lunes, 2 de febrero de 2026
La Purificación de la Santísima Virgen
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (Malach. 3, 1-4)
Léctio Malachíæ Prophétæ Hæc dicit Dóminus Deus: Ecce, ego mitto Angelum meum, et præparábit viam ante fáciem meam. Et statim véniet ad templum suum Dominátor, quem vos quæritis, et Angelus testaménti, quem vos vultis. Ecce, venit, dicit Dóminus exercítuum: et quis póterit cogitáre diem advéntus ejus, et quis stabit ad vidéndum eum? Ipse enim quasi ignis conflans et quasi herba fullónum: et sedébit conflans et emúndans argéntum, et purgábit fílios Levi et colábit eos quasi aurum et quasi argéntum: et erunt Dómino offeréntes sacrifícia in justítia. Et placébit Dómino sacrifícium Juda et Jerúsalem, sicut dies sǽculi et sicut anni antíqui: dicit Dóminus omnípotens.
He aquí que yo envío mi ángel, el cual preparará el camino delante de mí. Y luego vendrá a su templo el Dominador a quien buscáis vosotros, y el ángel del Testamento de vosotros tan deseado. Vedle ahí que viene, dice el Señor de los ejércitos. ¿Y quién podrá pensar en lo que sucederá el día de su venida? ¿Y quién podrá pararse a mirarle? Porque él será como un fuego que derrite, y como la hierba jabonera de los bataneros. Y se sentará ha como para derretir y limpiar la plata; y de este modo purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como al oro y la plata, y así ellos ofrecerán al Señor con justicia o santidad los sacrificios. Y entonces será grato al Señor el sacrificio de Judá y de Jerusalén , como en los siglos primeros y tiempos antiguos. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Comentario a Malaquías, cap. 3 — Cornelio a Lápide
Versículo 1. «He aquí que yo envío a mi ángel, y preparará el camino delante de mi faz.» El Profeta se alza a los tiempos de Cristo por dos causas. La primera, porque en el capítulo II había censurado los vicios de los sacerdotes de su tiempo; por eso indica aquí a quien ha de corregirlos, esto es, a Cristo pontífice, que en el Nuevo Testamento instituirá sacerdotes puros e íntegros y ofrecerá a Dios un sacrificio gratísimo. Así Ruperto, Ribera y otros. La segunda, para responder a los judíos que negaban la providencia de Dios y decían: «¿Dónde está el Dios del juicio?»; pues dice: He aquí a Cristo, Dios del juicio, que en breve se encarnará y se mostrará en el templo. Así san Jerónimo, Teodoreto y otros. Nótese que esta es voz del Hijo de Dios, no del Padre ni del Espíritu Santo; pues Juan Bautista no fue precursor del Padre ni del Espíritu Santo, sino del Hijo, ya que solo el Hijo descendió a nosotros en carne. Y así lo confirma Zacarías (Lc 1, 76) cuando dice a su hijo Juan: «Tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante de la faz del Señor a preparar sus caminos.»
Dirás: ¿cómo, pues, Cristo, citando este lugar en san Mateo (XI, 10), dice de Juan: «He aquí que yo envío mi ángel delante de tu faz, que preparará tu camino delante de ti»? Pues Cristo no podía decir de sí mismo «delante de tu faz» y «delante de ti», sino «delante de mi faz» y «delante de mí». Responde allí Jansenio que Cristo, tanto en cuanto Dios como en cuanto hombre, es llamado en la Escritura «faz del Padre», porque representa perfectamente al Padre y sus atributos, como la faz representa a todo el hombre; por lo cual también es llamado Verbo, boca, imagen del Padre y figura de su sustancia (Heb 1, 3). El sentido es, pues: He aquí que yo, Padre eterno, envío a mi ángel, esto es a Juan Bautista, que prepare el camino delante de Cristo, que es mi faz. Responden además los intérpretes de dos modos. Primero: que san Juan fue enviado tanto por el Padre y el Espíritu Santo como por el Hijo, porque las obras de la Trinidad hacia fuera son indivisas y comunes a las tres personas; y así lo que hace una, lo hacen las otras dos. Segundo, con De Castro: que aquí y en san Mateo habla la misma persona divina, el Hijo, que se dirige a sí mismo ya hecho hombre, como a otro distinto de sí.
