jueves, 23 de julio de 2026 · Feria Abstinencia

martes, 5 de julio de 2016

San Antonio María Zaccaría, Confesor

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (1 Tim. 4, 8-16)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Píetas ad ómnia utilis est: promissiónem habens vitæ, quæ nunc est, et futúræ. Fidélis sermo et omni acceptióne dignus. In hoc enim laborámus et maledícimur, quia sperámus in Deum vivum, qui est Salvátor ómnium hóminum, maxime fidélium. Præcipe hæc et doce. Nemo adolescentiam tuam contémnat: sed exémplum esto fidélium in verbo, in conversatióne, in caritáte, in fide, in castitáte. Dum vénio, atténde lectióni, exhortatióni et doctrínæ. Noli neglégere grátiam, quæ in te est, quæ data est tibi per prophetíam, cum impositióne mánuum presbytérii. Hæc meditáre, in his esto: ut proféctus tuus maniféstus sit ómnibus. Attende tibi et doctrínæ: insta in illis. Hoc enim fáciens, et teípsum salvum fácies, et eos qui te áudiunt.

Pues los ejercicios corporales sirven para pocas cosas, al paso que la virtud sirve para todo, como que trae consigo la promesa de la vida presente y de la futura, o eterna. Promesa fiel y sumamente apreciable, que en verdad por eso sufrimos trabajos y oprobios, porque ponemos la esperanza en Dios vivo, el cual es salvador de los hombres todos, ante todo de los fieles. Esto has de enseñar y ordenar. Pórtate de manera que nadie te menosprecie por tu poca edad, has de ser desechado por los fieles en el hablar, en el trato, en la caridad, en la fe, en la castidad. Entretanto que yo voy, aplícate a la lectura, a la exhortación y a la enseñanza. No malogres la gracia que tienes por la consagración, la cual se te dio a pesar de tus pocos años en virtud de particular revelación, con la imposición de las manos de los presbíteros. Medita estas cosas, y ocúpate enteramente en ellas, de manera que vea todo el mundo tu aprovechamiento. Vela sobre ti mismo, y atiende a la enseñanza de la doctrina, insiste y sé diligente en estas cosas; porque haciendo esto, te salvarás a ti y también a los que te oyeren. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 12 sobre la Primera Carta a Timoteo — San Juan Crisóstomo

Sobre 1 Timoteo 4 (la epístola comprende 4, 8-16)

«Ahora bien, el Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, dando oído a espíritus seductores y a doctrinas de demonios; hablando mentiras con hipocresía, teniendo cauterizada la conciencia con hierro candente; prohibiendo casarse y mandando abstenerse de los alimentos que Dios ha creado para que con acción de gracias los tomen los que creen y han conocido la verdad.»

Así como los que se adhieren a la fe están asidos a un ancla segura, así los que caen de la fe no hallan en parte alguna reposo; sino que, después de muchos vaivenes de un lado a otro, son arrastrados finalmente al abismo mismo de la perdición. Y esto lo había mostrado ya antes, al decir que algunos habían naufragado en cuanto a la fe; y ahora dice: «Ahora bien, el Espíritu dice expresamente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, dando oído a espíritus seductores.» Esto se dice de los maniqueos, de los encratitas y de los marcionitas, y de toda su ralea: que habrían en adelante de apartarse de la fe. ¿Ves cómo este apartamiento de la fe es la raíz de todas las herejías que le siguen?

Pero ¿qué significa «expresamente»? Llana, claramente y sin ambages. No te maravilles, dice, si algunos, habiéndose apartado de la fe, se adhieren sin embargo a los demonios. Vendrá un tiempo en que aun los que han participado de la fe caerán en un extravío peor, no sólo respecto de los alimentos, sino también respecto de las bodas y de otras cosas semejantes, introduciendo las nociones más perniciosas. Esto no se refiere a los judíos (pues a ellos no les cuadran los «últimos tiempos» ni un «apartamiento de la fe»), sino a los maniqueos y a los fundadores de estas herejías. Y a esos mismos espíritus los llama «seductores», puesto que por ellos eran movidos a proferir tales cosas. «Hablando mentiras con hipocresía.» Esto da a entender que no profieren tales falsedades por ignorancia y sin saberlo, sino como quien representa un papel, sabiendo la verdad pero teniendo cauterizada la conciencia, esto es, siendo hombres de vida corrompida.

