viernes, 27 de mayo de 2016
San Beda el Venerable, Doctor
Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.
Epístola (2 Tim. 4, 1-8)
Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Testíficor coram Deo, et Jesu Christo, qui judicatúrus est vivos et mórtuos, per advéntum ipsíus et regnum ejus: prǽdica verbum, insta opportúne, importune: árgue, óbsecra, íncrepa in omni patiéntia, et doctrína. Erit enim tempus, cum sanam doctrínam non sustinébunt, sed ad sua desidéria, coacervábunt sibi magistros, pruriéntes áuribus, et a veritáte quidem audítum avértent, ad fábulas autem converténtur. Tu vero vígila, in ómnibus labóra, opus fac Evangelístæ, ministérium tuum ímple. Sóbrius esto. Ego enim jam delíbor, et tempus resolutiónis meæ instat. Bonum certámen certávi, cursum consummávi, fidem servávi. In réliquo repósita est mihi coróna justítiæ, quam reddet mihi Dóminus in illa die, justus judex: non solum autem mihi, sed et iis, qui díligunt advéntum ejus.
Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos, al tiempo de su venida y de su reino, predica la palabra de Dios con toda fuerza y valentía, insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a un montón de doctores propios para satisfacer sus desordenados deseos, y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas. Tú entretanto vigila en todas las cosas de tu ministerio, soporta las aflicciones, desempeña el oficio de evangelista, cumple todos los cargos de tu ministerio. Vive con templanza. Que yo ya estoy a punto de ser inmolado, y se acerca el tiempo de mi muerte. He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me está reservada, y que me dará el Señor en aquel día como justo juez, y no sólo a mí, sino también a los que llenos de fe desean su venida. Date prisa en venir pronto a mí. [Torres Amat]
Comentario patrístico · Homilía 9 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo
Cap. IV, 1. Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos. O bien se refiere a los impíos y a los justos, o bien a los que ya han partido y a los que aún viven; pues muchos quedarán con vida. En la primera Epístola infundía temor cuando decía: «Te encarezco delante de Dios, que da vida a todas las cosas» (1 Tim 6, 13); mas aquí le pone delante algo más temible: «que ha de juzgar a los vivos y a los muertos», esto es, que les pedirá cuenta en su aparición y en su reino. ¿Cuándo juzgará? En su aparición con gloria, y en su reino. O dice esto para mostrar que no vendrá del modo en que ahora ha venido, o bien: pongo por testigo su venida y su reino. Le pone por testigo, mostrando que le había recordado aquella aparición. Y luego, enseñándole cómo debe predicar la palabra, añade:
V. 2. Predica la palabra; insta a tiempo y a destiempo; reprende, ruega, increpa con toda paciencia y doctrina. ¿Qué significa a tiempo y a destiempo? Que no tengas tiempo señalado: sea siempre tu tiempo, no sólo en la paz y la seguridad, y cuando estás sentado en la iglesia. Ya estés en peligro, en la cárcel, entre cadenas, o caminando a la muerte, en ese mismo momento reprende. No retengas la reprensión, porque la reprensión es entonces más oportuna, cuando tu reprimenda será más eficaz, cuando la realidad queda probada. Ruega, dice. A la manera de los médicos, habiendo mostrado la llaga, hace la incisión y aplica el emplasto. Porque si omites cualquiera de estas cosas, la otra se vuelve inútil. Si reprendes sin convencer, parecerás temerario, y nadie lo tolerará; mas después que el asunto queda probado, se someterá a la reprensión: antes, será obstinado. Y si convences y reprendes, pero con vehemencia, y no aplicas la exhortación, todo tu trabajo se perderá. Porque la convicción es de suyo intolerable si no se le mezcla el consuelo. Así como la incisión, aunque de suyo saludable, si no lleva abundantes lenitivos que mitiguen el dolor, el enfermo no puede soportar el corte y el tajo, así sucede en este asunto.
Con toda paciencia y doctrina. Porque el que reprende ha de ser paciente, para no creer con precipitación, y la reprensión necesita consuelo, para que sea recibida como debe. Y ¿por qué a la paciencia añade la doctrina? No como con ira, ni como con odio, ni como quien insulta al otro, ni como quien ha apresado a un enemigo. Lejos de ti tales cosas. Sino ¿cómo? Como quien ama, como quien se compadece de él, como más afligido que él mismo por su pena, como enternecido por sus padecimientos. Con toda paciencia y doctrina. No se da a entender una enseñanza cualquiera.
V. 3. Porque vendrá el tiempo en que no soportarán la sana doctrina. Antes de que se vuelvan de dura cerviz, anticípate a todos. Por eso dice: a tiempo y a destiempo; hazlo todo, de suerte que tengas discípulos dóciles.
Mas según sus propios deseos, dice, se amontonarán maestros. Nada puede ser más expresivo que estas palabras. Pues al decir se amontonarán, muestra la multitud indiscriminada de los maestros, como también el ser elegidos por sus discípulos. Se amontonarán maestros, dice, teniendo comezón en los oídos. Buscando a los que hablen para halagar y deleitar a sus oyentes.
V. 4. Y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las fábulas. Esto lo predice, no por querer arrojarlo a la desesperación, sino para prepararlo a soportarlo con firmeza cuando suceda. Como también Cristo lo hizo al decir: «Os entregarán, y os azotarán, y os llevarán ante las sinagogas por causa de mi nombre» (Mt 10, 17). Y este bienaventurado varón dice en otro lugar: «Porque yo sé que después de mi partida entrarán entre vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño» (Hech 20, 29). Mas esto lo dijo para que velasen y aprovecharan debidamente la ocasión presente.
V. 5. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos. Para esto, pues, predijo estas cosas; como también Cristo, hacia el fin, predijo que habría falsos Cristos y falsos profetas; así también él, cuando estaba a punto de partir, habló de estas cosas. Mas tú vela en todas las cosas, soporta los trabajos; esto es, trabaja, anticípate a sus mentes antes de que esta peste las asalte; asegura la salvación de las ovejas antes de que entren los lobos, soporta en todas partes las fatigas. Haz obra de evangelista, cumple tu ministerio. Así, era obra de evangelista el soportar fatigas, tanto en sí mismo como de parte de los de fuera; cumple, esto es, colma tu ministerio. Y he aquí otra necesidad de su padecer aflicción:
V. 6. Porque yo ya estoy a punto de ser derramado, y el tiempo de mi partida es inminente. No ha dicho: de mi sacrificio; sino, lo que es mucho más: de mi ser derramado como libación. Porque no todo el sacrificio se ofrecía a Dios, mas toda la libación sí se ofrecía.
V. 7. He peleado el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe. Muchas veces, cuando he tomado en mis manos al Apóstol y he considerado este pasaje, me he quedado perplejo sin entender por qué Pablo habla aquí tan altamente: He peleado el buen combate. Mas ahora, por la gracia de Dios, me parece haberlo hallado. ¿Con qué fin, pues, habla así? Desea consolar el abatimiento de su discípulo, y por eso le manda tener buen ánimo, ya que él iba hacia su corona, habiendo acabado toda su obra y alcanzado un fin glorioso. Debes alegrarte, dice, no afligirte. ¿Y por qué? Porque he peleado el buen combate. Como un padre, cuyo hijo sentado junto a él llorase su orfandad, podría consolarlo diciendo: No llores, hijo mío; hemos vivido una buena vida, hemos llegado a la vejez, y ahora te dejamos. Nuestra vida ha sido irreprensible, partimos con gloria, y tú podrás ser admirado por nuestras obras. Nuestro Rey nos está muy obligado. Como si dijera: Hemos levantado trofeos, hemos vencido a los enemigos, y esto no por jactancia. No lo permita Dios; sino para levantar a su abatido hijo y animarle con sus alabanzas a soportar con firmeza lo sucedido, a abrigar buenas esperanzas y a no tenerlo por cosa penosa de sobrellevar. Porque triste, en verdad triste, es la separación; y oíd al mismo Pablo, que dice: «Privados de vosotros por un breve tiempo, en presencia, no en corazón» (1 Tes 2, 17). Si él, pues, sentía tanto el ser separado de sus discípulos, ¿cuáles piensas que serían los sentimientos de Timoteo? Si al partir de él aún vivo lloraba, de suerte que Pablo dice: «Acordándome de tus lágrimas, para llenarme de gozo» (2 Tim 1, 4), ¿cuánto más ante su muerte? Estas cosas, pues, le escribió para consolarlo. En verdad, toda la Epístola está llena de consuelo, y es como un testamento. He peleado el buen combate, he acabado mi carrera, he guardado la fe. Un buen combate, dice; por tanto, entra tú en él. Mas ¿es bueno aquel combate donde hay prisión, cadenas y muerte? Sí, dice; porque se pelea por la causa de Cristo, y en él se ganan grandes coronas. ¡El buen combate! No hay contienda más digna que ésta. Esta corona no tiene fin. No es de hojas de olivo. No tiene un árbitro humano. No tiene a hombres por espectadores. El teatro está lleno de Ángeles. Allá los hombres trabajan muchos días, padecen fatigas, y por una hora reciben la corona, y en seguida todo el placer se desvanece. Mas aquí es muy de otro modo: perdura para siempre en esplendor, gloria y honra. De aquí en adelante debemos alegrarnos. Porque entro en mi descanso, dejo la carrera. Habéis oído que es mejor partir y estar con Cristo.
He acabado la carrera. Porque nos conviene tanto combatir como correr: combatir, soportando las aflicciones con firmeza; y correr, no en vano, sino hacia algún buen fin. Es verdaderamente un buen combate, que no sólo deleita, sino que aprovecha al espectador; y la carrera no acaba en nada. No es un mero alarde de fuerza y de rivalidad. Lo eleva todo hacia el cielo. Esta carrera es más brillante que la del sol; más aún, ésta que Pablo corrió sobre la tierra, que la que corre en el cielo. Y ¿cómo había acabado su carrera? Recorrió el mundo entero, comenzando desde Galilea y Arabia, y avanzando hasta los extremos de la tierra, de suerte que, como dice: «Desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico he predicado cumplidamente el Evangelio de Cristo» (Rom 15, 19). Pasó sobre la tierra como un pájaro, o más bien más veloz que un pájaro; porque el pájaro sólo vuela sobre ella, mas él, teniendo el ala del Espíritu, se abrió camino a través de innumerables impedimentos, peligros, muertes y calamidades, de suerte que era aún más raudo que un pájaro. Si hubiera sido un simple pájaro, podría haberse posado y ser cazado; mas, sostenido por el Espíritu, se remontó por encima de todos los lazos, como un pájaro con ala de fuego.
He guardado la fe, dice. Muchas cosas había que le habrían despojado de ella: no sólo las amistades humanas, sino las amenazas, y la muerte, y otros innumerables peligros; mas él permaneció firme contra todo. ¿Cómo? Siendo sobrio y vigilante. Esto habría bastado para consuelo de sus discípulos; mas añade además los premios. Y ¿cuáles son éstos?
V. 8. En lo demás, me está reservada la corona de justicia. Aquí de nuevo llama justicia a la virtud en general. No debes afligirte de que yo parta, para ser coronado con aquella corona que Cristo pondrá sobre mi cabeza. Mas si permaneciera aquí, en verdad más bien podrías afligirte y temer que yo desfalleciera y pereciera. La cual me dará el Señor, justo Juez, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. También aquí eleva su ánimo. Si a todos, mucho más a Timoteo. Mas no dijo: y a ti, sino: a todos; dando a entender: si a todos, mucho más a él.
Homilía 9 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org