sábado, 31 de enero de 2026
San Juan Bosco, Confesor
Vida del santo de hoy, redactada al estilo del Año Cristiano sobre fuentes tradicionales.
San Juan Bosco, apóstol de la juventud abandonada y padre de innumerables hijos que le engendró su celo para el cielo, humilde de cuna pero grande sobre toda ponderación en la virtud, nació el día 16 de agosto del año de 1815 en la pobre aldea de los Becchi, á una legua del villorrio de Castelnuovo de Asti, en el Piamonte, tierra entonces del reino de Cerdeña. Quiso la divina Providencia que el que había de ser luz de tantos muchachos perdidos naciese entre la estrechez de una casa de labradores, para que se viese una vez más que nada pueden la sangre ni las riquezas cuando el Señor determina apoderarse de un corazón y hacerle instrumento de sus misericordias.
Fueron sus padres Francisco Bosco y Margarita Occhiena, gente de campo, pobres de bienes mas riquísimos de fe y de temor de Dios. Apenas contaba el niño dos años cuando le arrebató la muerte al padre, y quedó la piadosa madre, aquella insigne mujer á quien la posteridad llamaría con veneración «Mamá Margarita», cargada con el gobierno de la casa y con la crianza de sus hijos. No desmayó por eso su ánimo varonil; antes crió á Juan en el santo temor de Dios, enseñándole con el ejemplo más que con las palabras á amar la oración, á sufrir la pobreza sin queja y á no ofender jamás al Señor. Tan bien caló esta semilla, que la madre misma, andando los años, dejaría su casa para ir á servir á los muchachos pobres que el hijo recogía, y entre ellos acabó santamente sus días.
Desde la más tierna edad dió el niño Juan muestras de aquella caridad y de aquel celo que habían de ser el carácter de toda su vida. Fuése ganando el pan con el sudor de su frente, sirviendo ya de aprendiz de sastre, ya de carpintero, ya de herrero, ya de mozo de café; y en estos humildes oficios, que la mano de Dios le hacía aprender, se labraba sin saberlo el maestro que después enseñaría á tantos aprendices el camino del taller y el del cielo á un mismo tiempo. Refiérese que hacia los nueve años tuvo un sueño que él tuvo siempre por clave de su misión: veíase entre una turba de muchachos que reñían y blasfemaban, y queriendo imponerles paz á golpes, se le apareció un personaje de luz que le dijo: «No con golpes, sino con mansedumbre y caridad has de ganar á estos amigos tuyos»; y una Señora majestuosa le mostró luego cómo aquellos rapaces se trocaban en mansos corderos. Consérvase este sueño en las Memorias que el mismo Santo escribió de su mano; su interpretación sobrenatural es de aquellas cosas que la Iglesia deja á la piadosa credulidad de los fieles, mas de él nació sin duda todo el suave método con que después había de educar, ganando las almas por el amor y no por el rigor.
Ayudado de un santo sacerdote, don Juan Calosso, que le tomó bajo su amparo y le abrió camino á los estudios, y venciendo no pocas contradicciones aun dentro de su propia casa, entró Juan en el seminario de Chieri el año de 1835; y después de seis años de aplicación en las letras y mucho más en la virtud, fué ordenado sacerdote el 5 de junio de 1841, víspera de la Santísima Trinidad, por el arzobispo de Turín. Celebró su primera Misa en la iglesia de San Francisco de Asís, y puesto en Turín bajo la sabia dirección de san José Cafasso, fué éste quien le encaminó providencialmente hacia los muchachos abandonados y los presos de las cárceles. Desde entonces tomó por divisa de toda su vida aquella palabra que resume su alma entera: «Da mihi animas, coetera tolle»: dadme las almas, Señor, y quitadme lo demás. ¿Qué otra cosa había de pedir quien tan poco estimaba lo que el mundo idolatra?
Dispuso el Cielo el principio de su gran obra por un camino bien humilde. El día 8 de diciembre de 1841, fiesta de la Inmaculada Concepción, halló Don Bosco á un pobre muchacho, ignorante y sin amparo, llamado Bartolomé Garelli, á quien un sacristán había maltratado; recogióle con entrañas de padre, y preguntándole qué sabía hacer, respondió el rapaz que nada sabía, ni cantar ni silbar, mas que sabía... comer. Sonrió el santo sacerdote, y empezó su catequesis enseñándole á santiguarse. He aquí toda la fábrica de una obra que había de abrazar el mundo: un solo muchacho y la señal de la cruz. En tres días eran nueve; en tres meses, veinticinco; y hacia el año de 1846 se estableció ya de asiento en el barrio de Valdocco de Turín aquel Oratorio de San Francisco de Sales que fué casa que acoge, iglesia que evangeliza, escuela que enseña y patio que recrea, y que de un solo alumno vino á contar por centenares sus hijos.
Como el grano de mostaza del Evangelio, creció aquella siembra hasta hacerse árbol frondosísimo. Fundó Don Bosco la Sociedad de San Francisco de Sales, á la que el vulgo cristiano llamaría de los Salesianos, congregación que Pío IX aprobó primero provisionalmente y cuyas Constituciones confirmó después la Santa Sede el año de 1874. Fundó asimismo, con la ayuda de santa María Dominga Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, para hacer con las niñas lo que él hacía con los muchachos; agregó á sus obras la piadosa muchedumbre de los Cooperadores salesianos; y no contento con Europa, envió sus hijos á las misiones de la Patagonia y de la América del Sur, para llevar la luz del Evangelio á gentes que no le conocían. Fué además escritor y editor incansable de buenos libros, historias sagradas y devocionarios para el pueblo y para la juventud, teniendo por cosa averiguada que la mala prensa era arma del común enemigo, y la buena, apostolado. Al morir contaba su Sociedad cerca de doscientas cincuenta casas repartidas por el mundo, con más de cien mil muchachos acogidos á su sombra.
No faltaron á esta obra, sostenida siempre más por la confianza en la divina Providencia y en María Santísima que por los caudales de la tierra, las señales con que Dios suele acreditar á sus siervos. Refiérese, y lo atestiguaron los que lo vieron, que en cierta Misa de fiesta mariana, hacia el año de 1848, yendo á dar la Sagrada Comunión á unos trescientos sesenta jóvenes, advirtió Don Bosco que en el copón sólo quedaban ocho formas, y que sin embargo, distribuyéndolas, alcanzaron para todos. Cuéntase asimismo que un domingo del otoño de 1849, habiendo asado Mamá Margarita bien pocas castañas para más de seiscientos muchachos, comenzó el santo á repartirlas á puñados con una cuchara, y el cesto no se vaciaba. Son estos sucesos piadosa tradición de la casa salesiana, no artículos de fe; y justo es advertir que el mismo Don Bosco, enemigo de toda vanidad, prevenía á los suyos contra el gusto de abultar las historietas curiosas, y decía contar tan sólo lo que era la pura verdad.
Entre las cosas que de él se refieren, ninguna tan sabida como la del perro que llamaban el «Gris». Contaba el mismo Don Bosco cómo, volviendo una noche obscura y solo á casa por los caminos peligrosos de las afueras de Turín, no sin algún recelo, vió aparecérsele de improviso un perrazo que primero le asustó, mas luego le hizo caricias cual si fuera su dueño, y le acompañó hasta el Oratorio. Doce años, del cincuenta y cuatro al ochenta y seis, apareció aquel animal en los pasos peligrosos para defender al santo de los que le acechaban, y desaparecía luego sin que nadie supiese jamás de dónde venía ni de quién era. Créese piadosamente que fué protección de un ángel; mas dígase con la cautela con que el propio siervo de Dios lo contaba, sin afirmar más de lo que consta.
Fué su vida toda un continuo trabajar por las almas, con alegría en el semblante y austeridad en la persona, gastándose sin reservarse nada. Tuvo por las dos grandes devociones de su corazón la de la Santísima Eucaristía y la de María Auxiliadora, en cuyo honor levantó en Valdocco, á fuerza de limosnas y de confianza, la gran basílica que le consagró el año de 1868, y cuya advocación difundió por todo el mundo salesiano; y juntó á estas dos la fidelidad entrañable al Romano Pontífice, que inculcó siempre á sus hijos como herencia. Rendido al fin por el trabajo de tantos años, entregó su alma al Señor al amanecer del día 31 de enero de 1888, en Turín, á los setenta y dos de su edad, no sin encomendar antes á los suyos que jamás olvidasen aquellas tres devociones: al Santísimo Sacramento, á María Auxiliadora y al Sumo Pontífice, y que se amasen unos á otros como hermanos.
Acudió Turín entero á venerar el cuerpo de aquel padre de los pobres, y quiso el Cielo glorificar bien presto á quien tanto le había glorificado en la tierra. Declaróle Venerable san Pío X, beatificóle Pío XI el año de 1929, y el mismo Pontífice le inscribió en el catálogo de los santos el 1 de abril de 1934, en el Año Santo de la Redención. Hoy su cuerpo se venera incorrupto en la basílica de María Auxiliadora de Turín. Aprendan, pues, en tan hermoso ejemplo los padres á criar sus hijos en el temor de Dios, los ricos á emplear sus haberes en obras de misericordia, y todos á no despreciar los pequeños principios; que quien empezó su obra inmensa con un solo muchacho y la señal de la cruz, bien nos enseña que nada hay pequeño para quien de veras ama á Dios y á las almas.
Vida redactada por el editor al estilo del «Año Cristiano», sobre fuentes tradicionales (Butler, Enciclopedia Católica, hagiografía clásica).