sábado, 29 de abril de 2017
Santa Catalina de Siena, Virgen
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
Santa Catalina, á quien hicieron tan célebre en el mundo los extraordinarios favores que recibió del cielo casi desde la cuna, fué hija de un tintorero de Sena en Toscana, llamado Jacobo Benincasio. Nació Catalina gemela y acompañada de otra hermanita suya, el año de 1347; y su madre Lapa, por cierto movimiento de especial amor á esta niña, se resolvió á criarla, aunque no lo había hecho con ninguno de los demás hijos.
La alegría natural y el humor festivo que mostró desde luego la niña Catalina, movió á todos á darla el epíteto de Eufrosina; y la innata propensión que en medio de su alegría descubrió á todo lo que era virtud, la mereció ya á la edad de cinco años el general renombre de la Santica. Puédese decir que la virtud se anticipó en ella á la razón, y la razón á la edad. Luego que hubo aprendido el Ave María, notaron que, siempre que subía las escaleras de su casa, se paraba en cada escalón para rezarla. Parece que había nacido con ella la devoción á la Madre de Dios; y el Hijo la inspiró un deseo tan ardiente de consagrarse toda á él y de no tener otro esposo, que al entrar en los ocho años hizo voto de perpetua castidad.
Desde entonces fueron mas abundantes los favores, y mas visibles los progresos que hacía en la virtud. Una visión que se cree tuvo en aquel tiempo, en que se la apareció Jesucristo, la abrasó tanto en su divino amor, que fué víctima de sus incendios. Desde aquel instante todo su gusto fué la soledad y la oración; hiciéronsela muy familiares la abstinencia, el ayuno y otras ingeniosas mortificaciones, que ocultaba cuidadosamente á sus padres; todo su conato era agradar y complacer á su celestial Esposo.
Costóla bien cara una leve condescendencia. Viendo su madre que en ninguna de sus hijas podría prometerse tanto un ventajoso acomodo como en las sobresalientes prendas de Catalina, la mandó que se vistiese con menos desaseo, ó no con tanto descuido, y que cultivase las dotes naturales de que el Señor la había adornado. Instábala sobre lo mismo otra hermana suya casada, y no la dejaban sosegar. Para librarse de esta especie de persecución doméstica, consintió Catalina en dejarse rizar el cabello; pero, conociendo en la oración lo mucho que había desagradado á Dios esta complacencia, concibió tan vivo dolor y arrepentimiento, que toda la vida la lloró como el mayor pecado que había cometido, y tenía cuidado de acusarse todos los años de él con muchas lágrimas.
No gustaba á sus padres la inclinación al retiro que mostraba Catalina. Pretendíala por esposa un caballero, á quien había prendado su virtud y su hermosura, y toda la familia celebraba mucho esta buena conveniencia; pero nuestra santa, viéndose apurada para que prestase su consentimiento, tomó la resolución de cortarse el cabello; y para hacer ver á todo el mundo que no quería otro esposo mas que á Jesucristo, se echó un velo sobre la cabeza. No se puede ponderar cuanto sintieron sus padres una determinación tan inesperada; y así en despique y para que abandonase todo pensamiento de devoción, la cargaron con el cuidado de toda la casa, mandándola hacer los oficios mas bajos y mas penosos de ella.
Aunque esta penosa humillación la indemnizaba en parte de la pérdida del tiempo que la quitaban para dedicarse á Dios, la mortificó mucho verse privada de su dulce soledad. Quejándose al Señor un día de esto, oyó una voz interior que la dijo que fabricase dentro de su corazón una celdilla, en la cual podía retirarse y vivir muy sola en medio del tráfago y gobierno de la casa. Desde aquel instante no perdió de vista á Dios, sin que interrumpiese su oración la multitud de las ocupaciones, mostrando bien en la risueña alegría del semblante la tranquilidad de que gozaba su corazón.
Finalmente, su constancia desarmó la cólera de sus padres; porque observando el padre su perseverancia y su igualdad en la virtud, conoció que era Dios el autor de sus resoluciones; y prendada la madre no menos de su paciencia que de su apacibilidad, determinó no oponerse á la voluntad del Señor, y ambos la dejaron la libertad de seguir las inspiraciones de la gracia. Valióse Catalina de esta licencia para ensayarse en el rigor de la vida que pensaba llevar, entrando en la tercera orden de penitencia del padre santo Domingo. Abstúvose absolutamente de beber vino y de comer carne, no comiendo mas que yerbas crudas sin pan. Dos tablas sin jergón ni colchón la servían de cama, de mesa y de silla. En vez de cilicio se ciñó el cuerpo con una cadena de hierro armada de puntas, que nunca se quitó hasta pocas horas antes de su muerte, y entonces por obediencia.
A la edad de diez y ocho años se prohibió para siempre el uso del lienzo; y desde entonces fué su vida un continuo ayuno y un prodigio de penitencia. Apenas tomaba una hora de sueño por la noche; todo lo restante de ella lo pasaba en oración. Confesó á su director que ninguna cosa le había costado tanto como vencer el sueño. Cada día tomaba tres sangrientas disciplinas con inocente crueldad. Apenas se puede comprender cómo una tierna doncellita de la edad de diez y ocho años, de salud débil y de complexión delicada, tenía fuerzas para tan espantosas penitencias. Todo el cuidado de su director era moderarlas, poniendo límites á los excesivos deseos que tenía Catalina de mortificarse.
Por este tiempo cayó enferma; y como su madre, que la quería mucho, aunque la había mortificado tanto, se sobresaltase extrañamente, la declaró Catalina que su salud dependía absolutamente de entrar en la tercera orden de santo Domingo; lo que obligó á la madre á pedir ella misma á las beatas que admitiesen á su hija, no obstante de haberse opuesto siempre á esta resolución. Recibió el hábito, y con él aquella extraordinaria abundancia de dones sobrenaturales que hicieron á Catalina una de las mas célebres santas de estos últimos siglos.
Libre ya de todos los estorbos que en cierta manera aprisionaban su fervor y sus devociones, se prescribió á sí misma un rigoroso silencio por espacio de tres años, en cuyo tiempo no habló mas que con su confesor, ni salió de su celdilla sino para ir á la iglesia. Impúsose como una ley de pasar en oración todo el tiempo de la noche que los religiosos no estuviesen en el coro; aun el corto descanso que tomaba sobre unas tablas, ó sobre la desnuda tierra, tampoco interrumpía su oración; siendo tan extraordinario su fervor, y tanto el rigor de sus penitencias, que todos estaban persuadidos que solo vivía por milagro.
Invisible esta santa virgen á todas las demás criaturas, gustaba sosegada y plácidamente de aquellas espirituales dulzuras que son como anticipados destellos de las delicias del cielo, cuando irritado y envidioso el infierno de su inocencia, excitó contra ella una tempestad horrible. Sintióse asaltada su imaginación de los pensamientos mas feos y mas torpes, y combatido su purísimo corazón de las tentaciones mas vergonzosas y mas impuras. Fué tanto mayor su sobresalto, cuanto era mas perfecta y mas delicada su pureza. En vano dobló la oración, aumentó las penitencias, y se esforzó á apagar con sus lágrimas las llamas de aquel incendio; porque el Señor quería acrisolar su virtud con aquella dolorosa prueba, haciéndola conocer mejor la fuerza y la necesidad de su gracia, y disponerla por medio de estas humillaciones para recibir los favores divinos mas extraordinarios.
Terminóse el combate, y fué señal de la victoria una aparición de la santísima Virgen y de su dulcísimo Hijo, á cuya vista se disiparon los vapores, y volvió á amanecer en el alma la serenidad. Desde aquel día todo fué una perpetua serie de éxtasis, de arrobamientos y de frecuentes revelaciones. Pasaba días enteros arrobada en íntima comunicación con su Dios; conversaba con los santos del cielo familiar y ordinariamente; pero sobre todo era admirable su singular familiaridad con la santísima Virgen, á quien llamaba su querida madre, y con Jesucristo su divino esposo.
El reverendísimo padre fray Raimundo de Capua, general de la orden de santo Domingo, y confesor de nuestra santa, que escribió su vida, asegura que, doblando sus oraciones y penitencias en los últimos días del carnaval, se sintió movida en el fervor de su oración á pedir al Señor una fe tan viva, que nunca pudiese debilitarse, y una fidelidad á toda prueba, que la asegurase la dicha de ser eternamente esposa agradable á sus divinos ojos. Añade el mismo historiador que al punto se la apareció Jesucristo acompañado de la santísima Virgen, de san Juan, de santo Domingo y de otros santos, y la declaró que había sido oída su oración, que la otorgaba su súplica, y que desde allí en adelante se dignaba recibirla por esposa suya, dándola por señal un anillo que debía traer en el dedo todo el resto de su vida.
Hasta este tiempo vivía Catalina como enterrada en su soledad y en su celda, sin dejarse ver mas que en la iglesia y al pié de los altares; pero después de este insigne favor la dió á entender su celestial Esposo que pedía la caridad se dejase ver en el mundo un poco mas. Dió principio á los ejercicios exteriores de esta virtud, encargándose de la asistencia de dos pobres mujeres enfermas: una de ellas, llamada Teca, estaba cubierta de tan asquerosa lepra, que ninguno se atrevía á arrimarse á ella, y ya se trataba de echarla fuera de la ciudad. Viéndola Catalina abandonada de todos, tomó de su cuenta cuidarla por sí misma, y dos veces al día la visitaba para socorrerla en sus necesidades. En lugar de agradecer Teca tan extraordinaria caridad, siempre recibía á Catalina con enfado; tratábala con desabrimiento, y cargábala de injurias, como si la santa virgen fuese esclava de la ingratísima enferma. Pero este bárbaro desconocimiento encendía mas la caridad de Catalina, y la sirvió hasta que espiró con zelo ardiente y con una constancia asombrosa.
La otra mujer se llamaba Andrea, y tenía un pecho cancerado y tan hediondamente podrido, que no había quien pudiese tolerar el mal olor. Los primeros días se mostró, no solo agradecida, sino confusa en vista de una caridad tan portentosa; pero acostumbrándose á ella insensiblemente, llegó á olvidarse tanto del beneficio, que manchó la honra de su bienhechora con las mas feas calumnias, publicando que andaba divertida, y que empleaba en la torpeza el tiempo que fingía retirarse para hacer oración. Juntóse á esta mala mujer otra tan mala como ella, llamada Palmerina, y ambas supieron vestir con tan vivos colores la impostura, que no solo la persuadieron á los disolutos, pero aun la hicieron creer á muchos buenos. Sin embargo de ser tan sensible y tan afrentosa la calumnia, no despegó Catalina sus labios para justificarse, y solo cuidó de doblar sus visitas y sus limosnas á la enferma. Como un día sintiese cierta repugnancia en servirla, la generosa virgen aplicó su purísima boca á la hedionda llaga […] la calumnia á fuerza de beneficios. Reconocieron en fin su culpa aquellas pobres mujeres, y publicaron la inocencia de nuestra santa, cuya humildad tuvo mas que padecer en esta justificación, que en aquel feo borrón de su fama.
La caridad que usaba con los pobres hubiera agotado los fondos que encontraba en su familia y fuera de ella, á no haber suplido Dios algunas veces con milagros. El mismo Cristo, disfrazado en figura de pobre, quiso al parecer experimentar hasta dónde llegaba su caridad y su paciencia. Después de haberle dado Catalina todo lo que había podido recoger, como el pobre aun no se mostrase satisfecho, ella le rogó que tomase también aquello que era de su uso. Apareciósela el Salvador la noche siguiente, y la dió á entender de un modo tan tierno como lleno de consuelo, que él era aquel pobre á quien había socorrido con tanta generosidad el día antecedente. Al paso que era inmensa su caridad, era también excesivo su zelo por la salvación de las almas; siendo pocos los miserables á quienes no convirtiese al mismo tiempo que les socorría.
En una palabra, la vida de esta insigne santa fué una serie de maravillas, fué toda un continuo milagro. Perdió enteramente el gusto y aun el uso de todo género de comida; sustentábase con la Eucaristía, siendo este pan de ángeles casi su único alimento. Una vez pasó desde principio de la cuaresma hasta la Ascensión sin probar otro bocado, sirviéndola de sustento la comunión que recibía cada día. Dijo un día á su confesor que su divino Esposo y ella habían trocado de corazones, y que aquel la había impreso sus sagradas llagas, cuyo vivísimo dolor sentía sin intermisión en los lugares correspondientes, aunque había alcanzado de él que este favor se ocultase á los ojos de los hombres. Añadió el cielo á estas gracias un don de entendimiento y de sabiduría tan elevado, que se la miraba como oráculo de su siglo. Varias obras que tenemos con el nombre de santa Catalina, y singularmente muchas cartas que escribió á los papas, á los cardenales y á varios príncipes, son pruebas convincentes de su ingenio, de su cultura y de su discernimiento.
Habiéndola obligado el bien público de la Iglesia á salir de su retiro, dió al mundo una prueba mas de que la verdadera santidad está reñida con la inacción y con la poltronería, y que los santos saben dejar las dulzuras de la soledad cuando quiere Dios servirse de ellos para los negocios exteriores. Como los Florentinos se hubiesen sublevado contra la iglesia romana, y el papa Gregorio XI los hubiese excomulgado por esta rebelión, creyeron que ninguna persona sería mas á propósito para negociar su reconciliación que nuestra Catalina; y así la nombraron por su diputada al papa, que residía en Aviñón. Recibiéronla el santo padre y los cardenales con todo el respeto que merecía su virtud; y no la costó mucho aplacar el ánimo del pontífice, quien defirió tanto á su dictámen, que quiso fuese sola el árbitro de la paz que concedía á los Florentinos.
Pero Catalina no tenía menos en el corazón otro negocio de mucho mayor importancia, que era la restitución de los papas á Roma, de donde hacía setenta años que se habían ausentado. Reprendiendo un día el papa Gregorio á cierto obispo porque no residía en su obispado, le respondió: Santísimo padre, en eso no hago mas que imitar el ejemplo de los papas, que hace setenta años que no residen en el suyo. Aunque la respuesta fué irreverente y atrevida, hizo tanta fuerza al papa, que en el mismo instante hizo voto en su corazón de restituir á Roma la silla apostólica; y consultando este punto con nuestra santa, sin declararla el voto que había hecho, le respondió Catalina: Santísimo padre, ¿por qué consulta V. Santidad sobre una cosa que ya tiene ofrecida á Dios? De lo que admirado el papa, porque solo Dios podía saber el voto que había hecho, no deliberó mas, y partiendo de Aviñón el día 13 de setiembre de 1376, entró en Roma en 17 de enero del año siguiente. Luego llamó á la santa á aquella corte, y aprovechándose mucho de sus consejos, no confiaba menos en la eficacia de sus oraciones.
A la muerte del papa, que sucedió dos años después, se siguió un funesto cisma. Urbano VI, sucesor de Gregorio, no honró menos á santa Catalina que su predecesor; y convencida la santa de que este era el legítimo pastor de la Iglesia, trabajó con todas sus fuerzas en que todos le reconociesen por tal; experimentándose principalmente en esta importante ocasión cuánto poder tenía en los corazones no solo la opinión de su eminente virtud, sino su admirable ingenio, su elocuencia, su ánimo varonil, su comprensión y su extraordinaria capacidad. Había resuelto el papa enviarla por diputada y como legada suya á la reina de Nápoles y de Sicilia; y la santa, llena de fe, de caridad, de zelo y de valor, estaba determinada ya á emprenderlo todo para la mayor gloria de Dios, cuando se sintió acometida de una grave enfermedad.
Cuatro meses estuvo padeciendo dolores tan vivos y tan extraordinarios, que nadie dudaba era aquella enfermedad tan sobrenatural, como se consideraba su vida milagrosa. Mostró una paciencia tan heroica en todos sus males, que por ningún otro lado se manifestó su espíritu tan grande como por este; siendo cierto que las aflicciones y trabajos en que Dios la ejercitó casi sin intermisión por todo el tiempo de su vida, la hicieron mucho mas admirable que las brillantes y ruidosas acciones que tanto se admiran en ella. Fué su preciosa muerte parecida en todo á su santa vida: suspiros, éxtasis, arrobos, incendios del amor divino fueron toda su agonía. Desgastada al rigor de sus incomprensibles penitencias, consumida de trabajos, colmada de gracias y merecimientos, espiró en Roma el día 29 de abril del año de 1380, á los 33 de su edad, dejando no solo á sus hermanas de quienes fué superiora, sino á todos los fieles, admirables ejemplos de todas las virtudes, pero singularmente de la omnipotente fuerza de la divina gracia.
Estuvo algunos días expuesto el santo cuerpo á la veneración pública, y después fué enterrado solemnemente en la iglesia de la Minerva, donde presto confirmó el Señor con nuevos milagros la opinión de santidad que había merecido en vida. El año 1461 fué canonizada por el papa Pío II, con toda la solemnidad y pompa que correspondía á la singular veneración y confianza que siempre han tenido todos los pueblos en esta insigne santa. Adórase en Sena su cráneo, y en el convento de los dominicos de San Sixto de Roma una mano entera, como también un pié entero en Venecia en el convento de las monjas dominicas.
Es cierto que mucho tiempo antes de santa Catalina de Sena florecía ya en todo el orbe cristiano la tercera orden de penitencia del patriarca santo Domingo, por la vida ejemplar de un gran número de personas, que, sin encerrarse en el claustro, observaban con exactitud en el mundo la tercera regla de santo Domingo, acreditando así de una manera sensible que se puede vivir en el siglo y vivir como perfecto cristiano. Pero no se puede dudar que la alta reputación de nuestra santa añadió un nuevo y brillante esplendor á esta congregación, la que continúa en edificar al mundo con las eminentes virtudes que practican los que tienen la dicha de alistarse en ella. Suelen en algunas partes llamar monjas de santa Catalina á todas las religiosas dominicas, cuyo sagrado orden es uno de los mas célebres que se veneran en la universal Iglesia, y es mucho mas distinguido por el resplandor de las virtudes en que se ejercitan las que le profesan, que por la nobleza y prendas naturales que las adornan, notándose en todo él una observancia constante, una virtud humilde, ejemplar y nada afectada, un grande espíritu de unión, y una como innata aversión á todo lo que respira novedad perniciosa.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.