lunes, 9 de mayo de 2016
San Gregorio Nacianceno, Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Gregorio, por sobrenombre el Teólogo, una de las más brillantes lumbreras de la iglesia griega, fue hijo de un padre y de una madre santos, hermano de santa Gorgonia y de san Cesáreo, y nació en Arianzo, pueblo pequeño en el territorio de Nazianzo, en la provincia de Capadocia. Su padre, que también se llamaba Gregorio, había sido gentil; pero la virtud, las lágrimas y las exhortaciones de su mujer santa Nona le convirtieron á la fe de Cristo tan de veras, que, habiendo sido bautizado por san Leoncio, obispo de Cesárea, mereció con el tiempo ser elevado á la dignidad episcopal, y después de su muerte ser contado en el número de los santos.
El niño Gregorio fué fruto de las oraciones de santa Nona, que no pedía á Dios un hijo sino para consagrarle á los altares; así le recibió como un presente que le hacía el cielo, para ser mera depositaria de él. Fué correspondiente á esta idea la educación que le dió. Parecía haber nacido Gregorio solamente para la virtud: todos los entretenimientos de su niñez se reducían á ejercicios de devoción; su mayor diversión era retirarse á orar; y el tierno amor que casi desde la cuna profesó á la santísima Virgen, podía parecer presagio del que por toda su vida conservó á la virginidad y á la pureza.
El mismo refiere que siendo niño se le representaron en sueños dos hermosísimas y modestísimas doncellas, y le dijeron que se llamaban la Castidad y la Templanza: que continuamente asistían al trono de Jesucristo, y eran el principal ornamento de todos los que componían su corte; y diciendo esto, desaparecieron. Despertó Gregorio, y desde entonces quedó tan enamorado de la castidad, que jamás admitió cosa que pudiese manchar ni aun levemente esta preciosa virtud. Al paso que se le iba desarrollando la razón, iba también creciendo en la piedad; y los ejemplos domésticos, sobre todo después de la conversión de su padre, hicieron tanta impresión en él, que en nada encontraba gusto sino en la oración y en la lección de libros espirituales.
Advirtiendo sus padres la vivacidad y la extraordinaria penetración de su ingenio, con una admirable disposición para el estudio de las letras humanas, le enviaron á estudiar primero á Cesárea de Capadocia, y después á Palestina; en todas partes sobresalió por la superioridad de su talento y su singular virtud. Era entonces muy célebre la universidad de Atenas, donde florecían todas las artes y ciencias. Pasó á ella nuestro Gregorio, padeciendo en la navegación una furiosa tempestad, que le hizo mirar ya con grande tedio aquella gloria poco sólida, y aquella brillante fortuna que podía prometerse de su rara elocuencia y de su grande sabiduría.
Concurrió al mismo tiempo á aquella famosa escuela san Basilio; y desde entonces contrajeron los dos santos una estrecha amistad que conservaron toda la vida. Distinguiéronse ambos entre todos por su ingenio y por el arreglo de sus costumbres, que se hacía reparar más en medio de la disolución que reinaba en la ciudad. Hallábase á la sazón estudiando en la misma universidad Juliano Apóstata, primo del emperador Constancio, y movido de lo mucho que oía hablar de los santos, tuvo con ellos algunas conversaciones. Solicitó la amistad de entrambos; pero no pudo engañar su religión ni su penetración: por más que procuró disimular las perniciosas máximas en que ya estaba imbuido, descubrió san Gregorio el desorden de aquel corazón y de aquel entendimiento por la descompostura de sus acciones; y al despedirse de él en cierto día, exclamó: ¡Qué monstruo abriga en su seno el imperio romano!
Habiéndose retirado de Atenas san Basilio, no pudo Gregorio detenerse allí largo tiempo: al cabo de un año se retiró también, á pesar de las instancias que hicieron para detenerle los que tanto le amaban y estimaban. Llegando á Nazianzo, recibió el bautismo de mano de su padre, que ya era obispo de aquella ciudad. Sintióse alumbrado con el sacramento de una nueva luz, á cuyo favor distinguió la falsa brillantez del mundo de la verdadera y sólida gloria que solo se halla en la virtud, y resolvió trabajar únicamente para ganar el cielo. «Todo lo di, dice el santo, á aquel de quien todo lo recibí, y me ha recibido á mí; consagróle mis bienes, mi salud y el talento para predicar que se sirvió concederme. La única utilidad que he pretendido sacar de estos beneficios, es poderle hacer un eterno sacrificio de ellos, y tener algo con que acreditar que para mí todo es nada respecto de Jesucristo, quien de aquí en adelante me servirá de todo.»
Al disgusto del mundo se siguió el deseo de la soledad; y el ejemplo de su grande amigo san Basilio, que ya se había retirado al Ponto, le hubiera desde luego atraído allí, á no haberle detenido en Nazianzo la mucha ancianidad de sus padres. Pero el ruido y el tumulto de los cuidados domésticos le obligaron presto á arrepentirse de su condescendencia; y acusándose á sí mismo de haber dado demasiadamente oídos á las voces de la carne y sangre, rompió los lazos que le detenían, y se escapó al desierto del Ponto, donde se reunió con su amigo, que ya se había establecido en la soledad que debía serles común. Ningún anacoreta los excedió en la velocidad con que corrían por el camino de la perfección; su fervor no reconocía límites; la penitencia de entrambos llegó á ser excesiva. Al rigor de los ayunos, de los cilicios, de los rallos, de los sacos ó capotillos de cerda, y de otras cien invenciones para macerar la carne, tardaron poco en convertirse de dos hombres en dos esqueletos. A las vigilias, á la oración y al estudio de la sagrada Escritura se seguía inmediatamente el trabajo corporal, y al trabajo corporal volvía á seguirse la oración.
Fomentábase la virtud de los dos con sus recíprocos ejemplos, cuando un accidente imprevisto turbó el dulce reposo de su retiro. Engañado el santo viejo obispo de Nazianzo por la artificiosa sagacidad de los arrianos, firmó, como lo hicieron otros prelados, el capcioso formulario de Rímini, que en términos equívocos contenía un puro arrianismo. Noticiosos de esto los monjes de Nazianzo, no quisieron comunicar con su obispo, y todos los católicos siguieron el ejemplo de los monjes. En medio del grande amor que nuestro Gregorio tenía á la soledad, apenas llegó á su noticia esta división, cuando voló á remediarla. Descubrió luego al buen viejo el lazo que le habían armado los herejes, y volviendo á unir al pastor con las ovejas, tuvo el consuelo de verle abjurar un error en que había caído puramente por engaño.
Aprovechóse su padre de la detención que en esta ocasión hizo Gregorio en Nazianzo; y considerando el gran bien que se seguiría á la Iglesia si un sugeto de aquel mérito y de aquella virtud fuese elevado á la dignidad del sacerdocio, resolvió conferirle los sagrados órdenes. Sobresaltóse el santo al oír esta proposición, estremeciéndole la consideración de un estado tan sublime; pero hubo de rendirse en vista de una vocación tan manifiesta. Ordenóse de presbítero el día 6 de enero del año de 362; aumentóse su fervor con el nuevo carácter, y dominándole siempre el amor á la soledad, volvió á huir secretamente al Ponto, y fué en derechura á buscar á su amado Basilio. Pero duró poco este segundo retiro; porque la extremada ancianidad de su padre que pasaba ya de noventa años, las necesidades de la iglesia de Nazianzo que clamaba por él, y los consejos de su santo amigo Basilio, le obligaron á restituirse á la ciudad después de dos meses y medio de ausencia. Dióse á conocer á los fieles el día de Pascua por el primer sermón que predicó en ella; y como apenas habrá habido predicador más poderoso en obras y en palabras que nuestro santo, predicó con tanta energía, con tanta moción y con tanto fruto, que desde entonces fué conocido y apellidado el apóstol de Nazianzo.
No se limitó su celo á la predicación. Perseguía ya entonces furiosamente Juliano Apóstata á la Iglesia, y había prohibido á los cristianos que enseñasen las letras humanas, para impedir por este medio á la juventud de estudiarlas, ó precisarla á aprenderlas de maestros gentiles. Pero Gregorio supo burlar este artificio, componiendo un gran número de poesías piadosas, que indemnizaron ventajosamente á los cristianos de la pérdida de sus escuelas. Por este tiempo, hallándose ya san Basilio arzobispo de Cesárea, y conociendo mejor que otro alguno el extraordinario mérito de nuestro santo, resolvió elevarle á la dignidad episcopal á pesar de su invencible repugnancia. Fué consagrado en Cesárea por el mismo san Basilio el año de 372, destinándole para la iglesia de Sasimo, pero nunca tomó posesión de ella; y como el obispo de Nazianzo no pudiese ya atender á las funciones de su ministerio por su grande ancianidad, pidió á Gregorio para que cuidase de su iglesia. Hízolo con aquella actividad que se debía esperar de su celo, logrando por fruto de él la reformación general de las costumbres; tanto, que en menos de seis meses mudó de semblante toda la ciudad.
Habiendo muerto su padre y su madre santa Nona, cuya oración fúnebre predicó el mismo Gregorio en presencia de san Basilio y de todo el clero, se le volvieron á renovar las ansias por su amada soledad; pero no pudiendo negarse á las necesidades de aquella afligida iglesia, tomó á su cargo el cuidado de ella, no como obispo titular, sino como vicario y forastero, protestando él mismo que no se encargaba del rebaño sino esperando al pastor legítimo. Con efecto, como viese que los obispos de la provincia se daban poca priesa á proveer de prelado aquella iglesia, desapareció de repente, y se retiró á Seleucia en Isauria, donde se encerró en el monasterio de santa Tecla, y vivió seis años en él desconocido, ocupándose únicamente en ejercicios de oración y de penitencia.
Murió san Basilio el año de 379, y esta muerte le confirmó en la resolución que había tomado de no salir jamás de su retiro; pero pocos meses después le arrancó de él la necesidad de socorrer á la iglesia de Constantinopla, tan desolada por los arrianos, que ya no tenían los católicos iglesia alguna en aquella corte imperial. Hallábase vacante aquella primera silla, y todos convenían en que solamente Gregorio era digno de ocuparla: la dificultad estaba en hallar modo para sacarle de su amada soledad, donde así las calumnias como las persecuciones que había padecido en otras partes, le hacían dulcísima aquella vida particular, santa y tranquila; pero supieron pintarle con tanta viveza el lamentable estado á que se hallaban reducidos los pobres católicos, y disimularle con tanto cuidado el ánimo que tenían de colocarle en aquella grande silla, que al cabo se determinó á hacer el doloroso sacrificio de su tranquilidad; y aunque agoviado con la vejez, consumido con la penitencia, y lleno de penosos achaques, pasó á Constantinopla.
«Era sin duda un espectáculo bien nuevo, dice nuestro santo, ver á un hombre desconocido, de mala figura, pequeño de cuerpo, calvo, arrugado, consumido con las lágrimas y con la penitencia, sin equipaje, sin cortesanía, sin apoyo, pobre y mal vestido, venir él solo á declarar la guerra á la herejía en la capital del Oriente, donde reinaba con insolencia y con seguridad, y donde se había hecho fuerte por la unión de todas las sectas.»
Apenas entró san Gregorio en Constantinopla, cuando todos los herejes se sobresaltaron. Armáronse contra él los arrianos, los novacianos, los macedonios, los apolinaristas y los eunomianos, jurando todos perderle. Valiéronse al principio de injurias, calumnias, sátiras denigrativas y malignas con que procuraron manchar su reputación. Amotinaron al pueblo, especialmente á las mujeres y á las doncellas contra aquel hombre extranjero, persuadiéndolas que era un monstruo disimulado, estragador de las costumbres, mago y aun idólatra; citáronle ante los tribunales seglares, y no pocas veces en las mismas calles le perseguían á pedradas. Nuestro santo á todo esto no oponía más que la paciencia, la modestia y la dulzura. Como los arrianos estaban en posesión de todas las iglesias de Constantinopla, Gregorio juntaba los católicos en la casa donde se hospedaba, la cual se llamó después Anastasia, que quiere decir resurrección de la fe, y fué con el tiempo una de las más célebres iglesias de aquella corte imperial.
Al fin, su heroico sufrimiento y sus modales atentos, suaves y apacibles, fueron ablandando poco á poco los ánimos de los herejes. Concurrían á oírle hasta los mismos gentiles, al principio por curiosidad, y después con tanta admiración y gusto, que volvían á sus casas medio católicos. Por eso el célebre Rufino, hablando de nuestro santo, dice que no vió el mundo hombre más elocuente, ni elocuencia más noble, más persuasiva ni más enérgica que la suya; habiéndose reconocido siempre su doctrina tan pura, que lo mismo era oponerse á ella, que hacerse sospechoso en la fe. Al eco de lo que esparcía la fama concurrieron á Constantinopla para verle y tratarle muchas personas de distinción de diferentes provincias, siendo una de ellas san Jerónimo, que no quedó menos admirado de su eminente virtud y de su rara modestia, que de su elocuencia y profunda erudición. Entre tanto iba creciendo cada día el número de los católicos; porque en las disputas, conversaciones y conferencias con los arrianos cada día hacía nuevas conquistas.
En vista de tantas maravillas resolvió el patriarca de Alejandría con los demás obispos colocar en la silla de Constantinopla á nuestro santo; lo que se ejecutó, á pesar de su repugnancia, con general aplauso del clero y de todo el pueblo. Fué extraordinario el júbilo en toda la ciudad; pero lo turbó presto la artificiosa ambición del más insigne embustero que acaso ha visto el mundo. Cierto hombre, llamado Máximo, por sobrenombre el Cínico, habilísimo en el arte de fingir y de engañar, después de haber vagueado por diferentes provincias, dejando en todas ellas muchas señales de sus delitos, por los cuales había sido castigado, vino finalmente á hacerse discípulo de nuestro santo, y en poco tiempo supo ganar su estimación y confianza con sus artificios y con su refinada simulación. Este mal hombre forjó el proyecto de suplantar á Gregorio; y habiendo tenido arte para conseguir una grande suma de dinero que le prestaron, subornó contra él muchos de los mismos que al principio habían mostrado más inclinación y más celo por nuestro santo. Logró corromper hasta al mismo patriarca de Alejandría, el cual, con una cábala de obispos de Egipto conjurados, aprovechó la coyuntura de una enfermedad de Gregorio para ordenar furtivamente á Máximo.
Amotinóse toda la ciudad al ruido de este atentado; y Gregorio, penetrado de un vivo dolor, y previendo lo que podía suceder, resolvió á los principios retirarse, por no ser ocasión de nuevas turbaciones á una iglesia que tan felizmente había restituido á su antiguo esplendor y tranquilidad. Subió al púlpito en medio de su indisposición para despedirse de su pueblo; pero este levantó hasta el cielo un clamoroso alarido, pidiéndole con ruegos y con lágrimas que no le desamparase, y como no quisiese consentir fácilmente, le pusieron guardas de vista. Arrojado de Constantinopla, como merecía, el embustero cínico, y cargado con la maldición de todos, tuvo no obstante el descaro de irse á echar á los pies del emperador Teodosio, acompañándole aquel puñado de obispos egipcios que le habían ordenado. Hallábase el emperador en Tesalónica; pidióle Máximo su protección contra Gregorio; pero el religioso príncipe no se dignó ni aun escucharle; y vuelto á Constantinopla, no reconoció á otro por legítimo pastor que á nuestro santo, honrándole con todas las muestras de su estimación y de su benevolencia. Púsole en posesión de todas las iglesias que habían ocupado los arrianos; mandó se le restituyesen las rentas que habían usurpado estos herejes, y le hizo dueño del palacio episcopal.
Instaron al santo para que hiciese pesquisas á fin de descubrir los bienes que le habían ocultado, pero no fué posible vencerle: desinterés generoso que cerró la boca á sus émulos, y edificó á toda la Iglesia. Pero ni esta moderación fué bastante para que más de una vez no conspirasen contra su vida; mas su presencia desarmó á los asesinos, y no solamente los perdonó, sino que los convirtió, siendo esta la única venganza que tomó de ellos. No se dió por vencido el partido de Máximo; y como no cesase de inquietar y de perturbar á la Iglesia, consintió el emperador en que se convocase en Constantinopla un concilio, que fué el segundo general, compuesto de 150 obispos. Confirmóse en él la fe del concilio Niceno; Máximo fué declarado intruso, y el concilio y el emperador reconocieron solemnemente á Gregorio por obispo de Constantinopla; en virtud de esto fué segunda vez colocado en su silla con la mayor aclamación del pueblo, por san Melecio de Antioquía, presidente del concilio. Por más que el santo expuso mil razones, valiéndose de ruegos y de lágrimas para que le exonerasen de aquella pesada carga, no fué oído; porque se atendió más á las necesidades de aquella iglesia y á los clamores de los buenos, que á su extrema repugnancia.
Muerto poco tiempo después san Melecio, quedó Gregorio por presidente del concilio. Esta nueva preeminencia, que no se le podía disputar, renovó la emulación de muchos prelados, los cuales afectando ignorar que san Gregorio no había tomado posesión del obispado de Sasimo, y que solo había cuidado del de Nazianzo como gobernador, y no como obispo titular, se quejaron de que se le hubiese hecho patriarca de Constantinopla contra la disposición de los cánones, puesto que ya era obispo de otra iglesia. Era fácil probar lo contrario; pero como el santo únicamente suspiraba por el retiro, siendo enemigo de todas las grandezas, tomó ocasión de estas contestaciones para pedir se le permitiese hacer dimisión de la suya. Entró, pues, en el concilio, y declaró el ansia con que deseaba contribuir á la paz, y que pues su elección parece que la turbaba, estaba pronto como otro Jonás á que le arrojasen al mar para sosegar la tempestad, aunque no la había excitado. Quedaron atónitos todos los obispos al oír una proposición tan inesperada; pero el santo habló en favor de su dimisión con tanta elocuencia, y supo persuadir tan eficazmente, que al fin consiguió lo que pretendía.
Gozosísimo de verse exonerado de tan pesada carga, salió de la sesión, y antes de dar tiempo á que los obispos se arrepintiesen, se fué derecho al palacio del emperador, y exponiéndole su avanzada edad y sus achaques, le suplicó que se dignase no oponerse á su retiro. No fué fácil mover al emperador á dar su consentimiento; pero al fin le dió únicamente en atención á sus achaques. No perdió tiempo Gregorio; despidióse del concilio por un admirable discurso que pronunció en la catedral en presencia de los padres, los cuales, arrepentidos ya de su consentimiento, pensaban en retractarse; pero el santo los previno, y sin detenerse salió de Constantinopla, y se retiró á Capadocia.
Estando en Nazianzo, publicó su testamento, que había ordenado en Constantinopla antes de hacer la dimisión; era su fecha del día último de diciembre del año de 381, y estaba firmado por siete obispos; siendo este el documento más antiguo, ó á lo menos el más auténtico de esta especie que nos dejó la antigüedad. El principal legado es en favor de los pobres de Nazianzo, á quienes deja por sus herederos, y nombra á uno de sus diáconos, llamado Gregorio, su ejecutor testamentario. Suplica á sus sobrinos y á los demás parientes suyos no lleven á mal que deje sus bienes á los pobres; porque un eclesiástico, dice, no debe tener otros herederos. Ni en su fervor ni en su celo se reconoció jamás la fuerza de sus continuos achaques. En la corta mansión que hizo en Nazianzo, purgó la ciudad de los errores de los apolinaristas; y habiéndosele aumentado sus dolencias, se trasladó á Arianzo, lugar de su nacimiento.
En esta dulce soledad, retirado del ruido de los negocios, y libre de las tempestades que por toda la vida le habían agitado, pensaba únicamente en perfeccionarse más y más, entregado totalmente á ejercicios de devoción y de rigurosa penitencia. Y aunque, agoviado con la vejez, extenuado con los ayunos y consumido con los trabajos, permitió Dios, para su mayor purificación, que al fin de su vida fuese ejercitado con violentas tentaciones, las cuales, al mismo tiempo que le humillaban y le hacían gemir continuamente, le obligaban á doblar la oración y las penitencias.
No estuvo ocioso en su retiro de Arianzo. En él compuso aquel gran número de poesías cristianas, que publicó para oponerlas á las obras cultas, elocuentes y engañosas de que llenaban el mundo los herejes, logrando por este medio que los fieles arrimasen á un lado los libros perniciosos. También escribió entonces en verso la historia de su vida, concluyéndola con un compendio de los principales sucesos de ella; y quiere que este epílogo le sirva de epitafio. «¿De dónde nace, Señor (exclama el santo), que al paso que el vigor del cuerpo se va extinguiendo, siento que se va avivando el fuego de las pasiones y los estímulos de la carne? Mi vida se ha reducido á una serie de tempestades, de contradicciones y de combates; pero en todos me sostuvisteis vos por vuestra gran misericordia. Logré por padre á un hombre todo de Dios, y tuve por madre á una mujer santa, que, mirándome como fruto de sus oraciones, me ofreció y me consagró á vos desde la cuna. Siendo niño me inspirasteis en un sueño el amor á la castidad; y desde entonces no cesasteis de colmarme de favores. Híceos sacrificio de mis bienes, de mi honra, de mi salud y de mi vida. Fui pastor sin ovejas, y no tuve poco que padecer aun de los mismos pastores. Esta ha sido la vida de Gregorio. Dejo á Jesucristo el cuidado de lo futuro, como lo ha tenido de lo pasado.» Y concluye así: «Exprimat ista lapis: Grábese esto por epitafio sobre la piedra de mi sepultura.»
Comenzaba Gregorio á gustar las delicias de la soledad, cuando quiso el Señor coronar su perseverancia, y premiar sus trabajos. Acabó dichosamente sus días siendo de edad de casi 80 años, que vivió en la inocencia, en el sufrimiento, en la piedad y en ejercicios de rigurosa penitencia. Los milagros que hizo en vida, y los que continuó el Señor en su sepultura después de muerto, hicieron célebre su culto en todo el Oriente. Fué enterrado en Nazianzo, pero después fué trasladado su cuerpo á Constantinopla en tiempo del emperador Porfirogéneta, y colocado con gran solemnidad en la iglesia de los doce Apóstoles. En la decadencia del imperio griego fué conducido el santo cuerpo á Roma, donde estuvo en la iglesia de las religiosas griegas hasta el año de 1580, en que el papa Gregorio XIII trasladó por sí mismo sus reliquias, con gran pompa y solemnidad, á la magnífica capilla que en honra del santo había hecho edificar á sus expensas.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.