sábado, 23 de abril de 2016
San Jorge, Mártir
Vida del santo de hoy, según el Año Cristiano del P. Juan Croiset.
San Jorge, uno de los más célebres mártires de la Iglesia, á quien los griegos llaman por excelencia el gran mártir, nació en Capadocia, de familia ilustre y distinguida por su nobleza, pero más señalada por el zelo con que profesaba y defendía la verdadera religión. Su calidad y distinción le precisaron á seguir la profesión de las armas; y como era un joven de los más bien dispuestos, más valientes y más cultos de todo el ejército, se granjeó en poco tiempo la voluntad del emperador Diocleciano, quien le dió una compañía y le hizo su maestre de campo. Acreditaron el acierto de esta elección el valor, la prudencia, y su buen comportamiento en todo en una edad tan poco avanzada; y descubriendo cada día el emperador más y más las prendas y el extraordinario mérito del nuevo oficial, pensaba elevarle á los primeros cargos y colmarle de favores, cuando comenzó á estallar la tempestad que desde algunos años antes se iba fraguando contra los cristianos, y desde los primeros anuncios se comenzó á temer que inundaría en sangre de mártires á toda la Iglesia de Dios.
Desde entonces, aunque Jorge tenía solamente veinte años, se consideró como víctima destinada al sacrificio, y se dispuso para él con el ejercicio de las más heroicas virtudes. Como tenía el grado de oficial general, era del consejo del emperador, y conoció que esto le obligaría á declararse de los primeros, y á dar pruebas de su fe, no disimulando su religión. Hizo sacrificio de sus bienes antes de llegar el caso de hacer el de su vida. Hallándose heredero de un rico patrimonio por muerte de su madre, lo repartió todo entre los pobres; vendió sus preciosos muebles, sus ricos vestidos, y distribuyó el precio entre los fieles que al primer ruido de la persecución se habían dispersado, y dió libertad á sus esclavos.
Despojado ya de todo, entró, por decirlo así, en la lid, y se fué á la sala del consejo. Habiendo propuesto el emperador el impío y cruel proyecto de exterminar á todos los cristianos, le aplaudió toda la junta; pero toda ella quedó extrañamente sorprendida y admirada, cuando vió levantarse de su asiento á nuestro joven oficial, y con un noble despejo, pero modesto, atento y respetuoso, contradecir en pocas palabras lo que todos habían dicho para autorizar la resolución que se había tomado de perseguir á los cristianos, y de exterminarlos en todo el imperio. Era naturalmente elocuente, y como hablaba con mucha gracia, con energía y con fuego, se hizo escuchar con admiración y con respeto. Hizo ver al consejo la injusticia y la impiedad de aquella persecución; defendió con una discreta apología á los cristianos, y concluyó exhortando al emperador á que revocase unos edictos que solo se dirigían á oprimir la inocencia.
Había ya acabado de hablar, y aun no habían vuelto de su admiración los que le oían: la viveza de su discurso, el aire religioso con que lo pronunció, y su rara modestia, tenían como entredichos á los oyentes, y por algún tiempo calmaron las pasiones de todo el consejo. El emperador, aun más aturdido que los otros, mandó al cónsul Magnencio que respondiese á nuestro santo. «Bien se conoce, le dijo el cónsul, por el desahogo con que has hablado en presencia del emperador, que eres uno de los principales jefes de esta secta: tu confesión pondrá el colmo á tu insolencia; pero nuestro augusto príncipe, defensor de los dioses del imperio, sabrá vengarlos de tu impiedad.» «Si la impiedad ha de castigarse, respondió Jorge, no sé yo que haya otra más abominable que la de atribuir á las criaturas, aun á aquellas que son inanimadas, los soberanos títulos y derechos propios y peculiares de la divinidad. No puede haber más que un solo Dios verdadero: este es aquel á quien yo sirvo y adoro. Sí, cristiano soy, y de este nombre me glorío, no aspirando á mayor dicha en esta vida, que á derramar toda mi sangre por aquel Señor de quien recibí la vida.»
Enfurecido el emperador al oír este discurso, y temiendo que hiciese impresión en los ánimos de los circunstantes, mandó que al punto le cargasen de cadenas y le encerrasen en un calabozo. Halló en él nuestro santo con que satisfacer el ardiente deseo que tenía de padecer por Jesucristo. El primer efecto de la cólera del tirano fué mandarle atormentar con un género de suplicio nunca oído hasta aquel día. Mandó atarle á una rueda sembrada toda de agudas puntas de acero, la cual á cada vuelta que daba, le levantaba hacia arriba pedazos de carne, y hendía en sangrientos canales aquel delicado cuerpo. Quedaron atónitos los mismos verdugos, viendo la alegría del generoso mártir todo el tiempo que duró este horrible tormento; pero aun quedaron más asombrados, cuando suponiéndole ya muerto, le hallaron enteramente curado de todas sus heridas.
Convirtiéronse muchos gentiles á vista de esta milagrosa curación; pero ella misma irritó más al tirano. Como era Jorge una de las primeras víctimas que Diocleciano sacrificaba á su crueldad, no hubo género de suplicio que no emplease para vencer su magnanimidad y su constancia. Apenas se puede creer lo que refieren de sus tormentos las actas más antiguas del martirio de nuestro santo. Todo lo que puede inventar la más bárbara inhumanidad, todo lo que es capaz de discurrir la cólera de un tirano, y todo lo que puede sugerir la rabia y la malignidad del infierno, todo se puso en ejecución para atormentar al invencible mártir; pero todo sirvió para confundir á los paganos, y para manifestar más la gloria y el poder del Dios que adoraba Jorge.
El acero, el fuego, la cal viva, de todo se valieron para obligarle á desistir de su santa resolución y hacerle abandonar la fe; pero la firmeza, y aun la alegría que manifestaba en medio de los tormentos; cierto resplandor maravilloso que rodeó todo su cuerpo, y disipó las tinieblas del oscuro calabozo; los muchos milagros que obró en beneficio de los mismos que le atormentaban, todo esto hizo triunfar su religión, y convirtió á la fe á muchos infieles. De este número fueron los dos pretores Protolo y Anatolio. En vano gritaban algunos que todo era hechicería, sortilegio, arte mágica, encantamiento: su heroica paciencia en medio de los más crueles tormentos, y las grandes maravillas que obraba, hicieron titubear á los más obstinados, tanto que el emperador llegó á temer una conversión general en toda la ciudad. Y aun se asegura que la emperatriz Alejandra se convirtió, y que mereció la corona del martirio.
Pero sea de esto lo que fuere, es cierto que el emperador, viendo que eran inútiles todos los tormentos, recurrió al artificio; y mudando repentinamente de tono y de conducta, mandó que le quitasen las prisiones, y le condujesen á su presencia. Luego que le vió, le dijo con afectada blandura: «Jorge, no sin grande dolor mío me he visto precisado á mandar que se ejecutase contigo todo el rigor de los edictos publicados contra los enemigos de mi religión. No puedes ignorar el grande aprecio que siempre he hecho de tu mérito; y el puesto que ocupas en mis ejércitos, es buena prueba de mi bondad. El único obstáculo que puede oponerse á tu fortuna, será tu obstinación: eres joven, logras toda la protección del emperador, el favor añadido al mérito te promete los primeros cargos del imperio. ¿Qué aguardas para volver á tu obligación, y para aplacar con tus sacrificios la cólera de los dioses?»
Suplicó Jorge al emperador que le mandase conducir al templo, para ver aquellos dioses á quienes quería que ofreciese sacrificios. No dudó ya Diocleciano que su suavidad y sus promesas habían finalmente triunfado del confesor de Jesucristo. Fué conducido al templo acompañado de innumerable pueblo: apenas descubrió la estatua de Apolo, cuando la preguntó nuestro santo: Dime, ¿eres Dios? No soy Dios, respondió la estatua con voz terrible y espantosa que estremeció á los circunstantes. Pues venid ahí, espíritus malignos, ángeles rebeldes, condenados por el verdadero Dios al fuego eterno, ¿cómo tenéis atrevimiento para estar en mi presencia que soy siervo de Jesucristo? Al decir estas palabras, acompañadas con la señal de la santa cruz, se oyeron en el templo gritos horribles, aullidos espantosos, y se vieron caer derribadas por mano invisible todas las estatuas, haciéndose pedazos contra el suelo.
A vista de un espectáculo tan maravilloso, al principio quedaron todos atónitos; pero después los sacerdotes de los ídolos con sus gritos y con sus lágrimas excitaron una sedición tan general, que apenas se oían más que las descompasadas voces con que clamaba todo el pueblo que cuanto antes se librase á la tierra de aquel monstruo. Informado el emperador de lo que acababa de suceder, mandó que al instante le cortasen la cabeza; lo que se ejecutó el día 23 de abril hacia el año de 290.
En todas las iglesias de Oriente y de Occidente ha sido siempre muy célebre la memoria de este ilustre mártir, y su culto es de los más antiguos en la Iglesia. Asegúrase que desde el fin del quinto siglo ya había altares dedicados á su nombre, erigidos por santa Clotilde, mujer del rey Clodoveo. Contribuyó mucho al culto de san Jorge en Francia san Germán, obispo de París, uno de los más célebres prelados del siglo sexto, cuando con la oportunidad de su peregrinación al Oriente, el emperador de Constantinopla le regaló muchas reliquias, y á su vuelta hizo edificar una capilla en honor de san Jorge en la iglesia de san Vicente, que hoy es la de San Germán de los Prados.
Las muchas capillas y altares que en toda la Europa se han erigido con el nombre de nuestro santo, son buena prueba de la devoción que le profesan todas las naciones, y del ansia con que desean todas merecer su poderoso amparo y protección. Algunas órdenes militares toman el nombre de san Jorge, como la que fundó el emperador Federico IV, primer archiduque de Austria, en 1470: otra hay en la república de Génova, diferente de la que con el nombre de los caballeros de san Jorge de Alfama se fundó por los años de 1200 en el reino de Aragón. También los ejércitos cristianos suelen ponerse bajo la protección de san Jorge.
Comúnmente se le pinta á caballo, armado de todas armas, con una lanza en la mano, en ademán de acometer á un dragón, para defender á una doncella que teme ser despedazada. Pero esto más es símbolo que historia, para denotar que este ilustre mártir defendió á su provincia, representada por la doncella, del fiero dragón de la idolatría. Y como entre los Griegos casi todas las cosas degeneraron en mil extravagancias, la singular veneración que profesaban á nuestro santo, vino á parar con el tiempo en supersticiones ridículas, que son el origen de las groseras fábulas que nos venden los viajeros visionarios con referencia á san Jorge.
Año Cristiano del P. Juan Croiset (trad. José F. de Isla), dominio público.