persuadido al anochecer que ya se habría templado, le hizo suplicar que se le restituyese su mano para enterrarla. Con efecto, ya los amigos del gobernador habían hecho conocer al califa el pérfido artificio del emperador griego, y vuelto en sí de aquel pronto arrebato, condenaba la precipitación con que había procedido, sin dar lugar a que se descubriese la calumnia. Hallándole en esta disposición la súplica de Juan, la oyó no sin alguna ternura, y consintió que se le entregase la mano.
Lleno entonces el santo de una viva confianza, entra en su oratorio, y postrado ante una imagen de la santísima Virgen, hizo la siguiente oración: «Madre de mi Dios, refugio seguro y dulce consuelo de todos los fieles, bien sabéis vos que perdí esta mano solo por haber defendido el culto debido a vuestras imágenes, a las de vuestro Hijo y de sus santos. Confundid, Señora, en este día el error, confundiendo la calumnia. Haced que esta mano vuelva a juntarse con su brazo, para que únicamente se emplee en combatir con esfuerzo los enemigos de vuestro Hijo y vuestros, sirviendo a un mismo tiempo de testimonio irrefragable a la verdad.»
Luego que pronunció estas fervorosas palabras, aplicó la mano al brazo, la cual en aquel mismo momento se unió a él tan perfectamente, que ninguno pudiera creer que hubiese sido cortada, si la divina Providencia, para hacer visible el prodigio, no hubiera dejado señalada en la circunferencia de la muñeca como una línea colorada que estaba demostrando la anterior separación. Penetrado Juan de reconocimiento y de devoción, pasó lo restante de la noche en cantar las alabanzas del Señor en compañía de toda su familia.
Un milagro tan grande no podía menos de meter mucho ruido; y llegando a noticia del califa, quiso convencerse de él por sus mismos ojos. Quedó igualmente asombrado que arrepentido; abrazó a Juan tiernamente, y rogándole que le perdonase su arrebatamiento, le dijo que le pidiese todo cuanto se le ofreciese, prometiéndole con juramento que todo se lo concedería. El santo, que desde su niñez solo suspiraba ansiosamente por retirarse a la soledad, se aprovechó de tan bella ocasión para obtener esta licencia. Afligió al príncipe la inesperada súplica, y aun hizo cuanto pudo para apartar a Juan de aquel intento; pero como el santo le reconvino con su palabra y con su juramento, se vio precisado a darle licencia para que se retirase.
Luego que se vio exonerado de sus empleos, dio libertad a sus esclavos, repartió sus ricos bienes entre los pobres, las iglesias y los parientes, despidióse del mundo, y con un solo vestido que se reservó, pasó primero a Jerusalén, y de allí a la laura de San Sabas en Palestina. Había diferencia entre laura y monasterio. Los monasterios eran semejantes a los nuestros, unos grandes edificios llenos de muchas celdas que ocupaban los monjes; pero las lauras eran como unas pequeñas poblaciones con casas separadas, en cada una de las cuales vivían dos o tres religiosos.
Luego que llegó nuestro santo a la laura de San Sabas, fue recibido en ella sin ser conocido, y fue entregado al gobierno de un monje, que era de los más ancianos y prudentes; pero descubriendo este desde luego el grande talento y la profunda erudición de aquel hombre desconocido, no quiso encargarse de la dirección de un sujeto tan sobresaliente. Lo mismo hicieron otros muchos, y todos por el mismo motivo. Solo se encontró uno muy anciano, que, juntando una santa simplicidad con una grande experiencia y más que mediana sabiduría, se encargó de esta comisión; y llevando a Juan a su celda, le dio las primeras lecciones siguientes, como fundamento de todas las demás.
Primera: que nada hiciese nunca por su propia voluntad. Segunda: que ofreciese a Dios frecuentemente el trabajo manual, las mortificaciones, el silencio y las oraciones. Tercera: que desterrase de su imaginación todo pensamiento de mundo, no gloriándose ni en su saber, ni en el sacrificio que había hecho a Dios, ni en otra cosa alguna. Cuarta: que renunciase toda vanidad, no deseando ni visiones, ni revelaciones, ni dones extraordinarios. Quinta: que desconfiase siempre de sí mismo. Sexta: que estuviese siempre alerta contra sus propias pasiones, viviendo con recogimiento interior, sin escribir jamás a nadie, sin hablar nunca de sí, ni de lo que había aprendido fuera del monasterio, guardando inviolablemente el silencio, y advirtiendo que era malo aun el mismo hablar cosas buenas cuando no había necesidad.
Observó el santo con la mayor puntualidad todas estas lecciones, y son imponderables los maravillosos progresos que hizo en el camino de la virtud. El buen viejo que le gobernaba solo atendía a hacer más y más perfecto cada día a su discípulo, a domar su orgullo natural, y a postrar las fuerzas de su amor propio. Para esto le mandó que fuese a vender una gran porción de cestas en la misma ciudad de Damasco, donde en otro tiempo se había dejado ver de todos con tanto esplendor: señalóle el precio que había de pedir por cada una, que era el triplo de lo que valían. Partió al instante el santo sin la menor réplica; presentóse en el mercado de Damasco mal vestido, con un semblante extenuado, y con un aire muy sencillo. No era fácil que ninguno llegase a tomarle por su antiguo gobernador, en un traje y en una mudanza tan extraordinaria; burlábanse todos de él en vista del excesivo precio que pedía por sus cestas; teníanle por un pobre simple, y corriendo luego la voz, vino a ser el juguete del populacho, hasta que habiéndole reconocido uno de sus antiguos criados, le compró todas las cestas, dándole cuanto pedía por ellas, pero sin hablarle palabra, ni darse a conocer de él.
