sábado, 25 de julio de 2026 Santiago el Mayor, Apóstol

viernes, 6 de marzo de 2026

Santas Perpetua y Felicidad, Mártires

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Santa Perpetua y santa Felicitas, mártires. La preciosa muerte de estas ilustrísimas mártires sucedió en el día siete del presente mes; pero como en él celebra la santa Iglesia la fiesta de santo Tomás de Aquino, reservó al día once la piadosa historia del martirio de estas dos insignes santas, á quienes san Agustín ha dado tan magníficos elogios, teniendo por costumbre proponerlas á su pueblo como modelo para confundir á los cobardes, y para animar á todos al ejercicio de la virtud.

Habiendo publicado el emperador Severo un edicto en que mandaba se quitase la vida á todos los cristianos que no quisiesen sacrificar á los dioses del imperio, Minucio Timoniano, procónsul en la provincia de África, excitó contra ellos una de las persecuciones más crueles. Desde los principios de ella fueron presos en Cartago cinco jóvenes catecúmenos, cuyos nombres eran Revocato, Saturnino, Secúndulo, Perpetua y Felicitas.

Era Perpetua una dama de veinte y dos años, de nobilísimo nacimiento, bellamente educada, de grande discreción, pero de mayor piedad. Vivían todavía sus padres, aunque de edad muy avanzada, cuando la prendieron, y tenía una tía y dos hermanos, uno de los cuales era también catecúmeno. Habíase casado, y tenía un niño á quien ella misma criaba á sus pechos. Créese que su marido era cristiano, y que se ocultó por miedo de la persecución.

Felicitas, aun de menos años que Perpetua, era también casada, y estaba en cinta de siete ú ocho meses; y aunque no era de clase tan distinguida como Perpetua, no eran menos nobles sus inclinaciones. Luego que prendieron á las dos santas, las llevaron á una casa particular donde estaban guardadas con centinelas de vista. A esta casa concurrió el padre de Perpetua, que era gentil, á persuadirla con ruegos, con lágrimas, y con cuantos medios pudo sugerirle el dolor y el amor paterno, á que renunciase la fe.

Habiendo escrito la misma santa la historia de su martirio el día antes de su preciosa muerte, no se puede desear testimonio más verídico ni más auténtico; y así la referiré con las mismas palabras de la santa, ni más ni menos, como se hallan en las actas más antiguas.

«Todavía estábamos con los perseguidores, cuando mi padre, por el amor que me tenía, hizo cuanto pudo para obligarme á renunciar á Jesucristo. Como él continuase, yo le dije: Padre, ¿ves ese vaso que está en el suelo, ó cualquiera otra cosa que te parezca? Sí, me respondió. Yo añadí: ¿A ese vaso se le puede dar otro nombre que el suyo? No, me dijo él. Pues tampoco yo puedo llamarme otra cosa que lo que soy; esto es, cristiana. Al oír esto, lleno todo de cólera, mi padre se arrojó á mí para arrancarme los ojos; me maltrató, me cargó de injurias, y se retiró vencido, como el demonio que se valió de él para vencerme. Habiéndose pasado algunos días sin ver á mi padre, di gracias á Dios, y me alegré mucho de que me dejase en paz. En este medio tiempo tuvimos todos la dicha de recibir el bautismo. Al salir del agua tuve una grande inspiración de no pedir á Dios otra cosa sino paciencia y valor para padecer animosamente todos los tormentos que me quisiesen hacer sufrir.»

«Pocos días después nos metieron en la cárcel; al entrar en ella me espanté, porque nunca había visto aquellas tinieblas. ¡Oh buen Dios, y qué día aquel! El vaho caliente y desagradable que exhalaban los muchos que estaban encerrados en el calabozo; los malos tratamientos que nos hacían los soldados; la inquietud en que estaba, no sabiendo qué se había hecho de mi niño; todo esto me hizo pasar malos ratos. No obstante, los diáconos Tercio y Pomponio pudieron conseguir con dinero que nos permitiesen pasar algunas horas del día en un sitio menos desacomodado, donde respirásemos aire más libre, y nos refrigerásemos.»

«Salimos, pues, del calabozo, y cada uno atendía á sus cosas; yo recobré mi niño, y le di de mamar, porque estaba muriéndose de hambre. Encomendábalo á mi madre, animaba á mi hermano, y me consumía de dolor por la pena que les causaba. Muchos días pasé en estas amargas inquietudes. Habiendo, en fin, alcanzado licencia para tener el niño en la cárcel conmigo, me hallé muy consolada; el Señor me comunicó nuevo aliento, haciéndoseme desde entonces tan dulce la prisión, que no la trocara por otra alguna estancia.»

«Vino entonces á verme mi hermano, y me dijo: Hermana, yo sé que puedes mucho con Dios; pídele que te dé á entender, por medio de alguna visión, si esto ha de parar en martirio. Como había mucho tiempo que el Señor me hacía grandes mercedes, y se dignaba permitirme que le hablase con simplicidad y confianza, respondí á mi hermano sin detenerme que el día siguiente le daría noticias ciertas. Hice oración, y he aquí lo que me fué mostrado.»

«Vi una escala de oro maravillosamente alta, que se elevaba desde la tierra hasta el cielo, pero tan estrecha, que solo podía subir de una vez una persona. A los dos lados de la escala estaban clavadas de abajo arriba navajas, garfios, puntas de espadas, lancetas, púas aceradas, y otros instrumentos de hierro, de manera que el que subiese descuidado, y sin mirar atentamente á lo alto, sería herido y despedazado en todo su cuerpo. Al pié de la escala estaba echado un espantoso dragón de enorme grandeza, en ademán de arrojarse sobre los que pretendían subir, el cual hacía huir á todos por el terror que les causaba. El primero que subió fué Saturo, que había sido preso después que nosotros. Cuando llegó á lo alto de la escala, se volvió hácia mí, y me dijo: Perpetua, aquí te espero; pero mira no te muerda ese dragón. Yo le respondí: En nombre de mi Señor Jesucristo, no me hará daño. Levantó el dragón mansamente la cabeza, como que tenía miedo de mí, y habiéndose puesto sobre el primer paso de la escala, como que iba á subir por ella, yo puse el pié sobre su cabeza. Subí, y vi un jardín de una inmensa extensión, y en medio de él un hombre grande sentado, en traje de pastor, con los cabellos blancos, que estaba ordeñando á sus ovejas, rodeado de muchos millares de personas, todas vestidas de blanco. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo: Hija, seas bienvenida. Después me llamó y me dió como un bocado de queso hecho de la leche que ordeñaba; recibílo con las manos juntas, comílo, y todos los que estaban alrededor de él respondieron: Amén. A este ruido desperté, y hallé que todavía estaba mascando una cosa dulce. Luego que conté esta visión á mi hermano, conocimos ambos por este misterioso sueño que estábamos destinados para el martirio, y que el bocado delicioso significaba la eucaristía que se acostumbra dar á los mártires para disponerlos á la pelea; y desde entonces nos consideramos entrambos como si ya no fuéramos de este mundo.»

«Pocos días después, habiendo corrido la voz de que nos habían de tomar nuestra confesión, vino mi padre de la ciudad á la cárcel, ahogado de tristeza y todo bañado en lágrimas, y me dijo: Ten, hija mía, lástima de mis canas; ten compasión de tu anciano padre; si te crié hasta la edad en que estás, costándome tantos trabajos; si te preferí á tus hermanos, porque siempre te quise más que á ellos, no me hagas hoy el oprobio de las gentes. Mira á tu afligida madre y á tu desconsolada tía; atiende á tus hermanos, y por lo menos, débate algún cariño ese hijo de tus entrañas que no podrá vivir sin ti. Deja esa fiereza que te hace despreciar la muerte, y no te quieras perder por tu obstinación.»

«Así me hablaba mi padre por el amor que me tenía, besándome las manos, arrojándose á mis piés, deshaciéndose en amargo llanto, y ya no tratándome de hija, sino de señora. Enternecíme algo, especialmente considerando que él sería el único de mi familia que no celebrase mi dichosa muerte. Solamente le dije para consolarle, que cuando estuviese en el cadalso sería de mí lo que Dios fuese servido; con esto se retiró todo afligido.»

«El día siguiente, cuando estábamos comiendo, fuimos citados de repente para ser preguntados. Lleváronnos á la audiencia; el concurso era infinito; subimos á los estrados, y preguntados todos los confesores, respondieron todos animosamente que eran cristianos. Hacía oficio de juez, por muerte del procónsul Timoniano, el intendente Hilarión. Llamáronme, y al punto se me puso delante mi padre, con su nieto en los brazos, y me dijo: Ten lástima de tu hijo, ya que no la tengas de tu padre. Entonces me dijo el juez: Perpetua, compadécete de la ancianidad de tu padre, y de la tierna niñez de tu hijo; sacrifica por la prosperidad de los emperadores, y no te pierdas á ti y á tu familia.»

«Nada de esto haré, le respondí yo. ¿Eres cristiana? me preguntó el juez. Yo le respondí: Soy cristiana. Como mi padre durante este interrogatorio se esforzase á sacarme de los estrados, Hilarión mandó que le quitasen, y le dieron un golpe con una vara. Sentílo yo como si me le hubieran dado á mí propia, no pudiendo ver sin dolor que mi padre fuese maltratado por mi causa. En este tiempo, viendo el juez que estábamos inmobles en la fe, pronunció sentencia de muerte contra nosotros, y nos condenó á ser echados á las fieras. No se puede explicar el gozo que tuvimos oyendo la sentencia. Volviéronnos á la cárcel, y como mi niño acostumbraba tomar el pecho, se le envió á pedir á mi padre por el diácono Pomponio, y él no se le quiso dar; pero Dios permitió que desde entonces no se acordase el niño de mamar, ni que á mí me incomodase la leche.»

«Algunos días después, estando todos en oración, se me escapó el nombrar á Dinócrato, uno de mis hermanos que había muerto muy joven de un cáncer en el rostro; yo me admiré, y entendí luego que Dios quería que hiciese oración por él. Hícelo con fervor, y aquella misma noche tuve esta visión.»

«Vi á mi hermano Dinócrato que salía de un lugar oscuro, donde había otras muchas personas. Parecíame que tenía mucho calor, y una gran sed, la cara hinchada y el color pálido. Causábame lástima; pero estaba al parecer muy lejos de mí para socorrerle. Cerca de él había una fuente de agua, pero el pilón era tan alto que no podía alcanzar á él un niño; y aunque Dinócrato se estiraba todo lo posible para beber, no podía conseguirlo, y esto me afligía. Desperté entonces, y conocí que mi hermano estaba padeciendo algunas penas, y que tenía necesidad de oraciones. Tuve grande confianza de que podría conseguir su alivio de la misericordia de Dios; pedíselo con lágrimas día y noche, hasta que fuimos trasportados á la cárcel del campo donde habíamos de ser echados á las fieras. Estando ya en el cepo, tuve otra visión: Vi á mi hermano en el mismo lugar donde antes le había visto; pero en estado muy diferente, porque estaba limpio de cuerpo, bien vestido, su semblante era hermoso y risueño, y se refrescaba á gusto. Desperté, y conocí que ya había salido de las penas.»

«Pocos días después, el carcelero, que se llamaba Pudente, admirando nuestra constancia, tuvo lástima de nosotros, y dejó entrar á los que venían á vernos. Como se iba acercando el día del espectáculo, vino mi padre á buscarme penetrado de dolor; luego que me vió, comenzó á arrancarse las barbas y los cabellos, y arrojándose en el suelo, dando golpes con el rostro contra él, se quejaba de haber vivido tanto tiempo, y maldecía sus años. Compadecíme de él, pero gracias al Señor no titubeó mi constancia.»

Hasta aquí son palabras de la santa, de las que todas las actas hacen fe. Saturo, santo y celoso cristiano, que había instruido á los mártires en la fe y en la piedad, tuvo la dicha de morir con ellos por Jesucristo. Estando en la cárcel, tuvo también una visión, que es una pintura de la gloria del paraíso donde habían de entrar después del martirio. Secúndulo había muerto en la cárcel, de pura miseria.

Mientras tanto se iba acercando el día del triunfo de nuestros santos; pero templaba un poco su alegría la inquietud que les causaba el preñado de santa Felicitas, que se hallaba de ocho meses; y ella estaba más afligida que los demás, porque prohibía la ley que en ninguna mujer embarazada se ejecutase la sentencia de muerte hasta cumplido el término de su parto. Hicieron todos juntos oración á Dios, y el mismo día parió felizmente una niña, que tomó á su cargo una mujer cristiana, ofreciendo criarla como si fuera hija suya. Pero como en el parto padeciese recios dolores, y no se pudiese contener sin gritar, uno de los criados del carcelero la dijo: Si ahora te quejas tanto, ¿qué será cuando te veas despedazar por las fieras? A lo que le respondió la santa: Ahora soy yo la que padezco; entonces habrá otro que padezca en mí, quiero decir Jesucristo por su gracia, que padecerá por mí, puesto que yo padeceré por él.

Llegado el día del combate, que fué el en que se celebraban los años de Geta, hijo del emperador, salieron los mártires de la cárcel para el anfiteatro, como si saliesen para el cielo. Llevaban pintada la alegría en sus semblantes, con especialidad santa Perpetua y santa Felicitas, que marchaban inmediatas á los santos Revocato, Saturnino y Saturo. Luego que llegaron á la puerta, los quisieron precisar á que se vistiesen el traje que se acostumbraba poner á los que comparecían en los espectáculos; pero ellos se resistieron constantemente á estas ceremonias gentílicas, y salieron al anfiteatro con sus vestidos ordinarios. Santa Perpetua cantaba alegres himnos, como quien ya celebraba su triunfo; Revocato, Saturnino y Saturo reprendían al pueblo su ciega obstinación. Al pasar por delante de los cazadores, fueron todos azotados con varas.

Dios concedió á cada uno el consuelo de morir con el género de muerte que había deseado. A las santas Perpetua y Felicitas las enredaron en un género de red, para exponerlas á una furiosa vaca que soltaron contra ellas. Recibió santa Perpetua el primer golpe, á cuya violencia cayó de espaldas; y reparando que la fiera la había rasgado el vestido por un lado, lo juntó prontamente para cubrirse con honestidad y con decencia. Levantáronla del suelo, y ella misma se volvió á atar el esparcido cabello, por no parecer ni más afligida ni descompuesta. Viendo á su amada compañera Felicitas toda revuelta y maltratada, la dió la mano y la ayudó á levantar. Dejóse ablandar algo la dureza del pueblo á vista de lo que las dos santas acababan de padecer, y no exponiéndolas más al insulto de otras fieras, las condujeron á la puerta Sanavivaria, para recibir el golpe de la muerte á impulso del acero de los gladiadores.

Despertando entonces santa Perpetua como de un profundo sueño, volvió en sí de un dulcísimo éxtasis en que había estado embelesada todo el tiempo del combate. Volvía los ojos hácia todas partes como una persona que no sabe dónde está, y preguntaba cuándo la habían de exponer á las puntas de la vaca; quedó admirada cuando la dijeron todo lo que había pasado, y la hicieron reparar en ella misma los estragos de la fiera. Entonces hizo llamar á su hermano, y como si hablase á todos los fieles, le dijo: Perseverad firmes en la fe; amaos los unos á los otros, y no os escandalicéis de lo que nos veis padecer.

En este tiempo el pueblo había clamado pidiendo que fuesen traídos los mártires al medio del anfiteatro, para lograr la diversión de verlos recibir el golpe de la muerte. Levantáronse los santos, y fueron todos por su pié, después de haberse dado el ósculo de paz. Fueron degollados los primeros Saturo, Revocato y Felicitas. A Perpetua la tocó un gladiador poco diestro, que habiendo ladeado la espada, descargó el golpe sobre el hueso, y la obligó á dar un grito; pero conduciendo después ella misma la trémula mano del gladiador á su garganta, acabó con muerte tan preciosa su glorioso martirio, y fué á recibir en el cielo la corona debida á su magnánima y constante fidelidad el día siete de marzo del año 203.

Aunque la santa Iglesia junta en una misma solemnidad la fiesta de estos seis ilustres mártires, con todo eso, solo hace mención de las dos insignes mujeres Perpetua y Felicitas, por haberse distinguido tan admirablemente en su martirio, siendo su memoria de singular veneración en todo el universo desde el principio del tercer siglo. San Agustín compuso tres panegíricos en honra de las dos santas, y cita las actas que hemos copiado como las más auténticas; contando á Perpetua y Felicitas con san Estévan, san Cipriano y san Lorenzo, entre los más ilustres mártires y los más grandes héroes del cristianismo. Tertuliano, san Fulgencio y otros muchos padres antiguos hacen magníficos elogios de nuestras santas, y la Iglesia ha insertado sus nombres en el sagrado canon de la misa. Sus preciosas reliquias fueron trasladadas de África á Roma; y también se veneran algunas en Francia en el monasterio de Devre cerca de Bourges, adonde las trajo de Roma san Raoult, ó san Roaldo.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.