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martes, 25 de abril de 2017

San Marcos, Evangelista

Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.

Fue san Marcos judío de origen, y se conoce por su estilo que estaba más versado en la lengua hebrea que en la griega. Era originario de Cirene, en la provincia de Pentápolis; y asegura Beda que era de familia sacerdotal. Bien pudo alcanzar á Cristo; pero se tiene por cierto que no fué del número de sus discípulos. Fué sí uno de los primeros que convirtió el apóstol san Pedro después de la venida del Espíritu Santo, y por eso le llama hijo en su primera epístola, por haberle engendrado en Jesucristo.

Por su fervor, por su zelo, por su devoción y por el grande amor que profesaba á su maestro, le escogió éste por compañero suyo en los viajes, haciéndole su intérprete y confidente. Acompañóle á Roma, donde Marcos tuvo gran parte en lo que san Pedro hizo y padeció para plantar la fe de Cristo en aquella capital del mundo. Sembraba san Pedro, regaba san Marcos, y Dios hacía crecer en abundancia el número de los fieles, tanto que apenas se hablaba de otra cosa en todo el mundo que de la fe de los Romanos.

Precisado san Pedro á ausentarse de Roma para atender á las otras funciones de su apostolado, dejó en ella á su amado discípulo Marcos, que cultivó aquella viña con felicidad. En este tiempo fué cuando los fieles de Roma, inflamados cada día más y más en el amor de la verdad, y penetrados de los grandes misterios del Evangelio que san Pedro les había predicado, rogaron á san Marcos que les dejase por escrito la historia evangélica, para tener el consuelo de conservarla en la memoria, y de repasar muchas veces la doctrina que habían oído al Apóstol. Vencido nuestro santo de sus piadosas instancias, escribió lo que había oído al príncipe de los apóstoles, ya en sus instrucciones públicas á los fieles, ya en las conversaciones familiares y privadas. No se aplica san Marcos á referir las cosas según la cronología exacta de los tiempos, sino á observar una grande exactitud y precisión en los hechos que refiere, cuidando sobre todo de no omitir cosa alguna de cuantas había oído de la boca de su maestro, y de seguir fielmente la iluminación del Espíritu Santo, por cuya inspiración y orden escribía.

Supo san Pedro por divina revelación, estando ausente, que san Marcos había escrito el evangelio; y vuelto á Roma, lo aprobó y mandó que se leyese en la iglesia. Es este evangelio, por la mayor parte, como un compendio del de san Mateo, aunque algunas veces en pocas palabras añade circunstancias muy notables. Apunta san Crisóstomo que fue san Marcos más breve que los otros tres evangelistas, para imitar á san Pedro, á quien gustaba hablar poco. Y dice Eusebio, que como sólo escribió lo que oyó al mismo san Pedro, omitió todo lo que Cristo dijo en tanta gloria y honra de este apóstol, después que le hubo confesado por Hijo de Dios vivo; calla también el milagro de cuando caminó san Pedro por el agua; y por el contrario se detiene en referir muy despacio todo lo que podía ceder en humillación del apóstol, como el lance de sus tres negaciones que le costaron tantas lágrimas, del cual hablaba el humildísimo apóstol con mucha frecuencia.

Escribió san Marcos en griego su evangelio, por ser ésta la lengua más común en aquel tiempo, no sólo en el Oriente, sino aun dentro de Roma, donde todos hablaban más en griego que en latín, hasta las más ínfimas mujercillas, de lo que se queja y lo satiriza un poeta. También se valió san Pedro de nuestro santo para escribir la epístola á los fieles de diferentes provincias del Asia; y aun san Jerónimo cree que el estilo es en todo de san Marcos, y que san Pedro sólo le dictó la sustancia. Asegúrase que san Pedro envió á san Marcos á Aquileya, y que se detuvo dos años y medio en aquella ciudad, donde convirtió á la fe gran número de personas, y fundó aquella iglesia que en los primeros siglos fué muy célebre en el Occidente.

Habiendo sido expelidos de Roma todos los Judíos por decreto del emperador Claudio, hacia el año 40 del Señor, fué san Marcos de orden de san Pedro á Egipto, para predicar el reino de Dios en aquel vasto país y en todas las provincias que dependían de él. Llevó consigo el evangelio que había escrito, para que las naciones á quienes enseñase de viva voz, tuviesen después la misma comodidad que los Romanos: porque la lengua griega era, por decirlo así, la lengua de comercio en todo el Oriente, y se usaba aun más en Alejandría que en Roma. Lleno san Marcos de aquel mismo espíritu que animaba á los apóstoles, sólo suspiraba por introducir en todas partes la luz de la religión.

Desembarcó en Cirene de la provincia de Pentápolis, donde obró muchos milagros y logró gran número de conversiones. Abriendo los ojos aquellos pueblos idólatras á las verdades que les predicaba el nuevo apóstol, hicieron pedazos los ídolos y talaron los bosques que habían consagrado á los demonios. Desde allí pasó á las otras partes de Libia, esto es, á aquellas provincias que se llamaban Marmárica y Amoníaca, en las cuales trabajó doce años, y en todas con el mismo buen suceso. Penetró hasta el alto y bajo Egipto, en una y en otra Tebaida; y echó el Señor tantas bendiciones á sus apostólicos trabajos, que aquellos pueblos donde había reinado el paganismo por espacio de tantos siglos, y eran los más adictos á las supersticiones más groseras de la idolatría, fueron en lo sucesivo aquella tierra afortunada, dichosa habitación de tantos santos anacoretas, y en donde el grano del Evangelio ha producido mayor fruto.

Después que san Marcos hubo desmontado aquel vasto campo cubierto de malezas, resolvió pasar á predicar la fe en la misma Alejandría, que á la sazón era, después de Roma, la ciudad principal del imperio. Habiendo, pues, dejado á sus discípulos para que gobernasen la nueva cristiandad, partió para la corte y cabeza del Oriente, estando destinado por el cielo para apóstol de aquella populosa ciudad. Refiérese en las actas más antiguas que al entrar en ella, habiéndosele descosido una sandalia, la dió á componer á un zapatero, el cual por descuido se picó con la lezna, y en aquel primer movimiento de dolor, exclamó sin libertad: ¡ay, mi Dios! Porque, como observa Tertuliano, la más ciega y estragada idolatría no ha podido conseguir que el alma en sus primeros movimientos no parezca como naturalmente cristiana, reconociendo á un solo Dios verdadero. Tomó ocasión san Marcos de la exclamación y grito de aquel pobre zapatero, para darle á conocer al único y verdadero Dios á quien él invocaba sin advertirlo; y aplicándole un poco de lodo á la herida, haciendo sobre ella la señal de la cruz, se le cerró al instante.

Amano, que así se llamaba el zapatero, admirado del milagro, y prendado del aire grave, modesto y mortificado de san Marcos, le instó para que entrase en su casa, descansase y refrescase en ella con todos los de su comitiva: y al mismo tiempo quiso instruirse de la verdad por medio de las preguntas que hizo á su huésped. Después de estar suficientemente instruido, fué bautizado con toda su familia, y con otras muchas personas que se convirtieron por la doctrina y milagros de san Marcos; y Amano hizo en poco tiempo tantos progresos, así en el conocimiento, como en el ejercicio de las virtudes cristianas, que dos años después le nombró san Marcos obispo de Alejandría.

Este fué el principio de la religión cristiana en aquella grande ciudad. Multiplicóse tan prodigiosamente en poco tiempo el número de los fieles, que san Marcos se vió precisado á instituir en Alejandría varias iglesias ó parroquias, donde se les instruía en los misterios de la fe, se partía y se les distribuía el sagrado pan de la comunión. Creció el fervor con el número de los nuevos cristianos. Movidos muchos de ellos de un ardiente deseo de aspirar á la más elevada perfección, se determinaron á añadir la práctica de los consejos evangélicos á la observancia de los preceptos; y en poco tiempo se llenó aquella gran ciudad y su territorio de héroes cristianos, que, renunciando á todas las conveniencias y regalos de la vida, se ocupaban únicamente en Dios, pasando los días en el ejercicio de muy rigurosas penitencias, en la lección de la sagrada Escritura y en la meditación de las verdades eternas. Como la mayor parte de estos fervorosos cristianos era de la nación hebrea, y conservaba todavía muchas ceremonias judaicas, Filón creyó que eran judíos, y son aquellos contemplativos de Egipto llamados Terapeutas, nombre que significa los que están particular y únicamente dedicados á servir á Dios; y ésta fué como la semilla de aquel prodigioso número de solitarios que algunos siglos después poblaron el Egipto y la Tebaida.

Tantas y tan ruidosas conversiones no podían menos de excitar alguna violenta persecución. Amotinóse toda la ciudad contra san Marcos, á quien llamaban el Galileo, que sólo había venido, como decían ellos, para echar por tierra los ídolos y arruinar el culto de los dioses. Viendo el santo alborotado el pueblo, y previendo las consecuencias de la persecución, dió las providencias convenientes para el bien de su iglesia, y consagró por obispo de ella á san Aniano, que es tenido por el primer obispo de Alejandría; porque, aunque san Marcos lo fue antes que él, más se le considera como apóstol, que como pastor de un determinado rebaño.

Después de haber proveído de esta manera á las necesidades espirituales de la iglesia de Alejandría, volvió san Marcos á visitar á sus amados hijos en Cristo que había dejado en Pentápolis, y gastó dos años en recorrer aquellas provincias y en consolar á los fieles, cuyo número, piedad y devoción crecían cada día. Restituido á Alejandría, comenzó á disponerse para el sacrificio de su vida que había de hacer á Jesucristo, el cual no se dilató mucho, porque un día en que el pueblo de aquella ciudad celebraba la fiesta de su ídolo Serapis, comenzó á gritar furioso: Búsquese con toda diligencia, y sea sacrificado á nuestra justa cólera el enemigo de nuestros dioses. Poco tiempo gastaron en buscarle, porque le encontraron en el altar ofreciendo á Dios el santo sacrificio. Arrojáronse sobre él, echáronle una soga al cuello, y arrastrándole por las calles, gritaban: Llevemos este buey á Búcoles para llevarle después al matadero. Era Búcoles un sitio cerca del mar, lleno de peñascos, entre los cuales había algunas praderías donde pacían los bueyes de la ciudad. Mientras le arrastraban de esta manera desde la mañana hasta la noche, quedando la tierra regada con su sangre, y cayéndosele la carne á pedazos, el santo no hacía más que dar mil gracias á Dios y cantar sus alabanzas.

Habiendo llegado la noche, le metieron en un espantoso calabozo, donde Cristo se le apareció, y le consoló con la promesa de que presto estaría con él en su gloria. Apenas amaneció el día siguiente, cuando le sacaron de la cárcel, y le volvieron á arrastrar por las calles con la misma algazara é inhumanidad que el día anterior, hasta que en fin rindió su alma á Dios, y consumó su martirio á los 25 de abril del año 68, en cuyo día toda la iglesia latina y griega celebra su fiesta.

Intentaron los gentiles quemar el santo cuerpo; pero, habiéndose levantado de repente una furiosa tempestad que los hizo retirar más que de paso, los cristianos aprovecharon esta ocasión, y le enterraron en un hueco ó concavidad abierta en uno de los peñascos de Búcoles, donde solían juntarse para hacer oración. En el año de 316 se edificó en aquel sitio una magnífica iglesia, en la cual en el sexto siglo se conservaba todavía el manto ó pallium de san Marcos, que el obispo alejandrino se ponía antes de tomar posesión de su silla episcopal. Aunque en el octavo siglo estaba ya la ciudad de Alejandría en poder de los Sarracenos ó de los Árabes mahometanos, todavía se conservaban en ella estas preciosas reliquias con singular veneración, encerradas en un sepulcro ó urna de mármol que se veía delante del altar de una iglesia en lo último de la ciudad hacia la parte del mar; lo que muestra que las habían trasladado del lugar donde las habían enterrado al principio.

En el año de 870 era ya opinión pública y universalmente recibida que el cuerpo de san Marcos no estaba en Alejandría, porque los Venecianos le habían hurtado secretamente, bien persuadidos de que era un grande acto de religión librarle del furor de los Mahometanos y de los Árabes. Está debajo de la protección de san Marcos aquella serenísima república, y el día 25 de abril se celebra en Venecia la fiesta del santo evangelista con solemnidad verdaderamente augusta. También se celebra en ella con singular magnificencia la fiesta ó la memoria de su traslación el día 31 de enero, y el 25 de junio se celebra otra tercera fiesta con el título de la aparición de san Marcos, esto es, de la invención ó descubrimiento de su santo cuerpo, que fué hallado en el siglo undécimo, habiéndose ignorado por mucho tiempo el sitio donde estaba escondido aquel precioso tesoro.

En el mismo día celebra la Iglesia la institución de las letanías mayores, hecha por san Gregorio el Grande el año de 590, para aplacar la cólera de Dios que se experimentaba en Roma con efectos muy sensibles, por la cruel peste que desolaba la ciudad. Queriendo aplacar la ira de Dios aquel insigne pontífice, ordenó que por tres días consecutivos se hiciesen procesiones generales y oraciones públicas. Llamáronse entonces Letanías septenarias, porque disponiendo el santo que todos los fieles se distribuyesen en siete coros, mandó que á un mismo tiempo saliesen todos de siete iglesias diferentes, como para formar otras tantas procesiones.

No le engañó al fervorosísimo pontífice su grande confianza en la intercesión de la santísima Virgen y de los santos; porque llevando en la mano la imágen de nuestra Señora, que se cree comúnmente haber sido pintada por san Lucas, al llegar cerca de la mole de Adriano, se dejó ver un ángel en ademán de quien envainaba una espada, y desde aquel punto cesó el azote de Dios; y el castillo que se levantó después en aquel mismo sitio, se llamó y se llama hoy, en memoria de esta aparición, el castillo del santo Ángel. Y porque se cree que estas procesiones fueron instituidas el día 25 de abril, consagrado á la memoria de san Marcos, por eso hace la Iglesia en este día su conmemoración aniversaria.

Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.