Habiendo muerto un religioso que vivía junto a su celda, dejó penetrado de un vivísimo dolor a otro hermano suyo, monje en la misma laura. Este rogó a nuestro santo que para su consuelo le compusiese algunos versos sobre la muerte. Hízolo Juan, movido de la caridad, sin acordarse de la orden que tenía de no escribir; pero llegando a noticia del viejo que le gobernaba, no quiso tratarle más, y le echó de su celda. Reconoció el santo su falta, lloró, gimió; pero ni sus ruegos ni sus lágrimas pudieron aplacar al rígido director, sino con la condición de que por espacio de muchos días había de limpiar las inmundicias de dentro y fuera de la laura. Apenas oyó el santo esta orden, cuando la puso en ejecución con alegría y con fervor. Prendado el santo viejo de tan profunda humildad y de tan rendida obediencia, corrió a echarle los brazos al cuello, y él mismo le condujo a su celda.
Entre tanto guardaba Juan a la letra todos los consejos que su maestro le había dado, sepultado en el retiro, humilde, mortificado y recogido, cuando la santísima Virgen se apareció en sueños al buen viejo, y le mandó que no detuviese estancada por más tiempo el agua viva dentro de su manantial, impidiendo a su discípulo que aprovechase los grandes talentos con que el cielo le había enriquecido; que le ordenase escribir y clamar contra los errores del tiempo, defendiendo con sus escritos la fe santa de la Iglesia. Enseñado el venerable anciano con esta visión, llamó a San Juan, y declarándole lo que le había sucedido, le dijo que ya en fin había llegado el tiempo en que era razón comunicase a todo el mundo cristiano los tesoros que Dios le había confiado, no deteniendo la corriente de las aguas vivas de que estaban sedientos los verdaderos fieles; que escribiese contra los enemigos de Jesucristo y de sus santos, confundiendo con la pluma a los nuevos herejes.
Recibió Juan esta orden como venida del cielo. Compuso muchas y excelentes obras llenas de erudición y de piedad: entre otras el gran tratado sobre la veneración de las imágenes; muchos discursos en defensa de la fe; gran número de tratadillos de devoción, tan tiernos y tan afectuosos, como llenos de una divina elocuencia, sobre todo cuando habla de las prerrogativas y excelencias de la santísima Virgen. Los admirables discursos que compuso sobre su gloriosa Asunción, parecen como inspirados por el Espíritu Santo, y no dejan dudar que este dirigía su pluma cuando escribía todas sus obras.
No será mucho decir, en honor de San Juan Damasceno, que la Providencia divina tuvo cuidado de recoger los testimonios de la más venerable antigüedad en las obras de nuestro santo, para que llegase con seguridad hasta nuestros tiempos la tradición de la iglesia griega. Viendo Dios (quiero explicarme de esta manera) el lastimoso estado a que habían ya reducido a Egipto y a la Siria las conquistas de los sarracenos, sabiendo que toda el Asia y la misma Grecia habían de gemir con el tiempo debajo del mismo yugo, y que muchos escritos de los padres habían de sepultarse en las ruinas del imperio del Oriente, escogió a nuestro santo para que, juntando lo más precioso y lo más sustancial que se encontraba en ellos en orden a los dogmas de la fe, lo transmitiese a la posteridad. También fue nuestro santo el primero, y acaso el único de los griegos que redujo a método la sagrada teología; siendo el inventor, o por lo menos el que dio ocasión a la escolástica de que usan los latinos, y es de tanta utilidad en la Iglesia contra el artificio y sofisterías de los herejes.
Cerca de los años de 740 fue a la laura el patriarca de Jerusalén, y obligó a Juan a que se ordenase de presbítero; pero sobrevivió poco a este nuevo estado, porque cayó gravemente enfermo, y consumido de penitencias y de trabajos, después de haber enriquecido la Iglesia con gran número de excelentes obras, lleno de merecimientos murió en el mes de mayo, por los años de 770, teniendo más de ochenta de edad, y ha sido venerado desde entonces como uno de los más sabios y más santos padres de la Iglesia.
NOTA DEL TRADUCTOR. Es manifiesta la contradicción en que cayó aquí nuestro autor; porque si el santo se ordenó cerca de los años de 740, y murió por los de 770, no sobrevivió poco al nuevo estado, pues la supervivencia de treinta años que se cuentan desde el año de 740, hasta el de 770, no se puede llamar corta. A esta contradicción se añade otra. Dice el P. Croiset que nuestro santo murió teniendo más de ochenta años. Esta expresión quiere decir que tenía algunos meses más de los ochenta; pero si el santo nació en el año de 676, y murió en el de 770, como lo dice nuestro autor, no solo tenía más de ochenta años, sino que contaba noventa y cuatro, pues esos van desde 676 hasta 770. Por tanto, parece que hay equivocación en estos cómputos, menos en el año en que nació el Damasceno, que casi todos convienen fue el 676; y se ha de decir que el patriarca de Jerusalén fue a la laura después del año de 750, que obligó a San Juan a que recibiese el orden de presbítero, y que, habiendo muerto en el de 760, a los ochenta y cuatro de su edad, sobrevivió pocos años al estado del sacerdocio.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.