lunes, 24 de abril de 2017
San Fidel de Sigmaringa, Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Fidel, bello ornamento del orden de Capuchinos, é ilustre mártir de la fe católica, nació en Sigmaringa, pequeña ciudad de la Suabia, en el año de 1577. Su padre, llamado Juan Rey, le envió á estudiar á la universidad de Friburgo en la Suiza, donde luego se dió á conocer por su talento, y se hizo amar por su modestia, su circunspección y sus finos modales. El Señor, que le había escogido para vaso de elección, le conservó la inocencia en medio de los peligros que rodean á la juventud estudiosa, y el santo contribuyó por su parte haciendo una vida muy mortificada: jamás bebió vino, y siempre vistió cilicio. Siguió la carrera de la jurisprudencia, y habiendo ganado todos los cursos, recibió con mucho aplauso la borla de doctor.
El año de 1604 partió en compañía de tres jóvenes caballeros que enviaron sus padres á viajar por diferentes partes de la Europa. Nuestro santo se dedicó principalmente á inspirarles vivos sentimientos de religión, dándoles el ejemplo de las virtudes más edificantes, y sobre todo de una tierna y sincera devoción. No dejaba pasar día alguno de fiesta sin acercarse á la sagrada mesa; visitaba las iglesias y los hospitales de todas las ciudades que encontraba en su tránsito; socorría á los pobres según sus facultades, y muchas veces le sucedió despojarse de sus vestidos para dárselos.
De vuelta de sus viajes, obtuvo en Colmar, ciudad de la Alsacia, una plaza en la magistratura. Desempeñóla nuestro santo con mucha reputación; y como los dos principales móviles de su alma eran la justicia y la religión, la primera le hacía recto é inaccesible al soborno, y la segunda le inclinaba á interesarse en favor de los desvalidos: así mereció que se le llamase el abogado de los pobres. Pero habiendo visto algunas injusticias que no estaba en su mano evitar, comenzó á disgustarse de su cargo; temió verse envuelto en los pecados de otros, y dando de mano á los negocios, resolvió dejar el mundo y acogerse al sagrado de la religión. Había en Friburgo un convento de Capuchinos, que edificaban á toda la comarca por la austeridad de su vida. A este asilo determinó retirarse nuestro santo, y haciendo donativo de sus bienes y biblioteca al seminario conciliar en beneficio de los estudiantes poco favorecidos de la fortuna, después de distribuir á los pobres sus restantes efectos, tomó el hábito de capuchino en el año de 1612. Su superior le dió el nombre de Fidel, y según la costumbre de los Capuchinos se apellidó de Sigmaringa, de la ciudad en que había nacido.
Desde el momento en que vistió el santo hábito, es indecible el ardor con que aspiró á la perfección religiosa por el camino de las humillaciones y de las penitencias. En vano se amotinaron las pasiones, viéndose refrenadas en el claustro: la obediencia á sus superiores, y la docilidad con que escuchaba y seguía los consejos de su confesor, á quien manifestaba todos los secretos de su alma, le hicieron salir victorioso de las más violentas tentaciones. Su fervor no se contentaba con las mortificaciones prescritas por la regla, sin embargo de ser esta austerísima; sus ayunos eran rigurosos; en el adviento, cuaresma y vigilias no vivía más que de pan, agua y frutas secas. Ninguna cosa era capaz de interrumpir el recogimiento interior de su alma; y en sus oraciones nada pedía tanto á Dios como el que le librase de todo pecado, y aun de la tibieza.
Estudió por obediencia la sagrada teología, en la que hizo tan notables progresos, que apenas fué ordenado de sacerdote, le dieron sus superiores el cargo de predicar la palabra de Dios y de oir las confesiones de los fieles. En uno y otro ministerio se portó con admirable discreción y con gran zelo, y el fruto fué correspondiente á tan buenas cualidades. Habiéndole nombrado guardián del convento de Welthirchen, obró milagros de conversión en esta ciudad y pueblos circunvecinos, logrando también desengañar de sus errores á muchos Calvinistas.
Llegó á Roma la noticia de las virtudes de Fidel, y de los copiosos frutos que acompañaban á sus trabajos apostólicos; é informada de esto la congregación de la Propaganda, le nombró para ir á predicar á los Grisones, en cuyo país no había penetrado misionero alguno después que este pueblo había tenido la desgracia de abrazar el calvinismo. La empresa era por consiguiente arriesgada, capaz de desalentar otro zelo menos ardiente que el de nuestro santo; pero Fidel tenía tan en el alma la mayor gloria de Dios y la conversión de sus prójimos, que partió con alegría al teatro de su misión, sin arredrarle ni las fatigas del camino, ni las amenazas que le hicieron de quitarle la vida. Llevó consigo ocho religiosos de su orden, que le fueron asociados para trabajar bajo su dirección. En las primeras conferencias convenció á dos caballeros calvinistas, y sus conversiones hicieron grande ruido en el país. Penetró en 1622 en el Cantón de Pretigout, donde convirtió muchos herejes. Todo predicaba en él: su modestia, su compostura, la pobreza de su hábito, la austeridad de su vida, su semblante mismo y hasta sus más indiferentes acciones; pero más que á todo esto y á la energía de sus discursos se debió el gran número de conversiones que hizo al fervor de sus oraciones.
Bramó de rabia el infierno al ver las presas que se arrancaban de su poder, y su furor se comunicó á los Calvinistas que habían tomado las armas contra el emperador. Alarmados por el gran número de herejes que convertía nuestro santo, resolvieron detener sus progresos deshaciéndose de él á toda costa. Supo el santo misionero sus infernales designios, pero no por eso se desanimó; antes bien, subiendo al púlpito en la villa de Gruch, el día 24 de abril de 1622, después de haberse confesado y dicho misa, predicó con una especie de entusiasmo sagrado; predijo su muerte á muchas personas, y después firmó todas sus cartas, fray Fidel, que será pronto alimento de gusanos. Desde Gruch pasó á predicar á Sevis, en cuya iglesia estando persuadiendo á los católicos que permaneciesen firmes en la fe, un calvinista le disparó un mosquetazo, que afortunadamente no le tocó; los fieles le rogaron con instancia que se retirase, pero él les respondió que no temía la muerte, y que estaba pronto á sacrificar su vida por la causa de Dios.
No tardó en llegar este momento. Volvía el santo á la villa de Gruch, y en el camino cayó en manos de una banda de soldados calvinistas que capitaneaba un ministro de su secta. Echáronse sobre él como unos lobos, golpeáronle, insultáronle, tratáronle de seductor y quisieron obligarle por fuerza á que abrazase el calvinismo. «¿Qué es lo que me proponéis?, respondió el padre Fidel: yo he venido entre vosotros para refutar vuestros errores, y no para abrazarlos; la doctrina católica es la fe de todos los siglos, la única verdadera, y por la que estoy pronto á dar mi vida.» A estas palabras, uno de la tropa le tiró una cuchillada y le derribó en tierra; el santo se incorporó, y puesto de rodillas, hizo esta oración: «Señor, perdonad á mis enemigos: la pasión les ciega, y no saben lo que se hacen. Jesús mío, tened misericordia de mí; María, madre de Dios, asistidme.» Acabada esta súplica, una segunda cuchillada le tendió en el suelo bañado en su sangre; y no satisfecho con esto el furor de aquellos soldados, le acribillaron el cuerpo á puñaladas, y le cortaron la cabeza y la pierna izquierda.
Sucedió la preciosa muerte de san Fidel en el año de 1622, á los cuarenta y cinco de su edad y diez de profesión. Los católicos enterraron el día siguiente su cuerpo, que se conserva con mucha veneración en el convento de Capuchinos de Welthirchen; pero la cabeza y la pierna izquierda, que habían sido separadas del tronco, fueron trasladadas después con mucha pompa y solemnidad á la catedral de Coira, donde se veneran, obrando el Señor gran número de milagros por la intercesión de su siervo. Entre ellos se cuenta la conversión del ministro que capitaneaba los soldados, el cual, habiendo visto verificada la derrota de los Calvinistas por los Imperiales, conforme á una predicción del santo, movido de esta circunstancia, se reconoció y abjuró públicamente la herejía. El papa Benedicto XIII beatificó al ilustre mártir del catolicismo en 1729, y Benedicto XIV le canonizó en 1746, colocando su nombre en el martirologio romano en el día 24 de abril.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.