sábado, 28 de mayo de 2016
San Agustín de Cantorbery, Obispo y Confesor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (1 Thess. 2, 2-9)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Thessalonicénses Fratres: Fidúciam habúimus in Deo nostro loqui ad vos Evangélium Dei in multa sollicitúdine. Exhortátio enim nostra non de erróre neque de immundítia neque in dolo, sed sicut probáti sumus a Deo, ut crederétur nobis Evangélium: ita lóquimur, non quasi homínibus placéntes, sed Deo, qui probat corda nostra. Neque enim aliquándo fuimus in sermóne adulatiónis, sicut scitis: neque in occasióne avarítiæ: Deus testis est: nec quæréntes ab homínibus glóriam, neque a vobis neque ab áliis; cum possémus vobis óneri esse ut Christi Apóstoli: sed facti sumus párvuli in médio vestrum, tamquam si nutrix fóveat fílios suos. Ita desiderántes vos, cúpide volebámus trádere vobis non solum Evangélium Dei, sed étiam ánimas nostras: quóniam caríssimi nobis facti estis. Mémores enim estis, fratres, labóris nostri et fatigatiónis: nocte ac die operántes, ne quem vestrum gravarémus, prædicávimus in vobis Evangélium Dei.
sino que habiendo sido antes maltratados y afrentados, o azotados con varas (como no ignoráis) en Filipos, puesta en nuestro Dios la confianza, pasamos animosamente a predicaros la buena nueva de Dios en medio de muchos obstáculos. Porque no os hemos predicado ninguna doctrina de error, ni de inmundicia, ni con el designio de engañaros; sino que del mismo modo que fuimos aprobados de Dios para que se nos confiase su buena nueva, así hablamos o predicamos, y no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que sondea nuestros corazones. Porque nunca usamos del lenguaje de adulación, como sabéis, ni de ningún pretexto de avaricia; Dios es testigo de todo esto; ni buscamos gloria de los hombres, ni de vosotros, ni de otros algunos. Pudiendo como apóstoles de Cristo gravaros, con la carga de nuestra subsistencia, más bien nos hicimos párvulos, o mansos y suaves, en medio de vosotros, como una madre que está criando, llena de ternura para con sus hijos, de tal manera apasionados por vosotros, que deseábamos con ansia comunicaros no sólo la buena nueva de Dios, sino daros también hasta nuestra misma vida; tan queridos llegasteis a ser de nosotros. Porque bien os acordaréis, hermanos míos, de nuestros trabajos y fatigas por amor vuestro; cómo trabajando de día y de noche, a trueque de no gravar a nadie, ganándonos nuestro sustento, predicamos ahí la buena nueva de Dios. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 2 + Homilía 3 sobre 1 Tesalonicenses — San Juan Crisóstomo
Cap. 2, 1-2. Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, cuál fue nuestra entrada a vosotros, que no resultó vana; antes bien, habiendo padecido antes y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, cobramos ánimo en nuestro Dios para anunciaros el Evangelio de Dios en medio de mucha lucha.
Grandes fueron, en verdad, también vuestras obras; mas ni aun así recurrimos a palabras humanas. Lo que arriba dijo, aquí lo repite: que por ambas partes se muestra cuál fue la naturaleza de la Predicación, por los milagros, por la firmeza de los predicadores, y por el celo y fervor de los que la recibieron. Porque vosotros mismos —dice— sabéis cuál fue nuestra entrada a vosotros, que no resultó vana; esto es, que no fue según los hombres, ni de ningún género común. Pues, recién salidos de grandes peligros, y muertes, y azotes, al punto caímos en otros peligros. Mas —dice— habiendo padecido antes y sido ultrajados, como sabéis, en Filipos, cobramos ánimo en nuestro Dios. ¿Veis cómo de nuevo lo refiere todo a Dios? Para anunciaros —dice— el Evangelio de Dios en medio de mucha lucha. No es posible decir que allí, en efecto, estuvimos en peligro, pero que aquí no lo estamos; también vosotros sabéis cuán grande fue el peligro, con cuánta contienda estuvimos entre vosotros. Lo cual dice también en su Epístola a los Corintios: Y estuve entre vosotros con flaqueza, y con temor, y con mucho temblor.
Vers. 3-4. Porque nuestra exhortación no procede de error, ni de impureza, ni de engaño; antes, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el Evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.
¿Veis cómo, según dije, de su perseverancia saca la prueba de que la Predicación es divina? Porque, si no lo fuera, si fuera un engaño, no habríamos soportado tantos peligros, que ni respirar nos dejaban. Vosotros estabais en tribulación, nosotros estábamos en tribulación. ¿Qué era, pues? Si algo de las cosas futuras no nos hubiera movido, si no hubiéramos estado persuadidos de que hay una buena esperanza, no nos habríamos llenado de mayor aliento al padecer. Pues ¿quién habría escogido, por causa de lo que aquí tenemos, soportar tantos sufrimientos, y vivir una vida de angustia y llena de peligros? ¿A quién persuadirían? Pues ¿no bastan estas cosas por sí mismas para turbar a los discípulos, cuando ven a sus maestros en peligros? Mas no fue éste vuestro caso.