«A mi ángel.» Es de fe que este ángel es san Juan Bautista, pues así lo explica Cristo (Mt XI, 10); así san Jerónimo, Cirilo, Teodoreto, Remigio y todos los demás. Mas ¿por qué se llama ángel a san Juan? Erró Orígenes al juzgar que Juan Bautista fue verdaderamente un ángel encarnado; es error, pues consta que fue hombre (Jn 1, 6: «Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan»). Fue ángel no por naturaleza, sino por gracia y por oficio: ángel, esto es, legado de Dios para conducir a los hombres a Cristo. Y también porque, santificado en el seno materno, apenas tuvo seis meses de infancia; porque vivió con parquísimo alimento, casi sin comida ni bebida, a modo de ángel; porque fue purísimo y virgen perpetuo, y «la virginidad es la vida de los ángeles» (san Atanasio); porque, retirándose de niño al desierto, conversó con Dios y los ángeles en santa contemplación; porque nunca perdió la gracia recibida, cual confirmado en ella; y porque, enseñado solo por el Espíritu Santo, alcanzó tal sabiduría que superó a todos los ángeles inferiores. Por eso Pedro Crisólogo le llama «medianero de toda la santísima Trinidad».
«Y preparará el camino delante de mi faz.» Esto es: aquel que, siéndome muy próximo, sin embargo me precede según la carne y se manifiesta al mundo antes que yo. Preparará el camino delante de mí; esto es, con su bautismo, testimonio, doctrina y predicación dispondrá los ánimos de los judíos para que, cuando yo me manifieste al mundo, me reciban como el verdadero Mesías prometido en la Ley. Pues él señalará a Cristo, lo indicará con el dedo y dará testimonio de que él es el Cordero, esto es el Hijo de Dios, que quita los pecados del mundo. Los demás profetas fueron enviados muchos siglos antes de Cristo para anunciarlo como futuro; Juan, en cambio, fue enviado para señalarlo ya nacido y presente. Por eso san Juan fue el horizonte de la ley vieja y de la nueva, pues, como dice santo Tomás, «fue el término de la Ley y el principio del Evangelio»; y, según Nacianceno, «mediador del nuevo y del viejo Testamento».
«Al templo.» A la letra, entiéndase el templo material de Jerusalén, adonde vino Cristo niño en la fiesta de la Purificación, y adonde, sobre todo, vino después de la predicación de Juan a predicar y hacer milagros, con los que mostró a los judíos ser el Mesías prometido. Así san Jerónimo, Alberto, Lira y los demás. De aquí consta, contra los arrianos, que Cristo es verdadero Dios: pues este templo era del Dios verdadero, y solo a Dios se dedican templos; y como se dice que Cristo ha de venir a su templo, se sigue que Cristo es Dios. Místicamente, por este templo entienden algunos el seno de la Virgen, en el cual, como en templo purísimo, habitó Cristo nueve meses (san Cirilo); otros, la carne y humanidad de Cristo, en la que habitó corporalmente la plenitud de la divinidad (Teodoreto y san Agustín); y san Jerónimo con los suyos, la Iglesia, que es templo espiritual y místico de Dios.
«El Dominador (en hebreo haadón, aquel Señor de todos, que tiene sobre todos pleno y trascendente derecho, dominio e imperio), a quien vosotros buscáis.» Algunos hebreos, a quienes sigue Remigio, entienden aquí por el Dominador al Anticristo, a quien los judíos recibirán en lugar de Cristo al fin del mundo; pero rectamente lo refuta san Jerónimo, pues el Anticristo no será ángel del testamento, cual dice Malaquías que ha de ser este Dominador. El Dominador, pues, es Cristo Señor, Rey de reyes y Señor de los que dominan, que en seguida siguió a Juan Bautista. Y bien argumenta san Jerónimo: «Me admira cómo el desenlace de los hechos no les enseña la verdad: ¿qué templo suyo hallará el Dominador, cuando ha sido destruido hasta los cimientos?»
«Y el ángel del testamento» (en hebreo berit, esto es, del pacto o alianza). Malaquías propone aquí dos ángeles: uno a secas, precursor e indicador; otro, del testamento; el primero es Juan Bautista, el segundo Cristo. Y como es doble el pacto de Dios con los hombres, el viejo o judaico y el nuevo o cristiano, Cristo fue ángel y legado de ambos. Pues Cristo, enviado por el Padre, se apareció a Moisés en el Sinaí y pactó por él la vieja alianza con los judíos; y es sentencia de san Basilio, Cirilo, Eusebio, Ambrosio y otros muchos Padres que, cuantas veces en el Antiguo Testamento se dice haberse aparecido Dios, se apareció la segunda persona, el Hijo, para prefigurar su venida real en carne. Y propiamente fue ángel, esto es legado y reconciliador, del nuevo Testamento, que Dios contrajo con los hombres por Cristo, ofreciéndoles no bienes terrenos, como a los judíos, sino espirituales, celestiales y eternos. Por eso es llamado por los Setenta (Is IX, 6) «Ángel del gran consejo», y por el Apóstol «nuestra paz» (Ef 2, 14); y en la última Cena instituyó y selló con su sangre el testamento propiamente dicho, diciendo: «Esta es la sangre del nuevo Testamento.»