Mas ¿por qué habla sólo de estas herejías? Cristo había dicho ya antes: «Es forzoso que vengan escándalos», y lo mismo había predicho en su parábola del sembrador y en la del brotar de la cizaña. Pero aquí admira conmigo el don profético de Pablo, quien, antes de los tiempos en que habían de aparecer, señala el tiempo mismo. Como si dijera: No te asombres si, al comienzo de la predicación, algunos se esfuerzan por introducir estas doctrinas perniciosas; pues, después de haberse establecido ella largo tiempo, muchos se apartarán de la fe. «Prohibiendo casarse y mandando abstenerse de los alimentos.» ¿Por qué, pues, no mencionó ninguna otra herejía? Aunque no las particulariza, van implicadas en las expresiones «espíritus seductores» y «doctrinas de demonios». Pero no quiso infundir estas cosas en el ánimo de los oyentes antes de tiempo; sino que aquello que ya había comenzado, el caso de los alimentos, lo especifica. «Que Dios ha creado para que con acción de gracias los tomen los que creen y han conocido la verdad.» ¿Por qué no dijo también «los incrédulos»? ¿Cómo los incrédulos, si ellos mismos se excluyen de tales alimentos por sus propias reglas? Mas ¿acaso no está prohibida la molicie? Ciertamente lo está. Pero ¿por qué? Si las cosas han sido creadas para ser tomadas... Porque Él creó el pan, y sin embargo el excederse está prohibido; y también el vino, y sin embargo el exceso está prohibido; y no se nos manda evitar los manjares delicados como si fuesen en sí mismos inmundos, sino porque corrompen el alma por el exceso.

«Porque toda criatura de Dios es buena, y nada hay que rechazar, si se toma con acción de gracias.»

Si es criatura de Dios, es buena. Porque todas las cosas, se dice, eran muy buenas. Al hablar así de los manjares, impugna anticipadamente la doctrina de quienes introducen una materia increada y afirman que estas cosas proceden de ella. Mas si es buena, ¿por qué es santificada por la palabra de Dios y la oración? Pues habría de ser inmunda, si es que ha de ser santificada. No es así: aquí habla a los que pensaban que algunas de estas cosas eran comunes; por eso establece dos afirmaciones: primera, que ninguna criatura de Dios es inmunda; segunda, que, si hubiese llegado a serlo, tienes un remedio: séllala, da gracias y glorifica a Dios, y toda la inmundicia se disipa. ¿Podremos, pues, purificar de este modo lo que se ha ofrecido a un ídolo? Sí, con tal de que no supieras que había sido así ofrecido. Pero si, sabiéndolo, participas de ello, quedarás inmundo; no porque haya sido ofrecido a un ídolo, sino porque, contra un mandato expreso, comunicas por ello con los demonios. De suerte que no es inmundo por naturaleza, sino que llega a serlo por tu voluntaria desobediencia. ¿Qué, pues? ¿No es inmunda la carne de cerdo? De ninguna manera, cuando se recibe con acción de gracias y con el sello; ni tampoco ninguna otra cosa. Lo que es inmundo es tu disposición ingrata para con Dios.

Si propones estas cosas a los hermanos para su recuerdo, serás un buen ministro de Cristo Jesús, nutrido con las palabras de la fe y de la buena doctrina que has seguido de cerca.

¿Qué cosas son las que aquí se dan a entender? Las mismas que antes había mencionado: que grande es la piedad; que abstenerse de manjares es doctrina de demonios; que estos son purificados por la palabra de Dios y la oración.

Mas rechaza las fábulas profanas y de viejas, y ejercítate más bien en la piedad.

Proponiéndoles estas cosas para su recuerdo, dice; aquí no adviertes autoridad alguna, sino que todo es condescendencia: no dice mandando ni imponiendo, sino recordándoles; esto es: sugiéreles estas cosas a modo de consejo, y entra así con ellos en discursos acerca de la fe, estando nutrido, dice, dando a entender la constancia en la aplicación a estas cosas.

Pues así como cada día ponemos ante nosotros este alimento corporal, así también —quiere decir— recibamos de continuo los discursos acerca de estas cosas, y nutrámonos siempre de ellos. ¿Qué significa esto de ser alimentado con ellos? Rumiarlos; atender siempre a las mismas cosas, y ejercitarnos siempre en las mismas, porque no es un alimento común el que nos ofrecen.

Mas rechaza las fábulas profanas y de viejas. Con estas palabras designa las tradiciones judías, y las llama fábulas, ya sea por su falsedad, ya sea por su inoportunidad. Pues lo que es oportuno resulta útil, mas lo que es inoportuno no sólo es inútil, sino aun dañoso. Supón que un varón de edad adulta fuese amamantado por una nodriza: ¿no resultaría ridículo, por ser cosa fuera de tiempo? Fábulas profanas y de viejas las llama, en parte por su vejez caduca, y en parte porque son impedimentos para la fe. Porque sujetar a la Ley a los que están levantados por encima de estas cosas es un mandamiento impío. Ejercítate en la piedad. Es decir, en una vida pura y honesta, porque en esto consiste la piedad. Así pues, tenemos necesidad de ejercicio.

Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso. Algunos han referido esto al ayuno; mas ¡lejos de nosotros semejante opinión! Porque el ayuno no es un ejercicio corporal, sino espiritual. Si fuera corporal, nutriría el cuerpo, siendo así que lo consume y lo enflaquece, de suerte que no es corporal. De aquí que no esté hablando de la disciplina del cuerpo. Lo que necesitamos, por tanto, es el ejercicio del alma. Porque el ejercicio del cuerpo ningún provecho tiene, o quizá aproveche un poco al cuerpo; mas el ejercicio de la piedad da fruto y ventaja tanto aquí como en la vida venidera.

Palabra fiel es esta, es decir, que la piedad es provechosa tanto aquí como en la vida venidera. Observa cómo por todas partes introduce esto; no necesita demostración, sino que simplemente lo declara, porque se dirigía a Timoteo.

Así pues, ¿aun aquí tenemos buenas esperanzas? Porque el que no tiene conciencia de pecado alguno, y ha sido fecundo en buenas obras, se goza ya desde aquí; como, por el contrario, el otro es castigado tanto aquí como en la vida venidera. Vive en perpetuo temor, no puede mirar a nadie a la cara con confianza, está pálido, tembloroso y lleno de ansiedad. ¿No sucede esto con los fraudulentos y con los ladrones, que no hallan satisfacción ni siquiera en lo que poseen? ¿No es acaso miserabilísima la vida de los homicidas y de los adúlteros, que miran con recelo hasta el sol mismo? ¿Ha de llamarse esto vida? No; más bien una horrenda muerte.

«Pues por esto mismo trabajamos y sufrimos oprobios, porque tenemos puesta nuestra esperanza en el Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.»

Esto viene a ser como decir: ¿por qué nos mortificamos, sino porque aguardamos los bienes venideros? ¿Acaso hemos soportado tantos trabajos, nos hemos sometido a tantos oprobios, hemos padecido tales injurias y peligros, y tan innumerables calamidades, en vano? Pues si no confiásemos en el Dios vivo, ¿por qué razón nos habríamos sometido a estas cosas? Mas si Dios es aquí el Salvador de los incrédulos, mucho más lo será de los fieles en la vida futura. ¿De qué habla? ¿De la vida venidera? Él es, dice, el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen. Por ahora habla de aquella salvación que se da aquí. Pero ¿cómo es el Salvador de los fieles? Si no lo fuera, hace ya mucho que habrían sido destruidos, porque todos les hacen la guerra. Lo llama aquí a soportar peligros, para que, teniendo a Dios por Salvador, no desfallezca ni tenga necesidad de auxilio ajeno, sino que de buena voluntad y con ánimo lo soporte todo. Aun aquellos que codician afanosamente las ventajas del mundo, sostenidos por la esperanza de la ganancia, emprenden con alegría empresas fatigosas.

Es, pues, el último tiempo. Porque en los últimos tiempos, dice, algunos se apartarán de la fe. Prohibiendo casarse. Y nosotros, ¿acaso prohibimos casarse? De ningún modo. No prohibimos a los que desean casarse, sino que a los que no desean casarse los exhortamos a la continencia. Una cosa es prohibir, y otra dejar a cada uno en su libre elección. El que prohíbe, lo hace de una vez y para siempre; mas el que recomienda un estado más alto, no prohíbe el matrimonio, sino que prefiere la virginidad.

Prohibiendo casarse, dice, y mandando abstenerse de manjares que Dios creó para que con acción de gracias los tomasen los fieles y los que conocen la verdad. Bien está dicho: los que conocen la verdad. Aquellas cosas antiguas, pues, eran figura. Porque nada es inmundo por naturaleza, sino que se hace tal por la disposición de quien lo toma. Y ¿cuál era el objeto de la prohibición de tantos manjares? Refrenar el lujo excesivo. Mas si se hubiera dicho: no comas por causa del lujo, no lo habrían soportado. Fueron, por tanto, encerrados bajo el yugo de la ley, para que se abstuviesen por un principio más fuerte, el del temor. No se prohibió el pez, aunque era manifiestamente más inmundo que el cerdo. Pero pudieran haber aprendido cuán pernicioso era el lujo por aquella palabra de Moisés: Jesurún engordó, y dio coces. Otra de estas prohibiciones podía ser que, faltos de otro alimento, se viesen reducidos a matar ovejas y bueyes; por eso los apartó de otras cosas, a causa de Apis y del becerro, que era abominación, ingrata, mancillada y profana.

Recuérdales estas cosas, medita en estas cosas; porque con la expresión nutrido en las palabras de la fe y de la sana doctrina se da a entender que no sólo ha de recomendar estas cosas a los demás, sino practicarlas él mismo. Pues dice: Nutrido en las palabras de la fe y de la buena doctrina, que has seguido. Mas rechaza las fábulas profanas y de viejas. ¿Por qué no dice: abstente de ellas, sino: recházalas? Da así a entender que deben ser enteramente desechadas. Su sentido es que no entre en disputa alguna con los que las enseñan, sino que recomiende a los suyos las cosas antes prescritas. Porque nada se gana en contender con los hombres perversos, salvo donde pudiera tener efecto dañoso, si por flaqueza se pensara que rehusamos discutir con ellos.