Porque nuestra exhortación, esto es, nuestra enseñanza, no procede de error. El asunto —dice— no es engaño ni fraude, para que hubiéramos de abandonarlo. No es por cosas abominables, como las tretas de los magos y hechiceros. Ni de impureza —dice—, ni con engaño, ni por sedición alguna, como la que hizo Teudas. Antes, así como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el Evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios. ¿Veis que no es por vanagloria? Sino a Dios —dice— que prueba nuestros corazones. Nada hacemos por agradar a los hombres —dice—. Pues ¿por causa de quién habríamos de hacer estas cosas? Luego, habiéndolos alabado, dice: No como quienes desean agradar a los hombres, ni buscan los honores que vienen de los hombres; y añade: sino como fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el Evangelio. Si no hubiera visto que estábamos libres de toda consideración mundana, no nos habría escogido. Así pues, como nos aprobó, tales permanecemos, por haber sido aprobados por Dios. ¿De dónde nos aprobó, y nos confió el Evangelio? Aprobados aparecimos ante Dios, y así permanecemos. Es prueba de nuestra virtud el que se nos confíe el Evangelio; si hubiera habido algo malo en nosotros, Dios no nos habría aprobado. Mas la expresión de que nos aprobó no implica aquí un escrutinio. Sino que lo que nosotros hacemos tras probar, Él lo hace sin probar. Esto es: como nos halló probados y nos dio su confianza, así hablamos; como es razonable que hablen aquellos que han sido aprobados y a quienes se ha confiado ser dignos del Evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, esto es, no por causa vuestra hacemos todas estas cosas. Y porque antes los había alabado, para que su palabra no cayese bajo sospecha, dice:
Vers. 5-6. Pues nunca jamás nos presentamos con palabras de adulación, como sabéis, ni con pretexto de codicia, Dios es testigo; ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, pudiendo seros gravosos, como apóstoles de Cristo.
Pues nunca jamás —dice— nos presentamos con palabras de adulación; esto es, no adulamos, lo cual es propio de los engañadores, que quieren apoderarse y dominar. Nadie puede decir que adulamos para dominar, ni que a ello recurrimos por causa de riquezas. De esto, que era manifiesto, los llama después por testigos. Si adulamos —dice—, vosotros lo sabéis. Mas en cuanto a lo que era incierto, a saber, si fue por codicia, pone a Dios por testigo. Ni buscando gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, pudiendo seros gravosos, como apóstoles de Cristo; esto es, no buscando tampoco honores, ni gloriándonos, ni exigiendo el séquito de guardias. Y, sin embargo, aun cuando lo hubiéramos hecho, nada habríamos hecho fuera de lugar. Porque si los enviados por los reyes son, no obstante, tenidos en honor, mucho más podríamos serlo nosotros. Y no ha dicho que fuésemos deshonrados, ni que no gozásemos de honores —lo cual habría sido reprochárselo—, sino que no los buscamos. Nosotros, pues, que, pudiendo buscarlos, no los buscamos, aun cuando la predicación lo requería, ¿cómo habríamos de hacer algo por causa de la gloria? Y, sin embargo, aun cuando los hubiéramos buscado, ni aun entonces habría habido culpa alguna. Pues conviene que los hombres que son enviados de parte de Dios, como embajadores que ahora vienen del cielo, gocen de gran honor.
Mas, por un exceso de longanimidad, nada de esto hacemos, para tapar la boca a los adversarios. Y no puede decirse que con vosotros obramos así, pero no con otros. Pues así también dijo en su Epístola a los Corintios: Porque toleráis a quien os esclaviza, a quien os devora, a quien os cautiva, a quien se ensalza, a quien os hiere en el rostro. Y de nuevo: Su presencia corporal es débil, y su palabra despreciable. Y otra vez: Perdonadme este agravio. También allí muestra que era en extremo humilde por padecer tantas cosas. Mas aquí habla también acerca del dinero, cuando dice: pudiendo seros gravosos, como apóstoles de Cristo.
Vers. 7-8. Antes fuimos apacibles en medio de vosotros, como cuando una nodriza acaricia a sus propios hijos; de tal modo que, teniéndoos entrañable afecto, nos complacíamos en daros no sólo el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias almas, porque habíais llegado a sernos muy queridos.
Antes fuimos apacibles —dice—; nada mostramos que fuese ofensivo o molesto, nada desabrido ni jactancioso. Y la expresión en medio de vosotros es como si alguien dijese: fuimos como uno de vosotros, sin tomar la suerte más alta. Como cuando una nodriza acaricia a sus propios hijos. Así debe ser el maestro. ¿Acaso adula la nodriza para alcanzar gloria? ¿Acaso pide dinero a sus pequeñuelos? ¿Es acaso ofensiva o gravosa para ellos? ¿No son más indulgentes con ellos que las mismas madres? Aquí muestra su afecto. De tal modo, teniéndoos entrañable afecto —dice—, estamos tan ligados a vosotros que no sólo nada tomamos de vosotros, sino que, si fuese necesario daros aun nuestras almas, no lo habríamos rehusado. Decidme, pues: ¿es esto de una mira humana? ¿Y quién es tan necio que diga tal cosa? Nos complacíamos en daros —dice— no sólo el Evangelio de Dios, sino aun nuestras propias almas. De suerte que esto es mayor que lo otro. Y ¿cuál es la ganancia? Porque del Evangelio hay ganancia; mas dar nuestras almas es, por la dificultad, cosa mayor que aquélla. Pues meramente predicar no es lo mismo que dar el alma. Porque aquello, en efecto, es más precioso; mas esto es de mayor dificultad. Estábamos dispuestos —dice—, si fuese posible, a gastar aun nuestras almas por vosotros. Y esto habríamos estado dispuestos a hacer; pues, si no lo hubiéramos estado, no habríamos soportado la necesidad. Y pues que los alabó, y los alaba, por eso dice que, no buscando dinero, ni adulándoos, ni deseando gloria, hacemos esto. Porque, considerad: mucho habían contendido, y por ello debían ser alabados y admirados aun extraordinariamente, para que estuviesen más firmes; mas la alabanza era sospechosa. Por eso dice todas estas cosas, a fin de apartar la sospecha. Y menciona también los peligros. Y de nuevo, para que no se piense que menciona los peligros como quien trabaja por ellos y pretende ser honrado por ellos, por eso otra vez, habiendo de mencionar los peligros, añadió: porque habíais llegado a sernos muy queridos; de buena gana habríamos dado nuestras almas por vosotros, porque estábamos vehementemente unidos a vosotros. El Evangelio, en verdad, lo anunciamos porque Dios lo mandó; mas tanto os amamos que, si fuera posible, hubiéramos dado aun nuestras almas.
El maestro nada debe hacer con sentimiento de gravamen, cuando ello redunda en la salvación de sus discípulos. Pues si el bienaventurado Jacob era combatido noche y día guardando sus rebaños, mucho más aquel a quien se ha confiado el cuidado de las almas debe soportar todos los trabajos, aunque la obra sea penosa y humilde, mirando sólo a una cosa: la salvación de sus discípulos, y la gloria que de ahí resulta para Dios. Ved, pues, a Pablo, varón que era Predicador, Apóstol del mundo, y elevado a tan gran honor, trabajar con sus manos para no ser gravoso a sus discípulos.
Porque os acordáis —dice—, hermanos míos, de nuestra fatiga y trabajo. Había dicho antes: pudiendo seros gravosos, como apóstoles de Cristo; según dice también en la Epístola a los Corintios: ¿No sabéis que los que sirven al altar, del altar participan? Así también ordenó el Señor que los que anuncian el Evangelio, del Evangelio vivan. Mas yo —dice— no quise, sino que trabajé; y no trabajó simplemente, sino con mucha diligencia. Observad, pues, lo que dice: Porque os acordáis; no ha dicho: de los beneficios recibidos de mí, sino: de nuestra fatiga y trabajo; pues trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el Evangelio de Dios. Y a los Corintios les dijo otra cosa: A otras Iglesias despojé, recibiendo salario para serviros. Y, sin embargo, aun allí trabajaba; mas de esto no hizo mención, sino que adujo lo más señalado, como si dijera: Fui mantenido por otros mientras os servía. Pero aquí no es así. ¿Sino qué? Trabajando noche y día. Y allí, en efecto, dice: Y cuando estaba presente entre vosotros, y padecía necesidad, a nadie fui gravoso, y: Recibí salario para serviros. Y aquí muestra que aquellos hombres estaban en pobreza; mas allí no era así.
Homilía 2 + Homilía 3 sobre 1 Tesalonicenses, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org
Evangelio (Luc. 10, 1-9)
Sequéntia sancti Evangélii secúndum Lucam In illo témpore: Designávit Dóminus et álios septuagínta duos: et misit illos binos ante fáciem suam in omnem civitátem et locum, quo erat ipse ventúrus. Et dicebat illis: Messis quidem multa, operárii autem pauci. Rogáte ergo Dóminum messis, ut mittat operários in messem suam. Ite: ecce, ego mitto vos sicut agnos inter lupos. Nolíte portáre sácculum neque peram neque calceaménta; et néminem per viam salutavéritis. In quamcúmque domum intravéritis, primum dícite: Pax huic dómui: et si ibi fúerit fílius pacis, requiéscet super illum pax vestra: sin autem, ad vos revertétur. In eádem autem domo manéte, edéntes et bibéntes quæ apud illos sunt: dignus est enim operárius mercéde sua. Nolíte transíre de domo in domum. Et in quamcúmque civitátem intravéritis, et suscéperint vos, manducáte quæ apponúntur vobis: et curáte infírmos, qui in illa sunt, et dícite illis: Appropinquávit in vos regnum Dei.
Después de esto eligió el Señor otros setenta y dos discípulos, a los cuales envió delante de él, de dos en dos. Por todas las ciudades y lugares adonde había de venir él mismo. Y les decía: La mies de la verdad es mucha, mas los trabajadores pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id vosotros, he aquí que yo os envío a predicar como corderos entre lobos. No llevéis bolsillo ni alforja, ni zapatos, ni os paréis a saludar a nadie por el camino. Al entrar en cualquier casa, decid ante todas las cosas: La paz sea en esta casa; que si en ella hubiere algún hijo de la paz, descansará vuestra paz sobre él; donde no, se volverá a vosotros. Y perseverad, en aquella misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan; pues el que trabaja, merece su recompensa. No andéis pasando de casa en casa. En cualquier ciudad que entrareis y os hospedaren, comed lo que os pusieren delante, y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El reino de Dios está cerca de vosotros. [Torres Amat]
Comentario de los Padres · Catena Aurea (Cadena de Oro) — Santo Tomás de Aquino
San Lucas 10, 1-9 — glosas de los Padres griegos y latinos, encadenadas por Santo Tomás.
San Cirilo. Había dicho el Señor, por medio de sus profetas, que la predicación del Evangelio no sólo se extendería a todos los pueblos de Israel, sino también a todos los gentiles. Por esto el Señor no sólo escogió doce apóstoles, sino que instituyó también otros setenta y dos. Por lo que se dice: "Y después de esto señaló el Señor también otros setenta y dos", etc.
Beda. Oportunamente fueron enviados setenta y dos, porque había de predicarse el Evangelio a otras tantas naciones en el mundo. Y así como antes había escogido doce, a causa de las doce tribus de Israel, así ahora éstos son escogidos para enseñar a las gentes de fuera.
San Agustín, de quaest. evang. 2, 14. Como en el espacio de veinticuatro horas la luz recorre e lumina todo el mundo, así la función de ilustrar al universo por el misterio de la Trinidad se confía a setenta y dos discípulos, porque veinticuatro repetido tres veces hace setenta y dos.
Beda. Así como no hay quien dude que los doce apóstoles representaban a los obispos, así estos setenta y dos fueron la figura de los presbíteros (esto es, los sacerdotes de segundo orden). Sin embargo, en los primeros siglos de la Iglesia (como se sabe por tradición apostólica), unos y otros se llaman obispos y presbíteros; el uno significa madurez de sabiduría, y el otro cuidado del cargo pastoral.
San Cirilo. Esto ya lo había prefigurado Moisés, eligiendo setenta por orden de Dios ( Núm 11), a quienes Dios infundía su divino Espíritu. También se dice en el libro de los Números ( Núm 33), que los hijos de Israel vinieron a Elim (que quiere decir ascenso), y encontraron allí doce fuentes de agua viva y setenta palmeras. Aspirando nosotros así al ascenso espiritual, encontraremos doce fuentes (esto es, los santos apóstoles, de quienes sacamos la ciencia de la salvación, como de la fuente del Salvador), y setenta palmeras, es decir, éstos que ahora son destinados por Cristo. Es la palmera un árbol de buena médula, profunda raíz, fértil, y que siempre se cría junto a las aguas; es también alta y extiende hacia arriba sus ramas.
San Cirilo. Prosigue: "Y los envió de dos en dos".
San Gregorio, hom. 17, in Evang. Los mandó así, porque dos son los preceptos de la caridad: el amor de Dios y el del prójimo; y entre menos de dos no puede haber caridad. Esto nos indica que, quien no tiene caridad con sus hermanos, no debe tomar el cargo de predicador.
Orígenes. Así como los doce apóstoles fueron nombrados de dos en dos, como en el catálogo de ellos demuestra San Mateo, así que sirviesen también de dos en dos a la palabra de Dios parece que es antiguo. Sacó el Señor a Israel de Egipto por medio de Moisés y Aarón ( Ex 12); Josué y Caleph, unidos, apaciguaron al pueblo sublevado por doce exploradores ( Núm 13;14). Por lo que se dice: "Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada" ( Prov 18,19).
San Basilio. También dio a entender aquí que, si algunos son iguales en dones espirituales, esto no dejará que prevalezca en ellos la pasión de la opinión propia.
San Gregorio in Evang. hom. 17. Se añade muy oportunamente: "Delante de El, a toda ciudad y lugar, a donde El había de venir". El Señor sigue a sus predicadores. La predicación prepara y entonces el Señor viene a vivir en nuestra alma, cuando preceden las palabras de la exhortación y la verdad se recibe así en la mente. Por esto dice Isaías a los predicadores ( Is 40,3): "Preparad los caminos del Señor, enderezad las sendas que a El conducen".
Teofilato. El Señor había designado discípulos a causa de la multitud que necesitaba de instructores. Porque así como nuestros campos, cuando están espigados, necesitan muchos espigadores, así los que habían de creer, como eran innumerables, necesitaban de muchos doctores. Por lo que sigue: "La mies ciertamente es mucha".
Crisóstomos. Y ¿cómo llama mies a lo que aún no ha nacido? Todavía no ha arado, ni ha abierto surcos y ya habla de las mieses. Podían, pues, los discípulos vacilar, meditar entre sí y decir: ¿Cómo será posible que nosotros, tan pocos en número, podamos convertir a todo el mundo; los sencillos a los sofistas, los desnudos a los vestidos, los súbditos a los que dominan? Para que no se turbasen con la reflexión de todo esto, llama al Evangelio mies, como diciendo: Todo está preparado. Os envío a la recolección ya preparada de frutos; en el mismo día podéis sembrar y coger. Así como el colono disfruta viendo el estado de sus mieses, así vosotros debéis salir mucho más contentos al mundo; porque ésta es la mies y yo os presento los campos ya preparados.
San Gregorio ut sup. Pero no sin tristeza podemos decir lo que sigue: "Los trabajadores son pocos". Porque, aun cuando hay muchos que oyen, hay muy pocos que predican. El mundo está lleno de sacerdotes, pero en la siega del Señor son pocos los que se ocupan, pues aceptamos el cargo sacerdotal pero no cumplimos los deberes de este cargo.
Beda. Así como la abundancia de mies es toda la turba de los creyentes, así los pocos operarios son los apóstoles y los imitadores de ellos, que son enviados a la mies.
San Cirilo. Como los campos dilatados exigen mayor número de trabajadores, así la multitud de los que habían de creer en Cristo. Por lo que prosigue: "Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe trabajadores a su mies". Obsérvese que cuando dijo: "Rogad al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies", los envió El después. Luego El es el Señor de la mies, y por El y con El Dios Padre lo domina todo.
Crisóstomo, hom. 33, in Matth. Después los multiplicó, no añadiendo al número, sino dándoles poder. Insinúa que es un gran don que se envíen operarios a la mies divina, por eso dice que debe rogarse al Señor de la mies.
San Gregorio, in Evang. hom. 17. Por esto debe invitarse a los súbditos a que rueguen por sus pastores para que trabajen dignamente y su lengua no cese de exhortar. Muchas veces la lengua de los predicadores se restringe por su indignidad; pero otra gran culpa de los súbditos es que se retire la palabra de la predicación a quienes los gobiernan.
San Cirilo. Dice San Lucas a continuación que los setenta discípulos aprendieron de Cristo la erudición apostólica, la modestia, la inocencia, la equidad. Aprendieron a no preferir cosa alguna del mundo a las santas predicaciones y a aspirar de tal modo a la fortaleza del alma que no temiesen ningún terror, ni la misma muerte. Por lo que dice: "Id".
Crisóstomo, in Mat. hom. 34. La virtud del que los enviaba era su consuelo en todos los peligros. Por ello dice: "He aquí que yo os envío". Como si dijese: Esto basta para vuestro consuelo, esto es suficiente para esperar y no temer los males que puedan sobrevenir; lo que significa cuando añade: "Como corderos entre lobos".
Isidoro Abad. Dando a conocer la sencillez y la inocencia de los discípulos, pues no llama corderos, sino cabritos, a los que son irascibles e injurian a la naturaleza con sus excesos.
San Ambrosio. Son contrarios entre sí estos animales, por lo que son devorados unos por otros, esto es, los corderos por los lobos. Pero el buen Pastor no quiere que su rebaño tema a los lobos. Por tanto, estos discípulos no fueron enviados como presa, sino a extender la gracia; pues la solicitud del buen Pastor hace que los lobos nada puedan emprender contra los corderos. Luego envía a los corderos entre los lobos para que se realizara aquella profecía: "Entonces los lobos y los corderos se apacentarán juntos" ( Is 65,25).
Crisóstomo hom. 14. Esto fue indicio manifiesto del gran triunfo, que, estando los discípulos rodeados de enemigos, como los corderos lo están de los lobos, sin embargo los convirtiesen.
Beda. O llama especialmente lobos a los escribas y a los fariseos, que son los sacerdotes de los judíos.
San Ambrosio. O los herejes se deben comparar a los lobos, pues los lobos son fieras que acechan los rediles y merodean cerca de las casas de los pastores. No se atreven a penetrar en ellas, pero exploran el sueño de los perros y aprovechan la ausencia o la torpeza de los pastores para acometer a la garganta de las ovejas y ahogarlas inmediatamente. Son fieros, rapaces, rígidos de cuerpo por naturaleza, de modo que no pueden retornar fácilmente. Son llevados por cierto ímpetu propio y por eso se les burla muchas veces. Si ven antes a algún hombre, el instinto natural los lleva a ahogar su voz; pero si el hombre los ve a ellos antes, temen ser rechazados. Así los herejes asedian los rediles de Jesucristo. Aúllan junto a las casas de noche, porque es siempre de noche para los pérfidos, que oscurecen la luz de Cristo con las nubes de sus falsas interpretaciones. Sin embargo, no se atreven a penetrar en los rediles de Cristo y por ello no son sanados como aquel que fue curado en el establo, cuando cayó en manos de los ladrones. Acechan en ausencia de los pastores, porque estando ellos presentes, no se atreven a acometer a las ovejas de Cristo. Son duros y rígidos por su mala intención, y no acostumbran dejar sus propios errores, a quienes Cristo, verdadero intérprete de la Sagrada Escritura, burla, para que en vano derramen sus ímpetus y no puedan dañar. Si previenen a alguno con los artificios de su disputa, lo hacen enmudecer; pues mudo es el que no confiesa la palabra de Dios con la gloria que le es propia. Guárdate, pues, de que el hereje te quite la voz, si no le sorprendes primero, porque serpea mientras su perfidia está oculta. Mas si conoces las ficciones de su impiedad, no tendrás que temer la pérdida de la voz piadosa. Invaden la garganta y hieren los órganos vitales mientras atentan contra el alma. Si oyes también que alguno se dice sacerdote y conoces su rapiñas, quede claro que es oveja en el exterior y lobo por dentro, que desea satisfacer su rabia con crueldad insaciable de matanza humana.
San Gregorio, hom. 17, in Evang. Muchos hay que cuando reciben el cargo de pastores se enardecen para desgarrar a sus súbditos y hacerles sentir el terror de su poder. Y como no tienen entrañas de caridad, quieren mostrarse señores y no se reconocen padres, mudando la humildad en orgullo de dominación. Contra todo lo cual debemos considerar que somos enviados como corderos en medio de los lobos, para que guardando el candor de la inocencia, evitemos la mordedura de la malicia. El que se dedica a predicar no debe hacer mal, sino sufrirle; y si el celo de la justicia exige que alguna vez proceda contra sus súbditos, debe amar interiormente a aquellos que castiga y parece perseguir exteriormente. Entonces el pastor aparecerá como tal, cuando no pone su alma bajo el pesado yugo de la codicia terrena. Por lo que sigue: "No llevéis bolsa, ni alforja".
San Gregorio Nacianceno Orat. 1. El resumen de todo esto es que deben ser tan virtuosos, que el Evangelio se propague no menos por el modelo de su vida que por su palabra.
San Gregorio, ut sup. Tanta debe ser la confianza que el predicador ha de tener en Dios que, aunque no tenga lo necesario para vivir, no debe fijarse siquiera en si esto le falta, no sea que, mientras se ocupa en las cosas de la tierra, no cuide del bien eterno de los demás.
San Cirilo. Así, pues, había mandado no tener cuidado de su misma persona, cuando dijo: "Os envío como corderos entre lobos". Ni concedió tampoco que anduviesen solícitos acerca de las cosas extrínsecas para el cuerpo, cuando dijo: "No llevéis bolsa, ni alforja". Ni aún les permitió llevar algo de lo que no está unido al cuerpo. Por lo que añade: "Ni calzado". No les prohibió solamente que llevasen bolsa y alforja, sino también todo cuidado o distracción, aún para saludar al que encontrasen; por lo que añade: "Ni saludéis a ninguno en el camino". Lo que antes dijo también Eliseo. Como si dijera: "Id rectos a vuestra obra, sin cambiar saludos", porque es un daño emplear en vano el tiempo de la predicación, a excepción de las cosas necesarias.
San Ambrosio. No prohibió esto el Señor porque le desagradasen las obras de benevolencia, sino porque le agradaba más la intención de proseguir su obra.
San Gregorio Nacianceno. Les mandó también esto el Señor en honor a la palabra; para que no pareciese que podían ser ya accesibles a las adulaciones, quiso que no se cuidasen de las palabras ajenas.
San Gregorio ut sup. Si se quiere considerar esto como una alegoría, diremos también que el dinero encerrado en la bolsa representa la sabiduría oculta. El que tiene la sabiduría y no quiere hacer participante de ella a su prójimo, la tiene como encerrada en un saco. Por alforja se entienden los cuidados de la vida; por el calzado, los ejemplos de las obras de los muertos. El que toma, pues, a su cargo la predicación, no debe cuidarse de las cosas mundanas; no sea que, preocupándose demasiado por ellas, no pueda elevarse a la predicación de la celestial doctrina. Ni debe fijarse tampoco en los ejemplos de las obras de los necios, para que no crea proteger sus actos con pieles muertas, y que, viendo a los otros obrar así, piense que puede hacer lo mismo.
San Ambrosio. El Señor nos quiere desprender de todo lo terreno; por esto mandó a Moisés que se descalzase, cuando había de enviarle a libertar a su pueblo ( Ex 3). Mas si alguno desea saber por qué se mandó a los israelitas que comiesen el cordero de pie y con el calzado puesto, al salir de Egipto ( Ex 12), mientras que a los apóstoles se les manda ir a predicar el Evangelio sin calzado, ha de considerar que el que está en Egipto debe temer todavía la mordedura de la serpiente, porque el veneno abunda en Egipto; y el que celebra la Pascua figurativa puede ser herido, mientras que el ministro de la verdad no teme los venenos.
San Gregorio. Todo el que saluda en el camino saluda por la ocasión del viaje, no por el celo de desear la salud. Aquel, pues, que predica, no por amor de la vida eterna, sino por la ambición de los premios que pueden ofrecerle los oyentes, se parece al que saluda en el camino, porque desea la salvación a los oyentes con ocasión, no con intención.
Crisóstomo in Epis. ad Col. 3. La paz es la madre de todos los bienes; sin ella todos los demás bienes son inútiles. Por ello el Señor mandó a sus discípulos que cuando entrasen en alguna casa, inmediatamente invocasen la paz sobre ella, como señal de los demás beneficios que venían a traer, diciéndoles: "En cualquier casa que entrareis, primeramente decid: paz sea a esta casa".
San Ambrosio. Esto es, debemos anunciar la paz y procurar que se celebre nuestra entrada con la bendición de la paz.
Crisóstomo, in Epis. ad Col. 3 et in Sal. 124. Por esto el Pontífice le da a la Iglesia diciendo: "La paz sea con vosotros". Los santos imploran la paz, no sólo la que existe entre los hombres, sino la que debe existir dentro de nosotros mismos. Porque muchas veces llevamos la guerra en nuestro corazón, nos afligimos sin que nadie nos ofenda y se levantan contra nosotros los malos deseos.
Tito Bostrense. Dice, pues: "Paz sea a esta casa". Esto es, a los que habitan en esta casa. Como diciendo: Hablad a todos, a los grandes y los pequeños; sin embargo, vuestro saludo no será dirigido a los indignos. Por lo que sigue: "Y si hubiese allí hijo de paz, reposará sobre él vuestra paz". Como diciendo: Vosotros pronunciaréis la palabra y Yo aplicaré la paz al que juzgue digno de ella. Y si no hubiere ninguno digno, no seréis defraudados, ni se perderá la gracia de vuestras palabras, sino que volverá a vosotros. Por eso añade: "Y si no se volverá a vosotros".
San Gregorio. La paz que se ofrece por el predicador, o descansa en la casa, si en ella hay algúno que esté presto para oírla y sigue la palabra celestial que oye; o si ninguno quiere oírla, el predicador no quedará sin fruto, porque la paz volverá sobre él, como una recompensa que el Señor le da por el trabajo de su obra. Mas si se recibe nuestra paz, entonces somos acreedores a que se nos recompense por aquéllos a quienes facilitamos el camino de la gloria. Por lo que prosigue: "Y permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan". He aquí que El mismo, que prohibió llevar bolsas y alforjas, nos permite percibir estipendio y alimentos por la predicación.
Crisóstomo ut sup. Mas para que alguno no diga: "Consumo mis bienes preparando la mesa a los forasteros", primero hace que aquél al entrar te ofrezca el don de la paz, al cual nada iguala, para que sepas que recibes más de lo que das.
Tito Bostrense. O de otro modo: Puesto que no estáis constituidos jueces de los que son dignos o indignos, comed y bebed lo que os ofrezcan y dejadme a mi el examen de los que os reciben; a no ser que conozcáis que allí no hay hijo de paz, porque entonces tal vez debéis retroceder.
Teofilato. Ved cómo ordenó a sus discípulos que pidiesen limosna y que tuviesen su alimento por salario; pues se añade: "Porque el trabajador es digno de su salario".
San Gregorio in Evang. hom. 17. Los alimentos que sustentan al obrero son ya una parte de su salario, de suerte que aquí se empiece la gracia del trabajo de la predicación, que se completa allí con la visión de la verdad. En lo que debe considerarse que se ofrecen dos premios a nuestro trabajo: uno en esta vida, que nos sustenta en el trabajo; otro en la patria, que nos remunera en la resurrección. La recompensa que en esta vida se recibe debe alentarnos para merecer con más seguridad la otra. El verdadero predicador no debe predicar con el fin de recibir la recompensa de esta vida, sino recibir la recompensa para poder predicar. Todo el que predica con el solo fin de la alabanza o de la recompensa de este mundo, se priva de la del cielo.
San Ambrosio. Se añade otra virtud: no andar de casa en casa con vaga facilidad; pues sigue: "No paséis de casa en casa". Esto es, que seamos constantes en la hospitalidad y no disolvamos fácilmente los vínculos de la amistad.
Beda. Después de haber hablado de cómo deben portarse sus discípulos en las casas, pasa ahora a enseñarles cómo deben portarse en las ciudades. A saber, comunicar en todo con los piadosos y apartarse enteramente de la sociedad de los impíos. Por lo que prosigue: "Y en cualquier ciudad en que entrareis y os recibieren, comed lo que os pusieren delante".
Teofilato. Aún cuando sea poco y vil lo que allí se encuentre, no pidáis más. Díceles también que, obrando milagros, atraigan a los hombres a sus predicaciones. Por lo que añade: "Y curad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios". Porque si curáis primero y después enseñáis, vuestra predicación producirá sus frutos y los hombres creerán que se aproxima el reino de los cielos, pues no se curarían si esto no lo hiciese alguna virtud divina. Además, cuando se curan en cuanto al alma, se acerca a ellos el reino de Dios, el cual está lejos de aquél a quien domina el pecado.
Crisóstomo, in Mat. hom. 33. Observa la dignidad de los apóstoles. No se les advierte que lleven cosa alguna material como a Moisés y a los profetas (esto es, bienes terrenos), sino cosas nuevas y admirables, esto es, el reino de los cielos.
San Máximo. Dice "se acercó", no para demostrar la brevedad del tiempo, porque el reino de Dios no viene con advertencia; sino que demuestra la disposición de los hombres para recibir el reino de Dios, el cual está en potencia en todos los que creen, y en acto en los que desprecian la vida corporal y eligen sólo la espiritual. Estos son los que pueden decir: "No soy yo quien vivo, sino Cristo que vive en mí" ( Gál 2,20).
San Ambrosio. Después les dice que deben sacudir el polvo de sus pies, cuando en alguna ciudad crean que no se les quiere recibir, diciéndoles: "Mas en la ciudad en que entrareis, si no os recibieren, sacudid el polvo", etc.
Beda. O para hacer constar el trabajo físico, que vanamente se tomaron por ellos, o para demostrar que hasta tal punto no buscan nada terreno de ellos, que ni el polvo de su tierra quieren que se les pegue. O por los pies se significa el trabajo y la marcha de la predicación, y el polvo que los cubre representa la ligereza de los pensamientos terrenos, de la cual no se ven libres ni aún los más grandes doctores. Aquellos, pues, que despreciaren la doctrina, los trabajos y los peligros de los que les enseñan, se exponen al testimonio de su condenación.
Orígenes. Sacudiendo contra ellos el polvo, les dicen en cierto modo: "El polvo de vuestros pecados con razón vendrá sobre vosotros". Y obsérvese que todas aquellas ciudades que no reciben a los apóstoles, ni su celestial doctrina, tienen plazas, según estas palabras: "Ancho es el camino que conduce a la perdición" ( Mt 7,13).
Teofilato. Y así como a los que reciben a los apóstoles se dice que se acerca el reino de Dios para su beneficio, así se dice para perjuicio de los que no los reciban. Por esto añade: "Esto no obstante, sabed que se os acerca el reino de Dios". Como sucede cuando viene un rey a una ciudad, que viene para bien de unos y para mal de otros. Por lo que tratando de su castigo, añade: "Os digo, en verdad, que en aquel día habrá menos rigor para Sodoma", etc.
Eusebio. Porque en la ciudad de Sodoma los ángeles no carecieron de hospitalidad, sino que Loth fue considerado como digno de recibirlos ( Gén 19) 1. Si, pues, a la llegada de los discípulos, no hay uno siquiera en la ciudad que los reciba, ¿cómo no será peor que la ciudad de Sodoma? Este lenguaje les enseñaba a abrazar con confianza la regla de la pobreza, pues no podía existir ciudad, villa ni aldea, sin algún habitante amigo de Dios. Ni Sodoma subsistiría, no hallándose en ella Loth; por eso, apenas la abandonó, pereció toda de repente.
Beda. Los sodomitas mismos, aunque fueron hospitalarios en medio de los desórdenes de la carne y del alma, sin embargo, no se hallaron entre ellos huéspedes como los apóstoles; pues aunque Loth era justo en su proceder y en su trato ( 2Pe 2,3), no se dice que hubiera enseñado ni obrado prodigios.
Catena Aurea (Cadena de Oro), Santo Tomás de Aquino · Traducción española del siglo XIX, dominio público · fuente: hjg.com.ar/catena