«A quien vosotros queréis» (en hebreo chaphetsim; el Caldeo, deseáis; la Tigurina, en quien os deleitáis). Pues Cristo, como quien aparta todos los males y trae todos los bienes, fue sumamente deseado por los padres durante cuatro mil años; por eso Jacob le llama «deseo de los collados eternos» (Gén XLIX, 26), y Ageo «el deseado de todas las gentes» (Ag II, 8); de aquí aquellos suspiros de los profetas: «Ojalá rasgaras los cielos y descendieras» (Is LXIV, 1), «Enviad rocío, cielos, y las nubes lluevan al justo; ábrase la tierra y germine al Salvador» (Is XLV, 8). «He aquí que viene.» Los hebreos, Remigio, Lira y san Agustín refieren esto al segundo advenimiento de Cristo al juicio; pero ese sentido es anagógico, pues a la letra se trata aquí del primer advenimiento en carne, como consta de lo que sigue: «Y purificará a los hijos de Leví.» La voz «he aquí» significa que esta venida del Verbo encarnado será nueva y admirable, cierta, deseada y pronta, cual si dijera: Me parece ver a nuestro Mesías que llega; he aquí que viene, he aquí que en seguida estará presente.
Versículo 2. «¿Y quién podrá pensar el día de su venida?» En hebreo mi mekalkel, esto es: ¿quién lo soportará, quién lo sustentará, quién lo medirá, quién lo abarcará? Por eso los Setenta y el Caldeo vierten: «¿Quién lo sostendrá?»; Pagnino: «¿Quién podrá sufrir el día en que venga?»; el nuestro: «¿Quién podrá pensar el día de su venida?», como si dijera: ¿Quién podrá captar y abarcar con el pensamiento tanta potencia, sabiduría y bondad del ángel del testamento, esto es de Dios que viene en carne al mundo, conversa entre los hombres y predica en el templo su ley, sacramentos e Iglesia? Segundo, según los Setenta: ¿Quién podrá soportar tanta luz y majestad de Cristo? Pues ante él la mirada de todos los ángeles y hombres se embota como la de los búhos. ¿Quién podrá mirar de frente al Sol de justicia radiante? «¿Y quién estará en pie para verlo?» ¿Quién será tan duro y férreo a quien la vista de Cristo no derribe y quebrante, o tan rebelde y frío cuyo ánimo la ígnea fuerza de sus ojos no inflame?
«Porque él es como fuego que funde y como hierba de bataneros.» El Profeta compara al ángel del testamento, esto es a Cristo, con el fuego de la fragua ardentísima con que se funden los metales, para significar que ígnea y ardiente será su doctrina, ley y gracia. Pues, así como en la fragua se licúa el oro, así Cristo con su gracia ablanda y licúa los duros corazones de los hombres y los resuelve en lágrimas de compunción; y como el fuego separa del oro los otros metales y la escoria, así Cristo separa del alma los vicios y las concupiscencias; y como el oro se purifica y resplandece, así el alma; y como el oro se enciende hasta parecer transformarse en fuego, así el alma se inflama en el amor de Dios. Esto predijo Isaías (IV, 4) y lo dijo Juan Bautista: «Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Lc III, 16); por eso en Pentecostés envió al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego. Tropológicamente, el fuego con que Dios purifica las almas es la tribulación y aflicción, como los mártires, cual san Lorenzo, cocidos en el fuego de los tormentos. Anagógicamente, así como el fuego quema la escoria, así Cristo en el juicio final condenará a los réprobos; y de este lugar prueba Genadio, patriarca de Constantinopla, contra los griegos, que en el Purgatorio hay fuego que expía las almas de los justos de las manchas leves y veniales. «Y como hierba de bataneros»: en hebreo borith de los que lavan los paños; consta que borith no es jabón, como quieren Arias y Vatablo, sino una hierba (Teodoreto, Tigurina y otros), que san Jerónimo dice nacer en los lugares húmedos de Palestina y tener la misma virtud que el nitro y el jabón para quitar las manchas de los paños; y así Cristo limpia las culpas más leves como la hierba del batanero, para hacer cándida y espléndida la veste nupcial de los suyos.
Versículo 3. «Y se sentará para fundir y limpiar la plata.» «Se sentará», seria y cuidadosamente, no de paso ni ligeramente, para fundir la plata, esto es a sus fieles, sobre todo a los sacerdotes, para que queden nítidos como la plata y resplandezcan cual sacerdotes de plata; y «se sentará» como juez y discernidor, para separar los vicios, sobre todo los que se ocultan bajo especie de virtud, de las verdaderas virtudes. Recuerde el sacerdote, y sobre todo el confesor, que se sienta cual vicario de Cristo en el tribunal, y no lleve a cabo levemente este juicio, sino que examine con madurez las culpas y se afane no en encubrirlas ni borrarlas superficialmente, sino en arrancarlas de raíz; como el orfebre quita del oro toda escoria por el fuego, y el batanero por la hierba borith toda mancha del paño. «Y purificará a los hijos de Leví», esto es a los sacerdotes no del viejo, sino del nuevo Testamento, descendientes no de Aarón, sino de Cristo (san Jerónimo, Remigio, Ruperto, Lira y otros). Hace memoria de la purificación de los sacerdotes más que de la de los laicos, porque suma pureza y santidad se requiere en los sacerdotes de Cristo, que tratan los sacramentos santísimos, sobre todo la Eucaristía; y porque, así como el sacerdote puro comunica su santidad al pueblo, así el sacerdote impuro vicia a toda la Iglesia. «Y los colará» (colar es trasegar gota a gota un licor por un vaso angosto, para que pase lo puro y se excluya lo craso): Cristo cuela y purifica a los sacerdotes por el Espíritu Santo, como coló a los Apóstoles en Pentecostés, y por las tribulaciones y persecuciones. Vean, pues, los obispos y sus examinadores cuán cuidadosos deben ser al admitir a los que se ofrecen a las sagradas Órdenes, para ordenar sacerdotes de oro para el pueblo, no de estaño, ni de hierro, ni de madera, pues de los sacerdotes penden toda la disciplina, vida y santidad de la Iglesia (Concilio de Trento, sesión XXIII). «Sacrificios»: en hebreo mincha, esto es el sacrificio de flor de harina, es decir la Eucaristía bajo las especies de pan y vino, que, por purísimo, opone a los sacrificios y sacerdotes impuros de Aarón; y «en justicia», esto es justa, pura y santamente, pues los sacerdotes, cual ángeles corpóreos, deben caminar ante Dios en toda justicia y santidad.
Versículo 4. «Y agradará al Señor el sacrificio de Judá y de Jerusalén.» El Caldeo: «será recibido de buen grado»; Pagnino y Vatablo: «se hará dulce»; esto es, dulce, grato y sabroso será al Señor el sacrificio de Judá y de Jerusalén, es decir, de la Iglesia cristiana, que es la nueva Sión de Dios, nacida de la antigua Sión que perecía, de suerte que en ella la vieja parece resurgir y renacer como el fénix. De aquí, precisamente por Jerusalén, que era la metrópoli y cabeza de Judá, puede entenderse la Iglesia Romana y la Sede Apostólica, que es cabeza y metrópoli de toda la Iglesia. «Como en los días del siglo», esto es, como en los días antiguos en que los santos varones primitivos —Abel, Noé, Melquisedec, Abraham, Moisés, Aarón— agradaban a Dios y le ofrecían santamente sus sacrificios; por lo cual el sacerdote dice en el Canon de la Misa: «Sobre los cuales dígnate mirar con rostro propicio y sereno, y aceptarlos como te dignaste aceptar los dones de tu justo Abel, y el sacrificio de nuestro patriarca Abraham, y el que te ofreció tu sumo sacerdote Melquisedec.» Nótese: el «como» asemeja los sacrificios cristianos a los de Aarón, no tanto en cuanto al sacrificio mismo cuanto en cuanto a los que sacrifican; pues el sacrificio de la ley nueva es con mucho más excelente que el aarónico, ya que su víctima es el mismo cuerpo de Cristo, y por eso tiene virtud de impetrar ex opere operato, mientras que la víctima aarónica era un buey o una cabra, que solo eran tipo y sombra de Cristo. Dice, pues, que Cristo purificará y santificará en la ley nueva a los mismos sacerdotes, para que ofrezcan a Dios los sacrificios con aquella pureza, devoción y religión con que los ofrecieron Noé, Abraham, Melquisedec y los demás antiguos y eximios santos.
Comentario a Malaquías, cap. 3, Cornelio a Lápide · Traducción del editor, del latín (Gran Comentario, dominio público) · fuente: lapide.org (dominio público)
Evangelio (Luc. 2, 22-32)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Postquam impleti sunt dies purgatiónis Maríæ, secúndum legem Moysi, tulérunt Jesum in Jerúsalem, ut sísterent eum Dómino, sicut scriptum est in lege Dómini: Quia omne masculínum adapériens vulvam sanctum Dómino vocábitur. Et ut darent hóstiam, secúndum quod dictum est in lege Dómini, par túrturum aut duos pullos columbárum. Et ecce, homo erat in Jerúsalem, cui nomen Símeon, et homo iste justus et timorátus, exspéctans consolatiónem Israël, et Spíritus Sanctus erat in eo. Et respónsum accéperat a Spíritu Sancto, non visúrum se mortem, nisi prius vidéret Christum Dómini. Et venit in spíritu in templum. Et cum indúcerent púerum Jesum parentes ejus, ut fácerent secúndum consuetúdinem legis pro eo: et ipse accépit eum in ulnas suas, et benedíxit Deum, et dixit: Nunc dimíttis servum tuum, Dómine, secúndum verbum tuum in pace: Quia vidérunt óculi mei salutáre tuum: Quod parásti ante fáciem ómnium populórum: Lumen ad revelatiónem géntium et glóriam plebis tuæ Israël.
Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la madre, según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén , para presentarle al Señor, como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que nazca el primero, será consagrado al Señor; y para presentar la ofrenda de un par de tórtolas, o dos palominos, como está ordenado en la ley del Señor. Había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón, el cual esperaba de día en día la consolación de Israel o la venida del Mesías, y el Espíritu Santo moraba en él. El mismo Espíritu Santo le había revelado, que no había de morir antes de ver al Cristo o Ungido del Señor. Así vino inspirado de él al templo. Y al entrar con el niño Jesús sus padres para practicar con él lo prescrito por la ley, tomándole Simeón en sus brazos, bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, ahora sí que sacas en paz de este mundo a tu siervo, según tu promesa. Porque ya mis ojos han visto al Salvador que nos has dado, al cual tienes destinado para que, expuesto a la vista de todos los pueblos, sea luz que ilumine a los gentiles y la gloria de tu pueblo de Israel. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 2, 22-32 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Cirilo. Después de la circuncisión se espera todavía el tiempo de la purificación, por lo que dice: "Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la Madre, según la ley", etc.
Beda. Si examinamos detenidamente las palabras de la ley, hallaremos ciertamente que la misma Madre de Dios, como no había concebido por obra de varón, no estaba obligada al precepto legal. Porque no era considerada como inmunda toda mujer que alumbrase, sino sólo aquélla que alumbrase por obra de varón, por lo cual se distinguía aquella que había concebido y dado a luz siendo virgen. Pero, para que nosotros nos viésemos libres del yugo de la ley, María, como Cristo, se sometió espontáneamente a ella.
Tito Bostrense. Por eso dice claramente el evangelista que se cumplió el tiempo de la purificación, según la ley. Y en verdad que no tenía necesidad la Santísima Virgen de esperar los días de su purificación, porque, habiendo concebido por obra del Espíritu Santo, se vio libre de toda mancha.
Tito Bostrense. Prosigue: "Llevaron al Niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor".
San Atanasio in serm. super Omnia mihi tradita sunt. Pero, ¿cuándo el Señor estuvo escondido de la mirada del Padre, de modo que no pudiera ser visto por El? ¿O qué lugar hay fuera de su imperio, en el que pueda estar separado de su Padre hasta que se le lleve a Jerusalén, y sea introducido en el templo? Pero todo esto ha debido ser escrito por causa nuestra, porque así como no ha sido hecho hombre, ni circuncidado en su carne, por causa de sí mismo, sino para hacernos dioses en virtud de su gracia, y para que nos circuncidemos espiritualmente, así fue presentado el Señor por nosotros, para que aprendamos también a presentarnos nosotros mismos.
Beda. Después de treinta y tres días de su circuncisión, es presentado al Señor, dando a entender de una manera mística que ninguno, si no está circuncidado de sus vicios, es digno de presentarse delante de Dios, y que todo el que no esté libre de los nexos del cuerpo mortal, no puede disfrutar perfectamente de los goces de la ciudad eterna.
Beda. Prosigue: "Como está escrito en la ley del Señor".
Orígenes, in Lucam, 14. ¿Dónde están aquellos que niegan que Jesucristo haya proclamado en el Evangelio al Dios de la ley? ¿Puede creerse que Dios, siendo bueno, sometiera a su Hijo a la ley del enemigo, que El mismo no había dado? Porque en la ley de Moisés está escrito lo que sigue: Que todo macho que abriere matriz será consagrado al Señor.
Beda. Las palabras "que abriere matriz" se refieren al primogénito del hombre y del animal, porque estaba mandado que uno y otro debía consagrarse al Señor, y por tanto, pertenecían al sacerdote, pudiendo recibir una ofrenda por el primogénito del hombre y redimir a todo animal inmundo.
San Gregorio Niseno, in homilia de occursu Domini. Esta prescripción de la ley parece cumplirse de una manera singular y diferente de las otras en el Dios encarnado. En efecto, sólo El, concebido inefablemente y nacido de una manera incomprensible, abrió el seno virginal, no abierto antes por la unión conyugal, y se conservó milagrosamente después del parto la señal de la castidad.
San Ambrosio, in Lucam, 1, 2. Porque no fue hombre el que abrió el seno virginal, sino que el Espíritu Santo infundió germen inmaculado en aquel seno inviolable. Aquel, pues, que santificó las entrañas de otra para que naciese el profeta, es el mismo que abrió las entrañas de su Madre para nacer inmaculado.
Beda. Las palabras: "Que abriere matriz", se refieren al modo con que se verifica el nacimiento. Pero no se ha de creer que el Señor destruyera por su nacimiento la virginidad del seno sagrado que había santificado aposentándose en él.
San Gregorio Niseno, in homilia de occursu Domini. En sentido espiritual, éste es el sólo parto masculino que ha ocurrido, puesto que no participó de la culpa femenina, por cuya razón se llama con verdad santo. Así el arcángel Gabriel (como recordando que esta disposición solamente se refiere a él) decía: "El fruto santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios". Y por lo que hace a los demás primogénitos, la prudencia evangélica ha establecido que sean llamados santos, porque su ofrenda a Dios los hace dignos de este nombre. Pero para el primogénito de toda criatura, el Angel proclama que nace santo como siéndolo por sí mismo.
San Ambrosio, in Lucam, 1, 2. Solamente Jesús, Nuestro Señor, es santo entre todos los nacidos de mujer, puesto que no experimentó en su inmaculado nacimiento las consecuencias del contagio humano que rechazó por su majestad celestial. Porque si seguimos el sentido de la letra ¿cómo podremos decir que es santo todo hombre, cuando sabemos que muchos han sido malvados? Pero El es aquel santo a quien señalaban los piadosos preceptos de la ley divina en la figura del futuro misterio; porque El es el que solo debía abrir el seno misterioso de la santa y virgen Iglesia, para engendrar a los pueblos.
San Cirilo, homilia 17. ¡Oh profundidad de los secretos de la sabiduría y de la ciencia de Dios! Ofrece hostias Aquel que es honrado igualmente con el Padre, y siendo la verdad, observa las figuras de la ley. Es autor de la ley como Dios y la cumple como hombre. Por ello sigue: "Y para dar la ofrenda conforme está mandado en la ley del Señor ( Lev 12,8), un par de tórtolas, o dos palominos".
Beda, in homilia de Purificatione. Esta era la ofrenda de los pobres porque el Señor había mandado en la ley que los que pudiesen ofrecer un cordero por el hijo o por la hija, ofreciesen a la vez la tórtola o la paloma; pero que los que no pudieran ofrecer un cordero, ofreciesen dos tórtolas o dos pichones. Así el Señor, siendo rico, se dignó hacerse pobre, para hacernos participantes de sus riquezas por su pobreza.
San Cirilo, homilia, 17. Veamos ahora qué es lo que significan estas ofrendas. La tórtola es la que más cuenta entre todas las aves, y la paloma es el animal más manso. Tal se ha hecho el Señor para nosotros practicando la más perfecta mansedumbre, y haciendo resonar en su huerto las melodías para atraer el mundo. Tanto la tórtola como la paloma eran sacrificadas para manifestarnos por estas figuras que el Señor sufriría en su carne por la vida del mundo.
Beda, in homilia de Purificatione. La paloma representa la candidez y la tórtola la castidad; porque la primera ama la sencillez, y la última la castidad, de tal modo que, si por casualidad pierde su compañera no vuelve a buscar otra. Por esta razón se ofrece una tórtola y una paloma al Señor en holocausto, porque el trato sencillo y honesto de los fieles es un sacrificio agradable a su justicia.
San Atanasio in serm. super Omnia mihi tradita sunt. Por esto mandó que se ofreciese dos cosas, porque, como el hombre consta de alma y de cuerpo, Dios exige de nosotros dos clases de sacrificios: la castidad y la mansedumbre, no sólo del cuerpo, sino del alma. Porque, de otro modo, el hombre sería falso e hipócrita, cubriendo con aparente inocencia una malicia oculta.
Beda, in homilia de Purificatione. Pero aunque estas aves son por su costumbre de gemir el emblema de la tristeza presente de los santos, se diferencian, sin embargo, en que la tórtola vuela sola por los bosques, mientras que la paloma acostumbra a volar en compañía de otras, por lo cual la una representa las lágrimas ocultas de nuestras oraciones, y la otra las públicas reuniones de la Iglesia.
Beda. Además la paloma que vuela en compañía de otras, representa la agitación de la vida activa, y la tórtola, que goza en la soledad, representa las alturas de la vida contemplativa. Y como estas dos ofrendas son igualmente agradables al Creador, no dice San Lucas si fueron tórtolas o pichones los que fueron ofrecidos al Señor, a fin de no dar la preferencia a uno de estos dos órdenes de vida, enseñándonos a seguir ambos a dos.