Mas ejercítate para la piedad; esto es, para una vida pura y para el trato más íntimo con Dios. El que se ejercita, aun cuando no es tiempo de certamen, obra siempre como si estuviera compitiendo: se abstiene, soporta toda fatiga, vive en continua solicitud y sostiene grandes trabajos. Ejercítate, dice, para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco aprovecha, mas la piedad para todo es provechosa, pues tiene promesa de la vida presente y de la venidera. Y ¿por qué, dirá alguno, hace mención de ese ejercicio corporal? Para mostrar por comparación la superioridad del otro, ya que el primero no reporta provecho sólido, aunque va acompañado de muchas fatigas, mientras que el segundo posee un bien duradero y abundante. Así como cuando manda que se adornen, no con cabellos rizados, ni con oro, ni con vestidos costosos, sino como conviene a quienes profesan la piedad, con buenas obras.

Moral. Palabra fiel es ésta y digna de ser recibida por todos. Pues para esto trabajamos y padecemos oprobio. ¿Padeció él, pues, oprobio, y tú te impacientas? ¿Trabajó él, y tú quieres vivir en delicias? Mas si él hubiera vivido en delicias, jamás habría alcanzado tan grandes bienes. Porque si los bienes del mundo, que son inciertos y perecederos, nunca los alcanzan los hombres sin trabajo y fatigas, mucho menos los espirituales. Bien está, dirá alguno, pero algunos los reciben por herencia. Sin embargo, aun heredados, no se guardan ni se conservan sin trabajo, cuidado y afán, no menos que los tienen quienes los ganaron. Y no hace falta que diga que muchos, después de haberse fatigado y de haber padecido penalidades, quedaron defraudados a la misma entrada del puerto, y un viento contrario causó el naufragio de sus esperanzas cuando estaban a punto de la posesión. Mas entre nosotros no hay nada de esto. Porque es Dios quien lo prometió, y esa esperanza no queda confundida. Vosotros que andáis en los negocios del mundo, ¿no sabéis cuántos hombres, tras sus fatigas, no gozaron del fruto de sus trabajos, o siendo antes arrebatados por la muerte, o sorprendidos por la desgracia, o asaltados por la enfermedad, o arruinados por falsos acusadores, o por algún otro accidente que, entre la variedad de los casos, los forzó a partir con las manos vacías?

Pero ¿no ves, dirá alguno, a los hombres afortunados que con poco trabajo adquieren las cosas de la vida? ¿Qué cosas? Dinero, casas, tantas fanegas de tierra, hileras de siervos, montones de oro y plata. ¿Y puedes llamar bienes a estas cosas, y no esconder la cabeza de vergüenza? ¡Un hombre llamado a la búsqueda de la sabiduría celestial, y anhelante de las cosas del mundo, y llamándolas bienes, siendo que no valen nada! Si estas cosas fuesen buenas, entonces habría que llamar buenos a quienes las poseen. Pues ¿no es bueno el que posee lo que es bueno? Mas cuando los que poseen estas cosas son culpables de fraude y de rapiña, ¿los llamaremos buenos? Porque si la riqueza es un bien, pero se acrecienta arrebatando, cuanto más se acreciente, tanto más bueno será tenido su poseedor. ¿Es, pues, bueno el hombre rapaz? Mas si la riqueza es un bien, y se acrecienta con la rapiña, cuanto más arrebate un hombre, tanto mejor será. ¿No es esto una manifiesta contradicción? Pero supón que la riqueza no se ganó injustamente. ¿Y cómo es esto posible? Pasión tan destructora es la codicia, que enriquecerse sin injusticia es imposible. Esto lo declaró Cristo diciendo: Haceos amigos con las riquezas de la iniquidad. Mas ¿qué si sucedió en la herencia de su padre? Entonces recibió lo que había sido allegado por la injusticia. Porque no de Adán heredó su antepasado las riquezas, sino que, de los muchos que le precedieron, alguno probablemente tomó y disfrutó los bienes ajenos. ¿Qué, pues? ¿No poseyó Abraham riquezas, y Job, aquel varón intachable, justo y fiel, que temía a Dios y se apartaba del mal? La riqueza de éstos no consistía en oro ni en plata, ni en casas, sino en ganados. Además de esto, Job fue enriquecido por Dios. Y el autor de aquel libro, refiriendo lo que sucedió a aquel varón bienaventurado, menciona la pérdida de sus camellos, de sus yeguas y asnos, mas no habla de tesoros de oro o de plata que le fueran quitados. Las riquezas de Abraham eran también sus siervos. ¿Qué, pues? ¿No los compró? No, porque a este mismo punto dice la Escritura que los trescientos dieciocho habían nacido en su casa. Tenía también ovejas y bueyes. ¿De dónde, pues, envió oro a Rebeca? De los dones que recibió de fuera sin injusticia ni agravio.

Dime, pues, ¿de dónde eres rico? ¿De quién lo recibiste, y de quién aquel que te lo transmitió? De su padre y de su abuelo. Pero ¿puedes tú, subiendo por muchas generaciones, mostrar que la adquisición fue justa? No es posible. La raíz y el origen de ella hubo de ser la injusticia. ¿Por qué? Porque Dios, en el principio, no hizo a un hombre rico y a otro pobre. Ni después tomó y mostró a uno tesoros de oro, y negó al otro el derecho de buscarlo; sino que dejó la tierra libre por igual para todos. ¿Por qué, pues, si es común, tienes tú tantas fanegas de tierra, mientras tu prójimo no tiene de ella una porción? Me la transmitió mi padre. ¿Y a él, por quién? Por sus antepasados. Mas has de remontarte y hallar al dueño primero. Jacob tuvo riquezas, pero fueron ganadas como salario de sus trabajos.

Pero no quiero apretar demasiado este argumento. Sean tus riquezas ganadas, y sin rapiña. Pues no eres responsable de los actos de tu padre. Tu riqueza podrá provenir de la rapiña, pero no fuiste tú el saqueador. O concediendo que él no la obtuvo por injusticia, que su oro brotó de algún lugar de la tierra. ¿Qué, pues? ¿Es por eso buena la riqueza? De ningún modo. Al mismo tiempo no es mala, dice, si su poseedor no es codicioso; no es mala, si se reparte a los pobres; de otro modo es mala, es lazo. Mas si él no la reparte, aunque no haga bien, no es mala, arguye. Sea. Pero ¿no es esto una injusticia, que tú solo tengas la propiedad del Señor, que tú solo disfrutes lo que es común? ¿No es del Señor la tierra y cuanto la llena? Si, pues, nuestras posesiones pertenecen a un solo Señor común, pertenecen también a nuestros consiervos. Las posesiones de un solo Señor son todas comunes. ¿No vemos que ésta es la regla establecida en las grandes casas? A todos se da porción igual de provisiones, porque procede de los tesoros de su Señor. Y la casa del amo está abierta a todos. Las posesiones del rey son todas comunes, como las ciudades, las plazas y los paseos públicos. Todos los disfrutamos por igual.

Observa la sabia dispensación de Dios. Para avergonzarnos, hizo comunes ciertas cosas, como el sol, el aire, la tierra y el agua, el cielo, el mar, la luz, las estrellas, cuyos beneficios se reparten por igual a todos como a hermanos. Todos hemos sido formados con los mismos ojos, el mismo cuerpo, la misma alma, la misma estructura en todos los aspectos: todo procede de la tierra, todo de un solo hombre, y todos moramos en la misma habitación. Mas esto no basta para avergonzarnos. Otras cosas, pues (como hemos dicho), las hizo comunes, como los baños, las ciudades, las plazas, los paseos. Y advierte que, acerca de las cosas que son comunes, no hay contienda, sino que todo es apacible. Pero en cuanto uno intenta apoderarse de algo, hacerlo suyo propio, entonces se introduce la contienda, como si la naturaleza misma se indignara de que, cuando Dios nos reúne por todos los medios, nosotros nos afanemos en dividirnos y separarnos apropiándonos de las cosas y usando esas frías palabras: mío y tuyo. Entonces sobrevienen la contienda y la inquietud. Mas donde esto no existe, no se engendra riña ni contienda alguna. Este estado, por tanto, es más bien nuestra herencia, y más conforme a la naturaleza. ¿Por qué nunca hay disputa acerca de una plaza? ¿No es porque es común a todos? Pero acerca de una casa y acerca de la propiedad, los hombres disputan siempre. Las cosas necesarias se nos ponen delante en común; mas ni aun en las cosas más pequeñas guardamos comunidad. Y con todo, aquellas cosas mayores las abrió Dios francamente a todos, para que de ahí aprendiésemos a tener en común estas cosas inferiores. Pero, a pesar de todo esto, no aprendemos.

Pero, como dije, ¿cómo puede ser hombre de bien el que es rico? Cuando reparte sus riquezas, es bueno; de suerte que es bueno cuando ha dejado de tenerlas, cuando las da a otros; mas mientras las guarda para sí, no es bueno. ¿Cómo, pues, es un bien aquello que, retenido, hace malos a los hombres, y del cual, al desprenderse de él, se hacen buenos? Así pues, no el tener riquezas, sino el no tenerlas, es lo que hace que uno parezca bueno. La riqueza, por tanto, no es un bien. Mas si, pudiendo recibirla, no la recibes, de nuevo eres bueno.

Si, pues, somos buenos cuando, teniéndola, la repartimos a otros, o cuando, ofrecida a nosotros, la rehusamos; y si no somos buenos cuando la recibimos o la ganamos, ¿cómo puede ser en sí misma una cosa buena? No la llames, por tanto, un bien. No la posees, porque la juzgas un bien, porque estás ansioso de poseerla. Purifica tu alma y rectifica tu juicio, y entonces serás bueno. Aprende qué son verdaderamente los bienes. ¿Cuáles son? La virtud y la benevolencia. Estos, y no aquella, son bienes. Según esta regla, cuanto más caritativo seas, más bueno serás tenido. Pero si eres rico, ya no eres bueno. Hagámonos, pues, buenos de esta manera, para que seamos realmente buenos y podamos alcanzar los bienes venideros en Cristo, con quien, etc.

Homilía 12 sobre la Primera Carta a Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org

Evangelio (Marc. 10, 15-21)

Sequéntia sancti Evangélii secúndum Marcum In illo témpore: Dixit Jesus discípulis suis: Quisquis non recéperit regnum Dei velut párvulus, non intrábit in illud. Et compléxans párvulos et impónens manus super illos, benedicébat eos. Et cum egréssus esset in viam, procúrrens quidam, genu flexo ante eum, rogábat eum: Magíster bone, quid fáciam, ut vitam ætérnam percípiam? Jesus autem dixit ei: Quid me dicis bonum? Nemo bonus, nisi unus Deus. Præcépta nosti: Ne adúlteres, ne occídas, ne furéris, ne falsum testimónium díxeris, ne fraudem féceris, honora patrem tuum et matrem. At ille respóndens, ait illi: Magíster, hæc ómnia observávi a juventúte mea. Jesus autem intúitus eum, diléxit eum et dixit ei: Unum tibi deest: vade, quæcúmque habes, vende et da paupéribus, et habébis thesáurum in cælo: et veni, séquere me.

En verdad os digo, que quien no recibiere, como niño el reino de Dios no entrará en él. Y estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos los bendecía. Así que salió para ponerse en camino, vino corriendo uno, y arrodillado a sus pies, le preguntó: ¡Oh buen Maestro!, ¿qué debo yo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No cometer adulterio, no matar, no hurtar, no decir falso testimonio, no hacer mal a nadie, honrar a padre y madre. A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad. Y Jesús mirándole de hito en hito, mostró quedar prendado de él, y le dijo: Una cosa te falta aún, anda, vende cuanto tienes, y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo; y ven después y sígueme. [Torres Amat]

Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino

San Marcos 10, 15-21 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.

Teofilacto. Después de habernos mostrado la malicia de los fariseos que tentaban a Cristo, nos muestra la mucha fe de las gentes, que creían que sólo con poner sus manos sobre los niños que le ofrecían, Cristo los bendecía. "Como le presentasen unos niños para que los tocase".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4. Pero los discípulos en atención a la dignidad de Cristo, querían impedir que se los ofreciesen. "Los discípulos reñían a los que venían a presentárselos". El Señor, sin embargo, les enseña a tener cordura y reprimir el orgullo humano, y tomando a los niños les ofrece el reino de Dios.

Orígenes, in Matthaeum, 7. Si cualquiera de los que profesan la doctrina de la Iglesia ve que alguien ofrece al Señor a los que el mundo considera insensatos, innobles y enfermos, por lo cual son llamados niños, no le prohiba que lo haga como si careciera de juicio al ofrecérselos al Salvador. Seguidamente, exhorta a sus discípulos, como hombres maduros que ya eran, a condescender con el bien de los niños, de modo que se hagan niños con ellos para captarse su voluntad: ya que El mismo, siendo Dios, se abajó haciéndose niño. "Porque de los que se asemejan a ellos es el reino de Dios".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 62, 4. Porque el corazón del niño está limpio de toda pasión, y así conviene que hagamos nosotros por la voluntad lo que ellos hacen por naturaleza.

Teofilacto. Por esto no dice de éstos es el reino de Dios, sino de los que se asemejan a ellos, es decir, de los que por su estudio y trabajo tienen la inocencia y sencillez que tienen los niños por naturaleza. El niño no odia, ni hace nada maliciosamente, no aborrece a su madre porque le corrija, y aunque le pongan vestidos humildes, los prefiere a los más ricos. Así el que vive según la virtud de su madre la Iglesia, no le antepone nada, ni aun la voluntad, que es la reina de todos. De aquí que dice el Señor: "En verdad, os digo que quien no recibiere, como niño, el reino de Dios, no encontrará en él".

Beda, in Marcum, 3, 40. Es decir, no podréis entrar en el reino de los cielos, si no tenéis la inocencia y pureza de ánimo del niño. O bien: debemos recibir el reino de Dios, esto es, la doctrina del Evangelio como el niño; porque el niño, cuando aprende, no contradice ni se opone con discursos al que le enseña, sino que recibe con fe lo que le enseña, obedeciendo con temor. Así nosotros debemos recibir la palabra de Dios obedeciendo sencillamente y sin ninguna contradicción.

Beda, in Marcum, 3, 40. "Y estrechándolos entre sus brazos, y poniendo sobre ellos las manos, los bendecía".

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum. Los abraza para bendecirlos, como alzando benignamente hasta su seno a su creatura, que se había apartado de El cayendo desde el principio. Pone sobre ellos las manos, expresando así la obra de su virtud divina, porque obra como Dios, aunque pone las manos conforme a las costumbres humanas, pues se había hecho hombre permaneciendo Dios.

Beda, in Marcum, 3, 40. Bendijo a los niños abrazándolos para significar que los humildes de espíritu son dignos de su bendición, de su gracia y de su amor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Un hombre, que había oído decir al Señor que los que quieren ser semejantes a los niños son dignos de entrar en el reino de los cielos, le pide que se lo explique claramente y no con parábolas, y que le diga qué méritos tiene que hacer para conseguir la vida eterna. "Así que salió para ponerse en camino, vino corriendo un joven, y arrodillado a sus pies, le preguntó: Oh buen Maestro: ¿qué debo hacer yo para conseguir la vida eterna?".

Teofilacto. Causa admiración ese joven que, cuando los demás se acercan al Señor a causa de sus enfermedades, él pide la posesión de la vida eterna, a pesar de la maligna pasión de la avaricia por la cual se vio afligido después.

San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, 63, 1. Porque se acercó verdaderamente al Señor como un hombre a otro y como a uno de los doctores de los judíos, le contestó como hombre. "Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios". Sin embargo, aunque dice esto, no niega la bondad de los hombres, sino en comparación a la bondad divina.

Beda, in Marcum, 3, 40. Este único Dios bueno no es solamente el Padre, sino el Hijo, que dice: "Yo soy el buen Pastor" ( Jn 10,11), y el Espíritu Santo, de quien se dice: "Vuestro Padre, que está en los cielos, dará el Espíritu bueno a los que se lo piden" ( Lc 11,13); que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, forman una sola e indivisible Trinidad y un solo y buen Dios. No niega el Señor que sea bueno, pero da a entender que es Dios. No dice que no sea buen Maestro, sino que no puede serlo ninguno sin Dios.

Teofilacto. Quiso, pues, el Señor elevar con estas palabras el espíritu de aquel joven para que lo reconociese como a Dios. Nos insinúa además con esto, que cuando hayamos de tratar con una persona, no lo hagamos adulándola, sino teniendo fija la atención en Dios, raíz y fuente de toda bondad, y rindiéndole honor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Es de advertir que la observancia de la ley daba a sus discípulos, no sólo los bienes de la tierra, sino los eternos, por lo que dice al que le preguntaba sobre los medios de conseguir la vida eterna: "Ya sabes los mandamientos. No cometer adulterio, no matar", etc. Esta es la inocencia infantil que nos propone para que la sigamos, si queremos entrar en el reino de Dios. "A esto respondió él, y le dijo: Maestro, todas esas cosas las he observado desde mi mocedad". No debemos pensar que este hombre preguntó así al Señor para tentarlo, como creen algunos, ni que mintió en lo que dijo de su vida, sino que dijo sencillamente la verdad, lo que se demuestra en lo que sigue: "Y Jesús, poniendo en él los ojos, le mostró agrado", etc. Y es claro que si hubiera sido reo de mentira o disimulo no le hubiese amado quien penetra lo más secreto de los corazones.

Orígenes, homiliae in Matthaeum, hom. 8. En el hecho de amarlo o de abrazarlo, se ve que aprobó Jesús la verdad con que afirmó haber cumplido los mandamientos. Penetrando en su interior, vio en él al hombre de verdad y su buena conciencia.

Pseudo-Crisóstomo, Cat in Marc. Oxon. Pero se preguntará alguien cómo puede amar el Señor a quien no había de seguirle. A esto se puede responder diciendo que en un primer momento el joven fue digno del amor del Señor porque había observado la ley desde su juventud. Ya cerca al final del encuentro no hubo ninguna disminución del amor manifestado inicialmente. El joven por su parte no optó por la perfección. Pero si bien no había superado la medida humana, al no seguir la perfección que le proponía el Señor, sin embargo no había cometido ningún crimen al observar la ley según la medida humana. Es por esta observancia por la que lo amó el Señor.

Beda, in Marcum, 3, 40. Ama el Señor a los que guardan los mandamientos de la ley aunque son menores que los que buscan la perfección. Pero no por eso deja de manifestar que no es suficiente la observancia de la ley para los que desean ser perfectos, puesto que no vino para abolir la ley sino para darle plenitud. "Una cosa te falta aún: anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, que así tendrás un tesoro en el cielo, y ven después, y sígueme". Por tanto el que está llamado a ser así perfecto debe vender lo que tiene, no sólo parte de ello, como hicieron Ananías y Safira, sino todo.

Teofilacto. Y luego que lo hubiere vendido, dar su importe a los pobres, no a los canallas y disolutos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. No sin motivo hizo mención del tesoro del cielo y no de la vida eterna, diciendo: "Que así tendrás un tesoro en el cielo", porque, hablando de riquezas y de la renuncia de todo, manifiesta que da a quienes ordena que renuncien a todo, tanto más, cuanto mayor es el cielo que la tierra.

Teofilacto. Pero, dado que muchos pobres en vez de ser humildes tienen el vicio de la embriaguez o cualquier otro, dice: "Y ven después, y sígueme".

Beda, in Marcum, 3, 40. Sigue al Señor aquél que le imita y marcha sobre sus huellas.

Beda, in Marcum, 3, 40. "A esta propuesta, entristecido el joven, fuese muy afligido".

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Y el Evangelista nos refiere la causa de su tristeza, diciendo: "Pues tenía muchos bienes": que no se afligen de igual modo los que tienen poco que los que tienen mucho, puesto que el aumentar las riquezas ya adquiridas hace mayor la llama de la codicia.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. "Y echando una ojeada alrededor de sí, dijo Jesús a sus discípulos: Oh, cuán difícilmente los ricos entrarán en el reino de Dios".

Teofilacto. No dice esto porque las riquezas sean malas, sino que lo son los que las tienen para guardarlas; por consiguiente, es preciso no atesorar, sino usar de las riquezas en lo que es necesario y útil.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Se dirigió el Señor con estas palabras a los discípulos pobres y que no poseían nada, enseñándoles a no avergonzarse de su pobreza y como excusándose de haberles dejado sin poseer nada. "Los discípulos, continúa, quedaron pasmados al oír tales palabras", ya que, como no poseían nada, es claro que su dolor era por la salvación de los demás.

Beda, in Marcum, 3, 40. Pero es mucha la diferencia que hay entre tener riquezas y amarlas, y es por ello que no dijo Salomón "que el que tiene las riquezas, no saca fruto de ellas, sino el que las ama" ( Ecle 5,9). Expone el Señor a sus asombrados discípulos el sentido de las palabras antedichas de este modo: "Pero Jesús, volviendo a hablar, les añadió: ¡Ay, hijitos míos, cuán difícil cosa es que los que ponen su confianza en las riquezas entren en el reino de Dios!" En donde es de notar que no dice: ¡Cuán imposible es! sino ¡cuán difícil es! Porque lo que es imposible no se puede hacer de ningún modo, mientras que lo difícil sí, aunque cueste mucho trabajo.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. O bien: con la palabra difícil quiere significar lo imposible. Y esto no sencillamente, sino con cierta intención. "Más fácil es, dice, pasar un camello por el ojo de una aguja que no entrar un rico en el reino de Dios".

Teofilacto. Se debe entender por camello el animal de este nombre o el cable que usan los marineros.

Beda, in Marcum, 3, 40. ¿Cómo, pues, vemos en el Evangelio a Mateo, a Zaqueo, a José de Arimatea, y en el antiguo Testamento, a tantos ricos que entran en el reino de Dios, sino es porque tuvieron en nada sus riquezas, o las abandonaron del todo por inspiración del Señor? En un sentido más elevado, esto significa que ha sido más fácil a Cristo padecer por los que aman, que convertirse a El quienes aman lo mundano. Y se nos ofrece bajo la figura de camello, porque llevó la carga de nuestros pecados. La aguja significa las punzadas o dolores sufridos en la pasión, y el ojo de ella sus trabajos, con las que se dignó el Señor renovar en cierto modo los gastados vestidos de nuestra naturaleza. "Con esto subía de punto su asombro y se decían unos a otros: ¿Quién podrá, pues, salvarse?" Y como el número de los pobres es incomparablemente mayor que el de los ricos, estas palabras expresan que contaba en el número de los ricos a todos los que aman las riquezas, aunque no hayan podido adquirirlas. "Pero Jesús, fijando en ellos la vista, les dijo: "A los hombres es esto imposible, mas no a Dios"; porque no se debe entender que pueden entrar en el reino de los cielos los avaros y soberbios con su avaricia y soberbia, sino que es posible para Dios convertirlos de la codicia y soberbia a la caridad y humildad.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 63, 2. Esta es, por tanto, obra de Dios, y así se nos manifiesta cuánta necesidad de la gracia tiene el que haya de obrar así, y que será grande la recompensa que recibirán los ricos que sigan la filosofía de Cristo.

Teofilacto. O bien debemos entender que dice: "A los hombres es esto imposible, mas no a Dios", porque esto es posible cuando oímos a Dios, y es imposible cuando oímos a la sabiduría humana. "Pues para Dios todas las cosas son posibles", dice; y al decir todo, debe entenderse todo ente, porque el pecado es nada, como cosa sin esencia y sustancia incomunicable. O bien: el pecado no es cosa de virtud, sino de enfermedad, y por tanto, como enfermedad, es imposible para Dios. ¿Pero acaso puede hacer Dios que lo que es no sea? Dios es la verdad, y hacer que lo que ha sido hecho no haya sido hecho, es falso; ¿cómo, pues, la verdad podría hacer lo falso? Sería preciso, como dicen algunos, que destruyese su propia naturaleza. ¿Y puede Dios no ser Dios? Esto es ridículo.

Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena