sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

sábado, 7 de marzo de 2026

Santo Tomás de Aquino, Doctor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (Sap. 7, 7-14)

Léctio libri Sapiéntiæ Optávi, et datus est mihi sensus: et invocávi, et venit in me spíritus sapiéntiæ: et præpósui illam regnis et sédibus, et divítias nihil esse duxi in comparatióne illíus: nec comparávi illi lápidem pretiósum: quóniam omne aurum in comparatióne illíus arena est exígua, et tamquam lutum æstimábitur argéntum in conspéctu illíus. Super salútem et spéciem diléxi illam, et propósui pro luce habére illam: quóniam inexstinguíbile est lumen illíus. Venérunt autem mihi ómnia bona páriter cum illa, et innumerábilis honéstas per manus illíus, et lætátus sum in ómnibus: quóniam antecedébat me ista sapiéntia, et ignorábam, quóniam horum ómnium mater est. Quam sine fictióne dídici et sine invídia commúnico, et honestátem illíus non abscóndo. Infinítus enim thesáurus est homínibus: quo qui usi sunt, partícipes facti sunt amicítiæ Dei, propter disciplínæ dona commendáti.

Por esto deseé yo la inteligencia, y me fue concedida; e invoqué del Señor el espíritu de sabiduría, y se me dio, y la preferí a los reinos y tronos, y en su comparación tuve por nada las riquezas, y no parangoné con ellas las piedras preciosas; porque todo el oro, respecto de ella, no es más que una menuda arena, y a su vista la plata será tenida por lodo. La amé más que la salud y la hermosura; y propuse tenerla por luz y norte porque su resplandor es inextinguible. Todos los bienes me vinieron con ella, y he recibido por su medio innumerables riquezas. Y me gozaba en todas estas cosas, porque me guiaba esta sabiduría; e ignoraba yo que ella fuese madre de todos estos bienes. La aprendí sin ficción, y la comunico sin envidia, ni encubro su valor; pues es un tesoro infinito para los hombres, que a cuantos se han valido de él, los ha hecho partícipes de la amistad de Dios y recomendables por los dones de la doctrina que han enseñado. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Comentario a la Sabiduría, cap. 7 — Cornelio a Lápide

Vers. 7. «POR ESTO DESEÉ, Y ME FUE DADO EL ENTENDIMIENTO; E INVOQUÉ, Y VINO SOBRE MÍ EL ESPÍRITU DE SABIDURÍA.» Es algo difícil aquí la conexión, pues no consta bastante a qué se refiere el «por esto». Responde primero a Castro: por esto, esto es, por las miserias ya referidas, porque me vi nacido en suma miseria y sin poder alcanzar la sabiduría por mis propias fuerzas, quise aventajarme en refugiarme en el autor y dador de la sabiduría. Segundo, más genuinamente Lorino: la consideración de la humana flaqueza le impulsó a codiciar y pedir a Dios la sabiduría, «pues la filosofía nace de la meditación de la mortalidad». Tercero, Jansenio: porque me vi nacido en ignorancia como los demás hombres, deseé el sentido y la sabiduría que enderezase, y aun disipase, esa ignorancia. Cuarto, Pineda: viéndome desde los principios de la naturaleza en nada mejor que los demás, deseé el entendimiento; pues los nombres que establecen distinción entre los hombres no son de la naturaleza, sino de la fortuna o de la virtud y del trabajo. Y como Salomón sostenía doble persona, pide aquí doble sabiduría: una que le instruyese como persona privada, otra que le rigiese como persona pública y rey, para gobernar sabiamente a los súbditos.

«DESEÉ» —en griego ηὐξάμην, esto es, deseé, oré, supliqué, formé voto—; porque el desear hace orar y pedir; más aún, manifestar el propio deseo al superior, sobre todo a Dios, es orar, según aquello del Salmo X, 17: «El deseo de los pobres oyó el Señor.» Por eso vertió diestramente Nuestro autor «deseé» antes que «oré», para señalar la fuente de la oración, que es el vehemente deseo de la sabiduría. Enseña aquí moralmente que el principio de la sabiduría y de la santidad es su gran voto y deseo, según aquello de Cristo (Juan VII, 37): «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» Haz tú lo mismo y suspira con la Iglesia: «Ven, Espíritu Creador, llena los corazones de tus fieles.» Así san Tomás de Aquino confesaba haber alcanzado su sabiduría más por la oración que por el estudio, pues «toda sabiduría viene del Señor Dios» (Eccli. I, 1). Y «me fue dado el entendimiento» —en griego φρόνησις, esto es, prudencia, ciencia, inteligencia—, para gobernarme en todo sensata, sabia y honestamente.

Vers. 8. «Y LA ANTEPUSE A LOS REINOS Y A LOS TRONOS» (en griego, a los cetros y tronos, que son insignias del rey y del reino), «Y JUZGUÉ QUE LAS RIQUEZAS NADA ERAN EN COMPARACIÓN DE ELLA.» Da la razón la misma Sabiduría (Prov. VIII, 14): «Mío es el consejo y la equidad, mía la prudencia, mía la fortaleza; por mí reinan los reyes»; y (v. 18): «Conmigo están las riquezas y la gloria... Mejor es mi fruto que el oro y la piedra preciosa.» Por eso muchos fieles, y aun filósofos como Crates, Demócrito y Anaxágoras, arrojaron las riquezas y abdicaron reinos para vacar a la sabiduría y a la santidad; pues las riquezas y los reinos a menudo se arrebatan a quien no quiere, mas la sabiduría y la santidad no pueden arrebatarse al que no consiente. Así dijeron los apóstoles a Cristo, que es guía de la sabiduría: «He aquí que lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mateo XIX, 27).

Vers. 9. «NI LA COMPARÉ CON LA PIEDRA PRECIOSA, PORQUE TODO EL ORO, EN COMPARACIÓN DE ELLA, ES UN POCO DE ARENA, Y COMO LODO SERÁ ESTIMADA LA PLATA EN SU PRESENCIA.» Es decir: la sabiduría es con mucho más excelente que todo el oro y las piedras; ante su aspecto se oscurece el fulgor del oro, se ensombrece la blancura de la plata, se embota el brillo de las perlas, y todo lo ilustre y precioso se envilece; ¿qué son, en efecto, la plata y el oro sino tierra blanca y roja?, dice san Bernardo. De ahí que Platón (Rep. III) diga que los hombres sabios y de eximia virtud están fundidos de oro y plata celestes —esto es, de virtudes divinas—, y los demás de bronce y hierro; y que quienes tienen ese oro y plata celestes en el pecho deben despreciar el oro y la plata terrenos. Alude a Job XXVIII, 15: «No se dará por ella el oro acrisolado, ni se pesará plata a cambio de ella.» Por eso es voz de necios aquella de Horacio: «¡Oh ciudadanos, ciudadanos, lo primero es buscar dinero; la virtud, después de las monedas!»

A esto sirven dos parábolas de Cristo: la del tesoro escondido en el campo (Mateo XIII, 44), que quien lo halla «va lleno de gozo y vende cuanto tiene y compra aquel campo»; y la de la perla preciosa (v. 46), que el mercader avisado, para adquirirla, «fue y vendió todo cuanto tenía y la compró»; pues la sabiduría es tesoro y perla única. Y si «en Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios» (Col. II, 3), con óptimo derecho dice el Apóstol (Fil. III, 8): «Todo lo tengo por pérdida ante la eminente ciencia de Jesucristo mi Señor... y lo tengo por estiércol, con tal de ganar a Cristo.»

Vers. 10. «SOBRE LA SALUD Y LA HERMOSURA LA AMÉ, Y ME PROPUSE TENERLA POR LUZ, PORQUE ES INEXTINGUIBLE SU LUMBRE.» Amó y deseó la sabiduría más que la salud, el vigor y la belleza del cuerpo, porque ella, cosa espiritual y dote nobilísima, aventaja a todo bien corporal, siendo ella misma la salud, hermosura y vista del alma, cuanto el alma aventaja al cuerpo. El griego «anti photós» puede verterse de dos maneras: «en lugar de la luz, como luz», y «sobre la luz, antes que la luz»; pues Salomón significa dos cosas: que prefirió la sabiduría a la luz, y que en lugar de luz no usaría otra iluminación que la sabiduría misma. Por «luz» entiéndase tanto la exterior del sol como la interior de los ojos: tuve la sabiduría por más cara no solo que la luz del sol, sino que mis propios ojos; en los negocios que había de hacer resolví no usar otra vista ni otros ojos que los de la sabiduría misma, que muestra el camino por todas las tinieblas de las cosas y conduce seguro al término de la vida eterna.

Pedro Blesense entiende aquí que se invita a los estudiosos al trabajo de la sabiduría aun a costa de la salud y del buen parecer, pues es justo comprar con cualquier menoscabo del cuerpo cosa tan grande como es la sabiduría; de ahí que los estudiosos padezcan del estómago, de la cabeza y de flemas, se vuelvan macilentos y de breve vida, porque estudiando agotan los mejores espíritus. Así Aristóteles padecía natural flaqueza de estómago, que aliviaba aplicándose un odrecillo de aceite caliente al vientre, de suerte que es maravilla llegase a los sesenta y tres años. Pineda añade que la sabiduría es antídoto de la muerte y de la mortalidad (Sap. VIII, 17), y que la pérdida de una vida más breve se compensa con la inmortalidad del nombre debida al sabio. Mas debe aplicarse al estudio la moderación que la misma sabiduría prescribe, no sea que se dañen las fuerzas del cuerpo, según aquello: «En todas las cosas la moderación es la más bella virtud», y «todo exceso es malo, pero de los estudios el peor.»

«PORQUE ES INEXTINGUIBLE SU LUMBRE» —en griego, porque es «insomne, siempre vigilante», el resplandor que de ella procede—. Es decir: me propuse tener la sabiduría por luz, porque toda otra luz del sol, de la luna o del día derrama una lumbre que a la tarde se apaga y como duerme por la noche hasta la mañana, en que de nuevo nace el sol; mas la luz de la sabiduría derrama una lumbre que nunca se apaga ni desfallece ni duerme, sino que siempre perdura vigilante y luminosa; mientras la luz de los ojos se adormece de noche con el hombre, y la del sol se pone al atardecer. Así explica a Castro: a la luz que mana del sol le sobreviene reposo con la sucesión de las noches; pero la lumbre de la sabiduría por ningún sueño se interrumpe, nunca reposa, siempre está en vela e induce a continuo trabajo. La razón última es que la sabiduría es rayo de la luz divina y mana de Dios, «en quien no hay mudanza ni sombra de vicisitud» (Sant. I, 17). Por eso también de noche ha de rumiar el sabio la ley de Dios y meditar en ella, según aquello del salmo: «En su ley meditará día y noche.»

Vers. 11. «Y ME VINIERON JUNTAMENTE CON ELLA TODOS LOS BIENES, E INNUMERABLE HONESTIDAD POR SUS MANOS.» «Todos los bienes» son las riquezas, la fama, la gloria, el reino, la victoria; «innumerable» es hipérbole por «muchísima». Para que nadie acuse a Salomón de temeridad por haber antepuesto la sabiduría a los demás bienes, muestra que ella no vino a él sin dote, sino que le trajo por dote todos los bienes; lo cual sucedió así realmente (III Reyes III, 11), donde Dios le dice: «Porque no pediste días largos, ni riquezas, sino sabiduría para discernir el juicio... te he dado corazón sabio e inteligente; y aun lo que no pediste te he dado, a saber, riquezas y gloria.» De ahí que Cristo (Mateo VI, 33), tomado el ejemplo de la gloria de Salomón, concluyese: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura» —dijo «por añadidura», no sin énfasis, porque los bienes exteriores los otorga Dios aun a los que no los piden.

Vers. 12. «Y ME ALEGRÉ EN TODAS ELLAS, PORQUE ESTA SABIDURÍA ME PRECEDÍA» —en griego «me guía»—, como caudillo que me conducía a todos los bienes ya dichos; porque la sabiduría es guía, autor, cabeza, fuente y madre de todos los bienes, ya que Dios, autor y amador de la sabiduría, otorga largamente todas esas cosas a los estudiosos de ella. Y añade: «e ignoraba que ella es la madre de todos ellos» —en griego γένεσις, genitriz—; entiéndase que lo ignoraba antes de tenerla plenamente conocida y experimentada; pero cuando la conocí por experiencia, reconocí claramente que la sabiduría es madre de todos los bienes. La «honestidad» (v. 11) —en griego πλοῦτος, esto es, riquezas— se llama en la Escritura «honestidad» porque hace honorable a quien la posee; y «por sus manos» significa que estaba en su arbitrio y potestad, y que liberalmente se dispensaba, pues la mano es símbolo de potestad, de liberalidad y de trabajo: da sus riquezas no a los ociosos, sino a los que obran.

Vers. 13. «LA CUAL APRENDÍ SIN FICCIÓN» (en griego ἀδόλως, sin dolo) «Y COMUNICO SIN ENVIDIA» (en griego ἀφθόνως) «Y NO ESCONDO SUS RIQUEZAS.» Esta ficción o dolo consiste en que uno no busque la sabiduría sinceramente por ella misma, sino por otra cosa, como para crecer en honores; así Simón Mago quiso comprar dolosamente el Espíritu Santo, no para santificarse, sino para adquirir el nombre de Mago (Hechos VIII, 19). El sentido es: yo, Salomón, busqué y aprendí la sabiduría de mi madre y padre, de Natán profeta y sobre todo de Dios, que me la infundió; la busqué no fingidamente, sino con pura intención y recto fin, para vivir por ella recta y santamente y para enseñarla a otros; por eso la comunico sin envidia, larga y liberalmente, con la voz y con estos escritos míos, y no escondo sus riquezas, sino que en todas partes las predico. Aprende de aquí moralmente que el verdadero sabio no es envidioso ni mezquino, sino que liberalmente se comunica en provecho de los demás, como Dios reparte largamente lo suyo y el sol envía a todos los rayos de su luz. Así los apóstoles, dice san Ireneo, sin envidiar a nadie, comunicaban a todos lo que habían aprendido del Señor; y san Basilio: «Se ha de aprender sin ningún rubor y enseñar sin envidia.»

Vers. 14. «PORQUE ES UN TESORO INFINITO» (en griego ἀνέκλειπτος, inagotable) «PARA LOS HOMBRES.» Da la razón por la que comunica la sabiduría sin envidia: porque su tesoro es inagotable, a manera de fuente o pozo perenne, del cual cuanta más agua se saca, tanta más brota de nuevo. No temas, pues, oh doctor, enseñar a otros, temiendo que se agote tu doctrina; porque enseñando te crece, así por el mismo uso como por el don de Dios; como la luz de la vela, que encendiendo otra y otra no se disminuye, sino que se aumenta, y como el aceite de Elías, que cuanto en más vasos se derramó, tanto más se multiplicó (III Reyes XVII). «LOS CUALES, LOS QUE LA USARON, SE HICIERON PARTÍCIPES DE LA AMISTAD DE DIOS»: esta es otra razón, pues quienes usan la sabiduría en bien de otros, enseñando y aconsejando, por esta insigne caridad contraen estrecha amistad con Dios, que es el primer doctor de la sabiduría y busca otros doctores por compañeros para derramarla en todos; y para la verdadera amistad se requieren y bastan estas cuatro cosas —igualdad, mutua benevolencia, singularidad y unión (santo Tomás, II-II, q. 23, a. 1)—, las cuales se dan entre Dios y el justo por la caridad, por la que somos hechos «consortes de la naturaleza divina» (II Pedro I, 4). «RECOMENDADOS POR LOS DONES DE LA ENSEÑANZA»: porque por la doctrina se disipa la ignorancia de los oyentes, se destierran los errores, se corrigen los vicios y se procuran la gracia y la salvación eterna; por lo cual los varones sabios fueron amigos y consejeros de reyes y emperadores, como Séneca de Nerón, Aristóteles de Alejandro Magno, Lactancio de Constantino y Alcuino de Carlomagno. Aprende, en fin, la dignidad de los doctores de la sabiduría: que, más que los demás justos y doctos, son amigos de Dios, porque hacen a muchos doctos, esto es, probos, santos y amigos de Dios.

Comentario a la Sabiduría, cap. 7, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)