San Ambrosio, in Lucam, 1, 2. Recibió testimonio la encarnación del divino Verbo, no sólo de los ángeles y los profetas, de los pastores y sus padres, sino también de los justos y los ancianos. Por lo cual se dice: "Y había a la sazón en Jerusalén un hombre justo y temeroso de Dios, llamado Simeón".
Beda. Difícilmente se guarda la justicia sin el temor. No me refiero al de vernos privados de los bienes temporales (el amor perfecto lo rechaza), sino al santo temor de Dios que dura en el siglo; porque cuanto más ama el justo a Dios, con tanto más cuidado evita el ofenderlo.
San Ambrosio, in Lucam, 1, 2. Y era verdaderamente justo el que no buscaba la gracia para sí, sino para el pueblo. Por esto dice: "Esperaba la consolación de Israel".
San Gregorio Niseno, in homilia de occursu Domini. No esperaba en verdad el prudente Simeón la felicidad mundana para la consolación de Israel, sino la verdadera transición al brillo de la verdad, por la separación de las sombras de la ley, pues le había sido revelado que habría de ver al Cristo o ungido del Señor antes de salir de la presente vida. Por lo cual prosigue: "Y el Espíritu Santo moraba en él, por quien en verdad era justificado. El mismo Espíritu Santo le había revelado", etc.
San Ambrosio. Deseaba en verdad verse libre de las ligaduras de la fragilidad de la carne, pero esperaba ver a quien le había sido prometido, porque sabía que son bienaventurados los ojos que lo ven.
San Gregorio Magno, Moralium, 23,3, super Iob 6,5. En esto comprendemos con cuánta ansia los hombres santos del pueblo de Israel desearon ver el misterio de la encarnación del Verbo.
Beda. Ver la muerte significa sufrirla, y muy feliz será aquél que antes de ver la muerte de la carne haya tratado de ver con los ojos de su corazón al Cristo o ungido del Señor, tratando de la Jerusalén celestial y frecuentando los umbrales del templo del Señor, esto es, siguiendo los ejemplos de los santos (en quienes habita el Señor). Esta misma gracia del Espíritu Santo, que le había hecho antes conocer al que había de venir, hizo que lo reconociera cuando vino. Por ello sigue: "Así vino inspirado de El al templo".
Orígenes, in Lucam, 15. Y tú, si quieres poseer a Jesús y abrazarlo, debes cuidar con todo empeño de tener siempre por guía al Espíritu Santo, y venir al templo del Señor. Y por esto sigue: "Y al entrar sus padres con el niño Jesús (esto es, su Madre María y José, que se creía que era su padre) para practicar con El lo prescrito por la ley, lo tomó Simeón en sus brazos".
San Gregorio Niseno, in homilia de occursu Domini. Cuán dichosa fue esta santa entrada en el templo sagrado, por la cual se adelantó al término de su vida. ¡Dichosas manos que tocaron al Verbo de vida, y dichosos también los que lo recibieron!
Beda. Aquel hombre justo recibió al niño Jesús en sus brazos, según la ley, para demostrar que la justicia de las obras, que, según la ley, estaban figuradas por las manos y los brazos, debía cambiarse por la gracia humilde, ciertamente, pero saludable de la fe evangélica. Tomó el anciano al niño Jesús, para demostrar que este mundo, ya decrépito, iba a volver a la infancia y la inocencia de la vida cristiana.
Orígenes, in Lucam, 15. Si sólo con tocar la franja del vestido de Jesús quedó curada aquella mujer, ¿qué habremos de juzgar de Simeón, que recibió al niño Jesús en sus brazos, y se regocijaba teniendo así al que había venido a librar a los cautivos, sabiendo que nadie podía sacarlo de la prisión del cuerpo con la esperanza de la vida eterna, sino Aquel que tenía en sus brazos? Por esto se dice: "Y bendijo a Dios diciendo: ahora, Señor, sacas en paz de este mundo a tu siervo".
Teofilacto. Dice Señor para confesar que es el dueño de la vida y de la muerte, declarando así que era Dios el niño a quien había recibido en sus brazos.
Orígenes, in Lucam, 15. Como diciendo: Cuando yo no tenía a Jesucristo, estaba como cautivo y no podía salir de las prisiones.
San Basilio, in homil. de gratiarum actione. Si examinas los clamores de los justos, verás que todos lloran sobre este mundo y su lamentable duración. Dice David en el salmo ( Sal 119,5): "¡Ay de mí, que mi destierro se ha prolongado!"
San Ambrosio. Ve aquí a ese justo que desea librarse de la cárcel de su cuerpo, en que está como encerrado, para empezar a ser con Cristo. Pero el que quiera librarse de esta cárcel vaya al templo, vaya a Jerusalén, espere al Cristo o ungido del Señor, reciba en sus manos al Verbo de Dios y abrácelo -por decirlo así- con los brazos de su fe. Entonces será libre, y no verá la muerte quien ha visto la vida.
Griego. Simeón bendecía al Señor sobre todo, porque veía realizadas todas las promesas que se habían hecho, pues había merecido ver con sus propios ojos y tener en sus propias manos al consolador de Israel. Por esto dice: "Según tu palabra", esto es, porque he obtenido la realización de tus promesas. Y ahora que he sentido de una manera visible lo que deseaba, libras a tu siervo, no espantado por el temor de la muerte ni conturbado por pensamientos de duda. Y por esto añade: "En paz".
San Gregorio Niceno. Porque después que Jesucristo destruyó el pecado, su enemigo, y nos reconcilió con su Padre, se llevó a cabo la traslación de los santos a la región de la paz.
Orígenes. ¿Quién es el que se aparta de este mundo en paz, sino aquel que conoce que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo ( 2Cor 5), y que no tiene nada de enemigo de Dios, sino que ha recibido en sí todas las delicias de la paz por sus buenas obras?
Griego. Se le había ofrecido que no moriría antes de ver al Cristo o ungido del Señor, y por tanto, manifestando que esto se había cumplido, añade: "Porque han visto ya mis ojos tu salvación".
San Gregorio Niceno. Bienaventurados tus ojos, tanto los del alma como los del cuerpo. Estos en verdad, recibiendo al Señor de una manera visible; aquéllos no sólo considerando lo que han visto, sino reconociendo al Verbo del Señor en su carne iluminados por la luz del Espíritu, porque el Salvador que habéis visto es el mismo Jesús, cuyo nombre significa salvación.
San Cirilo. Jesucristo, pues, había sido aquel misterio que se manifestó en los últimos tiempos, y que fue preparado antes de la creación del mundo. Y por esto dice: "la cual has aparejado ante la faz de todos los pueblos", etc.
San Atanasio. Esto es que la salud de todos los pueblos ha sido hecha por Cristo. ¿Cómo, pues, se ha dicho antes que Israel esperaba su consolación? Porque el Espíritu le hizo conocer que Israel tendría su consolación cuando estuviera preparada la salud para todos los pueblos.
Griego. Observa también la penetración del venerable y digno anciano. Antes de aparecer como digno de la bienaventurada visión, esperaba el consuelo de Israel. Pero desde que obtuvo lo que esperaba, exclama diciendo que había visto la salvación de todos los pueblos, porque la inefable luz de aquel infante bastó para que viese lo que había de suceder en la prosecución de los tiempos.
Teofilacto. Dice de un modo significativo: "Para ser revelada", a fin de que su encarnación fuese vista de todos. Y añade que esta salvación es la luz de las gentes y la gloria de Israel, y con estas palabras: "Sea luz brillante que ilumine a los gentiles".
San Atanasio. Antes de la venida del Salvador, vivían sumidas las naciones en las últimas tinieblas, privadas del conocimiento del verdadero Dios.
San Cirilo. Pero al venir Jesucristo, fue la luz para los que vivían en las tinieblas del error, a quienes oprimía la mano del enemigo, y a los que llamó Dios Padre al conocimiento de su Divino Hijo, que es la verdadera luz.
San Gregorio Niceno. Israel, sin embargo, estaba débilmente iluminada por la ley, y por tanto, no dice que le hubiese mostrado la luz, puesto que añade: "Y para gloria de tu pueblo de Israel", recordando la antigua historia de Moisés, quien, después de hablar con el Señor, volvió con el rostro radiante de gloria. Así también ellos, conociendo la divina luz de la humanidad de Jesucristo, y echando fuera su antigua ceguedad, se transformaban en imagen suya, pasando de una gloria a otra gloria.
San Cirilo. Porque aunque algunos de ellos fuesen desobedientes, otros, sin embargo, se salvaron, y por medio de Jesucristo han alcanzado la gloria. Las primicias de estos fueron los santos apóstoles, cuyas luces iluminan a todo el orbe. Jesucristo fue también especialmente la gloria de Israel, porque procedía de ellos según la carne, aun cuando como Dios fuese rey de los siglos bendecido por todos los hombres.
San Gregorio Niceno. Y por eso dijo terminantemente: "De tu pueblo", porque no solamente fue adorado por él, sino que además había nacido de él, según la carne.
Beda. También la luz de las naciones debía ser mencionada antes que la gloria de Israel, porque cuando haya entrado la totalidad de ellas, entonces todo Israel será salvo. ( Rom 10,15-26.)
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena