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viernes, 29 de abril de 2016

Santa Catalina de Siena, Virgen

Las lecturas de la Misa de hoy, con el comentario de la tradición.

Epístola (2 Tim. 2, 8-10; 3, 10-12)

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Timótheum Caríssime: Memor esto, Dóminum Jesum Christum resurrexísse a mórtuis ex sémine David, secúndum Evangélium meum, in quo labóro usque ad víncula, quasi male óperans: sed verbum Dei non est alligátum. Ideo ómnia sustíneo propter eléctos, ut et ipsi salútem consequántur, quæ est in Christo Jesu, cum glória coelésti. Tu autem assecútus es meam doctrínam, institutiónem, propósitum, fidem, longanimitátem, dilectiónem, patiéntiam, persecutiónes, passiónes: quália mihi facta sunt Antiochíæ, Icónii et Lystris: quales persecutiónes sustínui, et ex ómnibus erípuit me Dóminus. Et omnes, qui pie volunt vívere in Christo Jesu, persecutiónem patiéntur.

Acuérdate que nuestro Señor Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos, según la buena nueva que predico, por el cual estoy yo padeciendo hasta verme entre cadenas, como malhechor; si bien la palabra de Dios no está encadenada. Por tanto, todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial. Tú al contrario, mi caro Timoteo, ya has visto mi doctrina, mi modo de proceder, el fin que me propongo, cuál es mi fe, mi longanimidad, mi caridad, mi paciencia, cuáles las persecuciones y vejaciones que he padecido, lo que me aconteció en Antioquía e Iconio, y en Listra, cuán grandes han sido las persecuciones que he tenido que sufrir, y cómo de todas me ha sacado a salvo el Señor. Y ya se sabe que todos los que quieren vivir virtuosamente según Jesucristo, han de padecer persecución. [Torres Amat]

Comentario patrístico · Homilía 4 + Homilía 5 + Homilía 6 + Homilía 7 + Homilía 8 sobre 2 Timoteo — San Juan Crisóstomo

Vers. 8, 9. «Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos, según mi Evangelio, por el cual sufro trabajos hasta las cadenas, como un malhechor.»

¿Con qué fin se recuerda esto? Va dirigido principalmente contra los herejes y, al mismo tiempo, sirve para alentar a Timoteo, mostrándole el provecho de los padecimientos, puesto que Cristo, nuestro Maestro, venció Él mismo la muerte padeciendo. «Acuérdate de esto —dice— y tendrás consuelo suficiente. Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de entre los muertos.» Pues sobre este punto muchos habían comenzado ya a subvertir la economía de la salvación, avergonzándose ante la inmensidad del amor de Dios hacia los hombres. Porque tales son los beneficios que Dios nos ha concedido, que los hombres se avergonzaban de atribuirlos a Dios y no podían creer que hubiera descendido hasta tanto. «Según mi Evangelio.» Así habla por doquier en sus Epístolas, diciendo «según mi Evangelio», ya porque estaban obligados a creerle, ya porque había algunos que predicaban otro Evangelio.

«Por el cual sufro trabajos —dice— como un malhechor, hasta las cadenas.» De nuevo introduce consuelo y aliento tomándolos de sí mismo, y dispone el ánimo de quien le escucha con estas dos cosas: primero, que sepa que él soporta penalidades; y segundo, que no las soporta sino con un fin provechoso, pues así habrá ganancia, mientras que de otro modo hasta habría daño. Porque ¿de qué aprovecha mostrar que un maestro se ha expuesto a penalidades, pero no con fin alguno útil? Mas si es en provecho de algo, si es para bien de los que son enseñados, entonces es digno de admiración.

«Pero la palabra de Dios no está encadenada.» Es decir: si fuéramos soldados de este mundo y sostuviéramos una milicia terrena, valdrían las cadenas que atan nuestras manos. Mas ahora Dios nos ha hecho de tal condición que nada puede sojuzgarnos. Porque nuestras manos están atadas, pero no nuestra lengua, ya que nada puede atar la lengua sino la cobardía y la incredulidad solamente; y donde éstas no se hallan, aunque nos carguéis de cadenas, la predicación del Evangelio no queda encadenada. Si atáis a un labrador, le impedís sembrar, pues siembra con la mano; pero si atáis a un maestro, no estorbáis la palabra, porque ésta se siembra con la lengua, no con la mano. Nuestra palabra, pues, no está sujeta a cadenas. Porque, aunque nosotros estemos atados, ella está libre y corre su carrera. ¿Cómo? Porque, aun estando atados, he aquí que predicamos. Esto es para aliento de los que están libres. Pues si nosotros, que estamos atados, predicamos, mucho más os conviene hacerlo a vosotros, que estáis sueltos. Habéis oído que padezco estas cosas como un malhechor: no os desalentéis. Porque es gran maravilla que, estando atado, haga yo la obra de los que están libres; que, estando atado, venza a todos; que, estando atado, prevalezca sobre los que me ataron. Porque es la palabra de Dios, no la nuestra. Las cadenas humanas no pueden atar la palabra de Dios. Estas cosas las padezco por amor de los elegidos.

Vers. 10. «Por eso todo lo soporto —dice— por amor de los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús, con la gloria eterna.»

He aquí otro estímulo. «Padezco estas cosas —dice— no por mí, sino por la salvación de los demás. En mi mano estaba haber vivido libre de peligro y no haber sufrido nada de esto, si hubiera mirado por mi propio interés. ¿Por qué, entonces, padezco estas cosas? Por el bien de los demás, para que otros alcancen la vida eterna.» ¿Y qué te prometes a ti mismo? No ha dicho simplemente «por amor de estas personas», sino «por amor de los elegidos». Si Dios los ha elegido, nos conviene padecerlo todo por ellos. «Para que también ellos alcancen la salvación.» Al decir «también ellos», quiere decir: al igual que nosotros. Porque Dios nos ha elegido también a nosotros; y así como Dios padeció por amor nuestro, así debemos nosotros padecer por amor de ellos. De modo que es cosa de justa correspondencia, no de favor. De parte de Dios fue gracia, pues sin haber recibido antes beneficio alguno, nos hizo bien; pero de parte nuestra es correspondencia, pues, habiendo recibido antes los beneficios de Dios, padecemos por causa de éstos, por quienes padecemos, para que alcancen la salvación. ¿Qué dices? ¿Qué salvación? Tú, que no fuiste autor de salvación para ti mismo, sino que te perdías a ti mismo, ¿eres autor de salvación para otros? De ningún modo; y por eso añade: «la salvación que está en Cristo Jesús»; la que es verdaderamente salvación, «con la gloria eterna». Las cosas presentes son penosas, pero no pasan de la tierra. Las cosas presentes son ignominiosas, pero son pasajeras. Están llenas de amargura y de dolor, pero no duran sino hoy y mañana.

Vers. 10. «Pero tú has seguido de cerca mi doctrina.» Por tanto, sé fuerte; pues no sólo estuviste presente, sino que la seguiste puntualmente. Aquí parece dar a entender que el tiempo había sido largo, al decir: «Has seguido de cerca mi doctrina» —esto se refiere a su enseñanza—; «mi conducta» —esto, a su modo de vivir—; «mi propósito» —esto, a su celo y a la firmeza de su alma—. No dije estas cosas —da a entender— sin ponerlas por obra, ni fui filósofo sólo de palabra. «Mi fe, mi longanimidad»: quiere decir que nada de esto me turbó. «Mi caridad», que aquellos hombres no tenían; «mi paciencia», que tampoco tenían. Hacia los herejes —quiere decir— muestro mucha longanimidad; y paciencia, la que se muestra bajo la persecución.

Dos cosas inquietan a un maestro: el número de los herejes y la falta de fortaleza de los hombres para soportar los padecimientos. Y, sin embargo, mucho ha dicho acerca de esto: que siempre los ha habido y siempre los habrá, y que ninguna edad estará libre de ellos, y que no podrán dañarnos, y que en el mundo hay vasos de oro y de plata. Ved cómo pasa a discurrir sobre sus tribulaciones: «las que me sobrevinieron en Antioquía, en Iconio, en Listra».

¿Por qué ha escogido estos casos de entre muchos? Porque los demás eran conocidos de Timoteo, y éstos quizá eran sucesos recientes; y no menciona los anteriores, pues no los va enumerando uno por uno, ya que no le mueve la ambición ni la vanagloria, sino que los refiere para consuelo de su discípulo, no por ostentación. Y aquí habla de Antioquía de Pisidia y de Listra, de donde era el mismo Timoteo. «Cuántas persecuciones soporté.» Había doble motivo de consuelo: que mostré un celo generoso y que no fui abandonado. No puede decirse que Dios me desamparara, sino que hizo más resplandeciente mi corona.

«Cuántas persecuciones soporté; mas de todas ellas me libró el Señor.»

Vers. 12. «Y, en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.»

«Mas ¿por qué —dice— he de hablar sólo de mí mismo? Todo el que quiera vivir piadosamente será perseguido.» Aquí llama persecuciones a las aflicciones y a las tristezas, pues no es posible que el hombre que sigue el camino de la virtud no se vea expuesto a la pena, a la tribulación y a las tentaciones. Porque ¿cómo ha de escapar de ello quien anda por la senda estrecha y angosta y ha oído que «en el mundo tendréis tribulación»? Si Job dijo en su tiempo que «la vida del hombre sobre la tierra es una prueba», ¿cuánto más lo era en aquellos días?

Homilía 4 + Homilía 5 + Homilía 6 + Homilía 7 + Homilía 8 sobre 2 Timoteo, San Juan Crisóstomo · Traducción del editor, del texto de dominio público (NPNF, Schaff 1889) · fuente: newadvent.org